Todo cambia

Es acercarse el fin de cada año y darnos cuenta de que todos los buenos propósitos se han vuelto a quedar en un limbo de olvido. En una semana volveremos a dejar vagar nuestros sueños, compromisos que nos devuelvan a convencimientos de cambio. No soy demasiado duro con ello, somos así, necesitamos esperanzas para vivir y para ser, y aunque nos parezca que nada ha cambiado, que no hemos alcanzado a mover las altas montañas que nos propusimos, hay mucho que cambia en nosotros, imperceptible a veces, negado otras muchas, tal vez porque hemos suplido el cambio por las ensoñaciones.

Todo cambia a nuestro alrededor. Hay veces que los cambios nos envuelven en una espiral mareante de los sentimientos, son los cambios que nos hacen excesivamente precavidos, los que matan la creatividad, porque nos da demasiado miedo la fragilidad que conllevan. Otras veces los cambios son para afianzar posturas, pasos atrás a la firmeza de las convicciones, son cambios que graban en piedra nuestras vidas para que ya no olvidemos lo que fuimos, eternizan cada paso dado y se niegan a otros cambios. En ambos casos el cambio es inmovilista, paradoja y apariencia, pero no realmente cambio.

Cuando todo cambia lo prudente es ser nosotros también parte del cambio, aunque también es lo más difícil, porque se nos hace extraño el propio cambio. Pero solo cuando nos dejamos cambiar podemos fundirnos con la esencia de la vida, soltar las amarras del miedo y atrevernos a descubrir lo que permanece. Asumiendo el cambio, y con él la pérdida y el olvido, nos alejamos de los dogmas cerrados y las tradiciones rancias. Lo único inmutable será siempre el amor, no a quién amamos, ni cómo lo hacemos, sino el amor, por sí mismo; el amor que nos habla de dolor y de recuerdo armonizados; no son inmutables las palabras, estas sí cambian, se las llevan muchos vientos; no lo son tampoco los principios morales, van y vienen, incluso se venden en mercados emocionales. Solo el amor alumbra lo que perdura, el amor que nos permite mirar limpiamente, el que permanece incluso cuando cambiamos nosotros.

¡Qué bonito lo dice el poeta chileno Julio Numhauser! ¡Qué bonito cantó sus versos Mercedes Sosa! 2023 se nos anuncia un año duro, en lo económico, en lo político… Mi primer propósito es llenarme de confianza para que los cambios de todo no cambien mi capacidad de amar y de recordar. Feliz Año Nuevo.

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia el más fino brillante
De mano en mano su brillo
Cambia el nido el pajarillo
Cambia el sentir un amante

Cambia el rumbo el caminante
Aúnque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia todo cambia…

Pero no cambia mi amor
Por más lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente.
Lo que cambió ayer
Tendrá que cambiar mañana
Así como cambio yo
En esta tierra lejana.
Cambia todo cambia…

Sin lugar para ellos

La Navidad es la celebración del desempoderamiento de Dios, a pesar de que la hemos convertido en un símbolo justo de lo contrario. Nos empoderamos de ganas de demostrar que hemos sobrevivido a decenas de pequeñas luchas; nos empoderamos de deseo, de imágenes que sobresalen por encima de la cotidianidad; nos empoderamos para esquivar pérdidas, para afianzar nuestras seguridades, y si es frente a otros mejor. Lo más triste es que lo seguimos haciendo en el nombre mismo de Dios, en un olvido sintomático de las lecciones que creíamos haber aprendido bien, y también en el nombre de un humanismo que, en el mejor de los casos, es tibio.

Cuando Dios se desempodera, se convierte en una presencia subversiva y aguafiestas. No dudamos, incluso, en hacerlo callar. Silenciamos su presencia cuando lo hacemos cómplice de nuestras posesiones, a Él, que se desposeyó; cuando lo encerramos en nuestras respuestas, a Él, que ama infinitamente las preguntas; lo silenciamos cuando lo reducimos a una meta a alcanzar, a Él, que se hizo pura posibilidad y proyecto, niño, pequeño. Lo llenamos todo de altas luces y alegría impostada, porque no queremos ver el suelo del pesebre sobre el que caminamos, ni tampoco a quienes siempre, desde aquella primera Navidad, han estado más pegados a su barro.

Nuestro afán de silenciar nace del desconcierto. No es nada fácil vivir en espacios que nos desempoderan, menos aún cuando todo parece invitarnos a ser los reyes de la casa. Se hace necesario un aprendizaje, el que comienza mirando desde abajo, los no lugares, esos en los que nos cuesta más quedarnos, los más humanos, los mismos en los que la esperanza camina aún con muletas, los que requieren más de la confianza y del cuidado, donde Dios elige encarnarse para comenzar, una vez más, su historia de salvación para todos.

Quiero escuchar nuevamente las palabras proféticas de Jeremías, «Confiad, os daré un futuro lleno de esperanza» (Jr 29,11). Pero esta vez quiero escucharlas junto a todos los inocentes que se quedan sin lugar, nuevamente. Necesito que mi fe, sobre todo esta Navidad, me devuelva, nos devuelva, a esos lugares de salvación, todos los que he ido deshumanizando para llenar mis búsquedas de justificaciones y de buenas intenciones, y debo hacerlo para descubrirlos y convertirlos también en mi hogar. Pido ser un aguafiestas, que se acerca y encuentra con quienes vuelven a quedarse, sin lugar para ellos.

