Viene desde abajo

No viene desde el poder, ni desde el ruido, ni desde la grandeza que deslumbra. Viene en un pesebre: lugar pobre, lugar prestado, lugar pequeño. «Envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (cf. Lc 2,7-12). En lo que el mundo considera accesorio, se abre paso una luz que se humilla, una verdad que brota en lo sencillo, una presencia que nos prepara para el misterio.

El pesebre es signo de una nueva creación que no arranca desde arriba, sino desde la fragilidad, desde lo que no cuenta, desde lo que nadie mira ni le da relevancia. El pesebre no es un decorado para la nostalgia, sino una ontología de lo pequeño: el Ser que se ofrece como don, la gloria escondida en lo común. Es una puerta. Una forma de decirnos que el cambio no está en la fuerza desbordante, sino en la ternura desbordada; no en la imposición, sino en el cuidado; no en la distancia disfrazada de respeto, sino en la cercanía.

El pesebre es posibilidad de encuentro. El modo en que Dios se muestra como realmente es y como quiere que sea nuestra salvación: escondida en lo cotidiano, amada en lo sencillo, abierta a un futuro de posibilidades donde siempre tendremos en nuestras manos la capacidad para decidir el camino. La salvación no secuestra nuestras opciones, no aplasta nuestras posibilidades, no dicta los senderos a seguir: más bien llama, levanta y propone. Por eso los primeros testigos no son los sabios, sino los que velan la noche con su rebaño. En Belén, «la más pequeña» (cf. Miq 5,1-2), el kairós roza nuestro chronos y el eterno se deja decir en una sílaba de carne.

Hace poco vi un nacimiento en el escaparate de una tienda, anunciado como «el primer belén de la historia»: un cobertizo con las puertas abiertas y un grupo de ovejas dentro. Ninguna figura más. Al principio sentí la ausencia como una herida: ¿dónde están María, José, el Niño, el buey y la mula, el ángel…? Pensé que nos estamos acostumbrando a celebrar la Navidad usando sus símbolos, pero eliminando la fe que los sostiene. Sin embargo, aquella imagen se me quedó grabada y me regaló otro punto de vista: eso mismo hizo Dios en la primera Navidad, esconder la salvación a plena vista. Con formas, estilos y palabras que pasaban desapercibidas: un pesebre para animales, un espacio cotidiano, unos protagonistas ordinarios.

Dios nos redime con signos discretos de esperanza que ninguno de nosotros escogeríamos; por eso son suyos. Quizá también por eso, pretendemos enmendar a Dios el modo y el modelo, transformando la humilde presencia del pesebre hasta convertirla en espejo de nuestra complejidad.

Cuesta aprender que no se salva desde arriba, sino desde abajo. Compartiendo humildemente lo que somos, haciéndonos lugar, abriendo puertas, dejándonos tocar por la fragilidad que lleva en sí la promesa. En la lógica de Dios lo pequeño no es una negación del ser, sino su transparencia más alta: el Amor como acto puro de donación, la Verdad como hospitalidad, la Belleza como misericordia hecha gesto.

Que el pesebre —ese lugar pobre, prestado y pequeño— nos devuelva el coraje de vivir así: sin refugios de prepotencia, con la audacia de la ternura.

Feliz Navidad.
Que lo sencillo nos encuentre. Que lo cotidiano nos convierta. Que lo pequeño nos salve… desde abajo.

Tras las huellas de San Juan de Mata

Esta semana se cumplen 812 años de la muerte de san Juan de Mata, fundador de la Orden de la Santísima Trinidad y los Cautivos. La tradición trinitaria sitúa su nacimiento en Faucon de Barcelonnette, un pequeño pueblo de la Provenza francesa donde aún existe una comunidad trinitaria en su memoria. Sin embargo, desde hace tiempo circulan relatos que vinculan sus orígenes con Cataluña. Durante años tomé estas historias como simples curiosidades, hasta que visité Gombrèn y conocí al Dr. Eudald Maideu.

