El encuentro

El encuentro con el otro es más que una mera necesidad de complementación; es un reconocimiento de la alteridad y del significado que tiene para mí aquello que no soy yo mismo. Es una apertura hacia el horizonte del , un camino que se amplía gracias al nosotros, un espacio que va más allá de la convivencia o el deseo, singularizándose en la diferencia compartida.

Encontrarse no es un mero efecto aleatorio. Aunque muchos de nuestros encuentros sean simples cruces de caminos que dejan su huella en nosotros, su autenticidad y simbolismo nos hablan de una pluralidad que enriquece y conmueve. Esto sucede precisamente porque el otro escapa a nuestra compresión; tiene otra historia, otra forma de interpretar el mundo y de experimentar la vida. Cuando me miro en el espejo, no hay encuentro, solo autoafirmación de lo que deseo ver, ser y sentir. Por ello, mis encuentros con otros deben evitar convertirse en meros cruces de presencias o en la búsqueda de un espejo que solo refuerce mi necesidad de reconocimiento propio.

Sin embargo, el verdadero encuentro implica ese reconocimiento personal. Hay personas que nos acercan más a nuestra humanidad, cuya mirada nos permite vislumbrar nuestro destino. Son personas que nos desafían a descubrirnos a nosotros mismos y el vasto mundo polifacético de posibilidades que nos da sentido. El verdadero signo del encuentro es esa proyección, una diferencia que nos lleva directamente hacia nuestra identidad, una identidad que no se limita a autodefiniciones complacientes, sino que nos abre a la diversidad.

Cada encuentro es un viaje que nos permite traspasar fronteras y, una vez cruzadas, poder mirar atrás y ver cómo esas fronteras se desdibujan, permitiéndonos apreciar con valentía la verdad que yace más allá de nosotros mismos. Como cualquier viaje, estos encuentros nos enriquecen, completan nuestras definiciones y amplían el vocabulario que usamos para nombrar las cosas y los sentimientos. Dice Aristóteles en su Ética a Nicómaco que un amigo es alguien que nos hace mejores. Los encuentros son extensiones ampliadas de esa amistad; el valor del viaje se confirma en la confianza que nos enriquece.

Según Martin Buber, la verdadera vida es encuentro. Ganamos territorios y espacios sin convertirnos en colonos; nos aventuramos en una vida llena de significado donde sabemos que somos intérpretes de nuestras relaciones. Dejamos mucho de nosotros mismos, conscientes del enriquecedor fruto que cada encuentro, cada experiencia, cada salida y cada espacio compartido nos ofrece.

#InspiradoresDeEncuentros

La pasada semana se celebró, un año después, el XVI Congreso de Escuelas Católicas, con el sugerente lema de Inspiradores de Encuentros. Ha sido una experiencia apasionante, tanto por los ponentes como por la posibilidad de reencontrarnos. Comparto aquí algunas ideas de la presentación que hice del Congreso.

Las posibilidades de encuentro se han reducido en los dos últimos años al espacio virtual y a momentos puntuales. Necesitamos encontrarnos, incluso cuando la soledad parece una opción más deseable, en espacios de intimidad y en la plaza pública de la vida compartida con otros. El encuentro no es solo algo cultural, no puede quedarse en una medida antropológica, es más bien un situarse ante el otro y ante uno mismo. El encuentro nos salva de la tentación solipsista, nos incorpora al camino que transitamos con otros, senderos que vienen y van a diferentes lugares pero que pisan la misma tierra y comparten los mismos anhelos.

Dedicar un Congreso de la escuela de ideario católico al encuentro es apostar por uno de los elementos esenciales de la misión educativa. La escuela es lugar privilegiado para inspirar encuentros, los educadores estamos llamados a ser, en nuestra hermosa labor, inspiradores de encuentros. Fuera de la familia, el primer lugar del encuentro es la escuela. Al espacio de relaciones afectivas y de cuidado que es la familia, sucede muy pronto la escuela, primer lugar del encuentro, donde las palabras adquieren una nueva resonancia y las relaciones nos abren al entorno y a la caricia de la amistad. En la escuela nos encontramos con nuevos aprendizajes, a través de la enseñanza de determinadas materias, nos encontramos con nuevas interpretaciones de la realidad, descubrimos e incorporamos valores y comportamientos que transformarán el resto de encuentros que nos esperan en la vida. La escuela da comienzo a los primeros contactos sociales, fuera de la familia, con aquellos que se convertirán en nuestros conocidos, en nuestros amigos.

