VIVIR A LA INTEMPERIE

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Contra el pensamiento prestado

10/02/202608/02/2026 / Pedro Huerta / 1 comentario

Pensar nos compromete. Rompe los automatismos, nos saca del refugio cómodo de lo sabido y nos deja a la intemperie. Quizá por eso hoy pensamos menos y opinamos más. En un mundo que vive a golpe de notificación, es más fácil repetir que elaborar, reaccionar que comprender, compartir que rumiar. Pensar —pensar de verdad— se ha vuelto un acto extraño, casi excéntrico. No porque resulte complicado, sino porque exige algo que evitamos: tiempo, cuerpo, memoria… y una cierta tolerancia a la intemperie interior.

Gustave Thibon dijo: «Vivo muy poco de lo que pienso, pero lo suficiente para no enorgullecerme de todo lo demás». El pensamiento no nos convierte en mejores por acumulación, sino en más humildes por contraste. Nos deja frente a la distancia incómoda entre lo que intuimos como verdadero y lo poco que alcanzamos a encarnar. Y es justamente esa distancia la que vuelve imprescindible seguir pensando.

Toda relación auténtica nace de un diálogo, y no hay palabra con pulso si no hay pensamiento que la sostenga. En el espacio público hablar debería ser poner en juego lo que uno cree, a la espera —cada vez más frágil— de que otros lo escuchen, lo confronten y devuelvan algo vivo. Aristóteles advirtió que sin palabra no hay política. Pero quizá hoy el problema es otro: hablamos demasiado… y pensamos demasiado poco. O pensamos desde otros, que no es verdaderamente pensar.

Pensar no es alinearse con un bando ni repetir consignas. Pensar es exponerse. Es aceptar que nuestro punto de vista es parcial, vulnerable y siempre revisable. Por eso resulta tan incómodo en tiempos de pensamiento prestado, consensos instantáneos y certezas impostadas. Reivindicar un pensamiento propio no es un gesto narcisista, sino como acto de responsabilidad.

Me gusta una imagen propuesta por Montaigne, que desarma todo espiritualismo desencarnado: «Mis pensamientos dormitan si los dejo parados. No funciona mi mente si no la mueven las piernas». El pensamiento no nace en el aire, nace en el camino. Se afina caminando, errando, atravesando crisis. Porque toda crisis —personal, social, espiritual— es un laboratorio de pensamiento. Cuando lo aprendido ya no basta y lo sabido se resquebraja, pensar deja de ser un lujo para convertirse en una forma de supervivencia.

En un tiempo fascinado —y asustado— por la inteligencia artificial, se habla de proteger el pensamiento como si fuera una especie en peligro de extinción. Pero la verdadera amenaza no viene de las máquinas, sino de la renuncia humana a pensar. Tres pilares nos separan de delegar nuestra conciencia: el pensamiento complejo, la creatividad y un humanismo profundo. Sin ellos, no solo entregamos tareas, sino también criterio. Y una sociedad que delega su conciencia se condena a vivir de reflejos, no de decisiones.

Pensar es un ejercicio de transformación. No porque nos haga más brillantes, sino porque nos obliga a hacernos cargo de nuestra vida. Acoger un pensamiento propio —complejo, crítico, humanizante— es cuidar el alma. Es atender a lo que nos habita, discernir lo que nos mueve, nombrar lo que nos hiere y elegir —una y otra vez— cómo queremos vivir.

Por eso, vivir a la intemperie es negarse a vivir con el pensamiento prestado. Es caminar con preguntas propias, aceptar la fatiga de pensar sin refugios ideológicos, sin respuestas prefabricadas, sin anestesia. Y no para tener razón, sino para no perder el alma en la parálisis de los pensamientos dormidos.

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El arte de buscar sentido

16/09/202515/09/2025 / Pedro Huerta / Deja un comentario

Buscar sentido es un ejercicio que no solo nos permite ser humanos, sino que también nos obliga a serlo. En esa búsqueda nos descubrimos pensantes, conscientes, vulnerables. Como ya vislumbró Descartes, el pensamiento nos abre a la existencia, y con ella, a todo lo posible. Pero no se trata de una tarea puntual, sino del trabajo de toda una vida. El sentido no se encuentra, se construye. Nos constituye, nos envuelve, nos define. Forma parte del proceso de personalización, y como tal, embellece éticamente las circunstancias que nos rodean.

