La vocación de Juan

28 de enero. Juan de Mata no ha podido dormir bien. Hoy con más justificación, porque en unas horas se encontrará con el Obispo de París, su viejo profesor de teología, el abad de San Víctor y muchos amigos, porque a Juan no le costaba hacer amigos, en la iglesia abacial de San Víctor de París. Estamos en el año del Señor de 1193, y Juan de Mata va a celebrar su primera Misa.

Había llegado a París años atrás, desde su Provenza natal, con la intención de estudiar para en un futuro hacerse cargo de los negocios familiares en el puerto de Marsella. París era la mejor escuela por entonces, escuela de teología, por supuesto, aunque no se le había pasado por la cabeza ser cura ni monje, para contar con estudios y poder prosperar no había otro camino. En el ambiente académico de París, Juan era conocido por sus ganas permanentes de hacer fiesta, Con él todo hay que celebrarlo, no deja pasar ninguna oportunidad, dice siempre su mejor amigo y compañero de estudios, Guillermo, al que llaman Escocés.

Una mañana, cuando Juan y Guillermo iban camino de sus clases en la escuela catedralicia, pasando junto a las obras de la nueva catedral en la île de la Cité, encontraron un grupo de gente que escuchaban la apasionada predicación de un caballero cruzado. Con grandes voces y aspavientos anunciaba que los sarracenos habían atacado los Santos Lugares, Jerusalén y el Santo Sepulcro habían vuelto a caer en manos de infieles, miles de cristianos valientes habían muerto o sufrían cautividad por su defensa. El Papa prometía el cielo eterno para aquellos que se unieran a la nueva cruzada, la cuarta ya, que muy pronto liberaría la Tierra Santa que pisó Nuestro Señor Jesucristo. La gente lloraba y aplaudía enfervorizada, muchos jóvenes se acercaban al escribano que anotaba los nombres de quienes se ofrecían para tan noble y santa empresa.

Juan había visto en otras ocasiones escenas parecidas, se repetían en las principales plazas de la ciudad. Traía a su memoria el puerto de Marsella, cuando viendo desembarcar a los que regresaban de la Santa Cruzada soñaba con hacerse él también un caballero cruzado, un caballero de Cristo. La predicación de aquel cruzado despertó el viejo deseo de su infancia. Ya se veía con aquella imponente cruz cosida sobre el pecho de su túnica, la negra capa y una poderosa y gran espada al cincho, liberando el Santo Sepulcro y besando la lápida de la unción de Cristo, o arrodillándose ante la estrella del pesebre en Belén, obligando a los sarracenos infieles a renegar de su fe y abrazar la de la Santa Madre Iglesia.
— Vamos, Juan, llegamos tarde -dijo Guillermo, mientras tiraba de él para apartarlo del grupo.
— ¿Nunca has soñado con…
— No, nunca -dijo Guillermo cortante-. ¿No te das cuenta de que son unos fanáticos? Solo saben beber y cortar cabezas con su espada. El mundo es muy grande como para dejar la vida peleando por un trozo de tierra y unas viejas iglesias.
— No sé… yo creo que… No todo es fanatismo, hay ideales que val…
— ¡Vamos! ¡Contigo es imposible llegar a tiempo a clase!

Unos días más tarde, cuando Juan salía de una de sus clases en Saint-Julien-le-Pauvre, encontró un mendigo que pedía limosna a la entrada del templo. Juan buscó en su bolsa y sacó un sol de plata. Cuando el mendigo estiró el brazo dejó entrever, bajo su roída capa, la túnica de los cruzados, inconfundible por su cruz negra sobre el pecho. Juan quedó inmóvil, su brazo extendido y la moneda aún en la mano.
— ¿Os asusta mi presencia, Señor? – dijo el mendigo.
— No es eso -respondió Juan, algo airado-. Me sorprende que siendo caballero cruzado andéis pidiendo limosna y no luchando por retomar el Sepulcro de Nuestro Señor.
El mendigo bajó la cabeza y, avergonzado, cruzó la capa sobre la cruz de su pecho. Juan guardó su sol. Dando media vuelta entró de nuevo en el templo y dirigió sus pasos, firmes e indignados, a la capilla de Santiago. Ante el Apóstol de los peregrinos quería ofrecer su vida y dar cumplimiento a lo que siempre había soñado, a lo que aquel mendigo, por cobardía, fue incapaz de cumplir.
Mientras avanzaba por la nave de Saint-Julien, el cruzado le gritó:
— A Dios le importan más las personas que la tierra, y hay muy poca libertad para las personas, tengan la fe que tengan. Eso es lo que he visto en Tierra Santa, y lo que veo ahora en la dureza de tu corazón.

