Promesas a la intemperie

Vivir a la intemperie es aceptar que no hay muros que nos resguarden de la memoria ni certezas que garanticen el cumplimiento de los propósitos. Cada cambio de ciclo nos expone al vértigo de lo incierto y a la tentación de las promesas. Nietzsche definió al ser humano como “el animal capaz de hacer promesas”. Tal vez nuestra mayor insolencia consista en seguir escribiendo futuros en la arena, confiando en que esta vez será distinto, mientras olvidamos que la arena siempre pertenece al viento y que las promesas habitan, inevitablemente, el territorio de lo cambiante.

Frente a la belleza de la definición de Nietzsche, Dostoyevsky ofrece una más descarnada: “El hombre es un ser que se acostumbra a todo”. Prometemos incluso en medio del derrumbe, porque sabemos adaptarnos al dolor, a la rutina, a la pérdida de sentido. Esa capacidad de acostumbrarnos es también la antesala de la humillación, de la servidumbre voluntaria, de una educación orientada a obedecer, a tolerar lo intolerable, a conocer bien los límites para no traspasarlos.

Esa elasticidad nos salva y, al mismo tiempo, nos condena. Nos permite sobrevivir en la jungla de lo cotidiano, pero nos vuelve dóciles ante la injusticia que debería estremecernos. Entre la promesa que nos impulsa y la costumbre que nos amordaza se despliega la paradoja de lo humano.

Camus añade otra capa incómoda: “Un hombre es simple presa de sus verdades”. Quizá por eso la intemperie resulta tan difícil de sostener. Nos obliga a cargar verdades que no siempre elegimos y a guardar silencios que pesan más que las palabras. Convertimos entonces las promesas en refugio frente a esas verdades, aunque sean frágiles, aunque el viento las borre. Aprendemos a vivir con heridas abiertas, cubiertas por palabras que se presentan como certezas, saturadas de nuevas promesas. Somos, efectivamente, seres elásticos.

Heidegger nos recuerda que “el hombre es un ser de lejanías”. Vivimos proyectados hacia lo que aún no existe, hacia aquello que intuimos sin llegar a alcanzar. Esa distancia nos salva del encierro, pero también nos condena a la nostalgia. Somos peregrinos de lo posible, caminando entre promesas que nos sostienen y verdades que nos hieren.

No hay manual para resolver esta tensión. Nos dirán que la creatividad nos protege de la incertidumbre, que en tiempo de tormenta lo sensato es encontrar refugios y acostumbrarse al ruido de los truenos. Pero quizá ser humano consista en no renunciar a la intemperie, en resistir la tentación de las promesas vacías, de las palabras que se disfrazan de verdad, y en sostener la esperanza sin entregarnos a la anestesia de la adaptación.

Por eso no hago propósitos de Año Nuevo. No como gesto de cinismo, sino por opción de lucidez. Porque desconfío de las promesas que tranquilizan más de lo que comprometen y de las palabras que prometen sentido a cambio de obediencia. Prefiero cuidar esa parte de mí que no se adapta tan rápido, que no se consuela con consignas, que no necesita motivación para hacerse responsable.

Cuidar esa parte estable y confiable de mi yo emocional, de mi yo que decide, que se responsabiliza, que es capaz de amar. Esa parte que no necesita prometer para tranquilizarse, sino que elige comprometerse: promesas que no nacen del miedo a lo incierto, sino de la fidelidad a la verdad; promesas que no buscan refugio, sino que aceptan —con todas sus consecuencias— seguir viviendo a la intemperie.

La poética de la educación

Cuando el poeta Saint-John Perse leyó su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura resaltó el valor de la poesía, espacio para resistir ante la intolerancia y educar en el asombro, porque poeta es aquel que rompe para nosotros la costumbre. Perse llama así la atención sobre la dimensión poética de la educación, nos invita a alejarnos de los espacios comunes de la existencia para hacernos ciudadanos de la armonía.

El tiempo del desafecto por los procesos concibe la ciega confianza en los programas, poblados de reiteración de ideas y éxitos del pasado, más como respuesta a la necesidad de cumplir expectativas e indicadores que como interpretación del momento presente. Se ha establecido una dictadura pedagogicista que se acomoda y diseña desde la prudente distancia, desde la búsqueda de seguridades, pero evitando las crisis debidas a la frustración, afianzándose en valores eternos e inmutables.

Educar, sin embargo, tiene más de proceso de encarnación, identificación con la realidad que educa, tanto de los alumnos como de la sociedad. El entorno educativo debe impregnar de tal modo los espacios pedagógicos y pastorales, que nada les sea ajeno. Pero suele ocurrir que tanto el sistema como los modelos de aprendizaje quedan atrapados constantemente en la red de la costumbre y la repetición. En no pocas ocasiones sentimos que la educación tiene más que ver con una lección histórica, un recordar y transmitir sabencias pasadas, que con un proyecto de futuro que cambie la inercia de las programaciones y humanice los tránsitos vitales. No siempre la historia es maestra de la vida, a veces la polariza, enquista su dinámica evolutiva y anestesia nuestra capacidad de transformación.

Educar tiene, por tanto, mucho que ver con acompañar en el presente, a aquel que no hace costumbre la mera vecindad, que no se confía en los conocimientos adquiridos por contacto, o por inercia histórica, sino que pone bases de aceptación para acoger y cuidar al otro, convertido así en espacio de referencia fundamental. Es entonces cuando la educación necesita la poesía del otro como hogar originario, en definición del filósofo checo Jan Patočka, porque su existencia complementa los saberes transmitidos y los actualiza a un horizonte de sentido.

En esos intersticios, en los que la educación danza con la vida real, es donde se impone la necesidad de la creatividad, la ruptura de la costumbre, sin enigmas ni trampantojos que perpetúen tradiciones bienintencionadas. Educadores creativos, portadores de novedad, intérpretes de la realidad y del mundo, no meros imitadores, ni vendedores de seguridad. La creatividad se nos muestra como la capacidad fundante para completar los fragmentos rotos de la realidad, es la poética de la vida. Y la labor educativa, una vez liberada de la tentación del eternalismo, es capaz de descubrir esos espacios entre los fragmentos rotos necesitados de acompañamiento, para habitarlos de asombro, que no es sino el comienzo de la sabiduría y el conocimiento. La verdadera innovación educativa está llamada a romper la inercia de la costumbre, a evitar los paradigmas fractales, a ahuyentar los arraigos. Solo así alcanzaremos a comprender que educar es una tarea poética.