La armonía adictiva

Nos consideramos creativos, innovadores, exploradores de mundos que no se conforman con lo establecido. Así es como avanzamos, ayudando a crecer nuestras búsquedas; así es como la inquietud de nuestra alma se funde con los laberintos que conforman el mundo, que aportan sentido a nuestra vida. Sin embargo, no siempre ese impulso creador se adentra más allá de la epidermis de nuestras emociones y convicciones, es más agradable en la superficie, erizando el vello de la piel, domado por los sentimientos que traen paz a la vida, que domestican las interpretaciones y la mirada.

Ando pensando últimamente sobre la armonía adictiva. Esa necesidad de dopar el cerebro con imágenes y sonidos que consideramos amables, fáciles de ver y escuchar, que no nos obligan a pensar demasiado, más bien nos introducen en un estado de relajación y huida de los complejos espacios de sentido. Es una droga que nos incapacita para abrirnos a lo novedoso y se nutre del equilibrio armónico, pero en contra nos hace anticreativos, prefiriendo lo conocido, lo que siempre ha funcionado. Como en toda adicción, es costoso salir de ella y superarla, nos veremos continuamente empujados a volver a lo acostumbrado, cautivados por una idea de belleza asociada a la rutina. Vemos y escuchamos lo que no incomoda ni la mirada ni el oído, vemos y escuchamos lo que nos transporta a estadios de éxtasis mental.

Entretenidos y drogados por la facilidad de interpretación de las representaciones artísticas, rehuimos la compleja hermenéutica que obliga a salir de nuestras seguridades. No es fácil caminar por la cuerda floja de la interpretación, ¡tantas veces es mejor quedarnos con ideas y explicaciones ya mascadas! No pensar, no cambiar, no adentrarse por nuevos caminos. No caer, no equivocarse, no dar espacio al fracaso. Estas decisiones, que tomamos continuamente, tocan directamente nuestro ser en el mundo. Ya Heidegger nos advertía sobre esa manía tan nuestra de evitar experiencias de arrojamiento, la cómoda opción de ser espectadores en los naufragios y no inquilinos de nuestros propios sentimientos.

Es imprescindible indagar otros estilos, otras imágenes de la realidad y otros sonidos de la vida. En mis rarezas, siempre me he considerado un buscador de los mismos, y esa exploración me salva continuamente, me mantiene despierto y capaz de una interpretación serena. Pero romper con las adicciones que dopan mis sentidos resulta una tarea tan necesaria como dura y solitaria, arriesgada incluso, porque es agotador dejar esa droga que calma, internarse en experiencias que ponen a funcionar un pensamiento propio.

En el ámbito musical comencé la desintoxicación armónica muy pronto. Con apenas 16 años escuché Le sacre du printemps, de Stravinsky. Mi mente se rebeló, me llevaba de vuelta a la droga armónica que tanto la calmaba, a Vivaldi, a Pachelbel, a Bach, la droga del barroco, ¡cómo no!, y también a Dvořák, Debussy y Satie. Pero una vez se ha probado algo diferente se descubre la belleza en otros sonidos, la idea de arte y de belleza se abre a nuevos caminos para el pensamiento. Llevo desde entonces buscando migajas de esas rupturas armónicas, y las encontré en Monteverdi y su ópera La coronación de Popea, en Beethoven y su Concierto para piano y orquesta número 4, con ese imponente piano domando a toda una orquesta sinfónica, y definitivamente en sus últimos cuartetos para cuerda y en la Grosse Fuge, que el genio de Bonn afirmó haber compuesto para el futuro. Mucho después, ya desintoxicado y sin miedo a pensar por mí mismo, llegué a Arnold Schönberg y a otros músicos de la llamada Segunda Escuela de Viena, como Alban Berg. No hay síndrome de abstinencia que no conlleve una dura contradomesticación de las emociones, pero es tiernamente apasionante.

Un camino parecido he recorrido en el arte pictórico. Las migajas rupturistas que mi abuelo me enseñó a desentrañar en El Greco o en Goya me condujeron al asombro ante un gran lienzo de Mark Rothko en el Thyssen-Bornemisza de Madrid, y los cuadros de Pollock, Hofmann o Saura, que piden, como Beethoven, un futuro que los entienda y admire. Me siento ciudadano de ese futuro, habitante de nuevos y amplios horizontes de comprensión. No es fácil habitar esos espacios, lo sé. Hay también mucho arte malo y embustero que pretende colonizar nuestra visión del mundo, sin buscar tanto romper el equilibrio armónico cuanto expresar la burla ante las emociones. Pero es fácil reconocerlo, simplemente, no desintoxica, no ayuda a formar un pensamiento crítico y propio de la realidad.

