Interlocutoras de lo sagrado

A veces los calendarios litúrgico y civil se conjuran para sacudir nuestra comodidad de pensamiento. Este tercer domingo de Cuaresma nos ha regalado el Evangelio de la Samaritana, justo el mismo día que se celebra el Día Internacional de la Mujer. Y queda suspendido en el aire un versículo que parece sellar la coincidencia: “Los discípulos se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer” (Juan 4,27).

¿De qué se extrañaban exactamente? Quizá de que Jesús no se limita a transgredir algunas costumbres sociales, sino que dinamita todo un sistema de castas espirituales. A Jesús le atraían las periferias, los márgenes. Y en el margen estaban ellas.

Si leemos los cuatro evangelios con una mirada limpia, descubrimos que algunos de los diálogos más ricos, más profundos y más teológicos de Jesús no se dan con los sumos sacerdotes ni con los doctores de la ley. Se dan con mujeres. Al menos una docena de escenas nos muestran a un Jesús que no se acerca a ellas por simple condescendencia o caridad, sino que las reconoce como interlocutoras de lo sagrado.

Desde la revelación mesiánica a la Samaritana hasta la confesión de fe de Marta, pasando por el perdón ofrecido a la mujer sorprendida en adulterio, Jesús despliega un trato que hoy llamaríamos revolucionario. No solo las cura de sus hemorragias o de sus demonios; las restituye en su dignidad social. Cuando María de Betania se sienta a sus pies, está ocupando el lugar físico del discípulo, un espacio que la tradición de entonces le negaba. Jesús no solo acepta sus gestos proféticos —como el perfume derramado sobre sus pies—, sino que además las convierte en las primeras testigos de la Resurrección. Sin ellas, la mañana de Pascua se habría quedado en silencio.

Ese discipulado a la intemperie, valiente y radical, no terminó en Jerusalén. Ha sido una constante a lo largo de los siglos, muchas veces bajo el fuego de la incomprensión. Mujeres que, en medio de desiertos espirituales, se atrevieron a ser primavera: Juana de Arco, Hildegarda de Bingen, Teresa de Ávila, Mary Ward, Dorothy Day o Teresa de Calcuta. Mujeres que no pidieron permiso para ser santas, ni para ser libres.

Dentro de la familia carismática trinitaria contamos con un buen número de mujeres que han encarnado la misión redentora con creatividad, valentía y una profunda pasión por la libertad de los demás. Basta recordar nombres como Ángela María de la Concepción, Marcela de San Félix, Jeanne Adrian, Isabel Sunyer, Marie-Magdeleine-Euphrasie Hugon, Mariana Allsopp o Ángela Autsch. Cada una en su tiempo y en su contexto, todas ellas supieron leer los signos de su época y responder con una vida entregada a la liberación, la educación, la compasión o la resistencia silenciosa frente a la injusticia.

Precisamente estos días, el cine nos devuelve una de esas historias de grandeza silenciosa: “Las locas del Obelisco”. Tuve la suerte de asistir al preestreno, del que salí con el corazón removido por la figura de Mariana Allsopp, fundadora de las Hermanas Trinitarias y aquellas primeras religiosas a las que tomaron por locas.

Hay un momento en la película de Pablo Moreno que condensa todo lo anterior. Es el duelo dialéctico entre Mariana (Paula Iglesias) y Madame Emilia (Assumpta Serna). En plena calle, la Madame reta a la religiosa: “Ambas hacemos lo mismo: damos libertad a estas mujeres perdidas. Pero si tanto amas la libertad, haz lo que hacían los antiguos trinitarios en las mazmorras: cambia tu vida por la de la prostituta. Quédate tú en su lugar.”

En la mirada de Mariana Allsopp vislumbramos un despertar. En ese momento comprende que el carisma redentor no consiste en palabras hermosas ni en grandes instituciones, sino en gestos radicales de liberación. Y acepta. Es así como brotan los «torrentes de agua viva», y quien los encuentra no puede callar ni quedarse de brazos cruzados. La Samaritana, una mujer herida, se convirtió en la primera misionera del Evangelio de Juan; Mariana Allsopp, sin buscar un empoderamiento de escaparate, encontró el camino que desciende a los infiernos para ser allí misionera de las que consideraba sus hermanas.

Hoy hablamos mucho de cuotas y de discursos, pero quizá nos falta el coraje de quienes dialogan con las sombras. El poder de la transformación real no está en las jerarquías que Jesús cuestionó, sino en esas mujeres que suman a otros para cambiar el mundo desde abajo.

