Voces

Demasiadas voces a mi alrededor que dicen saber y ver el camino de mi vida mejor que yo mismo. Y me lo imponen como criterio de verdad, y a veces incluso les creo, no sé si por no discutir o porque así lo siento. Y no es que no quiera escuchar esas voces, sé que debo hacerlo, y que de esa escucha dependerá también cómo construyo quién soy, pero a todas ellas les falta algo, un acento conocido, una cercanía a lo que me pasa cada día…

No está bien visto decir que uno oye voces. Ni está bien visto dejar lo que gobierna tu conciencia en la voz de otra conciencia, que ni se ve, que ni se siente. Porque quien logra descifrar de entre todas las voces la que le deja ser, la que le quiere como es, la que respeta su esperanza, acaba sonriendo como los locos, y siguiendo a la verdad, también como ellos, y como los niños. Sólo ese, sólo quien pierde el miedo, quien se oye llamar, quien adivina una presencia por detrás de los términos, sólo ese encuentra su voz.

Lo que eres
me distrae de lo que dices.
Lanzas palabras veloces,
empavesadas de risas,
invitándome
a ir adonde ellas me lleven.
Miras de pronto a los lejos.
Clavas la mirada allí,
no sé en qué, y se te dispara
a buscarlo ya tu alma
afilada, de saeta.
Yo no miro adonde miras:
yo te estoy viendo mirar.
Y cuando deseas algo
no pienso en lo que tú quieres,
ni lo envidio: es lo de menos.
No. Te espero más allá
de los fines y los términos.
Pedro Salinas

El dolor y la perla

La perla es sólo una reacción ante el dolor. La ostra envuelve en nácar cada piedrecilla que se queda atrapada en su interior, suaviza sus aristas, rodea su extrañeza, adapta su ritmo y crea belleza. El origen de esa lágrima de nácar sigue existiendo en su interior, hay incluso quien sólo piensa en el dolor, quien lo rechaza y se lamenta de no poder contar sólo con el brillo envolvente de la perla; pero hay también quien toma cada perla entre sus manos y mira hacia delante, contando posibilidades y aprendiendo a levantarse. Cuando te dejas envolver de la ternura de Dios las pequeñas piedras, las caídas, las aristas, dejan de dañarte y de dañar a los otros, para ser perlas finas que crean belleza interior. No luches contra lo que no comprendes, envuélvelo de ternura, aprende a amarlo. Dios, y cada uno de los que te queremos, necesitamos esa perla, que tú has hecho desde el dolor.