Proselitismo vs Verdad

Ahondando en esto del encuentro, Pío Baroja nos regala una perspectiva reveladora:Todo el que cree hallarse en posesión de una verdad tiene cierta tendencia de proselitismo. Es una invitación a pensar en nuestras convicciones y posicionamientos, en cómo influyen sobre nuestra percepción del mundo. Es una llamada de atención sobre nuestras conversiones cuando nos convertimos en predicadores de nuestras verdades particulares.

Cuando nos aferramos a una verdad como si fuera absoluta, sea cual sea su naturaleza, corremos el riesgo de cerrarnos al diálogo y a la exploración. Nos volvemos propensos al proselitismo, a la necesidad de imponer nuestras ideas y nuestros hallazgos a los demás, en lugar de abrirnos a nuevas perspectivas y aceptar la diversidad de opiniones que enriquecen nuestra experiencia vital.

Este enrocamiento complica la búsqueda de la verdad, en su sentido más amplio y profundo. Nos estanca en posicionamientos rígidos y dogmáticos, renunciando a la posibilidad de un crecimiento intelectual y espiritual genuino. Es como si nos conformáramos con una versión limitada y simplificada de nuestra propia vida y de la realidad, negándonos a explicar matices y detalles que las puedan embellecer.

Resuenan como un eco las palabras de Antonio Machado: ¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela. Son una llamada de atención a la necesidad de la humildad, de la apertura a todas las búsquedas, del reconocimiento de que nuestra comprensión del mundo es solo una pequeña pieza de un enorme rompecabezas, que va mucho más allá de nuestras simples expectativas.

Para trascender esta tendencia al proselitismo, es necesario cultivar un espíritu de encuentro y apertura con el otro, aprender a escuchar con empatía y comprensión, dejar a un lado la rigidez de nuestros puntos de vista, estar dispuestos a explorar otras opciones, a reconocer la riqueza en la diversidad de pensamientos.

Además, es crucial abandonar la lógica de la meritocracia, esa que solo acoge determinados talentos. Frente al proselitismo se nos invita a reconocer y valorar la singularidad de cada persona, porque todos tenemos algo único y precioso que aportar, somos parte de la verdad y reflejo de su presencia.

Solo lejos de una actitud proselitista y cerca del encuentro atento, podremos trascender el territorio incierto de los conflictos y entrar en el terreno fértil del crecimiento conjunto. Es ahí, en este espacio de encuentro, donde verdaderamente podremos explorar y acercarnos a la Verdad, en toda su complejidad y belleza.

Dejarse aconsejar

Hace unos días, me encontré casualmente con una cita del libro de los Proverbios: Con los que se dejan aconsejar está la sabiduría (Prov 13,10). Esta frase me atrapó en su sencillez, una mezcla de advertencia y recomendación que me ha hecho reflexionar.

La idea de dejarse aconsejar parece tarea fácil, simplemente aceptar la orientación que proviene de otros, evitando el esfuerzo de pensar en todo por nosotros mismos, librarnos del problema de la autorreferencialidad y eliminar la carga de la responsabilidad. Sin embargo, sabemos que en la práctica esto no suele ser tan fácil. Construimos nuestra propia perspectiva ante la vida, las dificultades y las interacciones con los demás. A menudo pensamos que sabemos lo que nos conviene mejor que nadie, y aunque buscamos consejo, en muchos casos ya hemos decidido de antemano, confiando más en nuestra propia opinión que en la ajena, por muy valiosa que pueda ser.

Es cierto que también hay quienes ofrecen consejo sin ser solicitado. Personas que caminan por la vida repartiendo opiniones a diestra y siniestra, sin pensar demasiado si se ajustan a la situación. A veces, parecen asumir una superioridad moral o sabiduría que los coloca por encima de los demás, sin considerar la posibilidad de que, en ocasiones, deberían aplicarse a sí mismos el consejo que ofrecen a otros. Con estos compañeros de camino pasa aquello que nos recuerda el refranero: Consejos vendo, que para mí no tengo.

Se dice que este refrán se originó a partir de la observación de una costumbre del alcaraván, un ave que permanece quieta mientras emite gritos agudos para alertar a los demás sobre la presencia de un cazador o un ave de rapiña, pero sus propios gritos la convierten en presa fácil y vulnerable. El psicólogo Igor Grossman denomina a este comportamiento la Paradoja del rey Salomón, haciendo referencia a las contradicciones del hijo de David, conocido por su sabiduría pero que cayó en grandes incongruencias en su vida personal. Grossman sugiere que Salomón hubiera tomado decisiones más acertadas si se hubiera imaginado a sí mismo buscando consejo de otro rey sabio.

Sin embargo, algo sí debió aprender el rey sabio, a quien se atribuye el libro de los Proverbios y, por tanto, el texto con el que hemos comenzado. La verdadera sabiduría no radica en saber qué hacer en cada momento o cómo manejarnos en la vida, sino en la capacidad de aceptar opiniones y consejos externos. La verdadera sabiduría se revela al permitirnos recibir, e incluso amar, lo que otros ven desde sus perspectivas en nuestra vida y nuestras experiencias.

Este es el consejo de Salomón, puede que ni siquiera él mismo supiera manejarlo, prueba de que es un ejercicio complejo de sabiduría. No es solo una cuestión de modestia o humildad, sino la convicción de que caminamos junto a otros. Un caminar que nos permite reconocer nuestra vulnerabilidad, nuestra necesidad del otro y de su consejo, no como debilidad o adorno, sino como posibilidad y enriquecimiento personal.

