A propósito de la muerte

Estamos en el mes de los difuntos. Y aunque la muerte no conoce de intermitencias, con permiso del insigne Saramago, estos días parece hacerse más presente cuando hacemos memoria de quienes nos precedieron. A propósito de la muerte, doy gracias por la vida.

En una de las novelas de Ray Bradbury, La feria de las tinieblas, leí estas inspiradoras palabras: ¿Es la muerte lo que importa? No. Lo que pasa antes de la muerte, eso es lo que cuenta. Se nos dice y se nos repite, aunque nos cueste aceptarlo, que la muerte es un ingrediente más de la vida, que no solo nacemos con su signo, sino que nos ronda continuamente a lo largo de nuestra existencia, y que aquello que llamamos morir, y que marca el final de la vida, es solo una más en la larga sucesión de muertes que nos han visitado.

Todo lo anterior es fácil escribirlo pero nada resta a la experiencia real de la muerte, la del final de la vida, a su carácter definitivo, desgarrador y mistérico. Es precisamente su intensidad existencial lo que nos confunde sobre su sentido, muchas veces he escuchado a un ser querido consolarse con la buena muerte que ha tenido alguien cercano, se hace comprensible incluso que en ese momento trascendental solo recordemos la bondad de su vida y nos invada la tristeza por la pérdida. La memoria de nuestros difuntos es lo que, después, nos permitirá reconciliarnos no solo con su legado sino con nuestra propia responsabilidad para continuar en nuestra vida lo que realmente contó de las suyas.

Lo que pasa antes de la muerte es lo que cuenta. Todas las inseguridades que habitan nuestra existencia, todas las decisiones, todo lo que hemos amado y odiado, todas las palabras y los silencios, están verdaderamente llamados a ser parte de esa memoria que en estos días celebramos. Y con todo ello, la muerte siempre viene al rescate de la vida, solo así podemos entenderla como su ingrediente más importante, amargo y dulce a un tiempo. Al rememorar a los difuntos no hacemos recuerdo de su muerte, de su ausencia, aunque ciertamente es ese sentimiento el que nos invade, sino de todo lo que pasó antes de su muerte, eso es lo que realmente importa. Y es así como la memoria se hace esencial para dejar ir y para abrazar, paradoja que define la vida y su sentido.

Dice el filósofo francés Blaise Pascal, Todo lo que yo sé es que debo morir pronto; pero lo que más ignoro es precisamente esa muerte que no sabré evitar. Para Pascal, asumir el pensamiento de la muerte no puede quedarse en un mero recuerdo de la fragilidad de la existencia, sino en revocar el sentido finalista de la muerte y vivenciarla en cada uno de los actos que han formado parte de la vida que la precede. No es extraño que llegara a afirmar que tan solo estaría totalmente seguro de sus decisiones cinco minutos antes de morir, al fin y al cabo muerte y vida se alternan existencialmente en cada opción que tomamos, porque lo que realmente cuenta no es cómo morimos a la vida sino cómo vivimos la vida que se nos ha dado.

A propósito de la muerte, voy a tomar un camino divergente. Estando de acuerdo en que lo que cuenta es la vida antes de la muerte, solemos caer en el reduccionismo de valorar como pleno y realizado un morir que culmina una vida intensa, llena de éxitos y encuentros. Pero, ¿qué pasa, entonces, con aquellos a quienes llega la muerte si n haber alcanzado el éxito de encontrar su paraíso soñado? La muerte de los ahogados en el Mediterráneo, de los que mueren en pateras y cayucos, de quienes aspiran cruzar Río Grande, de los que se corren a refugiarse de las bombas en Gaza o en Ucrania…

Sus muertes nos llegan vacías de toda vida anterior. De lo que para ellos no es una vida que debería contarse, sino un horror del que huir irremediablemente. Me suena ahora indigno, insensible, injusto, abordar la muerte reclamando el valor de lo que pasó antes, como si la ausencia de una narración y un sentido nos dejara abandonados ante a la misma muerte, como si la hiciera más cruda, más trágica. Tal vez por eso nos duelan tanto las noticias e imágenes de quienes mueren a nuestras puertas de primer mundo. No es cierto que la muerte nos haga más iguales, aún hay demasiados a quienes hace más olvidados, a quienes nadie rescata la vida que les dio sentido antes de su muerte sin sentido. No cuentan ya ni su muerte ni su vida, ni las historias que les obligaron a salir para buscar un paraíso en el que recibir un nombre nuevo. Solo han encontrado una tumba, sin nada que contar, sin tan siquiera un nombre.

El espacio habitado

Busco habitar espacios, colonizar lugares, personas, incluso el tiempo. Es parte de mi código personal por apropiarme de las relaciones que me constituyen, necesito hacerlas mías, sentirme en casa, domesticarlas, como diría el zorro al Principito. No es una cuestión de propiedad sino de pertenencia, aunque los problemas comienzan cuando quiero saberme propietario y señor de ese espacio habitable, y la conquista elimina la presencia y el rastro del otro para plantar mi bandera y trazar una frontera de diferencia y de identidad excluyente.

Hacer habitables mis encuentros, sean con otros, con Dios o conmigo mismo, me compromete, desnuda cada una de mis obsesiones y me lanza a un mar de dudas, expectativas y esperanzas. Descubro, al menos, tres tentaciones que rondan este deseo.

