Espiritualidad en la intemperie

Al igual que ocurre con la educación -como veíamos la pasada semana-, también la espiritualidad es tentada por la totalidad. Esa pulsión por levantar sistemas cerrados, doctrinas blindadas y caminos asfaltados sin sobresaltos. Hoy nos asalta una nueva espiritualidad que, en su afán de ofrecer certezas, se convierte en una arquitectura de certezas prefabricadas. Se presenta como respuesta antes que como pregunta, como solución antes que como misterio. Pero es precisamente la experiencia de la intemperie, y no la comodidad, la que despierta una espiritualidad verdaderamente transformadora.

La lógica de la totalidad espiritual busca protegernos del vértigo existencial. Nos ofrece un Dios domesticado, previsible y funcional. Un Dios que se acomoda a nuestras expectativas, que responde rápido, que consuela sin incomodar. Una experiencia de lo sagrado que se complace en confirmar nuestras intuiciones, en reforzar nuestras seguridades. Pero esa espiritualidad, en el fondo, es una espiritualidad sin Dios. Porque la verdadera experiencia de lo divino -como el Infinito de Lévinas- no se deja poseer. No se deja encerrar en fórmulas ni rituales. Irrumpe, desestabiliza, descoloca. Se manifiesta en el rostro del otro, en la herida, en el silencio que no se puede llenar.

La intemperie espiritual es el lugar donde la totalidad se quiebra. Allí donde las respuestas se desmoronan y solo queda la pregunta desnuda. Es la experiencia mística del desierto, del exilio, de la noche oscura. El umbral donde lo divino se revela sin intermediarios, sin decorados, sin garantías. San Gregorio de Nisa lo expresa así: “El verdadero conocimiento de Dios consiste en ver que Él es incomprensible”. No se trata de saber más, sino de saber que no sabemos. No se trata de alcanzar, sino de abrirse. No de poseer, sino de dejarse tocar por el Otro.

Habitar la intemperie espiritual es renunciar al control. Es aceptar que no hay mapas ni refugios ni promesas de éxito. Y es precisamente en esa exposición radical donde ocurre la transformación. Porque nos descentra, nos expone, nos despoja de la obsesión por controlar. Aquí, la fe no es una afirmación cerrada, sino una apertura. La oración no es técnica, sino respiro del alma. El encuentro con Dios no es un hogar definitivo, sino una herida que sana mientras hiere.

Educar el alma para vivir a la intemperie significa acompañar una espiritualidad capaz de habitar el no saber, de sostener el silencio, de resistir la tentación de la respuesta fácil. No se vive en la llegada, sino en el camino. No se enseña desde la autoridad, sino desde la fragilidad reconocida. Es una espiritualidad para el encuentro, no para la autorreferencialidad. Una espiritualidad que nos abre radicalmente al Otro, que desinstala.

La totalidad espiritual es encerramiento y mismidad estéril. La intemperie espiritual, en cambio, es apertura que permite irrumpir al Infinito. Es el espacio donde lo eterno se cuela en lo cotidiano, donde lo absoluto se revela en lo frágil.

En este contexto, me resuena la advertencia de Gustave Thibon: cuando la fe y la esperanza se secularizan y se vacían de trascendencia, se convierten en ideologías que prometen un paraíso futuro a costa del presente. Una espiritualidad así se niega a juzgar el árbol por sus frutos, desmorona la moral, hiere a la humanidad en lo más profundo. Es el espejismo de una totalidad que reemplaza el misterio por la técnica, lo infinito por lo indefinido, la esperanza por la utopía ideológica.

Frente a ello, la espiritualidad de la intemperie nos llama a otra cosa: a habitar el presente, a sostener el dolor de la existencia sin anestesia, a abrirnos al misterio sin garantías. Porque solo en la intemperie, cuando todo queda en suspenso, puede irrumpir lo verdaderamente nuevo. No como construcción humana, sino como don divino. No como sistema, sino como encuentro.

Educar para el infinito

La educación está enferma de pragmatismo. Se ha convertido en una maquinaria de producción de competencias, en una fábrica de resultados y en un simulacro de sentido. Nos hemos habituado a medirlo todo: rendimiento, eficacia, utilidad. Como si educar fuera calibrar una máquina o entrenar un músculo. En este delirio de métricas hemos olvidado lo esencial: la pregunta por el ser, la posibilidad de abrirse al Infinito.

Emmanuel Lévinas nos ofrece una clave para comprender este callejón sin salida. Su crítica a la “totalidad” —ese sistema cerrado que pretende explicarlo todo, dominarlo todo, neutralizar lo imprevisto— es también una crítica a una pedagogía agotada, que ha perdido el temblor, el misterio, la apertura. Educar desde la totalidad es domesticar, formando sujetos funcionales, adaptados y obedientes. Sujetos listos para encajar, no para pensar; entrenados para sobrevivir en el engranaje productivo, pero no para habitar la vida.

