La espiritualidad de la sonrisa

Es imposible olvidar al venerable Jorge de Burgos, retratado con maestría por Umberto Eco en El nombre de la rosa. Desde su fanatismo, el viejo monje custodiaba la biblioteca de su monasterio frente al que consideraba el peor de los vicios: la risa, a la que definía puerta abierta al pecado. Frente a él, el fraile Guillermo de Baskerville aportaba un soplo de realismo evangélico, mientras buscaba desesperadamente el tomo perdido de la Poética de Aristóteles, queriendo demostrar que la risa y el buen humor son tan necesarios para la salud del alma como la liturgia o las buenas obras.

Jorge argumentaba con severidad que Cristo nunca había reído, aunque los Evangelios sí lo muestran llorando en varias ocasiones. Guillermo, con fina agudeza, le contraargumentaba que uno de los relatos fundacionales de nuestra fe, la promesa de descendencia a Abraham, se sostiene precisamente sobre la risa de Sara y el cumplimiento de ese milagro en Isaac, cuyo nombre significa literalmente «La risa de Dios». La misma Sara lo expresó gritando: «Dios me ha hecho reír; todo el que lo oiga, reirá conmigo» (Gn 21,6).

Ese hilo de santa alegría cruza toda la Escritura. El rey David danzó lleno de risas y saltos delante del Arca de la Alianza, ante el desconcierto de los espectadores solemnes que reprocharon un gesto que ni entendían ni querían entender. El sabio Qohélet nos recordaría en el Eclesiastés que la vida no es un bloque monolítico, sino un tejido dinámico: hay «tiempo de llorar y tiempo de reír».

Es imposible no percibir ese mismo tono de buen humor en las parábolas de Jesús, plagadas de hipérboles visuales que, con toda seguridad, arrancaron carcajadas a sus oyentes —al mismo tiempo que ampollas a los hipócritas—. Más allá de la alegría desbordante de quienes encuentran dracmas perdidas, descubren tesoros escondidos o son perdonados gratuitamente, resulta fácil imaginar la risa contagiosa de la multitud al escuchar a Jesús hablar de «filtrar un mosquito y tragarse un camello», o de aquel neurótico que intenta sacar una mota del ojo ajeno mientras lleva una viga clavada en el suyo. Es la ironía sagrada frente a la rigidez, es la fiesta de los ángeles en el cielo. En palabras de C.S. Lewis: «La alegría es el asunto más serio del cielo».

A lo largo de la historia, el buen humor ha sido termómetro de profundidad espiritual. Lejos de ser una burla o una falta de respeto, el humor revela el núcleo de la gracia: la certeza de que ya hemos sido redimidos y que, por tanto, no nos pertenecemos del todo a nosotros mismos.

Ahí está san Lorenzo, pidiendo a sus verdugos que dieran la vuelta a la parrilla para que pudiera “hacerse” por ambos lados. O la entrañable y divertida amistad en la Roma del siglo XVI entre san Felipe Neri y san Ignacio de Loyola, una mezcla explosiva entre la espontaneidad desbordante de Felipe y la disciplina sobria de Ignacio. Cuando ambos fueron canonizados en 1622, junto a Francisco Javier, Isidro Labrador y Teresa de Jesús, el pueblo romano, que recordaba la ternura del “santo de la alegría”, acuñó un dicho que pasó a la posteridad: «El papa ha canonizado a cuatro españoles… y a un santo».

Santa Teresa de Jesús también poseía una inclinación natural a la ironía, que entrelazaba sin complejos con su mística. De ella nos quedan quejas tan humanas y desafiantes como su célebre: «Señor, si así tratas a tus amigos, ¡con razón tienes tan pocos!», o los sabios consejos que daba a sus monjas: «Líbreme Dios de santos encapotados (tristes)» y «Un santo triste es un triste santo».

El “papa bueno”, san Juan XXIII, desarmaba la pompa vaticana con su naturalidad campesina. Cuando un periodista le preguntó cuánta gente trabajaba en el Vaticano, el papa sonrió y respondió: «Oh, no más de la mitad». En otra ocasión, al visitar el hospital romano del Espíritu Santo, la priora, nerviosa y emocionada, lo saludó diciendo: «Santidad, soy la superiora del Espíritu Santo», a lo que el papa replicó con una sonrisa: «¡Qué suerte tiene, hermana! Yo solo he podido llegar a ser vicario de Cristo».

