Educadores trinitarios (1)

En los últimos días me han preguntado mucho sobre la relación histórica de los trinitarios con el mundo educativo, la verdad es que si por algo se nos conoce a los trinitarios en los más de ochocientos años de historia de la Orden no es precisamente por la enseñanza, es mucho más conocida la dimensión social y la actividad redentora. Hoy me propongo rescatar la memoria de los más relevantes educadores trinitarios, que no vivieron su vocación de profesores como opuesta a su vocación de redentores sino como complemento necesario. Por desgracia no siempre se ha entendido esta complementariedad, incluso los últimos años del siglo XX supuso no pocos enfrentamientos dialécticos entre quienes dentro de la Orden defendían la urgencia de aportar un sentido liberador a la enseñanza y quienes infravaloraban todo empeño educativo en favor de actividades de tipo social que se promovían como más cercanas al supuesto centro del carisma trinitario.

Pero el centro del carisma es una falacia, de las que gustan usar los débiles de argumentos para dar peso a sus ideas. Los carismas en la Iglesia no se agotan con las actividades que los desarrollan, más bien se enriquecen con ellas, pero hemos adoptado la mala costumbre de identificar la acción del Espíritu con las obras que hacemos, cayendo en un reduccionismo absurdo que ha acabado por empobrecernos y crear luchas internas por definir quién está más en línea con el carisma, qué obra está más cerca de su centro, qué es más propio y qué prescindible. Particularmente, en los trinitarios, estas disputas de los últimos años del siglo XX y primeros del presente fueron de gran intensidad. Yo estaba en mis años de formación y también me dejé llevar por aquellas corrientes fratricidas, en el bando de los que pretendían cerrar colegios, por supuesto. Al comenzar el siglo XXI, la caída de las Torres Gemelas inspiró, por diferentes motivos, es evidente, la caída de otras torres que poco antes parecían levantadas para perpetuarse en los idearios institucionales y en las mentes cerradas.

San Juan de Mata, fundador de la Orden, era profesor en Paris, no está claro si de la Escuela catedralicia o de la Abadía de San Víctor, o de ambas. Su intensa actividad fundadora le obligó a dejar las clases para poder atender las nuevas casas trinitarias en Francia, España e Italia. Es muy probable que los primeros que se unieron a su proyecto procedieran del ambiente académico en el que Juan de Mata fraguó la Orden trinitaria, me recuerda aquel primer grupo de compañeros de san Ignacio de Loyola, también en París, procedentes de toda Europa; los sobrenombres de quienes siguieron a Juan de Mata evocan la atracción de París por estudiantes de todos los rincones europeos: Juan Anglico (el inglés), Miguel Hispano (el español), Guillermo Escoto (el escocés), Nicolás Gallus (el francés), Santiago Flamencus (el flamenco),…

En el siglo XV encontramos dos ministros generales de la Orden que, además de ser profesores en la ya fundada Universidad de París, son también decanos de gran fama en la misma, fr. Juan Halboud de Troyes (fallecido en 1439), decano de la Facultad de teología del colegio de Sorbonne, que en esos años se integrará en la Universidad de París (incluso le dará su nombre), y fr. Roberto Gaguin (fallecido en 1501), decano de la Facultad de Derecho (Decretos se llamaba entonces) de la Universidad de París de 1483 a 1489, y profesor de la misma Facultad. Roberto fue un destacado humanista de su tiempo, que mantuvo una rica relación epistolar con Erasmo de Rotterdam y al que este visitó en París poco antes de su muerte solo por el gusto de conocer al que denominó «luz y gloria de la Academia de París».

