Poder decir lo que amamos

En estos días finales del año, se entrelazan razones para reflexionar sobre el pasado y motivos para abrazar con esperanza lo que el futuro traerá. Cada uno de nosotros podría pedir fuerza o paciencia; personalmente, siento la necesidad de ambas para adentrarme en el nuevo año, navegando en la constante dualidad entre el ayer y el mañana. Aunque se dice que debemos vivir el presente, comprender el momento actual de manera independiente se convierte en un arte desafiante. Nos vemos influenciados por la trayectoria de la vida que nos rodea, invitados a decir lo que amamos.

¡Decimos tantas cosas y callamos tan a destiempo! Los momentos vividos se deslizan como agua entre los dedos, a menudo sin permitirnos apreciar lo positivo que encontramos, sin concedernos el silencio ante el misterio de su presencia, sin abrirnos a su verdad en nuestras vidas. En ausencia de abrazos y silencios, nos sentimos arrojados a un devenir en el que solo el amor puede salvarnos. Pero, ¿a dónde nos llevará el amor si no podemos decir lo que amamos?

Hago memoria de cuanto he dicho y callado en este año. Emergen las cicatrices de ambos gestos, pero también los escombros de los muros que logré derrumbar. Es todo ese amor convertido en palabras lo que da sentido a mi existencia, iluminando con propósito todo lo que se presenta ante mí en el nuevo año. Me compromete a seguir compartiendo desde este pequeño rincón de la red, donde cada semana digo lo que amo y vivo.

Gracias a quienes me dejáis caminar a vuestro lado, pues me enseñáis a amar la vida. Sois aliento en los momentos bajos y calma serena en los momentos difíciles. Me animáis a no callar lo que amo, a expresarlo en voz alta, aunque a veces no sea más que un pensamiento incipiente, un palpitar enamorado de la verdad, del sendero que pisa, de la vida que agradece cada día…

No se me ocurren palabras mejores para despedir este año que los versos de Luis Cernuda:

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Nace en la noche, enseña callando

¡El inicio del capítulo 40 de Isaías es tan poderoso y conmovedor! Me llena de emoción cada vez que lo leo:

Consolad, consolad a mi pueblo, -dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén y decidle bien alto que se ha cumplido su servicio, está pagado su crimen, pues de la mano de Yahveh ha recibido doble paga por todos sus pecados. Una voz clama: «En el desierto abrid camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie. Se revelará la gloria de Yahveh y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahveh ha hablado.» Isaías 40,1-5

La palabra consolar tiene un significado profundo: aliviar la pena o aflicción de alguien. Y sus sinónimos, como confortar, reconfortar, desahogar, animar, alentar, tranquilizar, serenar, todos apuntan hacia la esperanza. Para mí, el consuelo y la esperanza son mucho más que meros gestos pasivos; son compromisos liberadores que nos desafían a ser agentes de cambio, a traer luz en medio de la oscuridad y a descifrar los tiempos de la salvación.

Isaías expresa este movimiento revolucionario de manera excepcional. Nada permanece estático; vivir y creer se convierten en un gran trabajo constante de ingeniería: valles, montes, barrancos y simas que se transforman para convertirse en caminos transitables; desiertos y estepas que dejan de ser espacios solitarios e interminables para revelarse como una red infinita de sendas, invitándonos al encuentro y la sorpresa. Consolar es hacer visibles esos senderos.

Por supuesto, no implica que los obstáculos desaparezcan mágicamente. Es posible que haya cerros que se resistan a ser rebajados, y profundas cuevas que amenacen con absorber nuestros esfuerzos por traer luz y crear espacios de liberación. El trabajo de consolar no es una fórmula mágica ni una simple apariencia de paz; es un compromiso transformador.

Consolar se convierte en una mirada de fe hacia una realidad que a menudo nos incomoda; es aceptar y valorar tanto lo que tenemos como lo que somos, con todos nuestros altibajos, deseos y proyectos. Es el aliento que nos impulsa a integrar lo incompleto de la vida real, a acoger pesebres y caminos que habría preferido mantener escondidos, a elevar valles, a allanar montañas y a despejar los campos, derribando muros y levantando corazones.

