Brújulas para la intemperie

Hay una línea muy fina entre enfrentarnos a lo que nos amenaza y acabar imitándolo. Entre resistir y deformarnos. Habitamos un mundo lleno de cosas que no entendemos, situaciones que nos repelen, batallas a las que nadie nos invitó, pero que, aun así, hacemos nuestras. En todos los monstruos que nos visitan se refleja algo de lo que somos. Nietzsche dijo:«Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo». No es una simple metáfora, sino un aviso junto al precipicio: el combate prolongado, cuando se libra sin vigilancia interior, termina por desfigurarnos.

Es entonces cuando aparece el miedo, amenazando con arrastrarnos a un caos de sinsentido. Pero el miedo es un lenguaje. Si aprendemos a escucharlo con honestidad, podremos descifrar, entre sus balbuceos, un mensaje esencial: «ahí hay algo que importa». El miedo no solo señala peligros, señala umbrales. Por eso necesita ser acogido, pronunciado, incluso abrazado. No como enemigo, sino como maestro de la vida. Solo así los monstruos que nos inmovilizaban se adelgazan, mudan de piel, dejan de exigir exorcismos para reclamar encuentros.

La advertencia de Nietzsche apunta al método preferido de los monstruos: colonizar nuestras capacidades. Si combatimos desde la ferocidad, la ferocidad nos modela; si respondemos al desprecio con desprecio, nos endiosamos con la misma pobreza de espíritu que criticamos. Convertirse en aquello que se combate es siempre una derrota maquillada de victoria. Solo resistimos ese contagio cuando aceptamos que ningún fin reconcilia cualquier medio, y que ninguna victoria justifica la pérdida del alma. Elegir cómo vencemos es, quizá, lo más decisivo de la victoria.

Los mapas medievales, allí donde el territorio era inexplorado o peligroso, advertían: «Hic sunt dracones» —aquí hay dragones—. Toda navegación auténtica conlleva incertidumbre: un océano abierto donde la vida se vuelve impredecible. Sin embargo, no son pocas las veces en que, por miedo a la intemperie, intentamos controlar el mar fabricando una pecera: agua limpia, oxígeno controlado y un horizonte cómodo de cristal.

Los monstruos de esa intemperie nos ponen en guardia, activan el miedo, desorientan la brújula. Pero cuando miramos con más atención los nuevos mapas que se nos presentan, descubrimos que lo monstruoso tiene rostro y huellas reconocibles: una pérdida no llorada, una culpa sin nombrar, una mentira sobre la que hemos construido la vida, alguien a quien descartamos, una injusticia que ya no nos escandaliza. No hay demonios, sino dolor.

Por eso se hace necesario recalibrar la brújula. Volver a ser memoria, presencia y promesa. Pasar del rechazo al encuentro. Mirar sin odio y actuar sin venganza. Mantener la distancia justa para que los dragones no nos devoren, y la cercanía justa para no deshumanizarnos. El encuentro convierte a adversarios en interlocutores, heridas en lugares de sentido, límites en bordes fértiles. Ahí empieza lo nuevo.

No hay conquista duradera de monstruos sin alianzas. Sin otros que nos recuerden quiénes somos cuando el miedo nos achica. Sin manos que retiren las armas que ya no necesitamos, sin voces que nombren nuestra tentación de ferocidad cuando empezamos a parecernos demasiado a aquello que decimos combatir.

Hay una cita de Chesterton que nos abre una ventana a la esperanza:«Los cuentos de hadas son bien ciertos, no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos». No se trata de negar al monstruo, sino de recordar que no tiene la última palabra. Entre Nietzsche y Chesterton se dibuja el mapa de una vida plena: una travesía en la que no vencemos para agrandarnos, sino para comprendernos: para entrar, un poco más, en el misterio que somos —y para el que somos—.

La esperanza que invoca Chesterton no es ingenua ni absurda: es la sabiduría de quien se sabe redimido en lugar de condenado. Ciertamente, hay dragones, pero pueden ser vencidos sin traicionar nuestra forma más bella de estar en el mundo. Porque la manera en que luchamos será parte inseparable del resultado.

Quizá el fracaso más grave no sea perder contra los monstruos, sino ganar pareciéndonos a ellos. Salir ilesos por fuera y devastados por dentro. Vencer sin rebajar la verdad, sin vender la ternura, sin traicionarnos. Vencer sin que el triunfo nos arranque el corazón que pretendemos salvar. Tal vez la pregunta decisiva no sea si venceremos, sino qué quedará de nosotros cuando lo hagamos.

