De Diógenes a los influencers: La falsa promesa de la positividad

«Estoy buscando los huesos de tu padre, pero no puedo distinguirlos de los de un esclavo». Se cuenta que fue la respuesta con la que Diógenes de Sinope desarmó a Alejandro Magno cuando el conquistador lo encontró contemplando detenidamente un montón de huesos humanos. Las anécdotas en torno al célebre filósofo cínico —recogidas por Diógenes Laercio en su Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres— están envueltas en lo que hoy llamaríamos desfachatez. Sin embargo, su actitud no era falta de respeto, sino el resultado de un camino radical de desprendimiento.

Diógenes buscaba liberarse de las falsas necesidades para abrazar una vida desnuda. A diferencia de sus contemporáneos, los primeros estoicos, que enseñaban en el ágora de Atenas construyendo elaborados sistemas de pensamiento sobre las virtudes, Diógenes y los cínicos concebían la filosofía no como una teoría, sino como un compromiso encarnado y provocador.

El contraste queda claro en su famoso encuentro con Aristipo, un filósofo acomodado y adulador de reyes y tiranos. Al ver a Diógenes lavando unas hierbas para su comida, Aristipo le dijo: «Si supieras tratar con los hombres, no estarías lavando hierbas». A lo que el cínico replicó: «Si tú hubieras aprendido a prepararte esta comida, no solicitarías los palacios de los tiranos».

A pesar de sus diferencias, cínicos y estoicos compartían una intuición revolucionaria para su época: el cosmopolitismo. «No soy ateniense ni corintio, sino ciudadano del mundo», proclamaba Diógenes. Tres siglos después, los estoicos romanos —Séneca, Epicteto o Marco Aurelio— retomarían esa ciudadanía universal para convertirla en pilar de su filosofía práctica. Su objetivo no era acumular bienes ni buscar la grandeza personal, sino cultivar el coraje, la justicia y la templanza en el terreno de lo cotidiano.

Esta búsqueda de la virtud humana caló tan hondo en la historia que los primeros teólogos cristianos vieron en ella un puente natural con el Evangelio, hasta el punto de que algún Padre de la Iglesia llegó a sugerir la canonización de Séneca. Y es que apostar por la virtud nos libera de la tiranía de los valores abstractos, bajando las ideas al espacio concreto donde nos jugamos la existencia.

Sin embargo, desde finales del siglo XX asistimos al auge de un estoicismo moderno que poco tiene que ver con la frescura del pensamiento antiguo. A pesar de reclamar como referentes a Séneca o Marco Aurelio, esta revisión contemporánea ha sustituido las intuiciones cosmopolitas por un hiperindividualismo superficial y anestésico.

Los pasillos de estaciones y aeropuertos, así como las secciones de más vendidos en las librerías están llenas de esta versión descafeinada del estoicismo: un producto empaquetado como autoayuda rápida para maximizar el rendimiento y ensalzar el lema facilón de “si quieres, puedes”.

  • Frente al pensamiento lógico y ético del antiguo estoicismo, los nuevos gurús ofrecen recetas de control individual y trucos rápidos para alcanzar el “éxito personal”.
  • Frente a la ciudadanía universal, se promueve una aceptación pasiva de la injusticia: lo único que importa es no sufrir por nada, mantener la calma interior y sostener una positividad forzada, incluso a costa de negar las propias heridas o errores.
  • Frente al hábito de las virtudes y la búsqueda de la autenticidad en comunidad —recordemos la imagen de Diógenes paseando con un candil a pleno día gritando que buscaba “un hombre auténtico”—, el estoicismo de consumo vende un narcisismo basado en la superioridad emocional y la represión de la vulnerabilidad, ocultando los sentimientos y con muy poca objetividad.

Al igual que pasó en los primeros siglos del cristianismo, no pocos influencers del ámbito espiritual y cristiano han tomado el púlpito de las redes sociales para bautizar este pensamiento simple. No tienen reparo en invitarnos a buscar la “persona vitamina”, a abrazar en todo un pensamiento positivo y a construir una existencia basada en una espiritualidad de la apariencia y el estatus. Si tras la pandemia no aprendimos algo para evitar esta trampa del positivismo tóxico —me acuerdo de aquel «saldremos mejores» que se hizo viral—, es que aún nos queda mucho camino por recorrer.

La verdadera simplicidad de la vida no es infantilizar el pensamiento ni encerrarse en el ego, sino salir al encuentro de la realidad. La grandeza de una vida nunca se mide por cuántos quedan por debajo de nuestro éxito personal, sino por la capacidad de desprendimiento que nos pone al servicio de todos. Del mismo modo, la fe se rebela contra la trampa voluntarista del «querer es poder»: no exige rendimiento, sino que expande la voluntad desde el amor y la esperanza. Es una invitación a un horizonte de sentido que no se mide por los trofeos conseguidos, sino por la fidelidad a los propósitos que sostenemos juntos.

El día en que aprendamos a no diferenciar los huesos del rey de los del esclavo, el día en que superamos el “yo” tirano para abrazar el “nosotros” compasivo, habremos emprendido el camino de la verdadera libertad. Como el famoso verso que Calderón de la Barca puso en boca de Pedro Crespo, el de Zalamea: «Al Rey la hacienda y la vida / se ha de dar; pero el honor / es patrimonio del alma, / y el alma solo es de Dios.»

Vivir a la intemperie pasa por rechazar las fórmulas fáciles. No necesitamos una armadura emocional para no sentir nada, sino la valentía de saber quiénes somos cuando renunciamos al camino fácil y optamos por servir desde abajo.

Como cada año, en agosto me tomo un pequeño descanso. Nos reencontramos en septiembre. Gracias por vuestra fidelidad semanal y por vuestros comentarios.