De vez en cuando, eso sí, hay que volver a lo armónico, a Il cimento dell’armonia e dell’inventione de Vivaldi, por ejemplo, con sus conocidos cuatro primeros conciertos dedicados a las estaciones, o a las cantatas de Bach. Chutes de dopamina que nos traen un toque de realidad, que reconcilian con la vida cotidiana. Pero sin olvidar que solo accedemos a nuestra capacidad creativa cuando nos atrevemos a cambiar la interpretación simple e inmediatista, por la deconstrucción de nuestras seguridades. Hay que entrenarse en ello, imposible captar su belleza sin una apertura trascendental que mire y escuche el mundo de un modo diferente. Cuando se encuentra esa mirada, ese sonido, no hay vuelta atrás, se ha comenzado a comprender el acto creador.

Sin título, de Mark Rothko (Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid)

Critica… que algo queda

La crítica es para demasiadas personas un modo de vida. Hay quien se instala en hablar mal de los demás, en ver solo lo negativo, en relacionarse solo con las sombras que generan los encuentros. Decía Tales de Mileto, el gran maestro de filósofos, que lo más difícil del mundo es conocerse a uno mismo, y lo más fácil hablar mal de los demás.

En toda crítica hay dos partes: la que emite el comentario y la que lo recibe. Quien hace la crítica suele usar argumentos generalmente parcialistas, a veces justificados, otras gratuitos y frívolos. Para criticar es necesario contar con habilidades sociales que abran al diálogo constructivo, porque una crítica debe ser un momento de crisis, es decir, de cambio, de crecimiento. Por eso es tan importante la otra parte, la que recibe la crítica. Unos se especializan en el arte del escurrimiento, todo les resbala, se cierran a cualquier comentario sobre sus acciones o decisiones, sean buenas o malas; otros lo llevan a lo personal y, afectados siempre por la imagen que dan y por la opinión de los demás, se hunden en abismos de fracaso; también los hay que saben habitar el complejo arte del discernimiento, todo les enriquece, e integran las críticas para conocerse mejor a sí mismos y no dejarse llevar por éxitos efímeros o fracasos monumentales.

Y como hilo conductor, el diálogo. Dialogar es mucho más que hablar, o que dejar espacio para escuchar al otro, no puede medirse por un pacto de tiempos donde el respeto sea el único invitado al encuentro entre personas, ideas o creencias. Muchas veces reclamamos tolerancia, sin darnos cuenta de que el diálogo va más allá de tolerar otras presencias (de personas, ideas o creencias), implica comprensión y conocimiento, que comienza por uno mismo. En el diálogo apócrifo de Platón Primer Alcibíades, Sócrates instruye al joven Alcibíades, aspirante a la política, recordándole que antes de gobernar a otros su tarea es gobernarse a sí mismo, es decir, practicar el autoconocimiento: Para encontrarte a ti mismo, conócete a ti mismo.

Sócrates recuerda el consejo que pudo leer en el templo de Apolo en Delfos, el famoso Conócete a ti mismo, según nos cuenta Jenofonte, y lo aplica a la práctica de la vida: es necesario comprenderse, aceptarse, equilibrarse, para poder dialogar con otros, para que las palabras y las acciones nos definan, para que seamos constructores de crecimiento compartido. No hay encuentro con el otro si no ha habido antes un verdadero encuentro con uno mismo, y por tanto, no hay conocimiento del otro si no hay autoconocimiento. De otro modo solo estaremos proyectando nuestras frustraciones en forma de crítica, pero habremos perdido todas las razones.

Y ya que estamos con Sócrates, suele hacerse referencia a su anécdota de los tres filtros, basada en su método de conocimiento, la mayéutica, aunque realmente es una tradición apócrifa que no encontraremos en los diálogos de Platón. Cuenta así: Un discípulo llega a Sócrates muy agitado, porque ha encontrado a un amigo que le ha contado algo sobre un conocido de Sócrates. Sócrates le pide calma y le dice que, antes de escuchar la crítica de su amigo, tiene que responder a tres preguntas importantes:

¿Estás absolutamente seguro de que es cierto? A ver, yo solo sé lo que mi amigo me ha dicho que le han dicho que ha hecho un amigo tuyo…, es un rumor, pero en realidad… no sé si es cierto o falso.

Lo que me vas a decir, ¿es bueno? No, claro que no, al contrario, es una historia truculenta, jugosa, eso sí, porque… ¡vaya amigo tienes, Sócrates!

Lo que vas a contarme, ¿me servirá de algo? Bueno, sí…, claro… Quiero decir…, para saber cómo se las juega, para… En realidad, no sé para qué podría servirte.

