Una ética del exceso

Una vez he aporreado con mi martillo todos los clavos encontrados, el juego se transforma en tragedia cuando me hago consciente de haber golpeado inmisericordemente todo lo que me parecía un clavo, tierra quemada en la que deberé reconstruir con algo más que buenas intenciones y sabias palabras. Invirtiendo los papeles, y a petición de un buen amigo, me fijo hoy en los clavos. Asumir los golpes de los itinerantes martillos descolocados, conlleva el peligro de acabar creyendo que no hay mejor función en la vida que ser objeto de la ira y la frustración de otros. Es fácil confundir paciencia con acomodación, y he conocido un buen puñado de clavos que se reconocen útiles mensajeros de una paz impuesta y artificialmente creada.

Un viejo refrán sirve de consuelo a tantos clavos machacados por la vida, tan viejo que ya es citado por Aristóteles: “Los malos son útiles para llevar a cabo proyectos perversos; pues «un clavo saca otro clavo», como dice el proverbio.” (Política, Libro VIII, cap. IX). Un nuevo dolor ayuda a olvidar el viejo, la memoria se desvanece con la urgencia del presente, y olvidamos los martillos que nos golpearon cuando nos vemos aplastados de nuevo. Cicerón dulcificó siglos después la máxima, «el nuevo amor saca al viejo amor, como un clavo a otro» (Disputaciones Tusculanas), hasta el punto de que hoy en día el refrán se emplea más para hablar de desamores que de los males que nos amenazan.

La propuesta de Jesús de Nazaret, que el evangelio de Lucas expresa libre de adornos, invita a cambiar las cosas invirtiendo las reacciones. No dejamos de lado nuestra condición humana cuando perdonamos a quienes nos ofenden, cuando amamos a quienes se declaran nuestros enemigos, cuando hacemos el bien a quien solo siembra odio…, es justamente entonces cuando somos más plenamente humanos. Pero es una lección difícil de practicar y de asumir. Vivimos enganchados a una rueda de venganzas personales que condiciona nuestras decisiones, una idea de justicia armonizante se nos vende como único remedio para salvar los muebles en nuestros constantes intentos de supervivencia, lobos para el hombre (Hobbes dixit), convencidos ignorantes de que no hay otro camino que el de dejarse llevar por la marea de la propia historia y del sistema que nos envuelve.

Las personas malas y los proyectos perversos no pueden convertirse en excusa ni antídoto para nuestros fracasos, personales o sociales. Que exista quien lo pueda hacer peor no es pretexto para esquivar un camino de superación, un clavo liberado por una nueva injusticia nunca podrá ser un clavo sano, guardará en su memoria la herida que lo sacó, determinando cualquier atisbo de bondad en el que creer y crecer. Se hace necesaria una ética del exceso. Se nos reclama una salida de la rutina de esa rueda giratoria que nos devuelve a los puntos de partida, sin extraer enseñanzas para la mejora personal. No son aceptables los clavos del otros vendrán que bueno te harán, ni aunque lleguen envueltos en lazos de amor que ayuden a olvidar antiguos amores tóxicos.

Esta ética del exceso es una invitación para vestir de belleza nuestras relaciones, con el mundo y con las personas, recuperando la vieja y platónica idea de bondad. Si no paramos valientemente la inercia de los clavos que sacan otros clavos, si nos echamos atrás conformándonos con el amargo sabor del odio, nunca encontraremos las bellas palabras que alimentan el encuentro. Es el exceso de la gracia, de la necesaria salida de los intersticios, que empequeñecen nuestra visión de que las cosas pueden, y deben, ser de otro modo.

La ofensa gratuita

En las últimas semanas hemos sido testigos, espero no ser el único en percibirlo, de un aumento escalofriante de ofensas gratuitas, salidas de tono y burlas varias. Junto a políticos, deportistas y gente de la farándula «descubiertos» saltándose las recomendaciones o prohibiciones sanitarias, pudimos ver a un DJ escupiendo bebida a los asistentes de un discoteca en Torremolinos, a Loquillo burlándose de un vigilante jurado en un concierto en Torrelavega o a dos auxiliares de una residencia de ancianos en Terrassa denigrando y riéndose de una anciana. Además de los puntos comunes obvios, y de la indignación social provocada, todos los casos coinciden en la rápida aparición pública pidiendo perdón, mostrando arrepentimiento y afirmando que esa actitud no les define, una vez descubierto el alcance de su acción todos rechazaron ese tipo de actuaciones.

