El valor de lo pequeño

Me suele pasar que tras grandes acontecimientos, una vez liberada la tensión acumulada tras los preparativos y la espera, me viene eso que popularmente se llama bajón. No es raro, incluso, que me enferme, la mayor parte de mis super catarros han venido nada más concluir eventos importantes e intensos, hasta un molesto y desagradable herpes bucal llegué a tener en cierta ocasión. Por lo que me cuentan, no soy al único que le pasan estas cosas, mal de muchos... Dicen los expertos que se debe a una bajada generalizada de las defensas de nuestro organismo. Habiendo puesto la atención durante un tiempo largo en aquello que preparábamos apasionadamente, perdemos la tensión de los pequeños detalles de nuestro cuerpo, y los virus latentes se toman la revancha y ganan la partida.

Cuento esto porque en estos días, tras tantas celebraciones y encuentros de todo tipo, llega la temida cuesta de enero. Nos hemos preocupado tanto de que todo estuviera perfecto, que los regalos fueran adecuados y las atenciones apropiadas, que nada escapase de nuestro control, que ahora se nos viene encima el gran catarro de la vida ordinaria y nos pilla con las defensas bajas. Vuelve el trabajo, el día a día, la rutina de los quehaceres. Es ahora cuando lo pequeño se revuelve contra nosotros, como si nos recordara que son los detalles, lo sencillo, lo que solemos considerar insignificante, lo que realmente nos salva. Lo cotidiano, la presencia de lo común, los patrones existenciales que nos dan sentido.

El escritor francés Christian Bobin, fallecido el pasado mes de noviembre, nos ha dejado un legado de obras que navegan en ese misterio de lo pequeño, del valor del tiempo ordinario, de la rutina, del tranquilo paso del tiempo. Lo descubrí a raíz de la noticia de su muerte y lo he venido saboreando en estos meses. Especialmente reveladores dos libros, Autorretrato con radiador y La presencia pura. Cada uno de ellos aborda enigmas diferentes, generados por grandes fracasos en primera o en tercera persona, que hacen aflorar el valor de lo pequeño. Lo que está herido en nosotros pide asilo a las cosas más pequeñas de la tierra y lo encuentra, dice a raíz de la experiencia del Alzheimer de su padre en La presencia pura. Y en Autorretrato con radiador nos recuerda la importancia de lo cotidiano, incluso cuando ha perdido la belleza que nuestra urgencia busca en el mundo, ante un jarrón de tulipanes marchitos su mirada se hace poesía para decir que Tienen una manera radiante de estar indefensos, y escribo esta frase a su dictado. «Lo que constituye un acontecimiento es lo que está vivo y lo que está vivo es lo que no se protege de su pérdida». Pura poética la de Bobin: la herida pidiendo asilo, los abrazos perdidos, como aquellos de Rilke, como demostración de vida abundante, lo pequeño haciéndose hueco entre lo extraordinario.

Mis catarros me han traído hasta estas pérdidas que no se autoprotegen. Aún tengo mucho que aprender de lo pequeño y lo ordinario, no solo en estos momentos en que me intimida su cotidianidad. Especialmente me llama a descubrir su necesidad cuando me rondan los grandes proyectos y la festividad de la vida. Voy despacio, comenzando por permitir que toda esa vida de pequeñas cosas que me rodea sea también parte de mí, que lo urgente no reste espacio a lo importante, que las pérdidas no me hagan perderme a mí mismo.

Todo cambia

Es acercarse el fin de cada año y darnos cuenta de que todos los buenos propósitos se han vuelto a quedar en un limbo de olvido. En una semana volveremos a dejar vagar nuestros sueños, compromisos que nos devuelvan a convencimientos de cambio. No soy demasiado duro con ello, somos así, necesitamos esperanzas para vivir y para ser, y aunque nos parezca que nada ha cambiado, que no hemos alcanzado a mover las altas montañas que nos propusimos, hay mucho que cambia en nosotros, imperceptible a veces, negado otras muchas, tal vez porque hemos suplido el cambio por las ensoñaciones.

Todo cambia a nuestro alrededor. Hay veces que los cambios nos envuelven en una espiral mareante de los sentimientos, son los cambios que nos hacen excesivamente precavidos, los que matan la creatividad, porque nos da demasiado miedo la fragilidad que conllevan. Otras veces los cambios son para afianzar posturas, pasos atrás a la firmeza de las convicciones, son cambios que graban en piedra nuestras vidas para que ya no olvidemos lo que fuimos, eternizan cada paso dado y se niegan a otros cambios. En ambos casos el cambio es inmovilista, paradoja y apariencia, pero no realmente cambio.

