Vivir sin propósito, pero con esperanza

Cada comienzo de año regresamos al mismo ritual: los propósitos. Los grandes propósitos. Los necesarios, los urgentes, los que se presentan como sustentadores del frágil equilibrio del mundo. Como si no formularlos, como si no pronunciarlos o escribirlos en una libreta nueva, pudiera provocar una grieta en la conciencia colectiva. Pareciera que si no empezamos enero prometiéndonos una versión mejorada de nosotros mismos, algo fallará. Y seremos culpables de ello.

Pero en esta liturgia hay una confusión peligrosa: confundir propósitos con deseos. Lo vi hace unos días en una entrevista callejera. El reportero preguntaba por los propósitos del nuevo año y las respuestas iban desde lo cotidiano —viajar más, mejorar mi inglés, dejar de fumar, pasar más tiempo con mi familia— hasta lo grandilocuente —la paz en el mundo, el fin de la violencia, que me suban la nómina—. Lo verdaderamente inquietante no fueron las respuestas, sino que el periodista celebrara estas últimas como los “mejores propósitos”. Como si desear fuera ya comprometerse. Como si bastara nombrar el bien para estar trabajando por él.

No quiero decir que tener propósitos sea algo malo. Al contrario, pueden ser herramientas de mejora, anclas de esperanza, pequeñas brújulas éticas que nos vuelven más atentos, más amables, más solidarios. El problema aparece cuando el propósito se vacía de responsabilidad, cuando la implicación personal no forma parte de su esencia. Entonces se convierte en consigna, en frase hueca, en estadística desencarnada que no transforma nada.

Y por si no fuera suficiente, ya no solo se nos pide tener buenos propósitos, sino algo todavía más exigente y difuso: vivir con propósito. Esta idea, tan celebrada y repetida por muchos, me genera un profundo inconformismo. Personas, instituciones y colectivos son empujados a encontrar su propósito, como si fuera un salvavidas universal contra el fracaso. Como si bastara con definirlo para no perderse en los dédalos de la vida. Como si un propósito pudiera justificar los errores, las caídas, las dudas… tan humanas, tan inevitables.

Séneca lo veía con claridad hace siglos: “Teméis todo, como si fuerais mortales; deseáis todo, como si fuerais inmortales”. Sabía de lo que hablaba, no en vano fue tutor de Nerón, el emperador que se creyó inmortal y actuó como si el mundo le debiera obediencia eterna. La lucidez del estoico sigue siendo incómodamente actual: deseamos sin medida, prometemos sin asumir límites, olvidamos nuestra fragilidad.

Byung-Chul Han también advierte algo similar: “La sociedad del rendimiento nos obliga a ser proyectos interminables de nosotros mismos”. La presión por “vivir con propósito” no es inocente: nos convierte en gestores de nuestra propia existencia, siempre insatisfechos, siempre en deuda con una versión ideal que nunca llega.

Por eso, me atrevo a vivir sin propósito. Que no es lo mismo que vivir sin esperanza o sin metas. Vivir sin propósito es aceptar la finitud, reconocer las propias posibilidades, aprender a trabajar en los pequeños gestos de lo cotidiano. Es agradecer los fracasos, integrarlos como metas intermedias y necesarias del camino. Es amar nuestra condición humana: frágil, vulnerable, mortal… y, precisamente por eso, profundamente valiosa.

Vivir sin propósito, pero con esperanza. Dejando que mis decisiones se conviertan en misión y en compromiso. Viviendo sin esperar nada a cambio, sin permitir que los deseos desencarnados se conviertan en condición para sentirme feliz. Viviendo sin agotarme por proyectos que no son, ni serán, ni fueron realmente míos. Confiando en que el sentido no se fabrica, se descubre en el camino, en la gracia que nos sostiene. Porque “de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia”. Y eso basta.

Viene desde abajo

No viene desde el poder, ni desde el ruido, ni desde la grandeza que deslumbra. Viene en un pesebre: lugar pobre, lugar prestado, lugar pequeño. «Envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (cf. Lc 2,7-12). En lo que el mundo considera accesorio, se abre paso una luz que se humilla, una verdad que brota en lo sencillo, una presencia que nos prepara para el misterio.

El pesebre es signo de una nueva creación que no arranca desde arriba, sino desde la fragilidad, desde lo que no cuenta, desde lo que nadie mira ni le da relevancia. El pesebre no es un decorado para la nostalgia, sino una ontología de lo pequeño: el Ser que se ofrece como don, la gloria escondida en lo común. Es una puerta. Una forma de decirnos que el cambio no está en la fuerza desbordante, sino en la ternura desbordada; no en la imposición, sino en el cuidado; no en la distancia disfrazada de respeto, sino en la cercanía.

El pesebre es posibilidad de encuentro. El modo en que Dios se muestra como realmente es y como quiere que sea nuestra salvación: escondida en lo cotidiano, amada en lo sencillo, abierta a un futuro de posibilidades donde siempre tendremos en nuestras manos la capacidad para decidir el camino. La salvación no secuestra nuestras opciones, no aplasta nuestras posibilidades, no dicta los senderos a seguir: más bien llama, levanta y propone. Por eso los primeros testigos no son los sabios, sino los que velan la noche con su rebaño. En Belén, «la más pequeña» (cf. Miq 5,1-2), el kairós roza nuestro chronos y el eterno se deja decir en una sílaba de carne.