Virtuosismo

Sigo asombrándome ante la música, pero de un modo especial siento algo muy especial por el sonido y el virtuosismo del violoncello. Así lo es desde que quedé prendido del Preludio de la Suite número 4 para cello de Bach, cuando tuve la ocasión de escucharlo en directo, en un pequeño salón, donde siempre se saborean mejor esos momentos trascendentales. No voy a hacer un post sobre composiciones para cello, aunque me cuesta callar mi pasión por las obras de Couperin, Haydn, Brahms, Dvořák o Stravinsky… El grave tono del cello se me asemeja a un lamento humano, no necesariamente triste, no me cuesta sintonizar con ese canto, que se desgarra con el suave roce del arco acompañado de la danza del violoncellista, sus brazos abiertos para abrazar la historia que cuentan sus notas. Cada ataque del arco golpea mis sentidos y me sitúa en la vida, parecen decirme no estás solo, elévate un poco más para ver más allá de ti.

El virtuosismo del cello, y de quien lo toca, me hablan de los modos en que yo mismo estoy invitado a hacer virtud de mis palabras y acciones. Mi cello es este mismo teclado sobre el que hago bailar mis dedos, lo son también mis sentidos, abiertos a la vida y a las personas, y lo son mis gestos, incluso los que omito. Podré confiar en que los instrumentos que me ayudan a expresarme tengan vida propia, que hablen de mí, y me ahorren el esfuerzo de la coherencia. Mi papel será entonces el de conocer los símbolos e interpretarlos, evitar la confusión de los paneles que mantienen el automatismo de mi vida, aseguran las relaciones y me protegen del error. Me habré convertido en un virtuoso de lo funcional, hasta engañarme a mí mismo sobre mis posibilidades, esquivando siempre el error y las debilidades, porque no caben en una mente que todo lo mide y lo pesa.

Para encontrar espacios de sentido tengo que abrazar mis cruces con la misma confianza con que abrazo mis éxitos. Solo ese abrazo cargado de esperanza me permitirá unirme al canto expresado por la vida que toco, sin pararme ante la desafinada forma de mis intentos de arreglar el mundo, sin quedarme en los avances de mis logros. Es un abrazo que me compromete, en él se detiene el tiempo de las excusas y me expongo por completo a la vida y a sus espectros. Debo abrir los brazos, sin miedo. Uno para atacar la melodía, en una fricción con las cuerdas atemporales de la existencia que irradia armonía, que convierte en voz las vibraciones, lamento y gozo, inseparables del roce y la herida que mutuamente se hacen las cuerdas del arco y de la caja. La música, la voz que surge del brazo con el que tiento estas cuerdas de mi vida, no está libre de errores y desencuentros, nace de mi pasar por las personas y las cosas, necesita el rozamiento, la relación, el riesgo de hacer frente a la tranquilidad emocional que me invita a dejar las cosas como están. ¡Cuánta voz silenciada por el miedo a herir la superficie del mundo que toco!

Mientras, el otro brazo, se vuelca sobre el diapasón, la yema de los dedos recorre suavemente su largueza, en caminos de ida y vuelta, en mágica sucesión de gestos, al mismo tiempo cómicos y reflexivos, a veces generando un vibrato que parece dejar en suspenso el tiempo, otras en progresión cadenciosa que se hace infinita más allá de mis deseados principios. Mueven mi mano la sabiduría adquirida y la ética de mis opciones. Mis acciones no proceden de una improvisada digitación sobre los trastes, porque en ellos me juego el sentido de mi acción, por eso debo dar a cada gesto la precisión que permita el sonido adecuado. Pero debo hacerlo sin ser esclavo de una partitura pensada por otros, más allá de lo ético me debo también a lo estético, a lo espiritual, ser creador y creativo de la melodía silenciosa que sale de este abrazo infinito.

Cada gesto de mi abrazo es una parte y es un todo, se necesitan mutuamente superando juntos los errores. No puedo ser voz sin los aprendizajes y opciones éticas que presionan las cuerdas de mi vida, no seré una voz creíble sin el sentido de belleza que aporta armonía y equilibrio a lo que digo y hago. Sin el aparentemente incomprensible danzar de mis dedos, sin su estudiada precisión, sin la callosidad ganada en las repeticiones, sin los infinitos intentos que me han traído a la compresión, sin todo ello, el roce de mi vida con la vida solo generará una chirriante expresión de queja, lamento, incluso odio, empeñado en decir más que en ser. Del mismo modo, sin la acción rítmica, a veces cadenciosa y aburrida, sin mi relación con el mundo y con las personas, sin asumir el riesgo del roce que desgasta y quema, seré solo un pozo de saberes, conoceré todas las normas y gran parte de las respuestas, iré de arriba a abajo y de abajo a arriba, pasando por todo como quien ya todo lo conoce, pero me habré perdido a mí mismo, mi canto será el silencio, mi voz solo podrán escucharla los eruditos que sepan entenderme, mi vida será solo de espacios solitarios, de historias aprendidas pero nunca compartidas.

Ser virtuoso supone este abrazo que marca y rasga, que roza con los dedos las verdades intangibles para hacerme voz, no mera expresión, sino presencia y posibilidad. Ser virtuoso armoniza la belleza de lo que sé y de lo que hago, de todo ello construye un espacio de encuentro en el que mis debilidades y mis triunfos no condicionan el sonido de quién soy, el que tanto deseo que te llegue.