Una pedagogía de lo pequeño

Hay una pedagogía de lo pequeño. Una escuela humilde donde los márgenes y la fragilidad no son un fallo del sistema, sino el método mismo para aprender a vivir. En lo débil —en todo eso que solemos despreciar, ocultar o maquillar— se nos abren posibilidades para la receptividad, en lugar de espacios de egocentrismo, autosuficiencia y falsa seguridad. Lo pequeño nos baja del pedestal y nos vuelve porosos. Y solo lo poroso puede ser habitado.

Dios no se equivoca al elegir a los frágiles. Es su modo de revelar que la salvación no se conquista, se recibe, se acoge. No se exhibe, se susurra. Lo contrario de la autoafirmación no es la derrota, sino la apertura. Y esa apertura —siempre incómoda y vulnerable— es la puerta por la que entra la gracia.

Quizá lo que más nos aleja de Dios no es el pecado, sino la sensación de que ya estamos bien. El anestésico de la autosuficiencia nos separa más que la herida. La herida duele, pero nos deja expuestos. El «estar bien», confundido tantas veces con la felicidad, nos encierra y endurece, nos vuelve impermeables a todo lo que no controlamos. Byung-Chul Han dice: «La sociedad del rendimiento produce sujetos agotados, incapaces de abrirse al otro». Donde todo funciona, nada acontece.

La propuesta de bienaventuranza del Evangelio no pregona resignación ni alienación. Es, más bien, un anuncio de consuelo y fortaleza en medio de la adversidad. No viene a legitimar estructuras injustas, sino a sostener a quienes, desde dentro de ellas, trabajan para transformarlas. Nunca serán realmente felices los que observan la vida desde la barrera, sino los que actúan y arriesgan, los que se exponen y se dejan afectar.

La felicidad de lo pequeño no es una promesa de tranquilidad ni de éxito. Significa algo mucho más profundo: tu vida, incluso en la incertidumbre, tiene sentido. Es una quiebra de la tiranía del bienestar obligatorio. No todo está bien, ciertamente, pero no todo está perdido. Es una promesa que sostiene el paso cuando el suelo tiembla bajo nuestros pies.

Jesús no promete una vida fácil. Promete que ninguna herida vivida con Él es inútil. Que ninguna lágrima se desperdicia. Que ninguna lucha se queda estéril. Que el fracaso no es el desenlace, sino una tierra donde la buena noticia germina a ras de suelo.

Las Bienaventuranzas, como pedagogía de lo pequeño, no son una escalera de virtudes para alcanzar el cielo, sino la fotografía del lugar donde Dios ya está. Tal vez por eso nos incomodan tanto: porque nos invita a bajar, justo allí donde Dios decidió quedarse.

Bajar no es romantizar el dolor, es habitarlo sin fingir.
No es amar la pobreza, sino amar a quienes la padecen.
No es glorificar la persecución, sino acompañar a los que son apartados y silenciados.
Bajar es desandar la carrera hacia el prestigio para descubrir el rostro de Dios en los rostros que no brillan.

Dice Pablo a los corintios: «Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder» (1 Cor 1,27). No se trata de despreciar los dones, sino de despintar el ego. De renunciar a la ficción del control. De vivir a la intemperie, donde los elementos contrarios dejan de ser enemigos y se convierten en memoria.

Tal vez la pregunta no sea si somos felices, sino si nuestra vida está siendo vivida con sentido. La felicidad sin sentido es como una gaseosa: nos ofrece un estallido inmediato y nos anestesia para el camino. Pero es precisamente en el camino de nuestra vida —con su polvo y su cansancio— donde ocurren los milagros: lo pequeño se vuelve semilla; lo débil, signo; lo que falta, lugar de encuentro.

«Lo débil del mundo…» no es derrota, es estrategia de Dios.
Una pedagogía que nos desarma para poder abrazarnos.
Un descenso que nos hermana.
La audacia de vivir sin refugio, de encontrar el lugar exacto de nuestra vida donde Dios ha decidido acampar.
Y si nos perdemos, ese es el punto de encuentro.

Persistir sin refugios

La incertidumbre nos abruma. Nos golpea sin previo aviso, destiñe seguridades y nos deja expuestos a lo que no podemos controlar. Vivimos rodeados de situaciones desestabilizantes que nos empujan a buscar constantes de sentido, pequeñas lámparas que iluminen el miedo y la desesperanza. Hay días y circunstancias que se vuelven verdaderas intemperies de sinsentido: nos asalta el dolor, nos descubrimos invisibles, solos, apenas capaces de interpretar lo que sucede dentro y fuera de nosotros. Cada contratiempo, sumado a la incomprensibilidad de la vida y la complejidad de las relaciones humanas, abre grietas por las que se cuela una incertidumbre que termina instalándose como huésped permanente.

En este paisaje, la soledad no es solo ausencia de otros; es también el espacio en el que se ponen a prueba todos nuestros intentos de sentido. Incluso los paradigmas hermenéuticos que durante años nos prometieron respuestas acaban mostrándose insuficientes frente a nuestras ansias de comprender. Nada parece encajar del todo. Nuestra condición humana se rebela ante el mal, le exige explicaciones, busca un sentido y una tregua. Y, sin embargo, sabemos —a veces con un cansancio que roza la rendición— que acabar con él es difícil, que el desánimo encuentra fisuras por las que infiltrarse, que la esperanza es frágil cuando las adversidades encadenan victorias.

Es ahí, precisamente, donde lo verdaderamente humano deja de definirse por una esencia estable o por nuestra racionalidad orgullosa. Lo humano empieza a revelarse en su verdad cuando se reconoce en las relaciones que es capaz de establecer con todo aquello que no domina, que no controla, que incluso desearía excluir de su autodefinición. Especialmente con «lo otro»: lo vulnerable, lo herido, lo descartado, lo que incomoda. Cuanto más tardemos en comprender esto, más lejos estaremos de aquello que realmente buscamos. La intemperie es un espejo.

