¿Dónde están los nuevos odres?

Esta es una de esas noticias del día que pasarán desapercibidas para todos, y es una pena porque es petróleo puro:

La Conferencia Episcopal Española (CEE) ha convocado para este viernes 22 de enero una jornada de ayuno y oración, con motivo de la puesta en marcha del nuevo Plan Pastoral de los obispos para los próximos cinco años (2016-2020), con el que quieren dar un nuevo impulso evangelizador a la Iglesia en España, recuperar a los bautizados no practicantes, sacar de la tibieza a los católicos conformistas y atraer a los ateos.

Me ha venido enseguida a la cabeza el texto del evangelio de Marcos (Mc 2,18-22): “Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: ‘Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, ¿por qué los tuyos no?’ Y Jesús les respondió: ‘¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Mientras el novio está con ellos no pueden ayunar. Llegará el día en que se lleven al novio, aquel día sí ayunarán. Nadie echa un remiendo… Nadie echa vino nuevo en odres viejos… A vino nuevo, odres nuevos”. 

La práctica de Jesús, que se hace buena noticia en su evangelio, nos deja bien claro que a partir del encuentro con él los ayunos y sacrificios, tan propios del antiguo testamento para buscar el agrado de Dios, pasan a tener sentido solo si buscan aliviar el sufrimiento y la miseria de las personas. Misericordia quiero y no sacrificios (Os 6,6 y Mt 9,13) nos vienen repitiendo desde que comenzamos el año jubilar de la misericordia.

¿Dónde están los nuevos odres? Pido de antemano su perdón, pero no me acaba de encajar ni teológica, ni pastoral, ni humanamente, que nuestros pastores anuncien su nuevo plan pastoral con una jornada de ayuno y oración. Y no porque no sean necesarios uno y otra, sino porque se sitúan muy lejos de ese nuevo impulso evangelizador que quieren dar a la Iglesia, más lejos aún de todos esos cristianos no practicantes (¿ninguna de las cabezas pensantes de ese plan pastoral se ha parado a preguntarse que tal vez dejaron de practicar porque descubrieron que la vida de cada día tiene poco que ver con la vida nueva que se les anunciaba?), y en los antípodas de los ateos y conformistas.

Tengo la impresión de que los odres nuevos, de los que curiosamente Jesús habla en contexto de ayuno ritual, necesitan un plan pastoral que los saque de los estilos eclesiales casposos. Hace un año, en la misa de familias que celebramos cada domingo en la parroquia, decidimos terminar la celebración cantando y bailando la canción A quién le importa, de Alaska, fueron muchos los que en los días siguientes se acercaron a nosotros para decirnos emocionados que estas misas les estaban ayudando a reencontrarse  y  reconciliarse con Dios. No sé si estas personas entren en el grupo de los no practicantes, los conformistas o los ateos, tampoco sé dónde encajo yo porque a los pocos días el obispo me quiso dejar claro lo impropio de ese tipo de cantos y bailes en una celebración litúrgica y el escándalo que produce en las gentes sencillas, es decir, en los practicantes y católicos supuestamente no conformistas.

No salimos de las puertas del templo, a la mayoría de nuestra gente todo esto le resbala, no hay quien entienda nuestras palabras y nuestros gestos, los odres nuevos se prohiben y se arrinconan, porque a la mayoría de los cristianos bienpensantes que culonean (verbo curioso que viene a significar aquellos que se sienten cómodos sentados y sin cambio) en las iglesias y reuniones les resulta más fácil y más santo repetir gestos vacíos, y es que cambiar las estructuras injustas del mundo, promover relaciones de igualdad, dar esperanza y ánimo a los desalentados…, es muchísimo más cansado y fatigoso…, y además parece cosa de comunistas.

Vivir engañados

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Asistir desde la distancia al debate que en los últimos días, y especialmente la noche del cinco de enero, se ha creado en torno a las cabalgatas de reyes, es como un bálsamo hemorroidal. Pero, ¿qué estamos haciendo? Nos hemos convertido en tristes defensores de historias que han perdido hace tiempo su condición de parábolas de la vida. Se indignan por la elección de mujeres para representar a un Rey Mago los mismos que atacan el inmovilizo vaticano para no dar el sacramento del orden sacerdotal a las mujeres; se rasgan las vestiduras por las túnicas y la estética de fantasía de unas figuras de fantasía, los mismos que reclaman adaptar formas y estilos a los nuevos tiempos.

Vivimos engañados y engañándonos, y en semejante mentira colectiva, que sirve para sentirnos seguros, apoyados en las tradiciones, en medio de un mundo cambiante y acelerado, perpetuamos formas que  traicionan la buena noticia por la que Jesús de Nazaret fue entregando su vida poco a poco. Las Cayetanas Álvarez de Toledo* de hoy son los Herodes de entonces, impasibles ante lo que explota delante de sus narices, incapaces de interpretar los signos y la intrahistoria, lugares teológicos donde Dios actúa y que los amparados en el poder tienden a desacreditar como espacios sagrados. Aquellos personajes que se presentaron en Jerusalén porque habían visto aparecer una estrella tenían más de fantoches que de reyes, eran más dignos de burla que de respeto, encajaban poco en el palacio de Herodes y menos aún en la casa humilde de María y José (no, no fueron a ningún pesebre de animales, se les hace llegar a la casa). Pero son justamente esos símbolos de contradicción los que nos recuerdan que Dios actúa, que nos salva a través de gestos sencillos y por medio de los débiles.

