Gracias, sigo adelante

Hoy toca compartir algo muy personal. Necesito agradecer, tomar conciencia del tiempo pasado, desde este presente que se me hace grande y me trasciende, resistiéndome a mirar el mañana para evitar que se convierta en sustituto de la tierra que me toca pisar y recorrer. Un 11 de octubre de hace 25 años recibía la ordenación presbiteral, y aunque evito vivir de los recuerdos, doy gracias por todos los que me han traído hasta aquí, por cada crisis, por cada levantada, por las heridas visibles y por las invisibles, por los encuentros y las despedidas.

Vivo este día con la claridad de una mirada que se ha ido haciendo poco a poco a aceptar los retos y escalar alturas. No me asusto fácilmente, quien me conoce lo sabe, pero tampoco vivo en la fantasía del todo saldrá bien. Junto a mis logros cuento también mis derrotas, y no me quedo a vivir en ellas, por eso solo forman parte de mi biografía pero no de mi presente. Todo lo celebrado, todo lo encontrado, todo lo perdonado es parte de lo que soy; cada mañana afronto un camino sin retorno, sin que los nubarrones o el sol decidan por mí, convencido de ser yo quien construye este día, no como experiencia sino como existencia.

Desde aquella mañana, de hace veinticinco años, me persigue el olor del crisma perfumado que el obispo ungió sobre mis manos. Mi vivir se ha ido impregnando de ese olor, tantas veces sin apenas darme cuenta, otras muy consciente de que mis manos son lo más importante del ministerio recibido, curan, acarician, acogen, perdonan, agradecen. Miré y olí mis manos compulsivamente, no me canso de hacerlo.

Cada vez que mis periferias se han llenado de impotencia y de silencio, en los oscuros vacíos, he llevado las palmas de mis manos a la nariz, he aspirado fuerte, para formar un puente entre la gracia y la realidad, para recordar que el dulce crisma que las consagró también consagra la vida que tocan. A cada ocasión en que mis emociones se han perdido en el dédalo de los imposibles, pidiendo tiempo muerto para volver a los abrazos extraviados, he posado las manos ungidas sobre mi cabeza y mi corazón, para bendecir de nuevo los espacios, para abrazar los retos, con mirada creativa que siempre encuentra una salida en el laberinto. Cada vez que la brújula dislocada de la razón me ha invitado a seguir caminos vividos por otros, para no cansarme ni perderme, he extendido mis manos, con las palmas vueltas hacia abajo, para bendecir el camino que piso, para seguir creyendo que son las sendas no trilladas y las palabras nuevas las preferidas por Dios, que no deben asustarme.

Me siento mejor siendo simplemente alguien que pasa. No soy de los que pisan otras huellas o me quedo a vivir en cómodos sillones, prefiero equivocarme y aprender de errores y aciertos, sentir crecer la esperanza a mi alrededor, leer la vida, olfatear la adrenalina del ser. Creo, he creído y seguiré creyendo, que mi vocación ni fue ni es una opción, más bien un descubrimiento. Por eso busco, me adentro en los recovecos que me revelan la necesidad de darme, no reservo nada al pesimismo.

Ser, es lo que me ocupa ahora. No dejarme arrastrar por principios o apegos que me contradicen, incluidas las vivencias maravillosas que he vivido. Quiero ser, en los encuentros, las gracias, las palabras, los reveses, los misterios, los laberintos, en todo cuanto me habita. Y también con quienes en estos veinticinco años habéis indagado conmigo toda esa belleza del ser. Caminando a vuestro lado sigo descubriendo esta preciosa vocación con la que Dios unge mis manos. Caminando a vuestro lado, soy.

Camaleones

Es difícil saber si nuestra condición camaleónica se debe al instinto de supervivencia o al de juego, lo cierto es que cada vez se extiende más esa necesidad de ocultarse a plena vista, aparentar ser quien no se es y camuflar ante el mundo lo que nos apasiona. De niños resultaba gracioso, excitante incluso, divertirse siendo otra persona, disfrazarse para explorar nuevos sentimientos, calzarse los grandes zapatos de los adultos en un inocente juego de ser mayor. Pero cuando ya somos adultos, y se nos presupone la madurez de la experiencia y del tiempo, los disfraces cambian su sentido y se convierten en intuiciones de lo que reprimimos o no queremos aceptar.

