Adivina, adivinanza…

Adivina, adivinanza… Esta entradilla me retrotrae a la niñez, a esos tiempos en que la realidad desparecía tras unas manos o un pañuelo, simplicidad de respuestas y miles de preguntas. En la medida que crecemos nos parece ir comprendiendo el mundo, dejamos de creer en lo simple, porque todo nos resulta extremadamente complejo y complicado, la ingenuidad da paso a la sospecha y nos obsesionamos con sumar una experiencia tras otra, sin tiempo para interiorizarlas, aferrándonos a verdades absolutas que nos liberen de este sentirnos atados a la realidad. Ken Robinson solía decir que al dejar atrás nuestra infancia también abandonamos la creatividad, cada vez nos duele más que lo otro nos transforme, como si el proceso de madurez personal conllevara la pérdida de la percepción creativa del mundo y de la realidad, como si al crecer dejáramos de creer en la posibilidad de lo nuevo.

Hay, sin embargo, una parte de nuestras búsquedas infantiles que queda adherida a nuestra condición adulta, el gusto por la adivinanza. Pareciera que anheláramos seguir creyendo que las cosas se esconden con simplicidad ante nuestros ojos, que hay sentidos ocultos para lo incomprensible, que al cubrir nuestro rostro con las manos conseguimos realmente aislarnos y desaparecer de este eón que no podemos o no queremos aceptar. Crecemos, pero seguimos apegados al juego de la adivinanza, intolerantes para lo que escapa de nuestro entendimiento, una búsqueda obsesiva de todas las respuestas, que suele llevarnos a olvidar hacer las preguntas adecuadas.

Como un niño que no admite el callejón sin salida de la adivinanza, incapaces de descubrir los juegos de palabras que la vida nos pone por delante, convertimos esa zona de realidad desconocida en un misterio, capaces de vender la propia alma por desentrañarlo, evitando adentrarnos en los dédalos que puedan acercarnos a conocer lo que se nos esconde. Queremos saber, disponemos cualquier atajo para alcanzar lo desconocido, aunque para ello tengamos que anular los más obvios engranajes de nuestro modo de conocer las cosas. Queremos poder ver, necesitamos poder ver, asegurar las opciones de nuestras decisiones, obtener seguridad e hilo de certeza en las madejas de la vida.

Y cuando lo conseguimos, nos hacemos habitantes sedentarios de las respuestas arrancadas al futuro. Pero habremos vendido nuestra alma creativa, intercambiada por el embrujo de la paz personal. Son las casas que construimos, las tiendas que plantamos, las sillas que ocupamos, los dogmas que abrazamos, para evitar los enigmas de cada cruce de caminos, para tranquilizar la errante conciencia de la libertad.

La vida nómada del espíritu, sin embargo, se rebela frente a las cadenas de la adivinanza, al deseo de apuntalar las decisiones. Es el nomadismo de la vida a la intemperie, invitados a ser inspiración, creativa presencia. Es el nomadismo de la trascendencia, de quien se fía sin necesidad de ver y tocar, de quien levanta sus tiendas, de quien baja de las cumbres, de quien pisa fuerte un presente que no necesita más seguridad que la propia confianza. ¡Cómo no recordar aquellos versos que Machado escribió hace más de cien años:
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

El orden de los factores

Desde niños hemos aprendido que el orden de los factores no altera el producto. Cuando maduramos nos damos cuenta de que no siempre es así, y hay ciertos modos de ordenar las cosas que cambian por completo el sentido y la relevancia que tienen para nosotros. Me ronda desde hace unos días uno de esos cambios de orden que alteran profundamente el producto. Del sabes lo que necesito al sabes que lo necesito. El orden de solo dos pequeñas palabras traslada la fuerza y la responsabilidad de la frase, y nos da una pista imprescindible para aquello tan necesario como huidizo que es la aceptación.

Sabes que lo necesito. Lo que parece un inocente cambio de orden trastoca todo el sentido de la oración. El foco de atención ya no está en el otro sino en uno mismo. De la necesidad se pasa al deseo, y no se tiene reparo alguno en mostrarlo y exigirlo, reclamando que el otro no solo lo conozca sino que responda a mi deseo en el tiempo y el modo que yo quiero, que creo necesitar. La súplica evita el encuentro, ya no importa tanto lo que el otro sabe de mi necesidad, solo es importante que conozca mi deseo, mi carencia no integrada, aquello que me convierte en indigente de una atención que se desvía del ser para hacer hogar en los diferentes modos de estar. La necesidad surge de la carencia, pero no siempre se integra en emoción, como afirmaba Maslow, a veces la respuesta a la necesidad se trastoca en deseo, solución urgente e inmediata a la carencia, sin la reflexión de la conciencia. Platón lo describe con maestría en su diálogo El banquete, cuando Sócrates hace ver a Agatón que el deseo nace de la necesidad cuando no se tiene lo que se desea, y es así como nos volvemos profundamente infelices.

Sabes lo que necesito, salmo 139. Nos abre a un espacio de confianza y de respeto. En el encuentro con el otro, y con Dios, hay una sabiduría intrínseca al mismo que es fundamento y sentido de su crecimiento y oportunidad. El deseo da paso a la necesidad, las palabras al conocimiento, no hace falta rebuscar expresiones que condicionen el diálogo del encuentro, a la presencia empoderada en el amor le basta con saberse, estar ahí, reconocerse. Y esa guía del corazón aprende a integrar mis necesidades y las del otro, a ver mis carencias y las del otro, sin trampa ni cartón. No ha llegado la palabra a mi boca, y ya te la sabes toda. Sondeo de los sentimientos que nos sitúa en un espacio sin condiciones, en el que no impongo mis necesidades, tan solo las reconozco y las respeto, incluso si el encuentro contigo no las cubre, sobre todo si ese encuentro no las abriga, porque sabes darme lo que necesito.