Promesas a la intemperie

Vivir a la intemperie es aceptar que no hay muros que nos resguarden de la memoria ni certezas que garanticen el cumplimiento de los propósitos. Cada cambio de ciclo nos expone al vértigo de lo incierto y a la tentación de las promesas. Nietzsche definió al ser humano como “el animal capaz de hacer promesas”. Tal vez nuestra mayor insolencia consista en seguir escribiendo futuros en la arena, confiando en que esta vez será distinto, mientras olvidamos que la arena siempre pertenece al viento y que las promesas habitan, inevitablemente, el territorio de lo cambiante.

Frente a la belleza de la definición de Nietzsche, Dostoyevsky ofrece una más descarnada: “El hombre es un ser que se acostumbra a todo”. Prometemos incluso en medio del derrumbe, porque sabemos adaptarnos al dolor, a la rutina, a la pérdida de sentido. Esa capacidad de acostumbrarnos es también la antesala de la humillación, de la servidumbre voluntaria, de una educación orientada a obedecer, a tolerar lo intolerable, a conocer bien los límites para no traspasarlos.

Esa elasticidad nos salva y, al mismo tiempo, nos condena. Nos permite sobrevivir en la jungla de lo cotidiano, pero nos vuelve dóciles ante la injusticia que debería estremecernos. Entre la promesa que nos impulsa y la costumbre que nos amordaza se despliega la paradoja de lo humano.

Camus añade otra capa incómoda: “Un hombre es simple presa de sus verdades”. Quizá por eso la intemperie resulta tan difícil de sostener. Nos obliga a cargar verdades que no siempre elegimos y a guardar silencios que pesan más que las palabras. Convertimos entonces las promesas en refugio frente a esas verdades, aunque sean frágiles, aunque el viento las borre. Aprendemos a vivir con heridas abiertas, cubiertas por palabras que se presentan como certezas, saturadas de nuevas promesas. Somos, efectivamente, seres elásticos.

Heidegger nos recuerda que “el hombre es un ser de lejanías”. Vivimos proyectados hacia lo que aún no existe, hacia aquello que intuimos sin llegar a alcanzar. Esa distancia nos salva del encierro, pero también nos condena a la nostalgia. Somos peregrinos de lo posible, caminando entre promesas que nos sostienen y verdades que nos hieren.

No hay manual para resolver esta tensión. Nos dirán que la creatividad nos protege de la incertidumbre, que en tiempo de tormenta lo sensato es encontrar refugios y acostumbrarse al ruido de los truenos. Pero quizá ser humano consista en no renunciar a la intemperie, en resistir la tentación de las promesas vacías, de las palabras que se disfrazan de verdad, y en sostener la esperanza sin entregarnos a la anestesia de la adaptación.

Por eso no hago propósitos de Año Nuevo. No como gesto de cinismo, sino por opción de lucidez. Porque desconfío de las promesas que tranquilizan más de lo que comprometen y de las palabras que prometen sentido a cambio de obediencia. Prefiero cuidar esa parte de mí que no se adapta tan rápido, que no se consuela con consignas, que no necesita motivación para hacerse responsable.

Cuidar esa parte estable y confiable de mi yo emocional, de mi yo que decide, que se responsabiliza, que es capaz de amar. Esa parte que no necesita prometer para tranquilizarse, sino que elige comprometerse: promesas que no nacen del miedo a lo incierto, sino de la fidelidad a la verdad; promesas que no buscan refugio, sino que aceptan —con todas sus consecuencias— seguir viviendo a la intemperie.

Nombrar para no extraviarse

En el libro del Génesis, el primer oficio humano es sencillo y trascendental: poner nombre. En lugar de conquistar territorios o levantar muros, recibe el encargo divino de pronunciar la creación. Cada palabra inaugura un vínculo con la realidad. También nuestra biografía comienza así: balbuceamos sílabas y el mundo, indulgente, se inclina para dejarse bautizar con torpes nombres. Algunas familias guardan esas primeras denominaciones infantiles como reliquias, pequeñas contraseñas de intimidad que solo cobran sentido en la calidez de las cercanías.

Nombrar es más que etiquetar: es tocar la realidad, impedir que nos sea ajena. Es la tentativa de comprimir la vida en un trazo de palabra que permita habitarla. Pero la hospitalidad del mundo tiene un límite. Crecemos, y la realidad nos devuelve la exigencia de precisión y de coherencia. Aquella naturaleza que reía con nuestros intentos infantiles ahora reclama que lo dicho sea verdadero, o al menos responsable.

Carl Gustav Jung advertía: “Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”. Nombrar lo oscuro no lo disuelve, pero le arrebata el privilegio de actuar en secreto. Poner en palabras miedos, culpas o deseos no es magia, sino cartografía emocional. El lenguaje, cuando no se rebaja a ser propaganda, dibuja mapas suficientemente honestos como para no caminar a ciegas.