Gombrèn, en la comarca del Ripollés, estribaciones del Pirineo catalán, es conocido por ser cuna del dominico san Francisco Coll (1812-1875), fundador de las Dominicas de la Anunciata, y por las leyendas del Comte Arnau. Pero este pequeño guarda otro secreto: una tradición que lo vincula con san Juan de Mata.

La estirpe de los Mataplana

Para comprender esta tradición debemos remontarnos al siglo XI, cuando surge el linaje de los Mataplana en Gombrèn. El primer documentado es Hugo I de Mataplana en 1076. A mediados del siglo XII, Hugo III convirtió el castillo familiar en un centro cultural donde brillaron trovadores de gran fama, como Raimon Vidal de Besalú y Guillem de Berguedá. Su hermano, Ponç de Mataplana, fue consejero del rey Alfonso II “el trovador”.

En el siglo XIII, Hugo V luchó junto a Pedro II de Aragón en las batallas de Las Navas de Tolosa y Muret, donde murió junto al monarca. Más tarde, otro Hugo —hijo de Hugo VI— destacó como jurista, consejero real, obispo de Zaragoza y coronador de Jaime II de Aragón. Su hermana, Blanca de Mataplana, se casó con Galceran d’Urtx y recibió el título de baronesa de Mataplana.

En 1320 la familia abandonó el castillo para instalarse en la Pobla de Lillet, incorporando el condado de Pallars. El nieto de Blanca, Arnau Roger II de N’Hug —conde de Pallars, barón de Mataplana y señor de Gombrèn—, regresó al castillo y mandó construir en sus proximidades una capilla dedicada a san Juan de Mata, a quien consideraba su ilustre antepasado. Tras su muerte en 1373 y varias revueltas populares a causa de su autoritarismo y abusos, la baronía pasó a los Pinós. El linaje se extinguió jurídicamente, aunque el título sobrevivió hasta los Decretos de Nueva Planta de 1714.

Curiosamente, Arnau Roger II es el primer testimonio que vincula a san Juan de Mata con los Mataplana. Además, su figura inspiró la leyenda del temible Comte Arnau, condenado a cabalgar eternamente por sus pecados en la noche de difuntos, buscando las almas de incautos y confiados.

Tradiciones sobre el nacimiento de Juan de Mata

En el siglo XIX, estudiosos como Manuel Milà Fontanals recopilaron las leyendas del Ripollés, entre ellas las que relacionan a los Mataplana con el fundador trinitario. La más popular y difundida en Gombrèn afirma que Juan de Mata fue concebido en el castillo de los Mataplana, donde su padre se recuperaba de heridas de guerra y recibió la visita de su esposa, que después regresó a la Provenza y dio a luz al niño.

Otra tradición, con mayor base histórica, nos lleva de nuevo al siglo XII, durante las guerras por el condado de Provenza (1145-1162) entre las casas de Baux y Barcelona. Todos los vasallos del condado de Barcelona fueron llamados a luchar junto a Raimon Berenguer, que finalmente obtuvo la victoria. Entre los señores que combatieron en Provenza estuvo Hugo III de Mataplana.

Uno de sus parientes, Eufemi de Mataplana, recibió tierras en Provenza y se instaló en la aldea de Falcó —identificada con Faucon de Barcelonnette—. Su esposa, Marta de Fenollet, dio a luz a un niño llamado Joan de Mataplana, cuyo apellido evolucionó hasta transformarse en Matha.

Esta tradición aparece en documentos trinitarios como la Crónica de la Provincia de Castilla, León y Navarra (Fr. Francisco de la Vega, 1720) y en obras externas como los Anales de Cataluña (Narcis Feliu de la Penya, 1709).

Huellas del santo en Gombrèn

El vestigio más significativo es la capilla románica que Arnau Roger II dedicó al santo: una pequeña nave rectangular con ábside orientado al este y espadaña-campanario. Restaurada en 1618, 1859 y 1969, conserva restos de pintura mural. Algunos elementos se conservan hoy en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, el Museu Episcopal de Vic y el Museu del Comte Arnau.