No es resignación, más bien consiste en aprender a ser comienzo, punto de partida y punto de encuentro para que todas las opciones liberadoras las aprenda a asumir desde la realidad más sencilla, la de quienes amo y acompaño. No tengo más camino que hacerme plenamente humano, abrazado a mis limitaciones, saliendo de los lugares que me invitan a quedarme para siempre y de las sillas que me llaman a sentarse, debo evitar los trinos, los palacios y los templos que me instalan y empoderan. Así, desempoderado, sin lugar para mis descansos, despojado también del poder para cambiar definitivamente las cosas, desnudo de las seguridades más esclavizantes. Humanizarme también en los no lugares. Desde ahí es que te invito, porque es Navidad, ¡humanízate!

Todavía «no hay lugar para ellos»,
ni en Belén ni en Lampedusa.
¿Navidad es un sarcasmo?
«Si tu Reino no es de este mundo»
¿qué vienes a hacer aquí,
subversivo, aguafiestas?

Para ser el Dios-con-nosotros
has de serlo en la impotencia,
con los pobres de la Tierra, así, pequeño,
así, desnudo de toda gloria,
sin más poder que el fracaso,
sin más lugar que la muerte,
pero sabiendo que el Reino
es el sueño de tu Padre,
y también es nuestro sueño.

Todavía hay Navidad,
en la Paz de la Esperanza,
en la vida compartida,
en la lucha solidaria,
¡Reino adentro, Reino adentro!

(Pedro Casaldáliga)

Gracias, sigo adelante

Hoy toca compartir algo muy personal. Necesito agradecer, tomar conciencia del tiempo pasado, desde este presente que se me hace grande y me trasciende, resistiéndome a mirar el mañana para evitar que se convierta en sustituto de la tierra que me toca pisar y recorrer. Un 11 de octubre de hace 25 años recibía la ordenación presbiteral, y aunque evito vivir de los recuerdos, doy gracias por todos los que me han traído hasta aquí, por cada crisis, por cada levantada, por las heridas visibles y por las invisibles, por los encuentros y las despedidas.

Vivo este día con la claridad de una mirada que se ha ido haciendo poco a poco a aceptar los retos y escalar alturas. No me asusto fácilmente, quien me conoce lo sabe, pero tampoco vivo en la fantasía del todo saldrá bien. Junto a mis logros cuento también mis derrotas, y no me quedo a vivir en ellas, por eso solo forman parte de mi biografía pero no de mi presente. Todo lo celebrado, todo lo encontrado, todo lo perdonado es parte de lo que soy; cada mañana afronto un camino sin retorno, sin que los nubarrones o el sol decidan por mí, convencido de ser yo quien construye este día, no como experiencia sino como existencia.

Desde aquella mañana, de hace veinticinco años, me persigue el olor del crisma perfumado que el obispo ungió sobre mis manos. Mi vivir se ha ido impregnando de ese olor, tantas veces sin apenas darme cuenta, otras muy consciente de que mis manos son lo más importante del ministerio recibido, curan, acarician, acogen, perdonan, agradecen. Miré y olí mis manos compulsivamente, no me canso de hacerlo.

Cada vez que mis periferias se han llenado de impotencia y de silencio, en los oscuros vacíos, he llevado las palmas de mis manos a la nariz, he aspirado fuerte, para formar un puente entre la gracia y la realidad, para recordar que el dulce crisma que las consagró también consagra la vida que tocan. A cada ocasión en que mis emociones se han perdido en el dédalo de los imposibles, pidiendo tiempo muerto para volver a los abrazos extraviados, he posado las manos ungidas sobre mi cabeza y mi corazón, para bendecir de nuevo los espacios, para abrazar los retos, con mirada creativa que siempre encuentra una salida en el laberinto. Cada vez que la brújula dislocada de la razón me ha invitado a seguir caminos vividos por otros, para no cansarme ni perderme, he extendido mis manos, con las palmas vueltas hacia abajo, para bendecir el camino que piso, para seguir creyendo que son las sendas no trilladas y las palabras nuevas las preferidas por Dios, que no deben asustarme.

Me siento mejor siendo simplemente alguien que pasa. No soy de los que pisan otras huellas o me quedo a vivir en cómodos sillones, prefiero equivocarme y aprender de errores y aciertos, sentir crecer la esperanza a mi alrededor, leer la vida, olfatear la adrenalina del ser. Creo, he creído y seguiré creyendo, que mi vocación ni fue ni es una opción, más bien un descubrimiento. Por eso busco, me adentro en los recovecos que me revelan la necesidad de darme, no reservo nada al pesimismo.

Ser, es lo que me ocupa ahora. No dejarme arrastrar por principios o apegos que me contradicen, incluidas las vivencias maravillosas que he vivido. Quiero ser, en los encuentros, las gracias, las palabras, los reveses, los misterios, los laberintos, en todo cuanto me habita. Y también con quienes en estos veinticinco años habéis indagado conmigo toda esa belleza del ser. Caminando a vuestro lado sigo descubriendo esta preciosa vocación con la que Dios unge mis manos. Caminando a vuestro lado, soy.