Más tarde, la terapia narrativa de Michael White y David Epston enseñó que al nombrar los problemas los externalizamos, evitando confundirlos con nuestra identidad. Surge así un margen inédito para elegir.

También Lacan habla del nombre, y afirma que el amor es siempre amor de nombre. Llamar a alguien por su nombre es decirle: no eres intercambiable. La exactitud amorosa nombra sin poseer, separa al otro de la masa de los parecidos y de nuestras proyecciones. También aquí late una ética de la intemperie: resistir la tentación de reducir al otro a una función, a un adjetivo, a una herida. El buen nombre —el que no captura ni domestica, el que se pronuncia a cielo abierto— crea espacio para el misterio.

Massimo Recalcati subraya: “El nombre era el resto melancólico que la obligada vivencia del duelo no lograba disolver”. Nombramos las pérdidas para soportarlas sin desaparecer con ellas. Repetimos ciertos nombres para recordar que en ellos hubo vida, promesa, conversación. Otros, en cambio, los borramos compulsivamente, como si el silencio pudiera excusarnos del dolor. Ambos gestos participan de la misma lucha: significar una ausencia que insiste en formar parte de nuestras vidas.

Sería ingenuo pensar que siempre nombramos desde dentro. Muy pronto la sociedad ofrece —y a veces impone— su catálogo de nombres, etiquetas, oficios y métricas. El currículo, el historial clínico, la estadística, el algoritmo: fábricas de nombres. Cada rótulo trae consigo una mirada del mundo y un modo de organizarnos en él. Aceptamos muchos de estos sellos para seguir perteneciendo. Y, con el tiempo, olvidamos aquellos nombres que inventamos de niños, cuando nuestra creatividad recién estrenada bautizaba las cosas a su manera.

Nombrar no es inocente. Tampoco lo es callar. Los nombres nos hacen promesas, aunque muchas veces dejan fuera algo de nosotros mismos. Hacen posibles muchas vidas, pero también clausuran otras. Aprendemos pronto que la realidad no se resume en palabras tan fácilmente.

Tal vez por eso, conservamos algunos nombres en nuestra intimidad, como brújulas secretas que nos orientan cuando el paisaje se vuelve inhóspito. A veces los compartimos, y el nombre se vuelve contraseña de amor o de amistad. Pero cuando esos nombres se pronuncian desde la traición, es mayor: pocas cosas desnudan tanto como escuchar en boca ajena el nombre que era símbolo de confianza. Incluso en ese dolor se revela que el nombre es presencia: sitúa, expone, compromete.

Nombramos también lo invisible: la fe, el deseo, el silencio, el vacío. Mal usadas, las palabras profanan; bien usadas, custodian. La espiritualidad no huye de los nombres, pero tampoco se refugia en ellos. Nombrar demasiado pronto mata el misterio; callar siempre lo disuelve. El arte está en elegir la palabra adecuada, el momento preciso y la medida justa. Hay silencios cobardes y silencios fértiles; palabras que abren como una llave y palabras que clausuran como candados.

Recuperar la capacidad de nombrar —con rigor y ternura— es un acto de resistencia. No para negarlo todo, sino para no vivir sometidos a etiquetas que otros nos asignan junto con instrucciones de uso. Quien nombra, manda. Hoy también la tecnología ha entrado en esa liturgia: los algoritmos nos bautizan sin ceremonia ni consentimiento, reduciendo nuestra complejidad a patrones de consumo y probabilidad.

A veces, para ver de verdad, hay que aventurarse a quitar etiquetas. Desnombrar no es renunciar a la verdad, sino despejar la mirada: limpiar los nombres gastados que ya no significan nada y permitir que algo se presente sin guion. La intemperie pide ese coraje: salir sin paraguas de palabras que nos excusan de pensar. No se trata de “no juzgar” en abstracto, sino de juzgar con piedad y precisión, sabiendo que la realidad siempre excede nuestros moldes.

La vida humana que comenzó nombrando lo visible y lo invisible terminará olvidando casi todos los nombres. Quedará el gesto, la memoria afectiva de lo que fue amado, un puñado de sílabas esenciales. Tal vez baste con eso: concentrar la existencia en unos pocos nombres verdaderos —“gracias”, “perdón”, “aquí”, “tú”— y dejar que el resto se evapore sin rencor. El mundo se irá apagando a medida que se borren los nombres que le pusimos, pero quizá la última luz sea, precisamente, reconocer con humildad que la realidad nunca nos perteneció, que solo fuimos huéspedes con derecho a pronunciarla desde el cuidado.

Nombrar es crear y, al mismo tiempo, desposeerse. Decir bien es no poseer del todo. Ahí comienza una espiritualidad sin refugios: en la intemperie de una palabra que no captura pero acompaña, que no cierra pero sostiene.