La primera tentación es la obsesión por la decoración. Deseo levantar una casa de cada espacio que habito, sentirme cómodo y sin conflictos, que sea descanso de todas las batallas que prefiero mantener fuera y alejadas, y por eso lo decoro obsesivamente con mis cosas: recuerdos de los viajes que me ayudaron a conocer otros espacios que no eran míos pero reforzaron la idea de volver a casa y acercarme de nuevo; imágenes y cacharros que hacen propio mi espacio, símbolos de la conquista que me asegura paz y seguridad como refugio. Decoro mi espacio pensando que así lo hago habitable, aunque en realidad solo busco hacerlo mío, marcar territorio y distanciar lo que es otro.

La segunda tentación está en los monólogos, y esa manía por confundirlos con diálogos. Como ser social, dejo a otros a entrar en mi espacio, pero en lugar de hacerlo habitable, de regalar encuentros y abrirme a la escucha cálida y sincera, me cuesta tolerar invasores ajenos en mi ordenado pensamiento. Los monólogos se contagian fácilmente y acabamos creando vías paralelas que nunca se cruzan. Un yo y un tú que no son horizonte habitado de sentido sino presencias que cohabitan.

La tercera tentación es la de mantener puertas y ventanas bien cerradas, cortinas echadas, espacios interiores sin ventilar, siempre con el miedo a que salga lo bueno que he creado en mis habitaciones personales o que entre el polvo y la suciedad de ese afuera que no considero de todo mío. Lo propio es donde habito, un cosmos de protección que se hace infinito en la clausura que impongo a pensamientos, deseos y esperanzas.

Decorados, soliloquios y ventanas que son muros de aislamiento. Quiero ser, pese a todo, espacio habitado y bordear las tentaciones que desahucian todos los encuentros. El filósofo Henry David Thoreau me provoca y me resitúa cuando dice, No vine a este mundo para convertirlo en un buen lugar donde vivir, sino para vivir en él, sea bueno o malo. A vivir, entonces.

Libros quemados

La primera vez que leí Fahrenheit 451, esa maravillosa novela de Ray Bradbury, apenas comenzaba a despertar mi sentido crítico. Abrumado por el argumento distópico, pensé que la novela era un buen alegato contra la quema de libros y el deseo de acabar sistemáticamente con la cultura y con su herencia en nosotros. Tuvieron que llegar nuevas lecturas para reconocer que el verdadero argumento no está en los libros que se queman sino en las personas que deciden echarlos a la pira o salvarlos, sobre todo en ese posicionamiento, ese dejarse hacer preguntas, ver más allá de las propias circunstancias.

El 10 de mayo de 1933 la federación nazi de estudiantes realizó una quema pública de libros antialemanes en la Plaza de la Ópera de Berlín y en otras veintiuna ciudades universitarias. Entre otros muchos, ardieron los libros de Heinrich Heine, Walter Benjamin, Ernst Bloch, Bertolt Brecht, Albert Einstein, Karl Marx, Joseph Roth, Stefan Zweig, Joseph Conrad, Aldous Huxley, James Joyce o Hemingway. La mayoría de los autores eran contemporáneos, de hecho alguno incluso pudo ver cómo echaban al fuego sus obras, pero también los había de siglos pasados, como Heinrich Heine, un poeta alemán de finales del XVIII. Curiosamente, Heine había escrito en uno de sus poemas, Allí donde se queman libros, se acaba quemando también personas. Por desgracia, no le faltó razón.

Prohibir, corregir, incluso quemar libros, es una constante de nuestra historia como humanidad, un gesto simbólico de la imposición de un pensamiento cerrado frente al pensamiento propio y crítico. Solo hay que escuchar algunas ideas, determinados argumentos o propuestas, para darnos cuenta que hay personas, sobre todo en puestos de responsabilidad o de generación de opinión, que no leen, son más de quemar que de abrir libros.

El pretexto más empleado, lo sé porque me lo han dicho directamente, es la necesaria protección de las mentes débiles y no formadas, a las que se debe evitar un pensamiento dependiente de lo que otros digan. Afirmaba la octava tesis de las doce que justificaron la quema de libros de 1933, Exigimos de los estudiantes alemanes la voluntad y la capacidad para el conocimiento independiente y las decisiones propias. Es decir, quiero que pienses independientemente y tomes decisiones propias, pero en el marco estrecho y controlado que yo te dé. Sí, los libros son peligrosos, porque no vienen con marco que limita sino con tapas que se abren. Por eso mismo las bibliotecas son los primeros edificios en arder cuando a un pueblo llegan los talibanes, los wagner o cualquier tropa que exige decisiones propias, pero acordes con el régimen.

Bradbury, que escribe su novela justo veinte años después de las hogueras alemanas, no pierde la esperanza en la humanidad, tan maravillosa que nunca se descorazona o disgusta tanto como para no empezar de nuevo, sabe muy bien que su obra es importante y valiosa. Ese es el mensaje, que considero más utópico que distópico, más esperanzador que desalentador: somos capaces de convertir lo quemado en rescoldo de resurrección, la ceniza en signo de vida, la pérdida en anhelo, el conocimiento en arma sin límites.

No me puedo resistir a compartir unos versos del poema Die Bücherverbrennung (La quema de libros), del alemán Bertolt Brecht, tienen poco que comentar, porque dejan sin aliento:

Un poeta perseguido, uno de los mejores,
estudiando la lista de los prohibidos,
descubrió horrorizado que sus libros habían sido olvidados.
Se apresuró a su escritorio llevado por la ira,
y escribió una carta a los dirigentes.
¡Quemadme! escribió con pluma voladora, ¡quemadme!
¡No me hagáis esto! ¡No me dejéis atrás!
¿No he contado siempre la verdad en mis libros?
¡Y ahora me tratáis como a un mentiroso!
Os ordeno, ¡quemadme!