Poner el alma en cada cosa

Hace poco más de un año que mi buen amigo Juanjo de la Torre me regaló la palabra meraki. Él, a su vez, la había recibido de un alumno de 4º de ESO, y consideraba que con el gesto heredaba la responsabilidad de regalarla a otros. Meraki proviene del griego, es un adjetivo que se usa normalmente para describir aquella situación en la que se pone un especial empeño, el alma y el corazón, desde el amor y la creatividad. No hay una traducción exacta al castellano, necesitamos esa larga perífrasis para entender su significado, pero no es obstáculo para que nos envuelva con la fuerza de su intensidad y precisión.

Fue Protágoras quien dijo y defendió aquello de que el hombre es medida de todas las cosas, situando así en el centro y en el objetivo de toda acción la capacidad humana de dejar alma y corazón en cuanto hacemos. Ser medida de todas las cosas no puede confundirse, como se hace a veces, con un pasar por el mundo imponiendo nuestra presencia, midiendo obsesivamente cuanto nos rodea, incluso aquello que no tiene medida. Es esta obsesión la que acaba controlándolo todo, nuestra mirada, nuestra infinitud, nuestros espacios de encuentro y de conocimiento, les aplica una medida limitadora que no pone corazón sino control. Las personas, en ese caso, no suman por las emociones que las integran sino por el valor que se adjudican.

Al medir cada cosa reducimos su realidad a un número, esquivamos su trascendencia y nos obligamos a poner como centro de nuestra acción solo aquello que podemos conocer y abarcar. Y a pesar de ello, nos gusta medir, en realidad lo hacemos constantemente, llenamos el corazón y la mente de reglas con las que calcular los pasos que damos, catalogar a las personas que encontramos en la vida, ordenar el mundo para hacerlo más comprensible. Esta proyección se convierte en una dificultad para el amor, y nos encierra en apuestas personales que nos llevan a poner el corazón en efímeras muestras de sentido. Decía San Bernardo que la medida del amor es amar sin medida, pero cuesta poner en ello el alma, ser creativos para entregarnos por entero, sin los condicionamientos que suelen envolver nuestras decisiones. Amar sin medida es aceptar fallos y errores, sin esquivarlos, haciendo de ellos oportunidad para la intensidad de la vida. Es meraki, descubrir nuevos mundos sin caer en la tentación de conquistarlos, asombrarse ante la cotidianidad sin buscar ordenar la entropía, ser parte del todo sin agotar en el todo el regalo de la diversidad.

Al igual que los escultores de la antigua Grecia, nos gusta hacer emerger la belleza, más allá de la forma en la que tantas veces nos quedamos. Lo fácil es rendirse a la belleza instantánea, andar con prisas por la vida y aceptar la imagen que no nos requiere demasiados esfuerzos interpretativos, casi como una reducción de sentido que nos evite pensar. También meraki tiene que ver con este empeño, al buen escultor se le otorgaba este adjetivo cuando era capaz de ir más allá del arte decorativo y se daba por entero a su obra, dejaba su alma en ella. Meraki es también el maestro que no se queda en enseñar o en evaluar, sino que crea algo nuevo en su relación con el alumno, una lección inolvidable, inmensa, auténtica. Meraki es quien ama sin medida, quien avanza sin límites, quien se sabe mucho más que una vocación o un estilo de vida, y pone el alma en cada cosa, en cada gesto, en cada silencio también.

Quien pone el alma en cada cosa no la pierde, la expande de forma creativa, se convierte en testigo de la vida compartida, vive también en aquello que hace propio. Me recuerda a la palabra hebrea que se usa en el relato de la creación, dabar, Dios crea algo nuevo mediante la misma palabra que pronuncia, cada término contiene aquello que significa y lo trae a la existencia. Es así como quiero pronunciar los nombres de aquellos a los que amo, los nombres que otros les dieron al nacer y los que yo mismo les he dado al hacerlos parte de mi vida; quiero pronunciar también así, creando algo nuevo, las virtudes que me reconcilian con la vida entregada, esas que hacen brotar paraísos en las secas estepas que voy abriendo con mi torpe discurrir por la vida. Crear, amar, darme y recibirme, sin la ambigua lección de las apariencias, meraki y dabar, sin medida, pero también como medida de todas las cosas, en una atrevida libertad de aquellos que ponen su alma en todo, sin más, sin menos.