En los siglos XVI a XIX destacaron académicamente en las provincias trinitarias de España y Portugal muchos religiosos, en armonía con los frailes redentores que mantenían la actividad de liberación de cautivos en el norte de África. Sería largo y pesado citar aquí a todos ellos, me quedo con algunos destacados:

La Universidad de Salamanca es sin duda la que más trinitarios ha tenido en su claustro a lo largo de su historia. A finales del XVI había veinte trinitarios con voto en cátedras de teología, se hicieron notar fr. José Romero, fr. Salvador de Mallea y fr. Manuel Guerra y Ribera. En el XVII y XVIII encontramos a fr. Marcos de Sepúlveda como catedrático de Física y de Lógica; fr. Juan de Estrella como catedrático de Física; fr. Hortensio Félix Paravicino, catedrático de Retórica; fr. Juan de Bonilla Vargas, catedrático de Filosofía, después será obispo de Almería y de Córdoba; y fr. Manuel Bernardo de Ribera, catedrático de Escoto y San Anselmo, que fue también académico de las reales academias de la Historia y de la Lengua, y considerado uno de los mayores eruditos del siglo XVIII.

A finales del siglo XVI y comienzos del XVII fueron catedráticos de teología en la Universidad de Lérida fr. Juan Esapolat y Prades y fr. Pedro Moliner. Es curioso el caso de fr. José Agustín Canellas que en los primeros años del siglo XIX fue profesor de matemáticas (álgebra y geometría) en la Real Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona, y en 1806 es Director de la Real Escuela Náutica también de Barcelona, siendo la enseñanza de la náutica su gran pasión, que le dio fama internacional.

Otros trinitarios ocuparon cátedras en diversas universidades españolas: fr. Gabriel Manzano de Artes en la de Zaragoza (s. XVII); fr. Diego de Ávila de teología en la Universidad de Baeza y de Sagrada Escritura en la de Sevilla (s. XVII), escribió más de 42 libros sobre exegética; fr. Alonso Cano y Nieto de Sagrada Escritura en la Universidad de Toledo (s. XVIII), después fue obispo de Segorbe; y fr. Antonio Gaspar Bermejo también de Sagrada Escritura en la Universidad de Alcalá (s. XVIII).

En Portugal, en la Universidad de Coimbra, fueron catedráticos de Sagrada Escritura fr. Nicolás Coelho de Amiral (s. XVI), que también lo fue en la Universidad de Valladolid; fr. Baltasar Paes y fr. Isidoro de la Luz (s. XVII). En la misma Universidad y a lo largo del siglo XVII fr. Juan Freire de Lima fue catedrático de leyes y derecho romano, fr. Antonio dos Anjos catedrático de filología (traducía ocho lenguas), y fr. Antonio de Jesús profesor de música.

Tras las leyes de exclaustración en el siglo XIX en la mayor parte de países europeos la Orden quedó reducida a tan solo dos casas en Roma, el renacer y la expansión supondrán una nueva perspectiva y la vocación de no pocos educadores trinitarios.

¿Quién te cuida?

Cuidar a los que están cerca, a los que se nos han encomendado, a los que sentimos debilitados por cualquier circunstancia, es mucho más que un gesto de bondad, es una cualidad humanizante, que reconcilia con ese tono íntimo y ancestral que a veces despreciamos por su sencillez. El cuidado no necesita de grandes esfuerzos, y si los requiere deja de ser cuidado para adentrarse en el huraño territorio del interés, porque al cuidar nos desprendemos de los engaños, nos sentimos parte de algo mucho mayor que nosotros mismos, alcanzamos el límite de nuestros sueños y lo cruzamos en una vigilia que hace nuevas todas las cosas.

Al cuidar bajo la guardia de mis temores, enhebro mis pedazos desgarrados y les doy una patria en la que encajar, no lo hacen a la perfección, dejan esos huecos que crean las emociones del que ama y perdona sin imponer condiciones. Al cuidar comienzo a abrir esos espacios incompletos que otras veces llené de aire, incluso cuando creía llenarlos de sentido; aprendo a amarlos como son, sin invadirlos con mi dominadora presencia; aprendo a dejar que no sean, aunque ese no ser me llene más de miedos que cualquier cosa sabida. Así es el cuidado, integrarse y diferenciarse de lo que es otro, perderme en ello sin dejar de ser quien se acercó y decidió dar un paso que le alejaba de todo lo sabido para adentrarse en lo único que puede darle sentido.