Juan, que había parado en seco al oír aquellas palabras, siguió su camino conteniendo la rabia.
— ¿Quién se cree ese mendigo, ese renegado, para hablarme así? -pensaba airado mientras se postraba en tierra ante la sagrada imagen del Apóstol Santiago. La agitación no le dejaba rezar. Cerraba con fuerza los ojos, como si de ese modo pudiera acallar en su pensamiento y en su corazón el eco de las palabras del cruzado: No tienes libertad en tu corazón… Dios no quiere la tierra… Dios ama a las personas

Aquella mañana, Juan no volvió a clase, la pasó con Miguel, que así se llamaba el antiguo cruzado. Con lágrimas en sus ojos, Miguel contó a Juan todo lo que vio en la «santa» cruzada. No calló ningún detalle, especialmente aquellos que los predicadores omitían: hombres alejados de sus casas y abandonados por sus jefes; cristianos que luchaban fanáticamente por la libertad, dejando a su paso un reguero de esclavitud y miseria; mazmorras repletas de cautivos que dejaban allí los mejores años de su vida, renegando la mayoría de su fe. Ciertamente, las mazmorras eran lo peor que Miguel había visto, poco importa si estaban en tierras de infieles o de cristianos, solo eran mazmorras de indiferencia, de odio y de ira.

Miguel hablaba con pasión, pero no se parecía a la de los cruzados predicadores. Era natural de Castilla, campo de batalla desde siglos atrás contra los infieles. Había luchado en no pocas batallas para defender una fe que se parecía muy poco a la que mandó predicar Nuestro Señor Jesucristo en su Evangelio. A Miguel se le encendía el alma y la mirada, esa no era forma de defender la fe, es soberbia, orgullo, incluso vanidad, porque en el corazón de aquellos cruzados, bajo la cruz de su túnica, solo hay pecado y deseos de venganza. Cansado de todo lo que vivió en su tierra natal, Miguel se alistó en la tercera cruzada, la Cruzada de los Reyes, creyendo que la reconquista del Santo Sepulcro daría sentido a sus búsquedas. Se equivocó. Fue aún peor. Así fue como regresó de Jerusalén convertido en un maldito, un renegado asolado por pensamientos que contradecían su juramento y avergonzaban su alma.
— Cuando volvimos de Jerusalén, junto a las tropas del rey Ricardo, -contaba Miguel- con el sabor amargo de una victoria a medias, muchos pensamientos oscurecían mi corazón. No quise acompañar a los caballeros que iban a Roma para recibir licencia e indulgencia del Santo Padre, y acabé vagando por estas tierras hasta que llegué a París, donde he podido sobrevivir gracias a la limosna. Hice promesa de no quitarme nunca mi túnica de cruzado, con la cruz. Es la carga con la que pretendo expiar mi pecado, por tanto mal y tanto dolor provocado.

Guillermo y Miguel esperaban ya en la Iglesia abacial de San Víctor. Era una fría mañana de jueves, fiesta de Santa Inés segunda, 28 de enero del año del Señor de 1193. A lo largo del último año habían sido algo más que amigos de Juan, fueron testigos de lo que iba creciendo en su interior, una mezcolanza de antiguos deseos y nuevos sueños. Aquellos ideales cruzados de su juventud habían dado paso a la indignación, Juan había descubierto el sufrimiento de quienes no podían vivir su fe en libertad, fuera cual fuese; de quienes caían en cautividad por la obsesión de hombres que reclamaban la propiedad divina de una tierra que ni el mismo Dios quería; a quienes endurecían su corazón matando a otros en nombre de Cristo, que murió perdonando a sus enemigos. Guillermo, que tal vez era quien mejor conocía a Juan, le preguntaba muchas veces por esa fatiga que reflejaban sus ojos cada mañana.
— Están cansados de buscar -respondía Juan.