Esa misma luz guiaba al jesuita chileno san Alberto Hurtado en medio del barro de la miseria. A quienes le criticaban por mantener siempre la sonrisa frente al dolor ajeno y el sufrimiento, les respondía: «Una sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz». Es la misma intuición de Don Bosco, que educaba con trucos de magia y una eterna sonrisa en los labios. No en vano levantó su sociedad sobre el cimiento del santo de la paciencia, san Francisco de Sales, que repetía aquello de que «se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre».

Esta metáfora del vinagre ha sido rescatada con insistencia por el papa Francisco, otro campeón del buen humor. En su exhortación Gaudete et exsultate, colocó el sentido del humor como una nota esencial de la santidad contemporánea, recordando que el creyente, «sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y rico de esperanza». Por eso, su advertencia es rotunda: «Cuando un cristiano pierde el sentido del humor, se avinagra». Como si el viejo Jorge de Burgos hubiera despertado del sueño eterno, muchos recibieron con el gesto torcido sus palabras en la Misa Crismal de 2015: «No podemos ser pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos».

La santidad auténtica no arruga el rostro ni endurece las entrañas. Quien se sabe sostenido por el amor incondicional de Dios gana una libertad interior que le permite reírse, antes de nada, de sí mismo. El buen humor no es un adorno del carácter, sino una de las formas más altas de solidaridad, una manera de aligerar la carga del hermano. Es lo que el psiquiatra Viktor Frankl expresaba al parafrasear a Kierkegaard: «La puerta de la felicidad se abre hacia afuera», precisamente hacia donde nos espera el otro.

Es verdad que mantener el buen humor en la intemperie del mundo es una tarea compleja. Los dramaturgos saben bien que es infinitamente más sencillo hacer llorar que hacer reír. El dolor encuentra autopistas directas hacia el corazón, pero la alegría requiere caminos de autenticidad, madurez y limpieza de espíritu. Y además, no toda risa es sana. Existe una rica cínica, hecha de burla, chisme y superioridad, de la que también nos previene Qohélet al comparar la risa de los necios con el «crepitar de zarzas bajo la olla»: mucho ruido, mucho humo, pero ningún alimento.

La buena ironía y la sonrisa limpia, en cambio, nos devuelven la proporción de las cosas, nos recuerdan nuestra fragilidad y nos desinstalan de nuestros pedestales de barro. Yo, al menos, acabo de releer estas líneas con una sonrisa en los labios. Ojalá sea contagiosa.

Cansados crónicos

Hace unos años leí La sociedad del cansancio, un ensayo del filósofo coreano Byung-Chul Han, de lo mejor que ha escrito. Desde aquella lectura me ronda frecuentemente un pensamiento sobre el cansancio y las formas diversas que adquiere en cada uno de nosotros. Byung-Chul Han no solo habla de un cansancio físico sino especialmente del cansancio como hartazón, símbolo de una sociedad aburrida de sí misma, carente de objetivos y huérfana de esperanza. No somos conscientes de que cansados nos amansamos, nosotros y la sociedad, nos hacemos capaces de aceptar cualquier idea que no aporte más incertidumbre a nuestra vida.

El cansancio es una llamada de atención frente a una vida que llenamos de actividad, no siempre coherente con nuestras posibilidades. A veces es como si sintiéramos un miedo al vacío, a los espacios en blanco. Nos cuesta contemplarnos sin nada que hacer, pienso que incluso tenemos miedo a esos huecos y los llenamos con lo que sea que espante las desocupaciones, aunque suponga acabar cansados y rendidos. Ni siquiera la tecnología nos ha traído más descanso, porque aceptamos aquello de que descansar es cambiar de actividad y no nos queda otra que llenar los silencios, los espacios y los tiempos con la verborrea de nuestro hacer, pero ajenos a nuestro ser.

Nos cansamos incluso de lo que emprendemos con ilusión, unas veces porque no alcanzamos los objetivos, otras por hastío, un aburrimiento profundo y globalizante que, como un tío vivo existencial, nos atrapa en nuestros sueños y nos hace girar y girar, sin metas claras, sin propósito. Es entonces cuando el cansancio se convierte en un desafío, hay que evitar rendirse ante él, debemos convertirlo en oportunidad de superación personal, con creatividad, con confianza.