Sin embargo, la búsqueda de sentido no es tarea fácil. Desde que el ser humano es tal, ha intentado comprender el porqué de su existencia, el para qué de su dolor, el sentido de su muerte. Hemos creado mitos, filosofías, sistemas de pensamiento, narrativas colectivas. Pero, en el fondo, seguimos siendo criaturas que se preguntan, que dudan, que tropiezan con el misterio de estar vivos y de pensarnos.

Hoy, en una sociedad saturada de estímulos, de datos, de algoritmos que predicen nuestros deseos antes de que los formulemos, la pregunta por el sentido parece un gesto subversivo. Vivimos en lo que Byung-Chul Han llama “la sociedad del rendimiento”, donde el sujeto se explota a sí mismo en nombre de la libertad. En ese contexto, se hace necesaria una resistencia íntima: detenernos a pensar, a sentir, a preguntarnos.

Es en los momentos de quiebre —cuando la vida nos sacude, cuando el control se nos escapa entre los dedos— donde la pregunta por el sentido se vuelve ineludible. Ya no se trata de grandes interrogantes metafísicos, sino de un simple y desgarrador “¿por qué?”. Los verbos, sujetos y predicados se hacen implícitos, pero están más presentes que nunca. El lenguaje se reduce al mismo tiempo que se multiplica la intensidad de la pregunta.

Es ahí donde la fe nos acompaña. La fe como experiencia íntima, como diálogo interior, como apertura a lo trascendente. La fe que no necesita rituales vacíos, sino silencio, escucha y presencia. Como decía Simone Weil, “la atención, absolutamente pura y sin mezcla, es oración”. La fe no nos dará todas las respuestas que estamos buscando, pero nos sostendrá. La fe no explica, pero abraza.

Zygmunt Bauman hablaba de la “modernidad líquida”, donde todo es transitorio, inestable, fugaz. En ese mundo, el sentido no puede venir dado desde fuera, sino que debe ser cultivado desde dentro. No hay mapas, solo brújulas. No hay certezas, solo caminos. Y eso exige una enorme valentía: la de vivir sin garantías, la de confiar sin pruebas, la de amar sin seguridades. El sentido, no pocas veces, se nos presentará reflejado en gestos y palabras que habíamos alejado a nuestras afueras o relegado al silencio. Hace falta mucha solidez para saberlo descubrir, pero sobre todo hace falta el coraje de volver nuestra mirada al original y dejar pasar el reflejo.

Por eso, cuando la fe se reduce a una práctica religiosa convertida en sistema cerrado, en catálogo de respuestas prefabricadas, en moralina disfrazada de espiritualidad, deja de ser espacio de búsqueda para convertirse en trinchera. Y en las trincheras no se piensa, se sobrevive. No se dialoga, se impone. No se ama, se teme.

Una fe y una espiritualidad auténticas no necesitan de trincheras. Se alimentan de preguntas, de grietas, de humanidad. Como afirma Martha Nussbaum, “la capacidad de imaginar la vida del otro es esencial para cualquier proyecto ético”. Y eso solo es posible si nos permitimos dudar, si nos abrimos a la fragilidad, si dejamos de fingir que lo tenemos todo claro.

La búsqueda de sentido no es un lujo filosófico, es una necesidad vital. No es un ejercicio intelectual, es una urgencia existencial. Y quienes tenemos fe —aunque sea una fe herida, tambaleante, contradictoria— estamos llamados acompañar preguntas más que a ofrecer respuestas. A caminar juntos a otros más que a imponer caminos. A despertar conciencias más que a tranquilizarlas.

Porque, al final, lo que más necesita el mundo no son certezas, sino sentido. Y buscarlo, es un arte mayor.

