Salvar lo que se ama

Pocos problemas han generado en la historia una respuesta tan global como esta lucha contra el coronavirus. Ciertamente hay muchas incógnitas por resolver, incluidas las sospechas sobre la capacidad que tendremos para promover soluciones y actuaciones que no generen nuevas desigualdades. Con la experiencia actual soy poco optimista en este aspecto. Porque más allá de compartir datos, que en muchos casos sabemos cocinados, no estamos actuando con la solidaridad y la unidad que debería esperarse de una humanidad capaz de afrontar peores guerras. Cuando finalmente habíamos detectado los peligros del individualismo, a todos los niveles, ha llegado esta pandemia a obligarnos a guardar distancias, proteger nuestros encuentros, mirar por uno mismo y confinarnos.

En la película Los últimos Jedi Rose Tico le dice a un atribulado Finn, «Así es como ganaremos, no luchando contra lo que odias sino salvando lo que amas». Tal vez no sea una cita muy erudita, pero es buena e intensa, abre un espacio de posibilidades. La lucha personal, sanitaria y política contra el coronavirus nos ha envuelto en una nube de odio, a todos los niveles. Odiamos las palabras con que intentamos definir la nueva situación, odiamos a quienes gestionan las decisiones, y las decisiones mismas, odiamos también los cambios a los que nos vemos obligados, y odiamos a quienes no cumplen con las normas, a quienes pasean su inconsciencia colectiva, a veces incluso a quienes enferman. Compartir semanas confinados con quienes creíamos amar sin fisuras también nos ha descubierto las fragilidades y debilidades de la convivencia, y hemos acabado odiando a quienes ni lo merecen ni se lo ganaron.

Las guerras tienen comienzos difusos y finales inciertos. Ni siquiera el paso del tiempo acaba de aclararnos por qué empezó un conflicto, pero tampoco el paso del tiempo soluciona los odios ni cierra las heridas, a pesar de esas máximas buenistas que nos invitan a confiar en la justicia del tiempo. Una vez comenzamos a odiar no es difícil olvidar las construcciones de paz que tanto costó levantar, participamos en esa ceguera colectiva que se niega a ver lo positivo y a reconocer espacios de encuentro.

Odiar no es un acto gratuito, deja marcas que nada borrará, emplea ardides que cambiarán para siempre nuestros deseos de bondad, incapacita para la vida, nos destierra de la trascendencia. Cuando odiamos el presente que vivimos, abrimos una brecha con el pasado que nos constituye y con la potencialidad del futuro. No podemos ganar esta guerra desde el odio por lo que estamos perdiendo, no podemos superarla eliminando lo que nos ataca, lo que cambia nuestra realidad. ¡Ay!, esa realidad que odiamos en la misma medida en que echamos de menos lo que antes nos ataba a ella.

Para vencer necesitamos salvar lo que amamos. El primer paso es sencillo, identificar lo amado, porque solo el amor alumbra lo que perdura, y en lo amado encontramos universos de sentido que hacen buenas las palabras y los gestos con que edificamos cada espacio vital. El segundo paso es más complejo, amar lo que no entendemos, lo que no aceptamos, lo que nos descoloca. Para construir esta dislocada existencia es preciso integrar los fracasos y unificar el deseo, identificar los porqués y hacerlos proyecto de vida.

Hay que salvar lo que se ama para que podamos salvar nuestra capacidad de amar, para evitar que los odios se conviertan en intolerantes guardianes de nuestras futuras decisiones. Salvar lo que se ama es reconocer lo que nos ayuda a integrar y a crecer, resguardar lo que nos abre al sentido trascendente de la vida, acoger y besar cada pedazo roto de nuestra existencia porque merece la pena hacerlo propio y ponerle nombre. Es una salvación que llega a cada modo en que vivimos, que rescata todos los cómo, sin moralinas, con entereza, porque «quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo» (Nietzsche citado por Viktor Frankl, esta sí es una cita más erudita).