Como escribe Miquel Seguró en La seducción del encanto: “Es como una bella flor que brota en medio de un páramo. Será efímera su fragancia, porque una flor no basta para que sea primavera, pero es tan bella y arrebatadora que esa sola flor es, en tiempos de escasez, portadora de encanto”.

Busquemos esas flores.
O mejor aún, atrevámonos a ser una de ellas en medio de nuestro propio páramo.

Viene desde abajo

No viene desde el poder, ni desde el ruido, ni desde la grandeza que deslumbra. Viene en un pesebre: lugar pobre, lugar prestado, lugar pequeño. «Envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (cf. Lc 2,7-12). En lo que el mundo considera accesorio, se abre paso una luz que se humilla, una verdad que brota en lo sencillo, una presencia que nos prepara para el misterio.

El pesebre es signo de una nueva creación que no arranca desde arriba, sino desde la fragilidad, desde lo que no cuenta, desde lo que nadie mira ni le da relevancia. El pesebre no es un decorado para la nostalgia, sino una ontología de lo pequeño: el Ser que se ofrece como don, la gloria escondida en lo común. Es una puerta. Una forma de decirnos que el cambio no está en la fuerza desbordante, sino en la ternura desbordada; no en la imposición, sino en el cuidado; no en la distancia disfrazada de respeto, sino en la cercanía.

El pesebre es posibilidad de encuentro. El modo en que Dios se muestra como realmente es y como quiere que sea nuestra salvación: escondida en lo cotidiano, amada en lo sencillo, abierta a un futuro de posibilidades donde siempre tendremos en nuestras manos la capacidad para decidir el camino. La salvación no secuestra nuestras opciones, no aplasta nuestras posibilidades, no dicta los senderos a seguir: más bien llama, levanta y propone. Por eso los primeros testigos no son los sabios, sino los que velan la noche con su rebaño. En Belén, «la más pequeña» (cf. Miq 5,1-2), el kairós roza nuestro chronos y el eterno se deja decir en una sílaba de carne.

Hace poco vi un nacimiento en el escaparate de una tienda, anunciado como «el primer belén de la historia»: un cobertizo con las puertas abiertas y un grupo de ovejas dentro. Ninguna figura más. Al principio sentí la ausencia como una herida: ¿dónde están María, José, el Niño, el buey y la mula, el ángel…? Pensé que nos estamos acostumbrando a celebrar la Navidad usando sus símbolos, pero eliminando la fe que los sostiene. Sin embargo, aquella imagen se me quedó grabada y me regaló otro punto de vista: eso mismo hizo Dios en la primera Navidad, esconder la salvación a plena vista. Con formas, estilos y palabras que pasaban desapercibidas: un pesebre para animales, un espacio cotidiano, unos protagonistas ordinarios.

Dios nos redime con signos discretos de esperanza que ninguno de nosotros escogeríamos; por eso son suyos. Quizá también por eso, pretendemos enmendar a Dios el modo y el modelo, transformando la humilde presencia del pesebre hasta convertirla en espejo de nuestra complejidad.

Cuesta aprender que no se salva desde arriba, sino desde abajo. Compartiendo humildemente lo que somos, haciéndonos lugar, abriendo puertas, dejándonos tocar por la fragilidad que lleva en sí la promesa. En la lógica de Dios lo pequeño no es una negación del ser, sino su transparencia más alta: el Amor como acto puro de donación, la Verdad como hospitalidad, la Belleza como misericordia hecha gesto.

Que el pesebre —ese lugar pobre, prestado y pequeño— nos devuelva el coraje de vivir así: sin refugios de prepotencia, con la audacia de la ternura.

Feliz Navidad.
Que lo sencillo nos encuentre. Que lo cotidiano nos convierta. Que lo pequeño nos salve… desde abajo.

Tras las huellas de San Juan de Mata

Esta semana se cumplen 812 años de la muerte de san Juan de Mata, fundador de la Orden de la Santísima Trinidad y los Cautivos. La tradición trinitaria sitúa su nacimiento en Faucon de Barcelonnette, un pequeño pueblo de la Provenza francesa donde aún existe una comunidad trinitaria en su memoria. Sin embargo, desde hace tiempo circulan relatos que vinculan sus orígenes con Cataluña. Durante años tomé estas historias como simples curiosidades, hasta que visité Gombrèn y conocí al Dr. Eudald Maideu.

Gombrèn, en la comarca del Ripollés, estribaciones del Pirineo catalán, es conocido por ser cuna del dominico san Francisco Coll (1812-1875), fundador de las Dominicas de la Anunciata, y por las leyendas del Comte Arnau. Pero este pequeño guarda otro secreto: una tradición que lo vincula con san Juan de Mata.

