Epifanía: Dios no se manifiesta bajo techo

Dios no se revela a los que están cómodamente instalados. Se deja encontrar por los que se atreven a salir más allá de sus seguridades. Por los que se exponen. Por los que caminan sin garantías. Los Magos que hoy celebramos no tenían catecismo, ni Templo, ni certezas teológicas. Solo una pregunta ardiendo por dentro. Y eso bastó para ponerlos en camino.

Mientras tanto, en Jerusalén, los expertos sabían exactamente dónde debía nacer el Mesías… y no dieron ni un paso para encontrarlo. Sabían, pero no buscaban. Y quien no busca, no encuentra. La Epifanía desmonta esa mentira piadosa que nos hace creer que Dios se aparece a los correctos. Nada más lejos de la realidad: Dios se manifiesta a los inquietos.

Los Magos leen el cielo porque no tienen otro lugar donde leer. Viven a la intemperie. No esperan que la verdad les llegue servida, la persiguen. Por eso no encuentran un tratado teológico, sino una estrella. Una luz frágil: suficiente para no quedarse quietos, insuficiente para controlarlo todo. Porque Dios no ilumina para que controlemos el suelo que pisamos, sino para que caminemos.

Buscaban un rey y encuentran un niño. Y ese niño es el mejor signo de la esperanza para los auténticos buscadores. Un niño sin ejército, sin poder, sin discurso. Un niño pobre, vulnerable, expuesto. Un niño que rompe todas las expectativas: Dios no se manifiesta donde se acumula fuerza, sino donde se acepta la fragilidad. No en el palacio de Herodes, sino en una casa cualquiera. No en el ruido, sino en el silencio.

Y es delante de ese niño frágil que los Magos se inclinan y ofrecen los mejores regalos para su humanidad recién estrenada: oro, incienso y mirra; lo valioso, lo sagrado y lo doloroso. Porque adorar no es solo rezar ni decir bonitas palabras. Adorar es bajar de nuestros pedestales, soltar el control y entregar la vida entera, especialmente aquello que más nos cuesta, lo que más nos pesa y lo que nos duele.

La Epifanía que hoy celebramos no es una escena dulce y amable. Es una crisis. En ella aprendemos que quien se encuentra con Dios ya no puede volver por el mismo camino. Eso es la fe: no una confirmación de lo que ya pensábamos, sino una desviación peligrosa.

La pregunta incómoda que se nos plantea es inevitable: ¿Somos Herodes, expertos en Escritura pero paralizados por el miedo a equivocarnos? ¿O somos Magos, buscadores dispuestos a perder seguridades por una verdad que no conocemos del todo?

La Iglesia, cuando es fiel al Evangelio, no es palacio ni aduana. Es estrella. No retiene, no se coloca en el centro, no exige quedarse. Señala y desaparece. Acompaña un tramo y luego se aparta, dejando espacio para el encuentro y la adoración de las presencias redentoras de Dios. Y vuelve a aparecer cuando nos ponemos en camino. Porque su luz se nos muestra mientras caminamos, no antes.

Epifanía no sucede bajo techo.
Sucede fuera.
En el camino.
En la duda.
En la noche.
Allí donde todavía hay gente capaz de levantar la vista y decir:
no lo sé todo, pero no me conformo.

Feliz Epifanía.

El arte de confiar

El hiperrealismo con el que nos movemos por la vida nos ha encerrado en una especie de dictadura de los sentidos. Solo creemos aquello que vemos, tocamos, oímos, escuchamos o saboreamos. Bajo una apariencia de confianza en la realidad, cultivamos en realidad una desconfianza radical hacia todo lo que no se puede verificar inmediatamente. Como si la existencia necesitara ser medida y pesada para poder ser vivida.

Si no lo veo, no lo creo. Este lema resume nuestro modo de encofrar la vida. Lo que podría parecer una garantía de seguridad se convierte en el mayor de los riesgos: el de perder el alma de las cosas, el espíritu de la vida, la profundidad de lo que realmente importa. Nos recuerda Byung-Chul Han que “la sociedad de la transparencia ha abolido el misterio, y con ello, ha desterrado la fe». Sin misterio, la existencia queda reducida a datos, pruebas y evidencias.

Y, sin embargo, las cosas que verdaderamente sostienen nuestra vida no pueden verse ni tocarse. La confianza en las personas, especialmente en aquellas con quienes compartimos lo cotidiano, no es un ítem verificable. Tampoco los sueños que nos impulsan a construir proyectos nuevos o a transformar lo que ya existe. Incluso nuestro propio crecimiento personal exige un margen de fe, esa confianza en lo que otros han visto en nosotros cuando nosotros apenas lo intuíamos.