He conocido a personas que justifican su vida camuflada. El infantilismo con el que se viven muchas de las relaciones laborales y personales, también familiares, les obliga a ocultar sus sentimientos; han aprendido a convivir con dos comprensiones del mundo contrapuestas, la que se visten para encajar en su ámbito relacional y la que puede entreverse debajo de sus disfraces pero que nunca muestran. Aunque, claro, no existe el disfraz perfecto, menos aún para uno mismo, el espejo de la vida sabe descubrir lo que nuestros zapatones pretenden esconder.

Camuflamos lo que no entendemos y lo que creemos que otros no entenderán, o no aceptarán de nosotros mismos. Nuestros disfraces pretenden tapar las convicciones, la fe, la esperanza, la belleza de nuestro ser, porque nos sentimos más seguros así, parte de una sociedad del camuflaje, donde lo desapercibido queda para el ámbito de lo privado, y resulta más fácil construirnos una vida de camaleones, con sentimientos que no son nuestros, con máscaras tras las que ver la realidad. No siempre somos nosotros quienes nos ocultamos, se banaliza cada circunstancia que nos desnuda, se ocultan los espejos de verdad y pasamos a ser víctimas de la mascarada de aparentar ser quienes no somos en realidad.

Estas reflexiones no son un alegato carnavalesco para que abandonemos nuestros disfraces y mostremos cómo somos y nos sentimos en realidad. Son más bien una invitación a saber mirar aquello que los otros nunca serán capaces de esconder bajo apariencias deslumbrantes, ser espejos acogedores para sus búsquedas. Comienza por mirar bien, el camaleón no puede hacerse invisible, aunque crea serlo; comienza por no juzgar, las palabras, incluso las que no pronunciamos, solo contribuyen a que otros se escondan más profundamente y tengan miedo de abandonar su camuflaje; comienza por comprender, más allá de entender el sentido de la vida está la comprensión de la vida de quienes caminan a nuestro lado.

Ver el brillo

Cuando parece que las desgracias y las catástrofes hacen cola a nuestra puerta, para empadronarnos en la ciudad de las tristezas, reaccionamos resistiéndonos o abandonándonos a su deriva. Caminamos por una cuerda floja que nos convida a estar atentos a cada paso, y esa fijación extrema para evitar el tropiezo y la caída al vacío nos despista de la importancia de la interpretación. Sin una hermenéutica que nos remueva personalmente, es más fácil mantener el equilibrio entre lo que no entendemos y lo que nos amenaza, pero entonces perdemos la perspectiva de la memoria, renunciamos al conocimiento de la realidad y olvidamos el brillo estético de las cosas que amamos.

Joseph Campbell dice que el mayor regalo es ver el brillo en todo. No soy dado a sacar obsesivamente brillo a las cosas, podría encontrarme con reflejos que me despisten de la verdadera esencia de su presencia en mi vida. Pero hay un brillo natural, que Campbell siente como regalo, invitándome a descubrir la belleza que aporta a todo lo que miro y percibo. Está en los momentos felices, y también en los oscuros. Es eco de tristezas, y también de alegrías desbordantes. Deslumbra cuando me acerco a él, y también me protege de los depresivos instantes de soledad. Es el brillo que me reconcilia con quienes unen sus pasos a los míos. Es un brillo que me regala abismos y cimas de sentido, espacios en los que soy libre, porque no me quedo a vivir en la melancolía.

A veces, nos dejamos conducir por la preocupación de pulir nuestras relaciones con las cosas y con las personas, buscamos su brillo, como si obteniéndolo estuviéramos salvados de la obligación de comprenderlas. Nos convertimos, entonces, en coleccionistas de reflejos. Vemos el brillo que queremos ver, abrillantamos la vida a nuestro alrededor para que se nos haga más amable, pero sin profundizar en la conexión que le debemos. Es nuestro propio brillo el que buscamos, es nuestra idea de mundo, y de persona, y de vida, pero no son realmente el mundo, la persona y la vida que brillan por sí mismos y que podemos realmente amar.

Sabemos que hay quien brilla con luz propia, pero también quien refleja la luz de los soles que tiene a su alrededor. No despreciar ninguna luz, pero tampoco conformarse con ser reflejo automático del brillo de otros. Aprender a quererse, acoger las sombras y ver en ellas también el brillo del valor propio, en esto consiste lo más complejo de la vida, pero también lo más hermoso.