La estirpe de los Mataplana

Para comprender esta tradición debemos remontarnos al siglo XI, cuando surge el linaje de los Mataplana en Gombrèn. El primer documentado es Hugo I de Mataplana en 1076. A mediados del siglo XII, Hugo III convirtió el castillo familiar en un centro cultural donde brillaron trovadores de gran fama, como Raimon Vidal de Besalú y Guillem de Berguedá. Su hermano, Ponç de Mataplana, fue consejero del rey Alfonso II “el trovador”.

En el siglo XIII, Hugo V luchó junto a Pedro II de Aragón en las batallas de Las Navas de Tolosa y Muret, donde murió junto al monarca. Más tarde, otro Hugo —hijo de Hugo VI— destacó como jurista, consejero real, obispo de Zaragoza y coronador de Jaime II de Aragón. Su hermana, Blanca de Mataplana, se casó con Galceran d’Urtx y recibió el título de baronesa de Mataplana.

En 1320 la familia abandonó el castillo para instalarse en la Pobla de Lillet, incorporando el condado de Pallars. El nieto de Blanca, Arnau Roger II de N’Hug —conde de Pallars, barón de Mataplana y señor de Gombrèn—, regresó al castillo y mandó construir en sus proximidades una capilla dedicada a san Juan de Mata, a quien consideraba su ilustre antepasado. Tras su muerte en 1373 y varias revueltas populares a causa de su autoritarismo y abusos, la baronía pasó a los Pinós. El linaje se extinguió jurídicamente, aunque el título sobrevivió hasta los Decretos de Nueva Planta de 1714.

Curiosamente, Arnau Roger II es el primer testimonio que vincula a san Juan de Mata con los Mataplana. Además, su figura inspiró la leyenda del temible Comte Arnau, condenado a cabalgar eternamente por sus pecados en la noche de difuntos, buscando las almas de incautos y confiados.

Tradiciones sobre el nacimiento de Juan de Mata

En el siglo XIX, estudiosos como Manuel Milà Fontanals recopilaron las leyendas del Ripollés, entre ellas las que relacionan a los Mataplana con el fundador trinitario. La más popular y difundida en Gombrèn afirma que Juan de Mata fue concebido en el castillo de los Mataplana, donde su padre se recuperaba de heridas de guerra y recibió la visita de su esposa, que después regresó a la Provenza y dio a luz al niño.

Otra tradición, con mayor base histórica, nos lleva de nuevo al siglo XII, durante las guerras por el condado de Provenza (1145-1162) entre las casas de Baux y Barcelona. Todos los vasallos del condado de Barcelona fueron llamados a luchar junto a Raimon Berenguer, que finalmente obtuvo la victoria. Entre los señores que combatieron en Provenza estuvo Hugo III de Mataplana.

Uno de sus parientes, Eufemi de Mataplana, recibió tierras en Provenza y se instaló en la aldea de Falcó —identificada con Faucon de Barcelonnette—. Su esposa, Marta de Fenollet, dio a luz a un niño llamado Joan de Mataplana, cuyo apellido evolucionó hasta transformarse en Matha.

Esta tradición aparece en documentos trinitarios como la Crónica de la Provincia de Castilla, León y Navarra (Fr. Francisco de la Vega, 1720) y en obras externas como los Anales de Cataluña (Narcis Feliu de la Penya, 1709).

Huellas del santo en Gombrèn

El vestigio más significativo es la capilla románica que Arnau Roger II dedicó al santo: una pequeña nave rectangular con ábside orientado al este y espadaña-campanario. Restaurada en 1618, 1859 y 1969, conserva restos de pintura mural. Algunos elementos se conservan hoy en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, el Museu Episcopal de Vic y el Museu del Comte Arnau.

En 1889, el obispo de Vic, Josep Morgades, trasladó una imagen del santo al santuario de Montgrony y lo proclamó patrón de Gombrèn. Para celebrar el patronazgo se compusieron los tradicionales gozos, cuya estrofa más conocida recuerda la leyenda de su concepción en estas montañas:

“Al peu d’aquesta muntanya
de Montgrony, sou concebut,
i a Falcó de la Cerdanya
casualment havent nascut;
dels Barons de Mataplana
fóreu fill, glòria i honor”.

Desde entonces, el pueblo de Gombrèn celebra cada 1 de febrero la fiesta de Sant Joan de Mata, o Sant Joan de Mataplana. Se recuerda su carisma de redentor de cautivos, tan distinto de aquel otro Mataplana, el legendario Comte Arnau, condenado a cabalgar en busca de almas a las que hacer cautivas del infierno.