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Construir puentes y cruzarlos

13/05/202513/05/2025 / Pedro Huerta / Deja un comentario

En sus primeras palabras como papa, León XIV nos animaba a caminar “sin miedo, unidos de la mano con Dios y entre nosotros”. Frente a quienes cultivan el desencanto como actitud permanente, que con sospechosa insistencia buscan resquicios donde sembrar escepticismo; frente a quienes analizan los signos de los tiempos, los signos de Dios, con las herramientas torpes del cálculo político o las trincheras ideológicas, el papa León, como lo hiciera también san Juan Pablo II en el comienzo de su prontificado, como tantas veces repite el Señor en los evangelios, nos invita a no tener miedo, a levantar la cabeza y mirar el mundo con fe y esperanza.

No es una llamada ingenua. No es una frase bonita para encajar en titulares y quedar luego vacía de contenido. En boca de un papa misionero, que sabe de la vida y de la intemperie, es una exhortación a adquirir una mirada que trascienda nuestras limitaciones, emerja de nuestros sótanos y supere nuestras diferencias. Es una llamada a salir de la autopreservación y redescubrir una de las tareas más olvidadas, y más necesarias, de nuestra fe: tender puentes.

No es casual que al papa se le denomine Pontífice. El término viene de pons facere, “el que hace puentes”. En la antigua Roma, el pontífice era el funcionario que cuidaba los puentes sobre el río Tíber. Es un título sugerente, que pronto pasó a definir una de las tareas más importantes y bellas del sucesor de Pedro: conectar a Dios con la humanidad, a las personas entre sí, a la Iglesia con el mundo. Y en tiempos como los que vivimos, donde la polarización se ha vuelto rutina y la sospecha un método, construir puentes no es solo una hermosa metáfora, sino una tarea evangélica urgente.

Un puente no es un muro ni una torre. Su función no es proteger, sino abrir espacios. Su esencia es el ensanchamiento, no la clausura: une orillas que discurren en paralelo, salva vanos y vacíos, aproxima divergencias, abre puertas a la paz. Cada vez que negamos el diálogo, cada vez que juzgamos sin escuchar, cada vez que ponemos etiquetas donde deberíamos poner nombres, cada vez que damos la palabra a las diferencias porque creemos que la razón solo está en nuestra orilla, destruimos un puente. Por eso, una de las prácticas más tristes y repetidas de todas las guerras sigue siendo la destrucción de los puentes. Aún mantenemos en la memoria la imagen del Puente Viejo de Mostar, destruido en 1993 a causa de la guerra de los Balcanes. Romper puentes es un ejercicio de soberbia. Rehacerlos, una tarea de humildad y confianza.

Francisco insistió en esta misma idea durante todo su pontificado: “Lo que vale es generar procesos de encuentro, procesos que construyan un pueblo que sabe recoger las diferencias”. (Fratelli tutti, 217). Construir puentes no es una opción pastoral entre otras, es el único camino. Lo mismo en la política que en la educación, en la vida eclesial que en el corazón humano. Para lograrlo, Francisco nos habló de pacto educativo, León nos habla de construir puentes. Dos imágenes para una misma tarea, en la que necesitamos idénticas actitudes: facilitar el diálogo y el encuentro, vivir en disposición de salida, abrazar la fragilidad de la realidad, perder el miedo.

Tender puentes exige renunciar a la comodidad de nuestras orillas, cuestionar nuestras seguridades, dar un paso hacia el otro sin garantías. Requiere una disposición interior que no se improvisa: humildad, escucha, paciencia, capacidad de asumir que tal vez sea yo quien esté equivocado.

Pero no basta con levantarlos, también hay que cruzarlos. Tender puentes es un gesto noble; cruzarlos, un acto de fe. Implica exponerse, dejarse afectar, arriesgar algo de lo propio para encontrarse con el otro. Es toda una vocación. Porque cada vez que un puente se reconstruye, se desactiva una lógica de exclusión. Porque no hay fe que no implique un viaje hacia el otro, un éxodo de nosotros mismos. “Ayudadnos también vosotros, luego unos a otros, a construir puentes —nos pide León XIV—, con el diálogo, con el encuentro, uniéndonos todos para ser un solo pueblo siempre en paz.”

El tiempo de levantar muros ya ha dejado suficiente devastación. Es hora de redescubrir el oficio de pontífices. No todos llevamos el título, pero el Papa quiere contar con nosotros.

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