Nuestro engaño, en el que ha caído siempre mucha gente de Iglesia, consiste en empeñarnos por desplazar esa actuación marginal de Dios para ocupar su puesto con Reyespoder, trajes deslumbrantes y demás tranquilizadores de conciencia que nos ayude a pensar que no todos los que vienen de oriente son  unos terroristas sin escrúpulos. Convertir un símbolo en algo real, dotarlo de historia y de poder, vestirlo de gala y construirle toda una catedral gótica en Colonia como panteón, puede que sirva para canonizarlo pero lo separa definitivamente del plan de salvación de Dios. Solo superamos el engaño cuando recordamos a los niños, y a los adultos, que el Dios al que adoramos y veneramos se vale de lo hortera de este mundo, para hacernos ver que la salvación viene de lo sencillo y tiene su fuerza en lo que el mundo desprecia, es Evangelio puro.

¿Qué me importa si representa esos símbolos una mujer en lugar de la tradicional imagen barbada de un varón viejo y cansado (que, por cierto, qué mal puestas)?, ¿qué me importa si se viste con trajes de fantasía o se parece a un mago (aunque…, se supone que debería parecerse más a un mago que a un rey)? No estoy por creer que la alcaldesa de Madrid haya tenido en cuenta todo esto del significado teológico y simbólico de los Magos de Oriente, pero estoy convencido de que nos ha hecho un favor colateral, al desvelar a tanto fanático y fariseo que se siente más seguro con los mitos que con el Evangelio de Jesús.

 

* Cayetana Álvarez de Toledo, ex diputada del PP y actual Directora del Area Internacional de Faes es considerada la iniciadora de la etiqueta #noteloperdonarejamasManuelaCarmena en Twitter. Por cierto, compañera de partido y amiga personal de D. Jorge Fernández Díaz, ministro del interior en funciones y paladín de las devoluciones en caliente y las vallas en Melilla y Ceuta. Voy entendiendo que a unos reyes vestidos de armiño y con petrodólares en el banco no hay motivos para denegarles la entrada y los permisos de residencia, y ya puestos hasta reírles las gracias como presidentes de nuestros clubes de fútbol o nuestras empresas deficitarias, al fin y al cabo eso no quitará el sueño a la hija de doña Cayetana.

Envuelto en pañales

καὶ τοῦτο ὑμῖν σημεῖον, εὑρήσετε βρέφος ἐσπαργανωμένον καὶ κείμενον ἐν φάτνῃ. Lc 2,12

felicitacion navidad 2015

A veces creemos estar protegiendo nuestra fe de las inclemencias de un tiempo poco propicio para lo nuevo. Tener a Dios localizado es algo más antiguo que los actuales sistemas de geolocalización que llenan las memorias de nuestros teléfonos inteligentes, porque desde esa sencilla estrategia nos ilusionamos con aquella vieja aspiración de ser como Dios.

La señal que de parte del mismo Dios nos viene, para saberlo identificar, se resume en aquel “ἐσπαργανωμένον”, envuelto en pañales, tan claro como directo, abofeteador de conciencias, desvelador de presencias. Dios parece jugar con nuestros sentimientos colocando ante nuestros ojos el misterio del Dios escondido. Un dios envuelto en pañales es una presencia desprotegida, herética, casi ridícula; es una broma teológica para nuestras sesudas disquisiciones sobre la naturaleza y la esencia divinas; es un absurdo vestido de futuro con olor de presente.

Pero son, precisamente, esos envueltos en pañales de todos los tiempos quienes mejor nos hablan de Dios. Nuestro esfuerzo para ver gestos de divinidad en ese débil niño del pesebre, roza los ridículos de vestirlo de encaje y ponerle aureolas doradas, hacer que sus dedos bendigan nuestro hogar o ver cruces sobre su frente. Pero no hay más que un signo, el más simple, unos pañales. Los pañales son carga de presente, no un presente cualquiera, sino uno que se abre a un futuro de esperanza, que sitúa adecuadamente a la realidad, y por esa misma razón nos enseña a descubrir ese presente de Dios en salvavidas para niños sirios o iraquíes (sí, sí, aunque ya casi no se hable de ellos siguen cruzando mundos huyendo de la guerra), en los niños esclavos de las multinacionales de la moda o del deporte (también siguen existiendo, aunque haga tiempo que nadie los recuerda, y a pesar del lavado de conciencia que Nike, Adidas y otros han hecho con nosotros), en los menores que son víctimas de abuso (no hace mucho me querían convencer de que cierto pobre sacerdote era la auténtica víctima en un caso de abuso que clama al mismo cielo).

Los envueltos en pañales no han llevado nunca las de ganar, por eso Dios no tiene más remedio que encarnarse en ellos, a pesar de lo que digan nuestros jerarcas o nuestros teólogos, protegidos aún en el palacio de Herodes y aferrados a signos que ya no dicen nada a nadie.

Salir cada día al encuentro de estos envueltos en pañales supone arriesgar mi imagen de Dios, aprender a postrarme ante ellos como auténtica presencia de Dios, supone arriesgar mi fe y mi prestigio, pero es el único modo en que “feliz Navidad” me suena realmente feliz.