Hacer lo que quiere el padre

Las parábolas son mensajes de contradicción, en una de ellas Jesús plantea una pregunta, ¿qué hijo hizo lo que quería el padre? Por contextualizar: un padre pide a dos de sus hijos ir a trabajar a su viña, uno le dice que no va a ir pero finalmente recapacita y va, el otro le dice que irá pero después se queda en sus cosas y no va. Los que escuchan a Jesús, y nosotros mismos, tienen claro que es el primero quien hace lo que el padre quiere. Pero no deja de ser un dilema con no fácil respuesta.

A veces el deseo del padre es recibir lo que quiere escuchar, nos instalamos entonces en la mentira colectiva del “te cuento lo que quieres oír”. Es sencillo entonces contentar al padre, léase aquí a todo aquel que quiere algo de otro, a quien pronuncia un mandato, a quien da su confianza,… No importa ya el resultado de mis acciones, es suficiente para dar la sensación de cumplimiento con que me exprese con vehemencia, pronuncie palabras que no desentonen, evite el conflicto y, después, una vez fuera del alcance del padre, haga lo que yo realmente quiero. Hay padres que solo buscan la aprobación inmediata de sus deseos, al igual que hay hijos que viven en un permanente vacío de compromiso.

Estamos cansados de palabras huecas, queremos hechos más que palabras, y nos engañamos, porque la facilidad de las palabras es capaz de llenar mensajes y justificar proyectos, quién va a reclamarnos después la falta de cumplimiento, sobre todo cuando es el mismo padre el que se contenta con un compromiso instantáneo y vacío.

Pero vivir en esta cambiante expresión es indignante. Lo sufrimos en todo, más sangrante aún cuando se trata de ese mandato que como pueblo hacemos a nuestros políticos, nosotros como padres y ellos como hijos. Nos hemos acostumbrado tanto a las promesas vacías que cuando llega el momento de verlas incumplidas los sentidos se han adormecido, anulando incluso nuestra capacidad de respuesta. Los últimos días soy testigo directo de ese no hacer lo que dice el padre, ese juego con las palabras y los talantes, ese permanente llamamiento al diálogo y al consenso que acaba muriendo en el lodazal de la ideología, esa defensa de la libertad que solo lo es cuando va en una única dirección y responder a los propios intereses.

Malo es el hijo que no hace lo que quiere el padre, peor es el padre que se conforma con la primera palabra del hijo, con la promesa vacía, con el oído regalado, con el andrajoso espacio de los posibles. Porque ese padre acabará aceptando ese mínimo de orgullo que le haga pensar que todo va bien, que, al menos por un momento, el hijo hace lo que dice el padre.