La totalidad es cómoda: provee de respuestas, ofrece seguridad, ahorra el vértigo de la incertidumbre y la intemperie. Pero esa comodidad tiene un precio, ya que nos encierra en un círculo sin fisuras, donde el otro ya no aparece como otro, sino como espejo, recurso y pieza de recambio. La totalidad conlleva una pedagogía de la autoreferencialidad: entiende el conocimiento como consumo, la verdad como objeto que se posee, el aula como espacio de domesticación más que de revelación.

Frente a esta lógica totalizante, Lévinas propone una alternativa radical: el Infinito. No como idea abstracta, sino como experiencia ética que desestabiliza. El Infinito irrumpe en nuestra vida a través del rostro del otro, en esa presencia que resiste a toda reducción, que no cabe en nuestros conceptos ni en nuestras categorías. El rostro del otro no se puede reducir, ni clasificar, ni instrumentalizar. Es una llamada, una herida, una promesa. No se deja colonizar por nuestros métodos, ni diluir en nuestras programaciones.

Educar para el Infinito significa educar para esa interrupción: formar sujetos capaces de dejarse afectar, abiertos a la alteridad y que se comprenden vulnerables. Significa aceptar que el conocimiento no es dominación, sino encuentro; que la verdad no es posesión, sino espacio compartido; que el saber no es acumulación, sino responsabilidad ante el otro.

Es una pedagogía del temblor, de la intemperie, de la apertura. Una pedagogía que acepta que el aula puede ser un abismo, un lugar donde las certezas se desmoronan y el pensamiento se tambalea. Donde el otro, con su presencia, nos obliga a recomenzar, a descentrarnos, a dejar atrás la falsa seguridad de las respuestas totales.

En este horizonte, el educador ya no es el experto que domina los saberes, sino el testigo que se deja interpelar. Educar no es transmitir un repertorio cerrado de verdades, sino sostener el espacio donde el Infinito pueda irrumpir. El maestro no enseña desde la cima, sino desde el camino; no instruye desde la completud, sino desde la herida. Educar para el Infinito es recordar que el saber solo nos salva cuando nos transforma, cuando nos expone, cuando nos abre a la responsabilidad inagotable que es vivir junto a otros.

Un misterio para vivirlo

Rodeados de discursos que pretenden tener siempre la razón, explicamos, argumentamos, convencemos… y, sin darnos cuenta, convertimos también la fe en una teoría más que defender. Esta obsesión por comprender y explicarlo todo, incluso a Dios, nos aleja del más íntimo acceso al misterio, que, lejos de requerir conceptos brillantes, se acoge desde la humildad y la sencillez.

San Agustín, tras dedicar años a reflexionar sobre la Trinidad, nos dejó un consejo lleno de sabiduría: Comienza sabiendo lo que no es, y poco a poco te acercarás a lo que es. No se trata de partir de lo que creemos saber, sino de lo que humildemente reconocemos que no entendemos. Dejar a Dios ser Dios.

La Trinidad no es una fórmula que resolver. No son tres modos de actuar ni tres partes de un todo. No es jerarquía, ni confusión, ni repetición. Y mucho menos, una idea que pueda definirse con claridad desde nuestro esfuerzo personal de pensamiento. Es comunión sin fusión, distinción sin separación. Es relación, sin soledad ni dominio.

La imagen de un Dios corpóreo, limitado, sometido al tiempo, es un reflejo de nuestras propias limitaciones. Un Dios fabricado a nuestra medida, para acomodarse a nuestras ideas preconcebidas. Un Dios hecho a nuestra imagen. Pero así no es el Dios cristiano. El Dios de Jesús, Dios Trinidad, no cabe en nuestros esquemas, porque no es esquema: es vida que circula, amor que se da, relación que nos transforma. Y hemos sido hechos a su imagen.

Agustín lo comprendió después de muchos esfuerzos por “entender” a Dios. Lo comprendió cuando se dejó abrazar por el misterio y se rindió al amor. Él mismo afirma en uno de sus sermones: “Comprenderás si crees”. Si queremos acercarnos a ese misterio, no nos servirá la imaginación. Nos servirá la fe, la adoración y la confianza. Y, sobre todo, una vida que se haga imagen de esa comunión. Solo cuando nuestras comunidades cristianas y educativas buscan vivir desde la reconciliación, la apertura, el respeto y la entrega mutua, se están acercando al corazón trinitario de Dios. No les hace falta explicarlo, porque lo encarnan.

El misterio de la Trinidad no se enseña ni se comprende, se vive. Solo desde esa vida compartida, podremos intuir algo de su profundidad. De nuevo, en palabras de San Agustín: “Donde hay amor, hay Trinidad: uno que ama, uno que es amado, y el amor mismo”.


AVISO: Esta vez, tengo que interrumpir antes de agosto la publicación semanal del blog. Debo centrarme en otro proyecto personal que me requiere por entero. El primer martes de septiembre, estaré de nuevo por aquí. Nos seguimos encontrando en la intemperie de la vida. ¿Dónde mejor?