Pedir perdón no solo es necesario, también es sano, se convierte en un gesto de humildad, que restaura los equilibrios desgastados y dañados de la vida y de las relaciones. El perdón implica una liberación interior del sentimiento de culpa. Si no liberamos la culpa acaba por consumirnos, poco a poco coloniza cada resquicio de dignidad personal y desplaza desvergonzadamente los valores que desde niños nos han enseñado a superarnos, a levantarnos, a volverlo a intentar. La culpa, además, es enfermiza, pasado ese primer momento en que actúa como un resorte para obligarnos a despertar, se acomoda a nuestra vida y contagia todo con su promiscua presencia, reinterpretando nuestras conductas y también las de quienes nos rodean. La culpa nos moviliza, y sin perdón nos acaba paralizando.

Pero el perdón hay que aprenderlo. En primer lugar asumiendo el fracaso personal que conlleva, y desgraciadamente no contamos con un sistema educativo que enseñe a integrar el fracaso, a trabajarlo en la propia vida y reenfocarlo como fortaleza. El perdón implica un reconocimiento del error personal que lo transforma en aprendizaje, en posibilidad de futuro. Pero no siempre es así. En los ejemplos presentados antes, y en tantos otros que conocemos, el perdón se hace postureo social, y eso convierte la ofensa en gratuita, evita la responsabilidad, aumenta el daño y deja un peligroso mensaje: no importa lo que hagas o lo que digas, actúa en libertad, siempre podrás pedir perdón y todo se olvidará. Esta hipocresía social elimina la dimensión de fracaso en el perdón, no hay un reconocimiento de la culpa, ni siquiera arrepentimiento, solo interesa que el medio olvide la ofensa y la deje pasar.

El problema es que hemos explicado el perdón como ese pasar página, y en concreto el perdón cristiano como el olvido consciente de la ofensa, pero hemos fallado, y fallamos, en la necesaria integración del perdón. Sin ella redundaremos en la construcción de la justicia, imprescindible para la restauración del orden social, encarnada no solo en las leyes que la garantizan sino también en la equidad y el equilibrio que permiten la convivencia y el acceso universal a los derechos. A costa de construir justicia no estaremos garantizando el orden emocional, sin la integración del perdón no reintegramos las cosas en el orden del mundo ni en el orden personal.

«Dos fuerzas rigen el universo, la gravedad y la gracia», son palabras de Simone Weil. La gracia es el perdón hecho encuentro, y se fundamenta en el esfuerzo constante por encontrar espacios comunes, por integrar la propia vida, también la que se levanta tras cada caída. La gracia no habla de un perdón gratuito, ese que se exige tras las ofensas como si no hubiera otra salida para aquel a quien se le pide. La gracia rige el universo trascendental en que respiramos, y para encontrarla seguimos necesitando la fe. Al igual que con la gravedad, no nos basta observar cómo caen los cuerpos inexorablemente, hemos de dar un paso de fe para reconocer la fuerza que los atrae. Así es como actúa el perdón, por eso es hipócritamente humillante convertir, apelando al perdón, la ofensa en gratuita.

El perdón, como garantía del orden emocional, se construye a partir de un cómo, no de un por qué. Este es seguramente el error más común en el momento de integrar el perdón, el error que nos lleva a volcarnos en la siguiente página y pensar que la ofensa acaba saliendo gratis. No hay direccionalidad en el perdón, como no la hay en la gracia, hay encuentro, hay una historia, hay un cómo desde el que se restaura y se levanta de nuevo el edificio emocional, y solo desde ahí podemos trabajar el sentido y aportar sentido. No en vano Gracia es uno de los nombres de Dios.