Tenía muy claro que que la Iglesia no era la solución a sus dudas y preguntas, incluso llegó a pensar por algún tiempo que la Iglesia, o alguno de sus jerarcas, eran el problema principal. Pero su viejo maestro de teología, Prevostino, fue convenciéndole de que solo cambiaremos con autenticidad la realidad que no nos gusta si lo hacemos desde el interior, y es imprescindible comenzar por cambiar el propio corazón. Fue en ese tiempo que Juan dejó la escuela catedralicia, cansado de su rancia manera de enseñar, de sus incongruencias éticas y de no encontrar respuestas. Se trasladó a la escuela de la abadía de San Víctor, atraído por el frescor de su nueva teología y por la amistad del viejo abad Guérin de Saint Victor. Tal vez por todo ello, no fue demasiada sorpresa, aunque algo de revuelo sí que provocó, cuando Juan comunicó a sus amigos que se haría sacerdote.

Fue la primera cruzada en la que Juan se embarcó. Su corazón era un campo de batalla que cada día reclamaba a Dios una respuesta a sus muchas preguntas, luchando por arrancar dudas y conquistar certezas, recuperando el territorio de su propia libertad. ¿Cómo hacer estas conquistas sin acabar sometido por el orgullo y el cansancio? Incluso esta mañana, en la que celebrará su primera Misa, Juan repite incansable su vieja petición, convertida ya en plegaria: ver y sentir con firmeza lo que Dios quiere, a qué le llama, cómo liberar a otros sin convertirse él mismo en cautivo de sus palabras o deseos.

Cuando Juan elevó la Sagrada Forma, tras la consagración, Miguel se dio cuenta de que algo extraño pasaba. Juan no era precisamente alguien nervioso, a pesar de que en un momento así, con el Obispo y el Abad presentes, los nervios podían jugarle una mala pasada. Juan parecía tener la mirada perdida en un infinito solo él podía ver. Una vez terminada la Misa, Miguel se acercó a Juan para decirle al oído:
— ¿Tienes ya tu cruz?
Juan lo miró, puso su mano sobre el pecho de la vieja túnica de cruzado, pasó sus dedos por los brazos de la Cruz, marcando su negra silueta, y le dijo.
— Lo he visto, Miguel. Ahora lo sé. Cristo ama a las personas, no la tierra. Toma a cada uno de la mano, sin importar cuál sea su color, para que su corazón pueda sentir la libertad más que sus cadenas. He visto mi camino y he visto mi cruz, el camino y la cruz de la Santa Trinidad, la roja pasión de la libertad y el añil compromiso de la redención. Ahora sé cuál es mi cruzada: aquella en la que la santidad se libra en las personas, no en las tierras ni en las ideas.

Unos días más tarde vieron a Juan, Guillermo y Miguel saliendo de París por la nueva Port du Temple, hacia el camino de Meaux. Su destino era una cruzada roja y azul, que todavía hoy, más de ochocientos años después, sigue amando la santidad y la liberación de las personas.


Juan de Mata se unió a un grupo de ermitaños que vivían en los bosques de Cerfroid, cerca de Meaux, liderados por Félix de Valois. Juan y Félix están considerados los fundadores de la “Orden de la Santísima Trinidad y los Cautivos”, obteniendo del papa Inocencio III la aprobación de la Regla propia el 17 de diciembre de 1198. Juan murió en Roma el 17 de diciembre de 1213. Guillermo Escoto fue el tercer Ministro General de la Orden Trinitaria, murió en Córdoba el 17 de mayo de 1222 mientras liberaba cautivos. Miguel Hispano fue el quinto Ministro General de la Orden, murió en Roma el 18 de julio de 1230. El relato anterior es una ficción, una torpe reconstrucción de unos acontecimientos de los que no se sabe casi nada . Pero el corazón y el bien absoluto, que la obra trinitaria de la redención ha realizado en la historia, me dicen que no es nada extraño que aconteciera así. Gloria tibi Trinitas et captivis libertas.