Inspirar encuentros no es una tarea menor, por eso mismo requiere de todos los que formamos parte de la aldea de la educación. Se nos requiere para el reconocimiento, para una memoria de la mística del encuentro, que abra caminos sinodales y de equidad, que alimenten nuestro deseo de compromiso, de cuidado y de Evangelio. Nos inspira el papa Francisco, que nos invita a crecer en la cultura del encuentro, a salir de nuestros invernaderos para descubrir que la identidad no se cultiva en la autorreferencialidad sino en el encuentro con el entorno y con los otros, en diálogo con aquellos junto a quienes debemos caminar como amigos en la busca de un bien común, en un pacto que mejore las relaciones. Ni el pacto ni el diálogo necesitan de pregoneros y juglares que los canten como emblema, deben ser reales y constructivos, implicados todos en la escucha mutua y en la participación para la mejora de nuestras relaciones y de nuestro sistema educativo.

La historia está llena de encuentros inspiradores, también el Evangelio. Homero acaba la Odisea con uno de los más bellos. Cuando Odiseo, Ulises, regresa a Ítaca, tras veinte años de encuentros y desencuentros por el Mediterráneo, contó con la ayuda de Euriclea, la nodriza de Telémaco. Ella ejerció de inspiradora del reencuentro entre Ulises y Penélope, del lento y complejo reconocimiento entre ambos después de la larga ausencia. Penélope tiene miedo, no sabe cómo actuar cuando tenga delante a Ulises, duda entre besarle la cabeza o tomarle de la mano. Cuando llega el reencuentro se suceden miradas, titubeos, incertidumbres, hasta que las señales del cuerpo y de las cosas ayudan a recobrar, desde la memoria, la presencia perdida. Finalmente, Penélope y Ulises se abrazan. El abrazo, ἀγαπάζω (ágape) escribe Homero, se convierte en signo de proximidad y reconocimiento que facilita el reencuentro.

Años de ausencia, espera inacabable que encuentra la mirada del otro, el gozo del reencuentro y el reconocimiento. Como Penélope y Ulises, también nosotros nos encontramos. Primero, con la mirada, después con los abrazos. Ver y tocar, principio de posibilidad, de encuentro en el otro, inspirados siempre por quien nos quiere y acompaña. Ha llegado el tiempo de mirarnos, de abrazarnos, de encontrarnos. Llamados a nuestra Ítaca particular, sin sucumbir a la voz y los hechizos de las sirenas, para reencontrarnos con quien nos esperaba. Que no tengamos que arrepentirnos, como le pasó a Penélope, de los abrazos rehuidos, porque nuestra es la tarea de inspirar encuentros.

El orden de los factores

Desde niños hemos aprendido que el orden de los factores no altera el producto. Cuando maduramos nos damos cuenta de que no siempre es así, y hay ciertos modos de ordenar las cosas que cambian por completo el sentido y la relevancia que tienen para nosotros. Me ronda desde hace unos días uno de esos cambios de orden que alteran profundamente el producto. Del sabes lo que necesito al sabes que lo necesito. El orden de solo dos pequeñas palabras traslada la fuerza y la responsabilidad de la frase, y nos da una pista imprescindible para aquello tan necesario como huidizo que es la aceptación.

Sabes que lo necesito. Lo que parece un inocente cambio de orden trastoca todo el sentido de la oración. El foco de atención ya no está en el otro sino en uno mismo. De la necesidad se pasa al deseo, y no se tiene reparo alguno en mostrarlo y exigirlo, reclamando que el otro no solo lo conozca sino que responda a mi deseo en el tiempo y el modo que yo quiero, que creo necesitar. La súplica evita el encuentro, ya no importa tanto lo que el otro sabe de mi necesidad, solo es importante que conozca mi deseo, mi carencia no integrada, aquello que me convierte en indigente de una atención que se desvía del ser para hacer hogar en los diferentes modos de estar. La necesidad surge de la carencia, pero no siempre se integra en emoción, como afirmaba Maslow, a veces la respuesta a la necesidad se trastoca en deseo, solución urgente e inmediata a la carencia, sin la reflexión de la conciencia. Platón lo describe con maestría en su diálogo El banquete, cuando Sócrates hace ver a Agatón que el deseo nace de la necesidad cuando no se tiene lo que se desea, y es así como nos volvemos profundamente infelices.

Sabes lo que necesito, salmo 139. Nos abre a un espacio de confianza y de respeto. En el encuentro con el otro, y con Dios, hay una sabiduría intrínseca al mismo que es fundamento y sentido de su crecimiento y oportunidad. El deseo da paso a la necesidad, las palabras al conocimiento, no hace falta rebuscar expresiones que condicionen el diálogo del encuentro, a la presencia empoderada en el amor le basta con saberse, estar ahí, reconocerse. Y esa guía del corazón aprende a integrar mis necesidades y las del otro, a ver mis carencias y las del otro, sin trampa ni cartón. No ha llegado la palabra a mi boca, y ya te la sabes toda. Sondeo de los sentimientos que nos sitúa en un espacio sin condiciones, en el que no impongo mis necesidades, tan solo las reconozco y las respeto, incluso si el encuentro contigo no las cubre, sobre todo si ese encuentro no las abriga, porque sabes darme lo que necesito.