El abuso de la cultura de la evaluación, desde edades tempranas, nos ha empujado hacia una pobreza creciente en la mirada. Solo cuenta lo que se puede calificar, medir o exhibir. Como si una vida plena pudiera traducirse en una tabla de desempeños o en un balance de resultados. Y, al mismo tiempo, todo lo que no puede medirse se invisibiliza, se descarta, se olvida.

Frente a esta tendencia, urge recuperar el valor de la fe como acto existencial. No solo en el ámbito religioso, sino en el terreno profundo de nuestras relaciones humanas y nuestras decisiones vitales. En palabras del papa Francisco, a quien ya empezamos a echar de menos, “la fe no es luz que disipa todas nuestras tinieblas, sino lámpara que guía nuestros pasos en la noche y basta para el camino” (Evangelii Gaudium 161).

No se trata de tenerlo todo claro, sino de tener luz suficiente para seguir caminando. Por eso, más que ver para creer, necesitamos creer para poder ver. Solo desde esa confianza previa se nos desvelan sentidos nuevos en la realidad, posibilidades que de otro modo quedarían sepultadas bajo la frialdad de las evidencias. Quien solo cree en lo que puede demostrar, nunca descubrirá el milagro de lo que crece desde el humus de lo transcendente.

La Pascua que estamos celebramos nos recuerda que la vida resucitada no se anuncia mediante espectáculos pirotécnicos ni alegrías impostadas, sino a través de signos discretos, gestos apenas perceptibles, en la confianza humilde que se atreve a caminar en la oscuridad de la noche con la única luz de la fe. El arte de confiar implica, siempre, creer para ver.

Golpes de pecho

Ahora, que hemos comenzado una nueva Cuaresma, apetece nadar en aguas interiores, que por lo general son profundas y de fondos oscuros. Cuando llegan oportunidades así solemos reaccionar con cierta suficiencia, como si en realidad toda ocasión de conocernos mejor a nosotros mismos, y conocer el alcance de nuestras acciones, fuera algo que debieran hacer siempre los otros, porque nosotros lo tenemos resuelto y controlado. Así son las paradojas de nuestra mirada crítica: contamos con la capacidad de dudar, de cambiar los apoyos y experimentar con nuestras seguridades, pero también tenemos la capacidad de abusar de miradas unidireccionales, como si toda reflexión sobre el mundo dependiera únicamente de aquello que vemos y de cómo lo interpretemos. ¡Qué bien lo expresó Antonio Machado!: El ojo que ves / no es ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve.

Una de las actitudes más escandalosas de quien quiere cambiar es la de cegar miradas ajenas, como si no pudieran tolerar que alguien más tuviera la capacidad de ver. Es un solipsismo terrible, un empoderamiento de las mejores cualidades humanas, no para crecer junto a otros, sino para sobresalir frente a otros, mirar por encima de los otros árboles del bosque para apoderarse de la sensación de saber y de ver lo que otros no saben ni ven. Tradicionalmente, hemos llamado a esta actitud fariseismo.

Define Rafael Sánchez Ferlosio a los fariseos como aquellos que construyen la bondad propia con la maldad ajena. Nos afianzamos en la creencia de que vemos bien, con el acierto que merecen nuestros méritos, pero lo hacemos convenciendo a los otros de que su vista está atrofiada, y que es esa dificultad para ver con definición lo que mancha su mirada. Esta construcción de la bondad propia carece de cimientos, se sostiene exclusivamente en ideas de autosuficiencia, adoptando los errores ajenos como puntales, que evitan el derrumbe de ideas largamente usadas para protegernos de las inclemencias.

Nos hacemos fariseos cuando ponemos la confianza en las máscaras, de ahí lo de la hipocresía, creyendo que su mueca conseguirá cambiar lo que realmente somos. Nos hacemos fariseos cuando escribimos un relato perfeccionista sobre nuestras decisiones, palabras tan bien enlazadas como artificiales. Nos hacemos fariseos cuando anulamos todas las miradas, especialmente las que se dirigen a nosotros, por miedo a que sean capaces de ver nuestros sótanos. En palabras del poeta Enrique García-Máiquez, Ten cuidado, cuando vayas a darte golpes de pecho, pueden sonar a hueco.