El mayor acto de fe

Un acto de fe es, en sí mismo, un gesto profundo de confianza. La carta a los Hebreos (11,1) nos dice que fe es la garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven. La fe, por tanto, nos desestabiliza emocionalmente, muchos la tienen por eso como contraria a la razón, y no faltan en la historia del pensamiento quienes la han considerado propia de la debilidad humana, opio del pueblo o proyección alienante de sí mismo. Para San Agustín, la recompensa de creer en lo que no se ve, no es otra cosa que ver lo que uno cree. No es solo un juego de palabras, es la constatación de una necesidad, porque detrás del acto ciego de la fe está la obra transformadora que esa fe genera, y sin la cual solo podríamos dar la razón a Marx y a Feuerbach.

Hay quien pide tener más fe, a otros les resulta insoportable incluso la que tienen, porque de algún modo somos conscientes del valor humanizador de la fe: nos aferra a nuestra condición humana, al mismo tiempo que nos eleva trascendentalmente; nos permite mirar el detalle, a la vez que nos ayuda a ver la larga distancia que solo vislumbra la esperanza. Asumir la fe como un modo de estar en el mundo, y no como constructo justificador, nos confronta con la realidad, nos compromete, nos hace parte de las soluciones.

Hace tiempo leí una curiosa historia. El tirano de Siracusa, Dionisio I, también conocido como el viejo, comenzó a gobernar esta ciudad siciliana el 405 antes de Cristo. Son conocidas sus batallas con Cartago por el control de la isla, y su enemistad con Platón, a quien expulsó de Siracusa cuando sospechó que sus ideas políticas podrían acabar con su poder (por cierto, que la huída de Platón y su experiencia siciliana, fueron decisivas para fundar la Academia en Atenas). El caso es que uno de los soldados presos que tenía en sus mazmorras pidió a Dionisio que le permitiera ir donde su familia por un caso de vida o muerte, una vez resuelto regresaría para cumplir su condena a muerte. Al tirano le daba igual ejecutar a uno que a otro, así que le propuso dejarle ir si encontraba a quien ocupase su lugar, al que ejecutaría si el soldado no regresaba. El prisionero pidió a un amigo este doloroso favor, que fue aceptado con todas las consecuencias. La muestra de confianza del amigo causó gran admiración en toda la corte, incluido Dionisio, que pensaba que nadie podría tener tanta fe en otra persona. Con el paso de los días la admiración se convirtió en burla, y después en decepción, pues no había noticias del soldado. El amigo, sin embargo, se mantenía confiado. Un día antes de cumplirse el plazo, el soldado apareció. Dionisio, conmovido por tal acto de fe, perdonó la vida del soldado, que quedó libre junto al amigo.

Dos actos de fe, el del tirano Dionisio y el del amigo. Cada uno mantiene la fe a su modo. Hay una fe que no arriesga, solo busca conseguir un fin, sin importar los medios para alcanzarlo, es una fe sincera pero carece de trascendencia, es infructuosa, en ella no hay confianza ni transformación. Hay también una fe que se compromete, por lo general se da en paralelo con la anterior, así lo he comprobado muchas veces. Esta es una fe que combina realismo y utopía, que cambia las cosas, que reconstruye el tejido de las relaciones. Esta es la fe de la Pascua, la que recibe la recompensa prometida por San Agustín, la única que alcanza a ver lo que uno cree. No hay mayor acto de fe.

La celda cerrada

Carmen Guaita, gran amiga, tiene nuevo libro, una novela biográfica sobre Etty Hillesum, La celda cerrada. Hace unos días me invitó a presentarlo, y con el temblor aún en mi cuerpo por la inmensidad de aquel momento y de la maravillosa novela, comparto mis palabras e invito a leer este regalo maravilloso, que Carmen nos ha envuelto con cariño.