Cuando todo cambia lo prudente es ser nosotros también parte del cambio, aunque también es lo más difícil, porque se nos hace extraño el propio cambio. Pero solo cuando nos dejamos cambiar podemos fundirnos con la esencia de la vida, soltar las amarras del miedo y atrevernos a descubrir lo que permanece. Asumiendo el cambio, y con él la pérdida y el olvido, nos alejamos de los dogmas cerrados y las tradiciones rancias. Lo único inmutable será siempre el amor, no a quién amamos, ni cómo lo hacemos, sino el amor, por sí mismo; el amor que nos habla de dolor y de recuerdo armonizados; no son inmutables las palabras, estas sí cambian, se las llevan muchos vientos; no lo son tampoco los principios morales, van y vienen, incluso se venden en mercados emocionales. Solo el amor alumbra lo que perdura, el amor que nos permite mirar limpiamente, el que permanece incluso cuando cambiamos nosotros.

¡Qué bonito lo dice el poeta chileno Julio Numhauser! ¡Qué bonito cantó sus versos Mercedes Sosa! 2023 se nos anuncia un año duro, en lo económico, en lo político… Mi primer propósito es llenarme de confianza para que los cambios de todo no cambien mi capacidad de amar y de recordar. Feliz Año Nuevo.

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia el más fino brillante
De mano en mano su brillo
Cambia el nido el pajarillo
Cambia el sentir un amante

Cambia el rumbo el caminante
Aúnque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia todo cambia…

Pero no cambia mi amor
Por más lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente.
Lo que cambió ayer
Tendrá que cambiar mañana
Así como cambio yo
En esta tierra lejana.
Cambia todo cambia…

Esperanza y diversidad

Lo reconozcamos o no, nos da miedo lo diferente, solemos escondemos de las situaciones que no podemos mimetizar. Levantamos silos para guardar en ellos esperanzas que un día nos salven de lo que no podamos comprender, que nos permitan ir sacando de ellos imágenes e ideas pacientemente conservadas, y poder creer que nada ha cambiado, que podemos reconocernos en el espejo de la vida sin problema. Tememos las diferencias porque nos obligan a cambiar los posicionamientos, porque nos devuelven un reflejo que no está hecho a nuestra imagen y semejanza, que coincide con los principios largamente tallados en la dura roca de nuestras seguridades. Entonces, ideamos una esperanza desde nuestros sueños de unidad, y asumimos que solo nos salva lo que es parecido a ellos y, en el fondo, a nosotros mismos.

Esta endogamia del pensamiento solo consigue congelarnos. Buscando la unidad se nos impone la uniformidad. Construyendo la identidad desde lo idéntico, dejamos de ampliar el horizonte del tú para crear espacios comunes en los que descansar del agotamiento de la diversidad. Los pensadores críticos y marxistas lo llaman la ingeniería del consenso, individualidades que no aportan nada nuevo bajo el paraguas de un consenso artificial que evita la pluralidad del pensamiento y se instala en la indiferencia.

La base del pensamiento cristiano desde la Trinidad va por otro camino, cuanto más fuerte es la libertad individual, la identidad personal, más fuerte es la comunión, porque lo contrario de la unidad no es la diversidad, sino la desunión, la diversidad enriquece la unidad. Estamos llamados a encontrarnos en el reconocimiento de posturas y pensamientos que no son uniformes, la indiferencia agota los caminos de pluralidad y solo genera un hiperindividualismo que aumenta el consumismo y la apariencia, como denuncia con fuerza Lipovetsky, del todos iguales. Un ejemplo palpable, y triste, se nos da cuando paseamos por el centro de la mayor parte de las grandes ciudades: todas se parecen, mismos espacios, mismas firmas de moda, mismos escaparates,… La tan famosa aldea global, alentada por todo lo compartido en las redes sociales, ha acabado creando imágenes idénticas hasta de las personas. Apena comprobar que muchos se alegran de todo esto y lo consideran un signo de comunión.

No es nuevo. La esperanza de un mañana diferente se asienta desde hace tiempo en la confianza de una unidad sin diferencias. Incluso cuando todos compartíamos el gran confinamiento de la COVID, no faltaban las voces que anhelaban salir de él más unidos, todos igualados por la desgracia compartida. Pero olvidamos que nuestras diferencias se sostienen en lo que tenemos en común, sin agotarlas. Esperanza y diversidad van unidas, son la pareja ideal para que se dé un pensamiento propio. Esperamos cosas distintas, también los fracasos asociados a la esperanza son diferentes, y las soluciones que encontramos para los mismos. Sin embargo, no hay esperanza sin que algo avance en nuestras posiciones, y solo nos salvará reconocer que nuestros versos sueltos formarán, para alguien, tal vez incluso para nosotros mismos, el poema en el que la vida se hace comunión y encuentro.