Edmund Burke dijo: «Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada». Tal vez ahí se vuelve evidente nuestra condición humana: en esa tendencia cómoda a desentendernos, a delegar la responsabilidad moral, a confundir la confianza con una pasividad que no nos implica ni nos compromete. Se nos da bien «no hacer nada». Mirar hacia otro lado, esperar que el tiempo coloque las cosas en su sitio, o pedir —casi infantilmente— que sea otro quien nos libre del mal. Es un autoengaño simple, pero eficaz: mientras lo sostenemos, creemos que hemos salvado nuestra conciencia.

En una película de Woody Allen, un personaje a la espera del resultado de unos análisis clínicos afirma que «la expresión más bella de la lengua no es ‘te amo’, sino ‘es benigno’». Cuando la espera tiene que ver con las personas —con nosotros mismos, con aquellos que amamos, con el mundo que habitamos—, la benignidad se convierte en un don casi sagrado. Un alivio que no solo tranquiliza, sino que reordena la vida, nos muestra la fragilidad del mundo y la belleza de nuestra debilidad.

Por eso la perseverancia no es un gesto menor, ni una virtud decorativa para tiempos tranquilos. Es la constante que sostiene el sentido cuando todo lo demás se tambalea. Y no debe confundirse con el optimismo ingenuo ni con la ilusión de que todo acabará bien por una suerte de justicia automática, como en la fábula de Iriarte, en la que un burro, tras hacer sonar una flauta de casualidad, proclama ufano: «¡Qué bien sé tocar!». Eso no es la perseverancia que necesitamos. Perseverar es resistir sin refugios, permanecer cuando todo invita a huir, sostener la esperanza incluso cuando parece derrotada.

«Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Lc 21,19), dice Jesús. Quizá ahí resida la clave de nuestra capacidad para habitar la intemperie: no en la certeza, sino en la constancia; no en la comodidad, sino en la exposición; no en la dicotomía fácil entre lo bueno y lo malo, sino en la decisión de estar, de permanecer, de no rendirse. Persistir sin refugios es nuestro modo creyente de habitar el mundo, con la radical honestidad de quien sabe que la esperanza se construye desde dentro de la tormenta, no desde la seguridad de un techo prestado.

Difícil profetismo

Mi profesor de “Libros Proféticos” en la Facultad de Teología fue el jesuita José Luis Sicre. Además de tener la gran suerte de ser su alumno y escuchar sus clases magistrales, tuve la oportunidad de descubrir que el profetismo no tiene nada que ver con las artes adivinatorias, sino con el compromiso social y transformador.

Aprendí una lección que no he olvidado: es profeta quien sabe dar espacio en su vida a una palabra que no es la suya, quien pierde el miedo a anunciar las consecuencias de nuestros desmanes, quien sabe poner una mirada atenta y creadora en todos los acontecimientos, especialmente en los sencillos y desapercibidos.

El profeta tiene, por tanto, una dimensión solidaria y comunitaria. No va por libre, aunque su mensaje haga tambalear las relaciones mal cimentadas y escueza como la cura en las heridas. Nadie es profeta en su tierra, dice un viejo refrán, complicando aún más la vocación profética. En un mundo donde ya hay suficientes problemas día a día, nadie quiere agoreros que amarguen las ilusiones de que de esta salimos mejores. Por cierto, el diccionario de la RAE coloca profeta entre los sinónimos de agorero (”Que predice males o desdichas. Dicho especialmente de la persona pesimista”).

La tarea profética es difícil. Comienza con el hecho de tener que prestar su voz a la palabra de Dios, muchas veces sin conocer todos los detalles de sus planes, casi sin entender los porqués y sin capacidad para suavizar el choque del mensaje con palabras propias. Además, el profeta tiene el deber moral de hacer suyo ese mensaje que incomoda. Tal vez por eso tiene fama de pesimista, en contraste con quienes solo quieren ver una imagen idealizada de la vida, las relaciones y sus consecuencias.

Estos días me ha rondado un texto del profeta Ezequiel: «A ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor”. Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos». (Ez 2,5). Inspirador. El mensaje no es el medio, como pregonó McLuhan, sino el mismo profeta. Algún día, se podrá decir también de nosotros, especialmente en nuestras comunidades, que allí hubo un profeta. Se podrá recordar que defendimos los derechos olvidados, que nos pusimos del lado de los débiles, que pronunciamos palabras que se han convertido en diálogo y tendimos puentes que son encuentro. Se podrá decir, aunque nadie nos hiciera caso; porque hicimos de nuestra vida una defensa de los derechos humanos, que son los derechos de Dios.

Difícil profetismo. Por eso, ningún profeta acepta serlo de inmediato; tenemos ejemplos tanto en el relato bíblico como en profetas contemporáneos. Por eso, ningún profeta es inmediatamente canonizado, y cuando lo es, no está exento de polémica; la ortodoxia oficial lo señala y arrincona por incómodo e irrespetuoso. Por eso, es tan urgente despertar nuestra común condición profética, adquirida desde el bautismo y vergonzosamente dormida en el desván de nuestra conciencia, para evitar sospechas.

Sabrán que hubo un profeta en medio de ellos. Lo sabrán porque recordarán la palabra transformadora, la tarea de enseñar y señalar la vida en sus detalles, la pasión de la misión acogida y compartida. Tal vez no recuerden el nombre ni el rostro, ni los colores con los que cubrió los tonos grisáceos de sus creencias. Algún día lo sabrán, aunque hoy ninguna tierra lo reconozca.