Las cuaresmas que vivimos

Conocí a alguien que contaba sus años por cuaresmas. Al principio me pareció una rareza para llamar la atención, no estoy seguro de que no lo fuera, pero en estos días he vuelto a recordar la anécdota y empiezo a encontrarle sentido. A pesar de la mala prensa que tiene la cuaresma, tanto entre los cristianos como entre los no cristianos, y de esto nos hemos encargado nosotros solos, realmente es el tiempo que nos vive, el único que nos permite diluirnos en el misterio de nuestra propia vida, conocer sus recovecos y confundirnos en ellos.

He vivido muchas cuaresmas. Algunas siguen dejando en mí una resaca de embriaguez, de otras solo quedan recuerdos difuminados. He vivido cuaresmas incluso fuera de esos cuarenta días que todos se esfuerzan en llenar con gestos más o menos piadosos, y en muchas ocasiones han acabado siendo mejores encuentros que los programados, como esas charlas fortuitas con ciertas personas que cambian perspectivas y abren el corazón.

Vivimos cuaresmas igual que coleccionábamos cromos cuando éramos niños, como trofeos que poner en la vitrina de nuestra vida cristiana, cumpliendo ritos, midiendo ayunos, sumando rezos. Últimamente encuentro gente que vive cuaresmas competitivas, preocupados porque las noticias no se hacen eco, o de que los viernes ya nadie se sacrifica sin comer carne, en un enfado permanente con el mundo, con los que no van a las iglesias, con los que llenan las calles cuando sale una procesión.

Nos han enseñado que cuaresma es huída, sacrificar los placeres y vestirnos de tristes creencias, apagar las luces del asombro y aprender a vivir en la tiniebla de la resignación, incubar soledades y desabrazar la vida. Tal vez sea esa una de las causas de que tantos cristianos dejen de vivirla, cansados de fariseísmos, de contemplar una Iglesia con casi dos mil cuaresmas que sigue anclada en la farsa de las palabras vacías, que protege y justifica sus pecados, que vende aún bulas de cruzadas vergonzosas… Ya lo he dicho antes, nos bastamos nosotros solos para acabar con los símbolos, el enemigo a veces se viste de negro.

Y, sin embargo, la cuaresma debe ser huída, pero no una fuga de la libertad o de la vida, sino de aquello que amenaza la vida en abundancia. Huir de los miedos, de los escondrijos apartados, de las palabras piadosas; huir de los ritos vacíos, de los cuellos con tortícolis por tanto mirar atrás, de los templos sin flores y sin vida; huir de las caras largas, de los golpes de pecho hipócritas, de los inciensos esconde-olores; huir para encontrar la vida que se nos escapa en cada uno de esos puertos seguros; huir, porque sigue haciendo buen tiempo para vivir a la intemperie.

Ya no creo en otra cuaresma, esta es la que quiero vivir, la que no se limita a 40 días, la que me exige una vida de encuentros, unos brazos abiertos para abrazar debilidades y mirar con ojos limpios todo lo que renace, sin dejar nada atrás, ni siquiera mis faltas y defectos, porque lo necesitaré todo para poder resucitar realmente a la vida.

La tristeza… y una sonrisa

Hace ya quince años que cada tercer lunes de enero nos llega con la amenaza velada de ser el día más triste del año, Blue Monday le llaman. Como muchas otras cosas esta también tiene una curiosa historia: en 2005, el profesor Cliff Arnal, de la Universidad de Cardiff, creó un cálculo matemático para lanzar una campaña de marketing de la agencia de viajes Sky Travel. Quería saber cuándo había una mayor predisposición de los consumidores para reservar sus vacaciones, y el resultado fue el tercer lunes de enero.

La fórmula matemática era así: 1/8C+(D-d) 3/8xTI MxNA, en la que C= clima; D= deudas adquiridas en Navidad; d= dinero que se cobra en enero; T= tiempo desde final de Navidad; I= período desde el último intento fallido de dejar un mal hábito; M= motivaciones; NA= necesidad de actuar para cambiar la vida.

El mismo profesor Arnal ha advertido en numerosas ocasiones del despropósito que supone sacar conclusiones de aquella broma, pero como nos encanta eso de poner nombre a las cosas y declarar días para casi todo… aquí lo tenemos, año tras año, consumiendo minutos en las noticias, en las conversaciones de bar y en las búsquedas de internet. Hasta el papa Francisco ha tenido que hacer alusión al tema.

La tristeza sigue siendo un tema recurrente, y por desgracia no es solo cuestión de un día al año. Hay quien la habita, y la hace estandarte de su vida, en muchos casos sin saber cómo abandonarla. Desde aquellos tres tristes tigres… que comían trigo, y que aprendimos sin atisbo de pensamiento crítico alguno, la vida nos ha ido metiendo en trigales de tristeza que se convierten en laberintos sin escapatoria. Es entonces cuando la tristeza se alía con la soledad, y ronda cada espacio, nuestros propósitos de cambio, cada fracaso personal.

Parece que ha encontrado en los jóvenes una tierra en la que echar raíces, jóvenes cada vez más solos, a pesar de esos miles de amigos que linkean sus entradas en Instagram. Desengañados de las grandes historias, de las promesas de cambio, algunos apenas son capaces de ver algo más que asco y tedio en lo que esta sociedad tan abierta e informada les ofrece. No creo en eso de la generación perdida, es más bien una generación triste y solitaria, enmascarada en su propia inmediatez.

El mejor antídoto contra la tristeza es una sonrisa, y solo la fe puede devolvernos la alegría, dice el papa Francisco. Sí, es cierto, la sonrisa siempre ha sido sanadora, nos obliga a mirar la realidad con otros ojos, con una perspectiva más abierta, sin cargas de profundidad. Pero, incluso para esbozar una sonrisa, necesitamos encontrar motivos. La intemperie en que vivimos, especialmente la que habitan los jóvenes, debe permitirnos descubrir horizontes de sentido, abrirnos a la trascendencia para que las preguntas existenciales, que son también preguntas de fe, no abracen nuestra soledad sino que provoquen sonrisas de futuro.

Vivir en la tristeza adormece los sentidos, acomoda la existencia a sueños de los que no podemos escapar. No es la opción fácil, como piensan muchos, es la no opción, el reflejo imperfecto de una vida que ha perdido su sentido trascendente, maravillada por un constante de inmanencia que tan solo aporta explicaciones rápidas, inmediatas, seguras. Una sonrisa, la que adopta un gesto espiritual y de sentido, no elimina las grises pinceladas de la vida, pero sí nos regala la visión que necesitamos para contemplarla desde otro ángulo, con el humor y la actitud de quien descubre su trascendencia, con la mirada de quien no sueña, respira, siente.

Moramanga, Madagascar (2007)