Motivos para celebrar

Después de un descanso retomo estas reflexiones semanales. Muchos me han preguntado si el motivo de tan largo silencio es la falta de inspiración, otros que sí el cansancio, hay quien se ha atrevido a entrever censuras. Siento no dar la razón a toda esas inquietudes, especialmente las que ven tijeras y filtros de otros. Sencillamente, estaba buscando motivos para celebrar. Quien me conoce bien sabe que huyo de celebraciones enlatadas e impuestas, que todo lo que se vuelve rutinario me sacude interiormente hasta el punto de aparentar, a veces, luchar por lo contrario que he mostrado en otras ocasiones.
Hoy he comenzado a buscar de nuevo «motivos para celebrar». Ese es el sentido que he querido dar desde el principio a estas perlas vocacionales, porque el primer motivo para celebrar está en saber, no siempre conscientemente, que vivo en torno a una llamada. No, por favor, no me refiero a esa forma ñoña e infantil de entender la llamada de Dios como un signo externo, identificada con un solo camino vocacional.
La llamada a la que me refiero es aquella en la que siento, sé, que mi nombre, en el que está contenido cuanto soy y cuanto me esfuerzo en ser, se asocia a todo lo que me rodea, forma parte del mundo y las esperanzas de las personas que se cruzan conmigo y, sobre todo, de las que caminan conmigo.
Esta llamada es, la más de las veces, un eco, que sigue desde hace tiempo mis pasos en proyectos que dejé a un lado y desheché, rondando mis estrenadas ilusiones para que mi corazón no se quede en una permanente tumbona de relax.
Esta llamada es una esperanzadora razón para creer con intensidad en mis posibilidades, porque me susurra cada día que soy capaz, que Alguien cree en mí.
Estos son, hoy, mis motivos para celebrar, porque esa llamada me mantiene despierto.

Espíritu Santo

Desde pequeño me han dicho que la fiesta de Pentecostés es como el «cumpleaños» de la Iglesia. Confieso que también yo he usado esta comparación en algunas ocasiones, en mis primeros años de sacerdote. Da juego, especialmente porque todos comprenden rápidamente su significado y su alcance. Celebrar el cumpleaños es darse un día de tregua, y alegrarse por tanta gente que te recuerda, aunque solo sea porque Facebook se lo ha chivado.

Cuando son ya muchos los cumpleaños que se acumulan, es típico medir las propias fuerzas, y contar los frutos de la fecundidad de la vida que en ellos se celebra. Pentecostés, por tanto, debería ser para todos los cristianos ese momento de contar frutos y celebrar, la suma de sentimientos compartidos y la visión de un futuro fecundo, y nuestro. Por eso Pentecostés, si sigue siendo el «cumpleaños» de la Iglesia, es, sobre todo, por ser una fiesta de la vocación, en la que nos reencontramos con aquel amor primero,  nuestro nacimiento, y renovamos su fuerza y su urgencia, que a veces nos desestabiliza. Son esas pequeñas crisis anuales, cuando nos damos cuenta de que crecemos imparablemente, al tiempo que nos invade una artritis emocional y espiritual que impide moverse como antes.

He estado los últimos días en Roma. Me entristece sentir por todos lados, especialmente en los que más se ven, la artritis espiritual que afecta a las formas y a los tiempos de la Iglesia. Más que movida por el Espíritu, he visto una Iglesia encorsetada, que vive de las estructuras y para ellas, incapaz de atender a todo lo emocional que la mantiene viva y con esperanza, que nos viste de verde, no de negro. Ya sé que no es toda la Iglesia, y que juzgamos al conjunto por las rarezas de unos pocos, por desgracia son esos pocos los que callan indiferentes ante la lucha de miles de indignados (cuyas palabras se parecen más a las del Maestro que seguimos que las que nosotros mismos pronunciamos); son esos pocos los que hacen callar a quienes encienden velas de cumpleaños porque siguen creyendo que la vocación, y aquel primer amor, son para celebrarlos (hay quien no quiere que Torres Queiruga y Gastón Garatea soplen este año las velas de la tarta); y son también esos pocos los que hablan por contentar y mantener el puesto, perpetuando un institucionalismo tan peligroso como antievangélico (en estos días los sacerdotes y algunas asociaciones de laicos de la diócesis de Alcalá de Henares, lanzaban proclamas en «defensa» de su obispo, al que califican ya de perseguido, por defender en nombre de la Iglesia -de mi y de ti también- la necesidad de una terapia para curar la homosexualidad).