Busca al Amado y no descansa

Hace unos días se celebraba la festividad de san Miguel de los Santos, un trinitario peculiar, un místico de la vida diaria, que en pleno Siglo de Oro indagó caminos para no quedarse en lo sabido, aceptó retos que aportaran algo más que deseo a sus búsquedas, enamorándose de los recodos y de los caminos rectos, paseando su mirada por las cosas para que nada le detuviese en su impaciencia por amar con fuerza y salir de sí, en éxtasis, arrobos y visiones.

Nació el Vic el 29 de septiembre de 1591, séptimo de los ochos hijos de Enrique Argemir y de Montserrat Mitjà. Como es propio de la época, Miquel ya era muy espiritual desde niño, tanto que con diez años se escapó de casa para hacerse ermitaño en el Montseny, aventura que duró lo justo pero que dejó en él un regusto por lo extraordinario. Con quince años entró en el noviciado trinitario de Zaragoza, siendo su maestro de novicios el famoso fr. Pablo Aznar, e hizo sus votos religiosos el 30 de septiembre de 1607. Al poco de comenzar sus estudios, pasó por Zaragoza fr. Manuel de la Cruz, religioso de la casa de trinitarios descalzos de Pamplona, y Miquel Argemir quedó prendado de todo lo que contaba de la reforma trinitaria, porque esa humildad que percibía en el fraile y en la reforma tocaban su alma y su vida. Así que no dudó en unirse a los descalzos, el 28 de enero de 1608 comienza su noviciado en Madrid, y un año después hace sus votos como trinitario descalzo y toma el nombre de Miguel de los Santos.

En el noviciado conoció a san Juan Bautista de la Concepción, Reformador de la Orden, con quien poco después vivió en La Solana. Ese tiempo convivieron brevemente en la nueva fundación de La Solana tres santos trinitarios, Juan Bautista de la Concepción, Miguel de los Santos y Tomás de la Virgen, casi nada. Podríamos contar muchas cosas extraordinarias de la vida de fr. Miguel, porque pronto comenzó a ser conocido por sus arrobos místicos, sus levitaciones y demás fenómenos inexplicables. En Baeza y Salamanca, donde hizo sus estudios, no se hablaba de otra cosa, todos querían hablar con él, pedirle consejo, verle levitar en Misa, le llamaban el extático. Pero lo realmente atrevido de su vida no es esa parte pública y milagrosa, sino su constante búsqueda de la humildad, de la sencillez, cuanto más lo requerían más se escondía él, deseando la tranquilidad del alma, nombre de uno de sus escritos místicos.

Las pruebas no cesaron y en 1622 fue elegido superior de Valladolid. Miguel, que había rehusado cargos de responsabilidad, tuvo que aceptar precisamente por humildad que se le pidiera poner en marcha una nueva casa, atender a los religiosos y buscar el sustento. Sus deseos de pasar desapercibido se encontraron de frente con la fama que le precedía y muy a su pesar tuvo que lidiar con el ir y venir de curiosos que reclamaban sus consejos y deseaban ver sus arrobos, personajes tan dispares como el Duque de Lerma o el Obispo de Valladolid Pimentel.

Solo tres años más duró su vida, arrebatada por el tifus, y cuando apenas tenía treinta y tres años recibía sepultura en la iglesia de los trinitarios descalzos de Valladolid, conocida ahora como San Nicolás. El recuerdo de Fr. Miguel ha tenido más que ver con los fenómenos extraordinarios que le acompañaron en vida que por haber encontrado el camino de la mística de la humildad, no en vano fue proclamado copatrón de la Adoración Nocturna y el 8 de junio de 1862 canonizado por Pio IX. Y a mí, que no me maravillan tanto los arrobos cuanto los silencios y la sencillez, siempre me han resonado los versos de su obra El alma en la vida unitiva, de los que copio unos fragmentos y que Lope de Vega llamó la suma de la perfección espiritual. Son expresión de la vida inquieta de este Miquel dels Sants que, como busco que me ocurra a mí, renace mil veces, no descansa y se hace todo amor, amando siempre, siempre hambriento de Dios.