Resulta curioso y triste que ni siquiera los tiempos de descanso consiguen renovar nuestros cansancios. Es entonces cuando nos hacemos cansados crónicos. Cada vez conozco más personas que vuelven cansadas de sus vacaciones, sin ser conscientes de que las han llenado de bullicio interior, que no han dejado de rumiar y de atender las urgencias incómodas de la vida. No es solo una cuestión de orden personal, ni de aprovechar el tiempo y desconectar radicalmente, se requiere deseo de crecer y, sobre todo, aceptarnos limitados, acoger el valor de los vacíos y trascenderlos. Seguimos cansados porque creemos que solo así aportamos valor a lo que somos; hacemos y deshacemos, tejemos y deshilamos el tapiz de nuestra vida, pero no damos espacio a lo verdaderamente importante, perdidos en el mar revuelto del hacer, cansados crónicos.

Días tristes, días felices

Esta semana nos atormentan nuevamente con esa atrocidad del Blue Monday, el llamado día más triste del año, que celebra desde 2005 cada tercer lunes de enero. Es una efeméride con un origen comercial, algo que ya no extraña a nadie: la compañía de viajes inglesa Sky Travel dice haber calculado, mediante una ecuación, el día más triste y deprimente del año. Dejando a un lado el gusto por lo mágico y extraordinario, y mirando de reojo el intento de aportar seriedad al asunto con supuestas fórmulas matemáticas, lo cierto es que tenemos una atracción, podríamos decir que innata, a buscar la tristeza, y justificarla.

Como, además, nos gusta el juego de los contrarios, no podía faltar el día más feliz del año, llamado Yellow Day, cada 20 de junio esta vez, último día de la primavera y pórtico del solsticio de verano, sostenido también en supuestos análisis científicos en los que han participado psicólogos, sociólogos y meteorólogos. La paradoja de este invento es que ignora una parte importante del planeta, y como todas las cosas mágicas parece solo destinado al punto de vista de unos pocos. Eso si que es triste.

Da lo mismo buscar una cosa o la contraria, días tristes o días felices, si no hemos sido capaces de ser, ser plenamente, ser conscientemente, el resto de los días de nuestra vida. Personalmente me resisto a que los algoritmos, por muy científicamente que se nos presenten, marquen le felicidad o la tristeza de mi existencia. Pero, sobre todo, me resisto a que deba definir cada momento a partir de ideas que decidan mis sentimientos y olviden mi realidad.

Walter Benjamin, un curioso y, por desgracia, poco conocido filósofo alemán de la primera mitad del siglo XX, dedicó una parte importante de su pensamiento a la idea de felicidad. En su pequeña obra Dirección única leí una afirmación que llevo rumiando largo tiempo, Ser feliz significa poder percibirse a sí mismo sin temor. Los días tristes son aquellos en que nos tememos a nosotros mismos, encerrados en una soledad que nos asusta, que nos devuelve a los abismos personales, que parece recordarnos todos los imposibles que nos habitan. Son tristes los días en que hacemos memoria de nuestras debilidades y nos hundimos con ellas, con miedo a que hayan convertido en absolutos de sentido, con pánico a que nos definan. No hay ecuaciones para ello, solo desconfianza. Da lo mismo que sea el tercer lunes de enero o el cuarto viernes de agosto, hemos dejado de creer en nosotros mismos.

¿Y no habrá mayor tristeza que tener que buscar un día como el más feliz del año, o de la vida? Pero lo hacemos, lo buscamos y lo aceptamos, como si en ello nos fuera la misma vida. Los días felices no son los que superan índices de tristeza, digan los meteorólogos lo que quieran, sino en los que hemos aprendido a admirar la belleza incluso de nosotros mismos; los días del reencuentro con la confianza, en los que comprendemos que podemos agradecer por aquello que no acabamos de aceptar; los días en los que nos percibimos, como nos invita Benjamin, sin temor; los días en los que dejamos de ver las cosas como una dicotomía simple entre el ser y el hacer, entre la tristeza y la felicidad; los días en los que tomamos la decisión de ser nosotros mismos.

Hoy es ese día, sin apellidos. Hoy es el momento de percibirte como Dios te ve, y te ama.