Sólo el Espíritu Santo anima nuestra vocación y la convierte en guinda y nata de la tarta eclesial, por eso sólo cuando dejamos que sea este Espíritu quien sople nuestras velas y nos cante «cumpleaños feliz», estaremos siendo fieles a lo que seguimos, valientes también para saber mirar y estar allí donde Él se mueve, y participar entonces de su fiesta de la vida. Porque sólo así la vocación, en una Iglesia que se sabe suma de todas las vocaciones que la forman, será un signo de cambio y de esperanza.

Las cruzadas vistas por los árabes, de Amin Maalouf (1983)

Confieso que durante mucho tiempo me he resistido a este libro, lo consideraba un alegato en defensa de lo árabe y lo musulmán, y en contra de lo cristiano; al mismo nivel de zafiedad que tantos libros cristianos sobre el tema de las cruzadas, que hacen justamente lo contrario, pero con altas dosis de fanatismo y apologética. Pero mi gusto por la historia, no por la novela histórica, como es sabido, y en particular por ese amplio y oscuro período de las cruzadas, ha vencido a mis escrúpulos.

Y todos esos prejuicios los que se fueron cayendo con rapidez desde las primeras páginas del libro. El ensayo de Amin Maalouf (Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2010), además de estar muy bien escrito (y bien traducido, evidentemente), nos sitúa en la lectura que la historiografía árabe y musulmana de la época, realiza de las ocho cruzadas más importantes, pero sin caer en fanatismos o interpretaciones parcialistas de ninguna de las partes, sólo lee la historia desde «el otro lado», resaltando con la destreza del escritor lo que uno y otro tuvieron de entusiastas, bárbaros y guerreros, pero fundamentalmente, unos y otros, buscadores de una verdad que no estaba completa en ninguna de las partes.

Amin Maalouf concluye, con cierto pesimismo, que ambas religiones perdieron cientos de oportunidades de comprenderse y conocerse, de promover un yihad que luchara por la justicia, en lugar de la aniquilación de quien cree y piensa diferente. De entre todos los personajes que protagonizan la historia de las cruzadas palestinas, Maalouf resalta la grandeza de Salah al-Din, Saladino, de una generosidad con todos que «rayaba a veces la inconsciencia», pero que le ha hecho famoso por permitir la entrada de peregrinos desarmados en Jerusalén una vez reconquistada por él; y Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio, definido por el cronista árabe de Damasco en 1229 como «ni cristiano ni musulmán, sino con toda seguridad ateo», y excomulgado dos veces por Gregorio IX al «montarse una cruzada a su estilo».

El escritor libanés se pregunta al final de su ensayo por los diferentes caminos que, en la historia posterior, han seguido y caracterizado al mundo árabe y al mundo cristiano occidental. Mientras que en la época de las cruzadas son los árabes los que se encuentran a la «avanzadilla» de la cultura y la modernidad, pronto quedarán estancados, prisioneros de un resentimiento que les hunde:

Asediado por doquier, el mundo musulmán se encierra en sí mismo, se ha vuelto friolero, defensivo, intolerante, estéril, otras tantas actitudes que se agravan a medida que prosigue la evolución del planeta de la que se siente al margen. A partir de entonces, el progreso será algo ajeno, al igual que el modernismo. ¿Era necesario afirmar la propia identidad cultural y religiosa rechazando ese modernismo cuyo símbolo era Occidente? ¿Era necesario, por el contrario, emprender resueltamente el camino de la modernización corriendo el riesgo de perder la propia identidad?

Cuando Ali Agka atentó en la Plaza de San Pedro contra Juan Pablo II, confesó que había decidido matar al comandante supremo de los cruzados. Maalouf busca espacios de encuentro, no revanchas, puntos de unión, no quiebra entre mundos, diálogo y comprensión, no guerras santas o cruzadas. Por desgracia la brecha se ha hecho mayor.