La verdad

¿Qué es la verdad?, Le dice Pilato a Jesús, tal vez una de las preguntas que más nos hacemos en la vida. Reaccionamos ante ella de modos muy diferentes. Al igual que pasa en el texto de la pasión de san Juan, que nos confronta cada viernes santo, nos escondemos, echamos la culpa a otros, eludimos la responsabilidad, mentimos, negamos… A pesar de nuestro deseo por conocer la verdad, identificarnos con ella, buscarla en todas nuestras relaciones y encuentros, no tenemos reparo en convertirla en una realidad fuera de nosotros mismos, lejos de nuestra propia responsabilidad.

Descubrir que la verdad no tiene vida propia al margen de nuestra existencia, y de nuestras decisiones, es un reto imprescindible para encontrar respuestas a tan compleja inquietud. Sin darnos cuenta del todo, aunque lógicamente condicionados por la tranquilidad de conciencia que conlleva, disociamos la verdad de nuestras posiciones de control. Es mucho más fácil actuar como si fuera un juez externo que valorara nuestros torpes ejercicios vitales, una calificación, una nota, que se pone a los equilibrios con que afrontamos la existencia, solo condicionada por la calidad con que los interpretamos, por su parecido con esa idea externa de lo que pueda ser verdad o engaño, pero sin tener en cuenta lo que realmente somos.

En este relativismo de la verdad, lo que realmente se busca no es la veracidad de lo que se nos dice sino lo que estamos dispuestos a aceptar, más aún si en lo que recibimos se mantiene la armonía que tanto nos ha costado fabricar alrededor, si no se alteran las cuentas que hemos echado para no ver los engaños. Incluso reconociendo la verdad como bien mayor, somos capaces de aceptar medias verdades, con tal de no sentirnos perdidos en el momento en que seamos conscientes de que no hay una única verdad.

¿Tu verdad? No, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela. Hubo un tiempo en que me sentía identificado con este pequeño poema de Antonio Machado. Ahora, sin embargo, voy comprendiendo que esta búsqueda de la verdad como absoluto no es más que un nuevo engaño para evitar reconocer otras verdades, donde incluso llego a estar dispuesto a dejar a un lado mi verdad, con el solo fin de no tener que ver la verdad del otro. En todos los acercamientos a la verdad condenamos opciones y opiniones para alcanzar una paz social en nuestras relaciones que facilite la convivencia, unificando las ideas si es necesario, aunque todo huela a artificial y monolítico. Era san Agustín, el gran buscador de la verdad, quien reconocía que cada vez que condenamos una herejía dejábamos perder con ella una parte de la verdad.

Acoger otros modos, otras opiniones, otros acercamientos, no es relativimo. La pluralidad nos enriquece, porque la verdad es poliédrica. La cobardía de Pilato, que se va sin esperar respuesta a su pregunta, representa nuestros miedos para reconocer la verdad que hay en el otro, los silencios impuestos al encuentro. Preferimos imponer una verdad desencarnada, descomprometida de toda realidad, antes que reconocer ese horizonte de verdad que hay en el . Elegimos guardarnos las verdades que cada uno vislumbramos, para crear puntos de vista unificados y seguir creyendo que la uniformidad nos salvará de la incertidumbre. Un engaño más.

Palabras tardías

Intuyo que no soy al único que le pasa: mantengo con alguien un diálogo interesante, intenso, todo parece fluir con naturalidad, intercambiamos ideas, palabras, imágenes mentales, y poco después de terminar aquel encuentro comienzan a venir a mi mente palabras y argumentos que debería haber dicho. Es solo ahora que surgen con facilidad, recreo el diálogo incorporándolas y me parece mucho más vivo e interesante, pero ya es tarde, porque cualquier encuentro futuro tendrá sus propios caminos y las palabras a veces parecen tener vida propia.

Las palabras tardías se me aparecen con más frecuencia tras diálogos difíciles, muchos de ellos discusiones, intercambios complejos de opinión. A menudo solo pasa un breve espacio de tiempo, suficiente para que el encuentro se de por terminado, y mis pensamientos recurrentes se llenan de fantasmas que rehacen el diálogo y el ambiente. Pero ya estoy solo, la divagación me permite controlar con mayor precisión los términos del intercambio de palabras, ahora soy capaz de encontrar las adecuadas, de expresar argumentos perfectos y rotundos, incluso de adornarlos con citas concluyentes que decantan claramente el resultado a mi favor. Tarde ya, probablemente en mi próximo encuentro real sea incapaz de recordar toda la definición que ahora tiene mi lenguaje.