El cuerpo queda al parecer sin vida,
y dentro de sí misma se alboroza,
y toda sola en lo interior unida,
de los bienes de Dios de cerca goza;
con fuerza del amor es compelida
a que salga de sí, y el ser remoza,
y en éxtasis, arrobos y visiones,
de Dios recibe regalados dones.
Mas ella, enamorada e impaciente,
con aquestos favores descontenta,
busca a su Amado que le mira ausente
y no descansa, en ellos no se asienta.
Dificultades grandes son pequeñas;
sufre trabajos y desdenes fríos;
y, en fin, en Dios absorta y resignada,
las penas del infierno tiene en nada.
La voluntad suprema a unirse viene,
toda en sí propia y toda amor se hace,
sube más alto, nada le detiene,
muere mil veces y otras mil renace,
que mientras más se goza, más se aumenta,
y siempre amando, más se queda hambrienta.

San Miguel de los Santos, El alma en la vida unitiva (fragmento)

Un trinitario en la corte del Siglo de Oro

Fray Hortensio Félix Paravicino subió al púlpito de la capilla de Palacio, comenzó el sermón con el que se confirmaba la continuidad de su nombramiento como Predicador Real, ahora del rey Felipe IV. La ocasión era única y de gran trascendencia, el funeral por los padres del monarca, Felipe III y Mariana de Austria. Paravicino debía mucho a ambos, gran parte de su actual fama y renombre era gracias al favor y cariño que de ellos recibió. Mientras escribía el sermón panegírico fray Hortensio recordó aquel día de 1602, con apenas 22 años, en que la repentina enfermedad de un ilustre profesor le abrió el camino de un púlpito menos sagrado pero que le supuso una gloria adelantada: en la Universidad de Salamanca, de la que un año antes se había convertido en el más joven catedrático de su historia, le correspondió pronunciar el discurso de bienvenida al rey Felipe III.

Si los sentimientos nunca son fáciles de domesticar, los que se agolpaban en el corazón del trinitario Paravicino desde el púlpito de la capilla de Palacio solo podía apaciguarlos una mente preclara y despierta como la suya. Pero aquel 11 de enero de 1629 una jauría de lobos se había adueñado de su característica paciencia. El episodio ocurrido cinco días antes en el Monasterio de las Monjas Trinitarias le inquietaba, de tal modo que había cambiado varias veces el sermón del funeral. Le quitaba el sueño un incidente que parece sacado de una de esas obras de capa y espada que tanto gustaban en los corrales de comedias de la época. En una taberna de la calle de las Huertas comenzó una discusión entre el cómico Pedro de Villegas y José Calderón de la Barca, militar y hermano pequeño del dramaturgo Don Pedro Calderón de la Barca. El tono del debate fue aumentando y continuó en la calle, donde Villegas hirió de espada a Calderón. En su huida, Pedro de Villegas se refugió en el cercano Monasterio de Monjas Trinitarias de la calle Cantarranas (actual calle de Lope de Vega). Los perseguidores, entre los que estaba Diego Calderón, el hermano mayor, amigos de José y alguaciles de la justicia, considerando que ya se había quebrantado la clausura papal del monasterio, entraron forzando el portón y armando gran revuelo mientras buscaban por todas partes al agresor Pedro de Villegas. Los altercados afectaron a las monjas trinitarias, que se sintieron amenazadas y tratadas desconsideradamente.

Para fray Hortensio, aparte del asalto al monasterio, era uno más de los muchos incidentes que en esos días de año nuevo provocaba el abuso del vino. Pero Lope de Vega le exigía su intervención ante el Rey. La gran amistad que le unía a fray Hortensio, desde que llegó a Madrid en 1606, quiso aprovecharla para sumar al trinitario a su causa de pública indignación por el suceso de las Trinitarias. Una hija de Lope, sor Marcela de San Félix, era monja en dicho monasterio y fue una de las que sufrió empujones e insultos por parte de los asaltantes, así lo denunció su padre en la carta que dirigió al Duque de Sessa, su protector y mecenas. A la insistencia de Lope se unía el desafecto entre fray Hortensio Paravicino y Pedro Calderón de la Barca, pertenecientes a círculos artísticos de sensibilidades opuestas. Lo que enriqueció el gran Siglo de Oro español también creó enemigos irreconciliables en todos los ámbitos culturales.