Es una tarea que disipa las tinieblas de la noche, que acompaña a aquellos que aún buscan un lugar donde reposar, a aquellos que huyen. Aunque me cueste entender, me ayuda a vislumbrar la esperanza redentora entre los desplazados de la Franja de Gaza, en los desolados campos de Ucrania, en los refugiados a lo largo del Río Grande o en Turquía, en las comunidades cristianas perseguidas de Nicaragua o Nigeria… En cada una de esas noches, la esperanza nace en la oscuridad, se revela en silencio, viene escondida, enseña callando. Solo cuando acogemos el pesebre y el camino estamos verdaderamente preparados para comprender y consolar.

Feliz Navidad.

Educar y creer, educar y crear

Bajo el sugerente lema “Sí, creo”, Escuelas Católicas de Madrid nos convocó la pasada semana a su quinto Congreso. Comparto la reflexión que hice en su apertura.

Nuestra labor educativa siempre ha sido y será una cuestión de fe. Para muchos, es necesario tener una fe firme para continuar con entusiasmo esta tarea compleja y motivadora. Como nos recuerda la Carta a los Hebreos, la fe es “garantía de lo que se espera y prueba de las realidades que no se ven” (Heb 11,1). 

Nuestra fe no es vana (1 Cor 15,14); se edifica desde nuestras capacidades para ser y co-crear. Esta es la dualidad que se nos invita a reflexionar en el marco de este Congreso. La dimensión transformadora de la escuela alcanza un propósito significativo en nuestros centros educativos de ideario católico, otorgándonos un propósito vital.

Ser escuela católica significa reconocernos llamados a la catolicidad, una vocación universal y no excluyente, que abraza a todos, que no segrega a nadie y da un nuevo significado a la equidad y la integración. Sin embargo, no debemos interpretar la catolicidad de nuestra escuela como una condición de identidad, sino como una vocación, al igual que la santidad. Como bien entendió y vivió San Carlos de Foucauld, “La vocación de la Iglesia, su misión, es la catolicidad”. Es esta catolicidad, construida en la diversidad, la que nos permitirá desarrollar una identidad fructífera.

Solamente una identidad moldeada e informada, que se erige como un símbolo de redención y liberación, que no se amedrenta ante valores y palabras que otorgan sentido, que no se encierra en su propia historia, por más valiosa que sea, ni se define por la confrontación con otras identidades; solo una identidad entendida de esta manera nos abrirá horizontes en el tiempo y en el espacio para crear. Esta condición se convierte en nuestra tarea en la propuesta humanizadora de la escuela católica.

Hace poco, el papa Francisco alentó a un grupo de educadores lasalianos a retomar el desafiante objetivo de formar más que informar. Nuestras escuelas deben ser espacios de narración, creación, encuentro, diálogo y fe. Si renunciamos a esta vocación, nuestro relato se limitará a cambios metodológicos, nos quedaremos en mera inversión para adaptarnos a los mismos, alterando el orden de nuestros valores si es preciso, pero nos alejaremos de nuestra esencia, perdidos en propuestas que separan irreparablemente nuestra capacidad única para creer y para crear.

Nuestro programa es el Evangelio: educamos, humanizamos, transformamos, acompañamos, formamos… Todo cimentado en el proyecto creativo de Jesús de Nazaret, sabiamente interpretado por todos los carismas, fundadores y fundadoras de las escuelas e instituciones que conforman nuestra organización. Nuestra antropología, nuestra visión de la persona, complementa otras perspectivas que fundamentan una educación que transforma vidas. Aportamos trascendencia, mejoramos el mundo y preparamos para el mañana.

Por eso somos necesarios. Por eso debemos enfocarnos en el ser. Por eso no podemos dar por sentada una identidad que es un tesoro precioso manifestado a través de la misión educativa. Por eso formamos parte de la misión de la Iglesia. Por eso somos privilegiados. Por eso creemos y creamos.

Mantengamos la esperanza recordando, de nuevo, la Carta a los Hebreos: “Sacudamos todo lastre y corramos con fortaleza la carrera que tenemos por delante, fijos los ojos en Jesús” (Heb 12,1-2a).