El urgente pensamiento

En una era de sobrecarga informativa, rescatar la capacidad de desarrollar un pensamiento propio y crítico se vuelve esencial. El filósofo alemán Martin Heidegger, en su profunda reflexión sobre el ser y la existencia, señaló que lo más preocupante es que aquello que da más que pensar, es que nosotros todavía no pensamos: vivimos en un tiempo de noche del mundo, donde la lógica predominante y el ritmo frenético de la vida nos han llevado a una oscuridad en la que ni siquiera percibimos las ausencias más significativas.

Desde que Heidegger escribiera estas palabras hasta nuestros días, el pensamiento propio ha ido cayendo en una preocupante decadencia. Las urgencias que vivimos, en nuestros intentos de comprender la realidad, nos abocan a sustituir la reflexión profunda y el cuestionamiento por un conformismo superficial y una aceptación acrítica de la realidad, prefiriendo las ideas fáciles o preestablecidas.

Me recuerda mucho la visión distópica de Orwell en su novela 1984, donde ortodoxia significa no pensar, ni siquiera advertir la necesidad de hacerlo. Aceptamos pasivamente determinadas narrativas de medios de comunicación, redes sociales e instituciones, sin cuestionar su veracidad o implicaciones. En el mundo de Orwell, el control de la información y el pensamiento es absoluto, y cualquier desviación del pensamiento oficial era severamente castigada. En nuestro mundo, se multiplican las acusaciones de fake realizadas por aquellos que no toleran un pensamiento crítico, el cual es a menudo desalentado o incluso reprimido.

La nueva ortodoxia se manifiesta en la imposición de dogmas políticos, ideológicos o éticos, sin cuestionar sus fundamentos o consecuencias. Se valora el conformismo y la obediencia, por encima del cuestionamiento y el pensamiento creativo, lo que lleva a una sociedad estancada, cansada, en acertada expresión de Byung-Chul Han.

Si a esto le sumamos el desconcierto que la inteligencia artificial ha venido a crear en nuestras relaciones sociales, laborales y de aprendizaje, tenemos servida la polémica. La distopía de Orwell recuerda la importancia de resistir a la conformidad, y una IA que burle o manipule nuestra capacidad crítica puede contribuir a la erosión del pensamiento propio. La IA se convierte entonces en una nueva forma de ortodoxia, en la que las decisiones ya están siendo tomadas por algoritmos que perpetúan los sesgos y limitan la pluralidad de las perspectivas y el cuestionamiento, llevándonos a un pensamiento homogéneo y predecible.

Es urgente un pensamiento propio y crítico que sea redentor. Pensar no solo nos permite comprender el mundo y la realidad, también nos salva de aquello que no nos hace ser más humanos. Analizar, cuestionar, evaluar, dudar, matizar y reformar son verbos que enriquecen nuestro pensamiento propio, llevándolo más allá de las necesidades personales.

El urgente pensamiento requiere valentía para desafiar algoritmos, ya sean sociales o de la IA. Requiere disposición para enfrentar la incomodidad de la incertidumbre y capacidad de discernimiento para conocer la diferencia entre verdad y falsedad, importante y trivial, humano y antihumano. Es por esto que el pensamiento es redentor: no solo nos salva de la pasividad intelectual, también nos capacita para ser más libres y mejorar el mundo en que vivimos, restableciendo las relaciones infestadas de individualismo y servilismo fake.