Pero ella es más importante que todas vosotras, porque es ella a quien he regado… es ella a quien abrigué… es ella a quien protegí… es ella a quien escuché quejarse, o alabarse, o incluso a veces callarse. Porque es mi rosa… Lo esencial es invisible a los ojos… Es el tiempo que has perdido con tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante…

A. de Saint-Exupéry, El principito, cap. 21

Lo que cuido se hace invisible para unos ojos que solo buscan compensaciones o recompensas, porque al cuidar me sitúo más allá del tiempo, dejo de medirlo como prueba de que vivo, y existo, y amo… Pierdo la necesidad de las excusas para callar y contemplar, o para que mis dedos rocen la belleza de los encuentros. Tan solo estoy. No me hace falta pensar porqué, ni justificar opciones, doy un paso a la incertidumbre que la intemperie me reserva, cierro los ojos y me sé yo mismo, completo en la trascendencia de mis espacios vacíos.

Para cuidar así necesito aprender todos los nombres que habitan lo que existe, sin caer en la tentación de atajar poniendo apodos que me den seguridad y me eviten el sonrojo de olvidar por qué decidí cuidar cuanto cuido, y por qué es importante. No es fácil, tras el nombre viene conocer la historia de cada cicatriz, amar el silencio cuando aparezca, enredarse en los detalles insignificantes, olvidar la palabra que segó el último brote verde sobre la tierra, habitar el único espacio y el único tiempo que nunca pasan, el que no es.

Y si fueras capaz de perderte en la debilidad que supone dejarse cuidar, si comprendieras que todo cuanto estas dispuesto a dar, a perder, a ser para los demás, necesitas serlo también contigo mismo, si no solo mirases a tu alrededor y reservaras uno de tus pasos para darlo hacia ti, si dieras una oportunidad a lo esencial invisible, y todo lo que sabes cuidar fuera de ti lo volcaras a los infinitos espacios que nunca llenas,… entonces podría preguntarte, Y a ti, ¿quién te cuida?

Mi vida hecha de libros

«Nuestra vida está más hecha por los libros que leemos que por la gente que conocemos»

Graham Greene, Viajes con mi tía

Me reconozco devorador de libros. Aún recuerdo el primer libro que leí conscientemente. Yo tenía doce años y un profesor de clases particulares, a quien desquiciaba mi permanente bloqueo con los números y las fórmulas, quiso explorar mis inquietudes prestándome El hobbit, de J.R.R. Tolkien. Cuando a la semana siguiente se lo llevé de vuelta, él no podía creer que lo hubiera podido leer tan rápido, yo no podía creer que aquel fuera el comienzo de una vida hecha de libros. Don Ezequiel, que así se llamaba quien con tanta paciencia pretendía que yo accediera al equilibrio y la exactitud de las matemáticas, me pidió allí mismo un resumen de la lectura, y lo debí hacer con tal pasión y empeño que ese día me llevé el libro como regalo a casa. Fue el primero de muchos, aún lo conservo, y lo he releído al menos diez veces desde entonces, no por su profundidad literaria, vuelvo a él para recordarme, para sentir de nuevo la pasión por las ventanas abiertas de la vida, para regresar al amor primero y dejarme abrasar por su intensidad.

Mi adolescencia fue un equilibrio de pasiones descubiertas día sí, día también, donde la historia, la arqueología, especialmente la egiptología, disputaban tiempos y sueños con los juegos y los primeros enamoramientos. Como en un guión escrito, todo me llevó a la novela histórica, compartiendo insomnio y tardes de domingo con Christian Jacq, Walter Scott, Manfredi, Lion Feuchtwanger, Robert Graves, Mika Waltari, Juan Eslava Galán… Me invocaban para recrear mundos reales, nada de ficción ni fantasía; me descubría inmenso en sus desiertos egipcios y palestinos, valedor en sus gestas y cruzadas, frágil en sus espacios rotos, misterioso en sus silencios. Las películas Quo vadis? y El nombre de la rosa me llevaron directamente a Sienkiewicz y a Umberto Eco, y me arrancaron la promesa, que aún mantengo, de no volver a ver película alguna de un libro leído o por leer.