Así que Sócrates dice a su discípulo: Entonces quieres contarme algo que es malo, que seguramente no sea cierto, y que además no me será útil. ¿Para qué contármelo?

El método es incontestable, y no viene mal aplicarlo desde cualquiera de las dos partes que participan en el juego de la crítica, más aún en este tiempo de los like y los me gusta, que tantos naufragios provocan en nuestra vida condicionada y obsesionada por los comentarios de las redes sociales, aborregados por esa falsa idea de que la imagen que ofrezcamos tiene que ser siempre positiva y bella ojos de los demás. Y aunque no es fácil pararse a poner orden, conocerse sin filtros y pasar todo por el tamiz de lo verdadero, lo bueno y lo necesario, es imprescindible para una comunicación constructiva y sana.

La crítica tendrá un corto camino si sabemos manejar su intrusión en nuestra vida, por duro que resulte; si actuamos desde la humildad; si nos enfrentamos a un autoconocimiento que espante rumores y aproxime sensatez; si nos proponemos mejorar los encuentros, y prepararlos, como si auténticos exámenes de la vida. El cotilleo es vivido muchas veces como deporte, hay incluso quien se entrena desde temprano con pequeños chismes y murmuraciones, o con comentarios jocosos sobre los más débiles, porque es la única forma que conoce de relacionarse con normalidad. Critica, que algo queda. Pero hay muchos más caminos, más allá de los atajos.

Fantasmas y toneles

La guerra en Ucrania, los espionajes cibernéticos, las nuevas y crecientes bolsas de pobreza, han despertado viejos fantasmas que la pandemia de la COVID parecía haber tapado. Da la impresión de que los problemas se acumulan sin apenas tiempo para haber solucionado los que ya traíamos, con capacidad para hacer tocar fondo a nuestros ánimos y esperanzas. Es cierto que mucho de lo vivido en los últimos dos años nos ayuda a afrontar estos presentes de cara, sin sentirnos humillados por esa realidad que se impone inexorablemente, dándonos a veces la sensación de que no podemos hacer nada por cambiarla. 

La inquietud ante todo lo que ocurre alrededor nos recomienda el tradicional pasar página y leer la vida en diagonal, como si pudiéramos hacer magia con la realidad, hasta encontrar ese capítulo amable en nuestras vidas, familias y trabajos. Los expertos en psicología social nos dirán que ese mecanismo de defensa nos salva de la depresión compartida, pero también es cierto que nos sitúa en el peligroso camino de las falsas esperanzas, porque cuando nos topamos con la vida real las cosas no son tan simples, y los atajos nos dañan los pies.

Permitidme una pequeña historia: «Había una fiesta en el pueblo, y cada uno de los habitantes tenía que contribuir vertiendo una botella de vino en un gigantesco barril. Cuando llegó la hora de comenzar el banquete y se abrió el grifo del barril, lo que salió fue agua, solo agua. Y es que uno de los habitantes del pueblo había pensado: “Si echo una botella de agua en ese enorme barril, nadie se dará cuenta”. Lo que no pensó es que a todos sus vecinos se les pudiera ocurrir la misma idea.»

Pocas veces nos damos cuenta de que para poder contar con un final feliz, en todo lo que vivimos y sentimos, el papel más importante se juega a nivel personal. Porque generalmente pensamos que todo nos habrá ido bien al final si hemos sido capaces de encontrar una vacuna segura, que los invasores vuelvan a sus fronteras, volver a hacer un recurso del abrazo y de espacio compartido. Para que los buenos propósitos sean posibles, necesitamos derrumbar muchos muros interiores.

Esperar que sean otros los que den el primer paso (póngase aquí quien corresponda), es la salida más fácil. Y no es que nos falte convencimiento para darlo nosotros, sino por esa idea generalizada de que nadie se dará cuenta. El problema es que ese muro, esa botella de agua, nos devuelve a la pérdida de confianza en los demás, se nos convierte en fantasma que impide nuestro crecimiento y nuestro futuro, envuelto en sábanas de desconfianza y del otros lo harán.

Solo el aprendizaje vital que hemos incorporado puede salvarnos de los miedos y las desesperanzas, transformando los cuidados por la supervivencia en cuidados para el crecimiento y el encuentro. Si perdemos estas oportunidades, mirando a otro lado o cerrando los canales de comunicación personal, solo estaremos creciendo en el aislamiento, el individualismo y la mentira compartida, por muy complejo que sea de entender. De nuestros barriles solo saldrá agua, incapacitándonos para vivir y creer en la alegría. Es una actitud, al fin y al cabo, pero es la única actitud que espanta fantasmas y llena toneles de lo que realmente deben contener, en la confianza de que al abrirlos todos disfrutaremos de la fiesta.

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