Reforma vaticana para quienes no tienen fe

papa_nor-672xXx80-2Se hacen eco las noticias del motu proprio del papa Francisco reformando el reglamento jurídico del Estado Vaticano y adecuándolo al derecho internacional: queda abolida la cadena perpetua, se introducen nuevas figuras criminales relativas a delitos contra la humanidad y, sobre todo, se agravan las penas para los casos relacionados con abusos de menores y blanqueo de capitales. Estarán sujetos a las nuevas normas todos los funcionarios vaticanos y empleados de la curia, además del nuncio apostólico, el personal diplomático de la Santa Sede y todos los empleados de organismos e instituciones relacionados con el gobierno de la Iglesia.

Se estipulan como delito contra los menores la venta, prostitución, alistamiento y violencia sexual contra ellos, la pornografía infantil, posesión de material de pornografía infantil y actos sexuales con menores.

Aparte de que la principal reforma legislativa del Estado Vaticano deba consistir en la desaparición de dicho «Estado», y aparte también de que hayamos tenido que esperar al siglo XXI para que las leyes del Vaticano se ajusten al derecho internacional y a la carta de los Derechos Humanos de la ONU, lo que esta reforma pone sobre la mesa es el reconocimiento de que las excomuniones canónicas no sirven para nada cuando se amenaza con ellas, o se aplican, a quienes no tienen fe.

Y no me refiero precisamente al caso de amenazar con excomunión, o con el infierno, o con lo que sea que dé miedo, a los ateos, sino a los propios jerifaltes vaticanos, a los obispos que esconden y tapan a tanto cura pederasta, a los monseñores que se dedican a blanquear cantidades vergonzosas de dinero, a los que condenan a homosexuales al exilio social pero gustan vestir de faldones negros para ocultar sus tendencias personales. De nada sirve, digo, amenazar a estos con excomuniones cuando demuestran con sus actos y creencias que no tienen fe. El único miedo que conocen no es el del infierno sino el de perder su poder, su prestigio, la inmunidad de sus sotanas.

Ser agradecidos

Es curioso cómo de entre todas las fiestas de cultura anglosajona hemos ido a escoger las que más desinhiben, y en cierto modo despersonalizan, ocultándonos bajo máscaras de muerte o enlazando nuestra experiencia vital con el miedo. Evidentemente estoy pensando en esa fiesta de Halloween que se ha ido instalando en nuestro inconsciente colectivo. No me preocupa que culturalmente incorporemos fiestas de otras tierras y sensibilidades, en realidad lo llevamos haciendo desde los orígenes de la misma cultura, incluso entre las fiestas religiosas que más nuestras consideramos hay viejos intrusos cuyos orígenes escandalizarían a más de uno. Me preocupa más la elección, esa opción recurrente por nuestros miedos más arraigados, tanto personales como sociales, la constante búsqueda de las explicaciones más simples, especialmente cuando suponen una negación de lo que nos hace más humanos, no más zombis.
Y todo esto viene a que hoy es el Thanksgiving day, el Día de acción de gracias, todo un acontecimiento familiar en la cultura norteamericana, ampliamente explotado y mostrado en películas y series costumbristas durante muchos años, más incluso que Halloween, sin embargo, en esta ocasión, nadie se ha preocupado en copiar o dejarse contagiar, ni siquiera los colegios, que en su particular lucha por el bilingüismo han incorporado sin más las celebraciones foráneas, coincidiendo con el tiempo en que las autoridades educativas proponen hablar de «vacaciones de invierno» o de «vacaciones de primavera», para no herir susceptibilidades.
Ser agradecidos no es sólo un sentimiento de los bien nacidos, cuando lo tomamos como forma de vida se convierte en elemento transformador de nuestro ser interior y de nuestras relaciones interpersonales. Porque ante una cultura masificada de gente que se considera hecha a sí misma, sin deber a nadie ni a nada, regalados de su propio destino, ser agradecidos se desvela como un camino de audaces y solitarios.
Ser agradecidos nos devuelve a la comunidad, aguijonea ese orgullo que creía merecerlo todo y propone un camino compartido con todos los que, sabiéndolo o no, forman parte de lo que soy. Ser agradecidos es ahogar un «yo me he hecho solo» para dejar brotar un sincero «te necesito».
Así qué, especialmente hoy, me vais a dejar decir gracias a todos los que siento necesitar para ser quien soy, para seguir la vocación a la que Dios me invita, y a quienes se han ido convirtiendo a lo largo de estos años en columna para apoyar mi fe, mi confianza.

Jóvenes e Iglesia

Estoy estos días en Buenos Aires con un buen grupo de responsables y acompañantes de pastoral juvenil y vocacional de la Familia Trinitaria en el cono sur. Uno de los interrogantes que nos trae hasta aquí es esa relación siempre incómoda, deseada, pocas veces encontrada y hasta ausente, entre jóvenes e Iglesia. Todos asumimos, especialmente cuando nos ponemos a programar, que debemos adaptar nuestro lenguaje, nuestras formas, nuestras propuestas, para hacerlas en «su» lenguaje, «sus» formas, y de modo especial «sus» propuestas. Pero nos encontramos después con una realidad nos supera, porque a la hora de la verdad no sabemos realmente dar el paso de lo nuestro a lo suyo, cambiar el lenguaje está muy bien como propuesta de nueva evangelización, pero ¡ay, amigo!, en cuanto cambias la primera coma te sobrevuelan cientos de cuervos acusándote de sincretismo y no sé cuántos ismos más.

Sólo tenemos que echar una ojeada a las propuestas de pastoral con jóvenes que últimamente se lanzan desde algunos organismos eclesiales. Aún siguen muchos creyendo que la pasada JMJ de Madrid es el summum de lo que hay que hacer y de cómo hay que hacerlo. Promovemos más una pastoral de cristiandad, de masa, de manadas que se desgañitan afirmando ser la juventud del Papa. Formamos pequeños talibanes que, curiosamente, con unos años más acabarán pasando al lado contrario, desengañados también por verse manipulados en sus sentimientos e ilusiones.

No sabemos hablar con los jóvenes, porque no sabemos hablar con Dios. Pretendemos convertir a esos jóvenes en prolongaciones inofensivas de nuestras formas de ver y sentir a Dios, de nuestros modos de orar y celebrar, y nos escandalizamos, de nuevo sobrevolados por las hordas de cuervos, cuando el contacto con los jóvenes nos cambia los esquemas.

La pasada semana, aún en España, preguntaba al grupo de jóvenes que acompaño en Córdoba sobre sus dudas personales en temas de fe, uno de ellos dijo con toda sinceridad: de lo que dudo no es de la Iglesia, sino de los que dicen ser «la Iglesia». Si no nos dejamos cambiar, si no estamos dispuestos a cambiar, cualquier esfuerzo que hagamos por acercarnos a los jóvenes acabará convirtiéndose en una feria o en un circo, con carpas volantes incluídas, como en Cuatrovientos, pero no habremos llegado al corazón, porque no presentamos a Dios, nos presentamos a nosotros mismos, o a esos que se llaman «representantes de Dios en la tierra», pieles de cordero que tapan el inmovilismo y la letra muerta.

He leído estos días lo que el documento de Puebla dice sobre los jóvenes, está escrito para esta tierra latinoamericana, pero nos sirve igualmente: «El servicio a la juventud realizado con humildad debe hacer cambiar a la Iglesia, especialmente en su desconfianza e incoherencia hacia los jóvenes» (Puebla, 1178). Poco más se puede decir.