El escritor y Nobel francés André Gide dice, Muchas veces las palabras que tendríamos que haber dicho no se presentan ante nuestro espíritu hasta que ya es demasiado tarde. Los espectros de las palabras tardías, de las palabras no dichas, nos atormentan aún más cuando el reencuentro se hace imposible. El estado relajado de nuestra mente, que favoreció el rumiar reconstructivo del diálogo incompleto, se convierte, con la ausencia de la posibilidad, en estado de tensión y remordimiento. Son especialmente las palabras amables, las palabras de perdón o de cariño, las que más se nos retrasan, sobre todo el tono de las mismas. Cuando ya es demasiado tarde vienen a rondar nuestro espíritu y alterar nuestras emociones, envueltas en arrepentimiento y asimilando la pérdida de futuras oportunidades.

En el prólogo a la edición francesa de La rebelión de las masas, Ortega y Gasset afirma, La palabra es un sacramento de muy delicada administración. Un sacramento, que sitúa a la palabra en el reino de lo simbólico y de lo ritual, donde no solo hay que venerar sino también cuidar, porque representa ausencia y presencia a un mismo tiempo, reclama la delicadeza en su administración. Estamos invitados, obligados incluso, a que las palabras tardías dejen de habitar el limbo de nuestros territorios olvidados, sabedores de que el pensamiento vuela y las palabras andan a pie (Julien Green). Pronunciar nuestras palabras como sacramento puede salvarnos de la recurrencia de los pensamientos tardíos, pero sobre todo de nuestra pasividad en las presencias y los encuentros.

Adivina, adivinanza…

Adivina, adivinanza… Esta entradilla me retrotrae a la niñez, a esos tiempos en que la realidad desparecía tras unas manos o un pañuelo, simplicidad de respuestas y miles de preguntas. En la medida que crecemos nos parece ir comprendiendo el mundo, dejamos de creer en lo simple, porque todo nos resulta extremadamente complejo y complicado, la ingenuidad da paso a la sospecha y nos obsesionamos con sumar una experiencia tras otra, sin tiempo para interiorizarlas, aferrándonos a verdades absolutas que nos liberen de este sentirnos atados a la realidad. Ken Robinson solía decir que al dejar atrás nuestra infancia también abandonamos la creatividad, cada vez nos duele más que lo otro nos transforme, como si el proceso de madurez personal conllevara la pérdida de la percepción creativa del mundo y de la realidad, como si al crecer dejáramos de creer en la posibilidad de lo nuevo.

Hay, sin embargo, una parte de nuestras búsquedas infantiles que queda adherida a nuestra condición adulta, el gusto por la adivinanza. Pareciera que anheláramos seguir creyendo que las cosas se esconden con simplicidad ante nuestros ojos, que hay sentidos ocultos para lo incomprensible, que al cubrir nuestro rostro con las manos conseguimos realmente aislarnos y desaparecer de este eón que no podemos o no queremos aceptar. Crecemos, pero seguimos apegados al juego de la adivinanza, intolerantes para lo que escapa de nuestro entendimiento, una búsqueda obsesiva de todas las respuestas, que suele llevarnos a olvidar hacer las preguntas adecuadas.

Como un niño que no admite el callejón sin salida de la adivinanza, incapaces de descubrir los juegos de palabras que la vida nos pone por delante, convertimos esa zona de realidad desconocida en un misterio, capaces de vender la propia alma por desentrañarlo, evitando adentrarnos en los dédalos que puedan acercarnos a conocer lo que se nos esconde. Queremos saber, disponemos cualquier atajo para alcanzar lo desconocido, aunque para ello tengamos que anular los más obvios engranajes de nuestro modo de conocer las cosas. Queremos poder ver, necesitamos poder ver, asegurar las opciones de nuestras decisiones, obtener seguridad e hilo de certeza en las madejas de la vida.

Y cuando lo conseguimos, nos hacemos habitantes sedentarios de las respuestas arrancadas al futuro. Pero habremos vendido nuestra alma creativa, intercambiada por el embrujo de la paz personal. Son las casas que construimos, las tiendas que plantamos, las sillas que ocupamos, los dogmas que abrazamos, para evitar los enigmas de cada cruce de caminos, para tranquilizar la errante conciencia de la libertad.

La vida nómada del espíritu, sin embargo, se rebela frente a las cadenas de la adivinanza, al deseo de apuntalar las decisiones. Es el nomadismo de la vida a la intemperie, invitados a ser inspiración, creativa presencia. Es el nomadismo de la trascendencia, de quien se fía sin necesidad de ver y tocar, de quien levanta sus tiendas, de quien baja de las cumbres, de quien pisa fuerte un presente que no necesita más seguridad que la propia confianza. ¡Cómo no recordar aquellos versos que Machado escribió hace más de cien años:
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.