Hace poco vi un nacimiento en el escaparate de una tienda, anunciado como «el primer belén de la historia»: un cobertizo con las puertas abiertas y un grupo de ovejas dentro. Ninguna figura más. Al principio sentí la ausencia como una herida: ¿dónde están María, José, el Niño, el buey y la mula, el ángel…? Pensé que nos estamos acostumbrando a celebrar la Navidad usando sus símbolos, pero eliminando la fe que los sostiene. Sin embargo, aquella imagen se me quedó grabada y me regaló otro punto de vista: eso mismo hizo Dios en la primera Navidad, esconder la salvación a plena vista. Con formas, estilos y palabras que pasaban desapercibidas: un pesebre para animales, un espacio cotidiano, unos protagonistas ordinarios.

Dios nos redime con signos discretos de esperanza que ninguno de nosotros escogeríamos; por eso son suyos. Quizá también por eso, pretendemos enmendar a Dios el modo y el modelo, transformando la humilde presencia del pesebre hasta convertirla en espejo de nuestra complejidad.

Cuesta aprender que no se salva desde arriba, sino desde abajo. Compartiendo humildemente lo que somos, haciéndonos lugar, abriendo puertas, dejándonos tocar por la fragilidad que lleva en sí la promesa. En la lógica de Dios lo pequeño no es una negación del ser, sino su transparencia más alta: el Amor como acto puro de donación, la Verdad como hospitalidad, la Belleza como misericordia hecha gesto.

Que el pesebre —ese lugar pobre, prestado y pequeño— nos devuelva el coraje de vivir así: sin refugios de prepotencia, con la audacia de la ternura.

Feliz Navidad.
Que lo sencillo nos encuentre. Que lo cotidiano nos convierta. Que lo pequeño nos salve… desde abajo.

La pedagogía de la lentitud

Vengo diciendo que vivimos en la prisa, que se ha convertido en nuestra principal compañera de viaje. Transitamos la vida entre el tiempo de la víspera y el siguiente paso que debemos dar, lo que a veces nos atrapa en una pedagogía de la inmediatez, donde la velocidad para aprender algo nuevo está íntimamente ligada a la necesidad de olvidar rápidamente lo ya aprendido. En este proceso, acumulamos ideas y conocimientos como si fueran piezas intercambiables, pero sin darles el tiempo y el espacio necesario para arraigarse, para que se conviertan en parte de quienes somos. Es así que se produce una profunda desconexión entre el aprendizaje y la sabiduría: aprendemos a la carrera, pero olvidamos la importancia de detenernos, reflexionar y construir algo duradero.

Se hace imprescindible una pedagogía de la lentitud, que nos invite a reconectar con el ritmo propio de la vida, conjugando el tiempo y el espacio de una manera más consciente y significativa. Sin embargo, solemos encontrarnos que nuestra obsesión por gestionar bien los espacios, demasiadas veces dejamos que el tiempo nos desborde. Nos lanzamos a una carrera frenética por organizar y consolidar nuestro entorno, por alcanzar metas y estructurar nuestras vidas, pero sin dar el tiempo necesario para que las cosas sucedan. Este afán por conquistar lo que nos rodea nos acaba llevando al tedio y la rutina, porque en lo construido no hemos dejado el espacio necesario para madurar. Terminamos cambiando de lugar o de contexto una y otra vez, esperando encontrar ese espacio perfecto en el que quedarnos a vivir, pero siempre insatisfechos, porque no hemos aprendido a habitar plenamente el momento presente.

Otras veces, vivimos obsesionados con el tiempo, pero sin prestar atención al espacio en el que transcurre. La prisa por hacer y deshacer, por avanzar, nos lleva a una intemperie en la que hemos olvidado la importancia de crear espacios de acogida, de cuidado y reflexión. Vivir así nos aleja de la riqueza que proporciona un entorno cultivado con esmero, donde el pensamiento y el sentimiento pueden florecer. La pedagogía de la lentitud nos recuerda que el tiempo, sin un espacio que lo sostenga, se disipa sin dejar huella, y que los espacios vacíos de significado y de su propio proceso temporal no son capaces de retener el valor de lo vivido.

Esta pedagogía también nos habla de vulnerabilidad, aspecto esencial de nuestro ser, que la prisa y la inmediatez tienden a ocultar. La lentitud nos obliga a enfrentar nuestra propia fragilidad, reconociendo a su vez la de los otros que nos acompañan. Nos invita a acompañar, en lugar de imponer; a escuchar, en lugar de apresurarnos a hablar. Es una pedagogía que encuentra en el silencio tanto valor como en la palabra, que entiende que el verdadero aprendizaje no es solo una transferencia de información, sino un proceso de acompañamiento mutuo en el cual el crecimiento se da tanto en el que da como en el que recibe, tanto en el maestro como en el alumno.

La pedagogía de la lentitud es un desafío para repensar nuestra relación con el tiempo y el espacio, para no sucumbir a la lógica del más rápido y más eficiente, para crear espacios donde sea posible vivir, pensar y sentir con mayor profundidad. Solo cuando aprendemos a detenernos y a estar presentes, podemos realmente habitar la vida en toda su lentitud.