Orgullo y prejuicio

Las religiones del Libro comparten como relato originario la sencilla historia de un pecado que ha marcado todos los escenarios e interpretaciones en las que el ser humano se ha sentido necesitado de poder. La soberbia suele venir disfrazada de noble aspiración, y aunque son las tradiciones religiosas las que mejor la han identificado, ni es exclusiva de las mismas ni han quedado exentas de su fuerza envolvente. Nuestra condición humana viene marcada por la necesidad de controlar las posibilidades y las opciones que la vida nos ofrece. En ese esfuerzo, que es siempre asimétrico, no faltan las justificaciones, unas veces para tranquilizar la conciencia, siempre tan incomodante, otras para indagar nuevos caminos de autoafirmación.

Esa soberbia que nos condiciona viene, por lo general, vestida de orgullo. Nos empodera de argumentos desde los que sondeamos la realidad, la hacemos nuestra a base de apoderarnos de su sentido para no perder el protagonismo que creemos tener en los acontecimientos que nos sorprenden, pero en los que no nos queremos dejar sorprender. Esa es su fortaleza, disfrazada de autoafirmación, de una superación personal engañosa, ya que necesitamos mantener el control y buscar justificaciones al deseo de supervivencia, tan humano, tan globalizante. El orgullo es, por eso mismo, interpretado como símbolo de carácter, de resistencia ante lo que no somos, nos hace dioses de nosotros mismos en una autorreferencialidad que escapa a la duda, reduce todo a la visión propia de la realidad, sin espacio para la crítica, para el otro, para la pluralidad. El orgulloso debe acostumbrarse a amar la soledad, dice Amado Nervo, porque los orgullosos siempre se quedan solos.

Soberbia y orgullo son los padres del prejuicio. La soledad de la que han hecho casa y condición altera la imagen del resto de las personas, de sus pensamientos y aportaciones, pero también de sus debilidades y errores; hace pasar todo lo que no son ellos mismos tras el perfecto cristal de su mirada. Es un hijo que hace ley de su afán destructivo, porque es incapaz de construir conjuntamente, porque ha endurecido la piel de sus sentimientos, ha relativizado los valores universales para adaptarlos a su propia impresión de lo que debe o no ser vivido. Triste época la nuestra, en la que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio, se lamentaba Einstein. El prejuicio secuestra nuestros espacios de sentido, nos hace creer que todas las respuestas, y todas las preguntas, están ya en nosotros, nos embarca en conquistas para las que solo hay una bandera que defender, traza fronteras frente a todo lo que considera extraño, emprende caminos circulares en los que nunca encontrará más compañía que sus propias verdades.

Cuando nos vemos atrapados en esta triste familia no es fácil escapar a sus apelaciones de sensatez, de falso realismo, a sus interpretaciones de las relaciones humanas, siempre mediatizadas por la sospecha de que perderemos nuestra identidad si no defendemos lo que nos es propio. Nos embauca con cantos que reclaman una armonía en la que no hay lugar para la disonancia ni la diferencia. Casi sin darnos cuenta, se apodera de esos vacíos que esperan ser ocupados por lo que no somos nosotros, se apropia del no saber y del asombro iniciático. Nos envuelve en sus mágicas palabras, fáciles de entender y de aceptar; nos hace cómplices de sus aprensiones, desconfiados por principio, incapaces de lo radicalmente otro. Cuando nos apresa, todos los argumentos se reducen al absurdo, nos hace incluso capaces de defender posturas que dividen y separan, todo en beneficio del propio interés, de una paz interior que vive envuelta entre los algodones de la indiferencia.

La historia está poblada de personas que han hecho del orgullo su opción vital, también lo está nuestra propia historia personal, tantas veces en el equilibrio entre lo que pretendemos que nos defina por nosotros mismos y lo que nos define desde aquellos con los que vivimos. Dejamos perder el presente en el que ser, lo cambiamos por seguridades de un pasado estable o por lo inesperado de un futuro que soñamos perfecto y completo. Nos aferramos a ideas que, aunque equivocadas, hemos construido con nuestro propio esfuerzo, para juzgar cualquier pieza que parezca no encajar en ese puzzle de perfección en el que nos refugiamos.

He tomado prestado el título de este post del de una conocida novela de Jane Austen, que comienza diciendo, Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa. Nuestra fortuna y nuestra soltería necesitan desposarse con las ideas, los pensamientos, sentimientos, experiencias, fortalezas y debilidades de las otras personas, aunque nuestro orgullo nos lo impida, aunque su vocecita interior nos susurre que es preferible la soledad a las complicaciones que surgen del encuentro y del diálogo, que mi forma peculiar de vestir y de pensar me define ante los demás mejor que esas modernas manías de confundirme con el entorno. Nos gusta ser Juan Palomo, pero en una forma de mismidad que nos hace infecundos, sosegados habitantes de unos principios que tallamos en piedras con ansias de eternidad.

El prejuicio, el orgullo, la soberbia, nacen en el mismo centro del paraíso, allí donde hemos decidido dejar de ser parte para ser el todo.