Los años de instituto me trajeron lecturas curriculares, obras maestras la mayoría, que no pude disfrutar hasta que fui libre para leerlas con mis propios ojos. Mientras tanto, fuera de mis deberes, dejé definitivamente la novela histórica y me fui dejando llevar por Ana Ozores a las profundidades de la novela social, Clarín, Galdós, Dickens, Hardy, Trollope, Gorki… Cada uno de ellos marcó irremediablemente mi visión del mundo, acompañaron el crecimiento de mi sensibilidad social, me moldearon y sacudieron por dentro, los leía apasionadamente…, y aún vuelvo a ellos de vez en cuando.

En mis años de universidad, estudiando filosofía, me adentré en lecturas más intensas, algunas me costaron meses y más de una crisis personal, pero en realidad eran momentos de replanteamiento vital, de buscar el tiempo perdido junto a Proust, de subir al sanatorio de Davos con Thomas Mann, o adentrarme en la distopía de Orwell en su 1984, y mirarme y ser mirado en el retrato de Dorian Gray con Wilde, de tumbarme en las praderas de Iris Murdoch, resucitar a Matías Pascal con Pirandello o salir de pesca existencial con Melville…

Desde entonces he ido construyendo mi particular salón literario, autores y libros que me han acompañado, han formado mi conciencia, han hecho mi vida, han sido encuentro, han vencido tiempos de tristeza y soledad, me han rescatado de ansiedades no buscadas, y al leer su última página han provocado, con los ojos cerrados, silencios, lágrimas, utopías personales que conquistar: Saramago, Ishiguro, Ángel González, García Márquez, Celaya, Foenkinos, Houellebecq, A.M. Homes, Bolaño… Es un salón interminable e incompleto, porque sigo invitando a nuevos maestros y sigo buscando libros que me hablen, que hagan responder a mi alma.

A lo largo de esta vida hecha de libros he tenido oportunidad de conocer personalmente a tres escritores. En el instituto tuve que presentar a Sánchez Dragó cuando vino a hablarnos de sus cosas, en uno de esos encuentros que se organizan con autores, el premio por aceptar fue compartir desayuno, y quedé fascinado por sus mundos interiores y su facilidad para transportar a ellos a quien tenía delante. Más tarde, estudiando filosofía, me invitaron una tarde al literario café Gijón, allí estaba Camilo José Cela, todos hacían como que no le veían, lanzábamos miradas de soslayo a su rincón, hasta que me armé de valor y fui a decirle, con una actitud más de fan que de lector, lo mucho que me había marcado aquella Colmena de un café parecido a este, Cela me preguntó si la había leído como lectura obligada en el instituto, mi respuesta le descolocó, si es que era posible descolocar a un personaje como él, No, en el instituto solo pasé las páginas, leerla, realmente leerla, ha sido después, y varias veces, se rió con ganas y me estrechó la mano. La más reciente ha sido Carmen Guaita, con ella he podido compartir muchas más cosas, espero seguir haciéndolo, y he encontrado un camino nuevo, conocer a la escritora al mismo tiempo que me voy envolviendo en su obra, reconocer el eco de su voz en la lectura, emocionarme con los personajes que deambulan por esos espacios de amistad y encuentro, y comprender que son incluso más reales que yo mismo, porque me sobrepasan y trascienden.

Aún me queda por hacer mucha vida en muchos libros, pero si algo he aprendido de todas mis lecturas, es que la vida más auténtica solo la he hecho, y la quiero seguir haciendo, en los encuentros que le dan sentido y me acercan a las personas reales, es con ellas que voy escribiendo mi propio libro, el único que al final habré realmente leído.