En 1889, el obispo de Vic, Josep Morgades, trasladó una imagen del santo al santuario de Montgrony y lo proclamó patrón de Gombrèn. Para celebrar el patronazgo se compusieron los tradicionales gozos, cuya estrofa más conocida recuerda la leyenda de su concepción en estas montañas:

“Al peu d’aquesta muntanya
de Montgrony, sou concebut,
i a Falcó de la Cerdanya
casualment havent nascut;
dels Barons de Mataplana
fóreu fill, glòria i honor”.

Desde entonces, el pueblo de Gombrèn celebra cada 1 de febrero la fiesta de Sant Joan de Mata, o Sant Joan de Mataplana. Se recuerda su carisma de redentor de cautivos, tan distinto de aquel otro Mataplana, el legendario Comte Arnau, condenado a cabalgar en busca de almas a las que hacer cautivas del infierno.

La intemperie es maestra

Se nos invita constantemente a salir de nuestra zona de confort. Desde hace años, este consejo se repite como mantra: abandonar lo conocido para afrontar nuevos retos, como si la comodidad fuera sinónimo de estancamiento. La llamada “zona de confort” se presenta como una opción conservadora, limitada, que frena la creatividad. Sin embargo, no siempre fue así. Durante mucho tiempo se nos animó a buscar nuestra propia zona de confort, reconocerla y aprender a amarla. Porque ese espacio seguro se consideraba fértil para la creatividad: si te sientes acogido y reconocido, si te rodeas de afectos y certezas, si aprendes a habitar este suelo que pisas, entonces podrás crecer y acompañar a otros sin miedo a la intemperie.

La zona de confort, bien entendida, es un tiempo y un espacio de oportunidades. No es mero interiorismo, sino posibilidad de intimidad. Claro que tiene límites, pero no son muros paralizantes, sino recordatorios de que no lo sabemos todo, ni necesitamos saberlo todo para encontrar sentido. Habitarla es aprender a entrar en nosotros mismos, en lugar de vivir en una permanente vigilia de salida, muchas veces disfrazada de huida.

El problema no es tener una zona de confort, sino convertirla en búnker: un refugio que nos protege y nos aísla, donde los aprendizajes se vuelven trincheras y lo nuevo, enemigo. Esto ocurre cuando tememos la incertidumbre, cuando contemplamos la intemperie como abismo y todo lo que es “otro” como herida y amenaza.

Ahí está la señal: cuando la comodidad se vuelve prisión, es tiempo de dar un paso hacia la zona de incertidumbre. Ese territorio abierto, imprevisible, es donde ocurre el aprendizaje genuino. Aprender implica riesgo, porque implica cambio. Como escribió Søren Kierkegaard: “La ansiedad es el vértigo de la libertad”. La incertidumbre nos incomoda porque nos recuerda que somos libres, que podemos elegir, que no todo está escrito.

Esa incomodidad no es un accidente del vivir, sino su condición misma. Zygmunt Bauman lo expresó de un modo desarmante: “La incertidumbre es el hábitat natural de la vida humana”. No hay vida sin exposición, sin el roce del viento sobre nuestras certezas. Pretender eliminar la incertidumbre es pretender abolir la libertad: cada intento de blindarnos contra lo imprevisible nos convierte en prisioneros de nuestra propia seguridad. Por eso la intemperie no debe ser temida, sino comprendida: es el espacio donde la vida respira.

Salir de nuestra zona de confort no significa despreciarla, sino reconocer que la vida es movimiento: cada intemperie terminará siendo hogar, cada incertidumbre se convertirá en nueva comodidad. Así funciona nuestra condición humana: buscamos seguridad, pero solo la encontraremos después de atravesar el riesgo.

La creatividad necesita ambos espacios: la intimidad que cura y la intemperie que desafía. Porque solo quien se atreve a soltar los flotadores que una vez sustituyeron a los abrazos; solo quien desafía la vida mirando todo con ojos nuevos —esta piel que nos cubre, estas manos capaces de acariciar y escribir, esta capacidad redentora para amar y perdonar—; solo quien levanta hogares sin olvidar abrir ventanas al mañana; descubre que la incertidumbre no es enemiga, sino maestra.