Lo que se pierde

Solemos darnos cuenta del valor de lo amado cuando lo perdemos. Sentir se convierte entonces en laberinto descomunal que nos extravía de lo vivido, devolviéndonos a lugares comunes, sabidos, en los que la seguridad y la comodidad compiten por hacerse con el control de nuestros sentimientos, engañando, si es posible, a ese común sentido del realismo. Lo que se pierde viene a ser una prueba de verdad, de compromiso; nos obliga a profundizar en el sentido último de las cosas; nos sitúa ante las razones olvidadas y frente a las excusas eternamente invocadas.

A veces, más que perder, nos perdemos. Y pretendemos que así se nos ame más, y que el gran borrador que es el tiempo, borre y olvide errores que no debieron ser. Nos perdemos, jugamos a no dejar huella para vender como frescas las flores marchitas de la pereza. Nos perdemos, echamos cerrojos sobre los viejos espacios descuidados de nuestras vidas. Nos perdemos, conjuramos recuerdos para que lo que fue mentira se entienda como verdad.

En cada pérdida, sea de otros o nuestra propia, nos sorprende el enigma de la vida, ¿por qué es necesario perder para aprender?, así nos lo enseñaron desde niños, y sigue siendo difícil entenderlo; ¿dónde está el fondo de lo perdido?, hay quien empezó a caer en barrena hace años, sin encontrar en sus pérdidas lo amado; ¿qué tipo de amor es ese que espera a la pérdida para mostrarse más auténtico?, me cuesta llamarlo amor si tiene que nacer de la carencia.

En los últimos días he perdido a dos amigos, Begoña y David. No tenía una relación asidua con ninguno de ellos, en realidad cada uno vino a mi vida en momentos y circunstancias muy diferentes. Llegó y pasó. De algún modo mantuvimos esa relación de los descuidos, la que nos obliga a ser educados y conservar amigos, compartir en fechas especiales breves mensajes y recordar con cariño los momentos que nos unieron. Los dos han influido mucho en mí, cada cual a su manera, y solo ahora que los siento en la pérdida, soy consciente de ello.

A Begoña la conocí en 2013, nos habían pedido a ambos que participáramos en el Congreso de Escuelas Católicas de Valladolid, era cosa de poco, plantear algunas preguntas a Juan Carrión tras su ponencia, unos meses antes nos mandaron datos cruzados, nos leímos mutuamente, nos interesamos…, y en solo tres días, sin más ambición que descubrirnos, sellamos una amistad sencilla, alimentada por nuestra pasión educativa por el cambio, por la libertad, por el liderazgo. A David lo conocí hace más tiempo, compartimos años de adolescencia y juventud descubriendo montañas, y enamorándonos de cosas imposibles, sin miedo a ser críticos y cuestionar los dogmas, porque la pasión por subir siempre a lo más alto modeló un compromiso por decir las cosas claras que después cada uno hemos expresado a nuestro modo.

Begoña profesora de FP, David periodista y escritor, y yo, sin saber cómo, perdido ante la grandeza de ambos. Llevo unos días calmando carencias, rescatando lo que fueron para mí, a pesar de lo efímero de nuestros encuentros, y me doy cuenta de que estas pérdidas, tan armónicamente unidas en el tiempo, han dado valor a lo amado. He perdido a Begoña y a David, y en la pérdida voy encontrando, valoro asombrado, lo que ellos amaron en mí. Pareciera que solo rozaron mi vida, un roce fortuito como tantos otros, pero me cambiaron, ¿por qué hay que perder para entender?, Begoña acompasó mi pasión y con su conversación calmada, como no queriendo decir nada, me ha enseñado a vivir el tiempo como regalo; David me enseñó a amarme como soy, a desacomplejarme, a subir siempre más alto, sin miedo. Lo que se pierde nos descubre, se nos hace regalo de vida, aunque cueste. Gracias Begoña. Gracias David.