Esta novela, la última de momento de Carmen Guaita, es en sí misma un acto de resistencia, de aceptación, de confianza espiritual y también de identidad compartida. No es fácil recomendar la lectura de algo que haya escrito Carmen, todos sus libros la contienen a ella misma, pero hoy sé que no arriesgo, porque La celda cerrada es seguramente lo más intenso que ha escrito, es la misma Carmen quien se pone en la piel de Etty Hillesum, sube a su mismo tren, busca la belleza y la encuentra en todo, y de un modo muy íntimo y personal en la fealdad aparente de la realidad. 

Con todo esto, Carmen, nos lleva de la mano hacia el destino de Etty y de todos los compañeros que ha invitado a este momento transcendental. Al comienzo del viaje, Etty pregunta a Ania, una adolescente rusa que también va en ese tren, si viaja sola, a lo que Ania responde Viajo contigo. Así es como Carmen comienza a desgranar esos tres largos días, viajando con nosotros también. Parafraseando sus palabras: hace de la literatura su patria; ama el espacio de silencio interior, allí donde la narración encuentra sus raíces más profundas; ama la posibilidad de expresarse mediante palabras que nos muevan a emprender nuevas búsquedas; ama comprender el fondo íntimo de cada persona, sin quedarse a vivir en las apariencias; ama, en definitiva, encontrar el sentido más profundo de la vida, sin ahorrarnos el sufrimiento, porque de otro modo el futuro habrá descarrilado.

Carmen, Etty, se mueve de puntillas en medio de la amalgama de cuerpos y almas que habitan el vagón número 12, no se atreve siquiera a responder por nosotros, los lectores, más bien abraza el inmenso respeto por la vida, los encuentros, el diálogo, y se arrodilla ante los milagros que se abren paso en medio de tanta desorientación: Lila, que cede su trompetilla para que otros calmen su sed; Bettina, que amamanta al niño desnutrido de una madre que se ha quedado seca de maternidad; Samuel y Sara, que encuentran el amor en medio del infierno. En palabras prestadas de Carmen, de Etty, son pequeños suplementos de amor y de bondad, conquistados sobre nosotros mismos.

No es de extrañar, por tanto, que Carmen suba también a ese tren a Rilke, a Dostoievsky, a Bach…, amores vitales que la unen aún más a Etty Hillesum, espejos de belleza que humanizan cada una de las historias que transcurren en el interior de aquel vagón, historias que acaban y que comienzan, historias donde sus protagonistas se enamoran, se desvanecen, se sinceran, incluso se convierten. En el vagón número 12 a Auschwitz hay injusticias, envidias y gestos de profunda soberbia, pero también hay perdón, vida y generosidad, hesed que se personifica en la belleza, que nos reconcilia desde la confianza. Al contarlo, Carmen esquiva el famoso frontispicio del infierno de Dante: para ser mejores personas en un mundo mejor no podemos dejar atrás toda esperanza, sino más bien aceptar nuestro destino.

Etty sueña con ser escritora. Me atrevo a decir, con todo el respeto del mundo, que también Carmen lo sueña, aún. Ambas saben que solo rozan con su prosa y con sus versos esta realidad que nos abruma. Ambas saben que sus palabras no mejoran tanto el mundo como sus manos comprometidas. Ambas saben que es el silencio el que verdaderamente nos interroga sobre la vida compartida. Para resumir este sueño compartido por Etty y Carmen, me ronda la memoria una cita de Ray Bradbury; en su novela En algún lugar toca una banda, alguien reconoce al protagonista como escritor, y se da este breve y bello diálogo: ¿Por qué ha sabido que era escrito?, a lo que responde, Porque su lengua mejora las palabras al salir

Así es “La celda cerrada”, cada imagen, cada diálogo, cada reflexión, mejora las palabras que salen de estas dos maravillosas escritoras, que siguen soñando con serlo. Porque la celda cerrada es el vagón número 12 que se dirige a Auschwitz, pero es también la oración que contiene a Etty Hillesum por entero, y es la verdad de las decisiones tomadas en el mar de las incertidumbres existenciales, y es el amor y el perdón y la misericordia. Es todo lo que se niega a descarrilar en nuestras vidas y en nuestras esperanzas. Etty, Carmen, lo expresan mucho mejor que yo, en una oración desde su celda cerrada: Dios mío, tú , que me has dado tanto, permíteme dar también a manos llenas… me siento muy resguardada en ti, Dios mío. Vivo dentro de ti. Eso lo abarca todo, y convierte lo demás en innecesario.