Desde su llegada a Madrid, fray Hortensio Félix Paravicino expandió su fama de orador, predicador y escritor. Muy pronto conoció a los más destacados escritores y artistas del momento. Gracias a su carácter afable y sencillo tuvo amistades con personajes tan dispares como Luis de Góngora y Quevedo, Salas Barbadillo y el crítico Argensola, Juan de Jáuregui y Pellicer de Tovar. Pero de un modo muy especial Lope de Vega y El Greco. De Góngora aprendió el arte de la poesía culteranista barroca, de la que ambos fueron defensores y representantes, a pesar de las burlas de quienes reclamaban más sencillez en el verso. Tantas horas pasaba el poeta cordobés en coloquios con el fraile trinitario que, cuando finalmente se decidió a publicar su obra poética, tuvo que rebuscar en la biblioteca de Paravicino los originales de la mayor parte de sus sonetos. En la Orden Trinitaria también gozaba de especial reconocimiento y consideración, en 1629 era por segunda vez Provincial de Castilla, anteriormente y en dos trienios había sido superior de la Casa de la Trinidad de la calle Atocha, contaba con la amistad personal de fray Simón de Rojas, considerado ya un santo en la Corte y en todo Madrid, especialmente por los más pobres y los presos.

Cuando subió al púlpito de la capilla de Palacio fueron sus sentimientos, y no su razón, quienes hablaron. Aprovechó la circunstancia para denunciar los desórdenes y abusos de “las gentes de teatro”. No solo los presentes quedaron asombrados y divididos por el sermón de Paravicino, su eco se extendió como comidilla por toda la Villa y Corte. Don Pedro Calderón de la Barca se sintió aludido y ofendido, en primer lugar porque afectaba al agresor de su hermano, pero también porque Paravicino había usado el funeral real para desprestigiar a comediantes y poetas dramáticos. La réplica la dio en su obra El Príncipe constante, por boca del gracioso Brito, en unos versos escritos intencionadamente en sobrecargado y oscuro estilo culteranista: “[…] una canción se fragua / fúnebre, que es sermón de Berbería: / panegírico es que digo al agua / y en emponomio horténsico me quejo, / porque este enojo, desde que se fragua / con ella el vino, me quedó y es viejo”.

No sabemos cuánto se arrepintió Paravicino de los cambios de última hora en su sermón panegírico, pero sí que su salud nunca se recuperó de las consecuencias del enfrentamiento que provocó. El Príncipe constante se representó en todos los corrales de comedias de Madrid, incluso en Real Alcázar, ante los reyes, y fue un gran éxito, aplaudido y alabado por el mismo Felipe IV. Pero cada representación abría aún más la herida de fray Hortensio que, llevado por la indignación y una ira desconocida en él, presentó una queja al juez protector de teatros, argumentando que el verso en cuestión fue añadido por Calderón una vez la obra había pasado la censura. El resultado fue una condena de arresto domiciliario a Pedro Calderón de la Barca por seis días y la retirada de los versos denunciados por ofensivos y burlescos. La sentencia no hizo sino agravar las posturas de los partidarios de uno y otro. El crítico literario Juan de Jáuregui publicó una Apología de la verdad en defensa de Paravicino, y el círculo de poetas y críticos amigos del religioso trinitario hicieron en todo momento público testimonio de apoyo y cercanía, logrando unir a enemigos tan acérrimos como Quevedo y Góngora.