No sabemos nada de lo que pasó en aquel viaje, como si la corta pero intensa vida de Etty Hillesum se acabara cuando subió al tren en el campo de tránsito de Westerbork. Y, sin embargo, Carmen es fiel a la historia y a la esencia de Etty, consigue proyectar con gran belleza y a partir de sus diarios, escritos con anterioridad, lo que pudo ocurrir en el vagón 12 a Auschwitz. Y pienso: si alguien solo tuviera mi yo presente y desde él contar mi yo futuro, ¿qué podría decir de mí? De todo aquello que vivo y en lo que me comprometo ahora, ¿podría conocerse quién sería yo en una condición extrema como la de Etty? Sea lo que sea, si alguien tuviera que contarlo, quiero que sea Carmen Guaita.

Vencido lento

Dicen que la historia la escriben los vencedores. En cierto modo, es normal, los vencidos suelen recluirse a llorar por lo perdido, a mirar pasar las oportunidades desde el borde del camino, jugando a sumar y restar de nuevo operaciones que nunca darán saldo positivo. Esa obsesión por recalcular las derrotas es lo que marca la diferencia, porque no es vencedor quien cuenta sus batallas por victorias sino quien vive el presente desde la confianza, quien se conoce a sí mismo y aguarda lo nuevo sin aferrarse al pasado.

Cuando el vencido ha comenzado a serlo antes de que termine la batalla, cuando la da por terminada y tira la toalla, cuando elige dejar de ser presencia, escapar de toda responsabilidad, solo le queda reclamar su derecho al pataleo y a la lamentación, haciéndolos justificación de sus decisiones equivocadas. Podríamos llamar valientes a todos los que esquivan desafíos, adornar sus tumbas prematuras de frescas flores que oculten el olor de sus derrotas, sumarnos a su llanto, escandalizarnos por la injusticia que les hizo sentirse fracasados. Podríamos reescribir su historia, haciéndola pasar por prudentes pasos hacia una victoria mayor. Pero no podemos ocultar que en todos los retos no afrontados se han ido convirtiendo en vencidos lentos.

Es en el modo en que aprendemos a leer la realidad, nuestra participación en ella, el compromiso que nos une a su destino, como nos hacemos vencedores. El armamento que requieren estas batallas trascendentales se crece en la misma medida por nuestra capacidad para amar y para perdonar, auténticas armas de construcción masiva que los vencidos lentos se resisten a empuñar. Sin tiempo para el desaliento, sin espacio para un laberinto de excusas, se nos necesita vencedores que creen en el poder sanador de los encuentros, compasivos ingenieros de puentes de sentido, peregrinos de los caminos tortuosos y vírgenes de la existencia compartida.

Miguel Hernández lo canta maravillosamente, Quien se para a llorar, quien se lamenta contra la piedra hostil del desaliento, quien se pone a otra cosa que no sea el combate, no será un vencedor, será un vencido lento. Aunque haya momentos en que lo desee, no necesito que alguien me quite de encima la losa que me entierra prematuramente, debo ser yo mismo quien me levante victorioso, resucitado, por encima de toda esa tierra que echan sobre mí. Soy yo quien debe alejarse de esas otras cosas, lamentaciones por lo que espero recibir pero aún no he aprendido a ver en mí mismo, todas las justificaciones que acumulo y me van haciendo un vencido lento.