Las mofas de Calderón hacia Paravicino eran públicas y constantes, y mientras Madrid reía con las burlas, y nuestra literatura se enriquecía de los ingenios puestos al servicio del odio, en el fraile trinitario se hizo fuerte su carácter hipocondríaco, comenzó a padecer enfermedades que le impedían dormir, salir a la calle, hablar en público, incluso respirar con normalidad. Aparecieron viejas acusaciones de ser hijo bastardo de D. Mucio Paravicino, de tener deseos de grandeza, incluso de plagiar a Góngora. Era demasiado para él, que siempre fue apasionado pero sencillo. San Juan Bautista de la Concepción, reformador trinitario, que le acogió en los trinitarios descalzos había dicho de él unos años antes: «Confieso que en mi vida traté ni vi ni conocí hombre con semejantes partes naturales y sobrenaturales, porque yo pienso tenía, para todo lo que hacía y decía, al cielo muy favorable y de su parte. [….] Confieso que me parece no vi en mi vida semejante humildad y rendimiento como el hombre mostraba, rigor y aspereza en sus penitencia».

Hortensio Paravicino quiso dar fin a la triste situación enviado un Memorial al rey Felipe IV. En él llega a afirmar que la ofensa no era sólo personal, se extendía a los padres del monarca, los reyes Felipe III y Margarita de Austria. Arremete de nuevo contra Pedro Calderón de la Barca, recordando su historial de pendencias, entre las que se cuenta una acusación de asesinato junto a sus hermanos. Se queja también de la actuación de los alguaciles de la Justicia, que se excedieron en sus funciones al violar el asilo en sagrado. Finalmente, defiende su posición personal en la Corte, sus honores, cargos y títulos, con lo que muestra una impropia egolatría y falta de humildad. El Cardenal Gabriel de Trejo, Presidente del Consejo Real de Castilla, emitió un Parecer sobre el asunto, que pretendía acabar con la disputa de una vez por todas. El rey Felipe IV acogió dicho parecer y dictó sentencia: por una parte reprendió al trinitario fray Hortensio Félix Paravicino, cuya reacción y conducta consideraba desmedidas, teniendo en cuenta que el incidente había excedido su contexto para hacerse público en el funeral real; por otra parte descalificaba las burlas y excesos de Calderón de la Barca y mandaba eliminar definitivamente los versos ofensivos de El Príncipe constante, que hoy solo conocemos gracias a la cita que de ellos hace Paravicino en el Memorial.

En octubre de 1633, días después de cumplir 53 años, la salud de fray Hortensio Paravicino empeoró. El rey Felipe IV envió al convento trinitario de la calle Atocha a sus mejores médicos y mandó celebrar misas ofreciendo la promesa de dar al fraile trinitario un obispado si Dios lo sanaba. Pero fray Hortensio no estaba para más glorias, postrado en cama, ante un crucifijo, hizo voto de no aceptar dignidad alguna si sanaba. En 1605, durante solo dos meses, vistió el hábito trinitario descalzo, se lo impuso San Juan Bautista de la Concepción en Salamanca, y aunque las malas lenguas lo acusaron de volver a los trinitarios calzados por buscar los honores que en los reformados no tendría, el voto de humildad que aprendió de los descalzos sí que, finalmente, había calado en su alma y en su corazón.

Murió el 12 de diciembre de 1633. Su poesía quedó olvidada debido al gusto de los nuevos tiempos, que huían del conceptualismo poético para acercar la compresión del verso al pueblo. Pero su rostro nos sigue mirando desde cada uno de los muchos retratos que El Greco pintó del fraile amigo. El que realizó en 1609 es, tal vez, el más famoso, también el más intenso y representativo de su personalidad. Desde ese infinito sin fondo nos mira directo, sencillo, apasionado, como queriéndonos contar los paisajes del entendimiento que solo él había sabido descifrar, unos ojos que traspasan el tiempo. Siglos después Luis Cernuda dedicó unos versos al retrato con el que El Greco inmortalizó al poeta: 

Tú no puedes hablarme, y yo apenas
si puedo hablar. Mas tus ojos me miran
como si a ver un pensamiento me llamaran.

Retrato de fray Hortensio Félix Paravicino, de El Greco
(Boston, Museum of Fine Arts. El hijo de Federico Madrazo fue quien malvendió en 1904 esta magnífica obra, permitiendo que saliera de España)