Primos, reyes, santos y… trinitarios

Esta semana, post histórico-trinitario, para conocer los vínculos entre dos reyes europeos medievales, primos hermanos y santos: San Fernando y San Luis. Compartían abuelos maternos y de esa rama familiar posiblemente les viene su vocación de cruzados: Alfonso VIII, rey de Castilla, conocido por su victoria en la batalla de las Navas de Tolosa, y Leonor de Plantagenet, reina consorte de Castilla y hermana de los reyes de Inglaterra Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra (sí, el de las aventuras de Robin Hood).

Miniatura representando a Fernando III
(Códice Catedral de Santiago de Compostela)

Fernando nació en 1199, el mismo año en que moría su tío abuelo Ricardo I de Inglaterra y en el que los trinitarios realizaron su primer rescate de cautivos, y lo hizo en un albergue de peregrinos entre Zamora y Salamanca, Peleas de Arriba, hijo del rey Alfonso IX de León y de Berenguela de Castilla. El papa Inocencio III, el que aprobó la Orden Trinitaria, declaró nulo el matrimonio de Alfonso y Berenguela en 1204, por parentesco de los cónyuges, de modo que Berenguela tuvo que regresar a Burgos con sus hijos, salvo Fernando, que permaneció con su padre en León.

En 1217 Berenguela, que era regente de Castilla por la minoría de edad de su hermano Enrique I, se convirtió por la muerte prematura del rey en Reina de Castilla, pero movió todas las piezas para que fuera proclamado rey su hijo Fernando, que con 18 años había consiguido escapar de la influencia de su padre. El nuevo rey de Castilla comenzó a mostrar la delicadeza diplomática que le caracterizó a lo largo de su vida, y en el grave conflicto que se generó entre León y Castilla, enviaba constantes ofertas de paz a su padre Alfonso hasta conseguir el Pacto de Toro, que dejó cierto ambiente de paz en la península.

En 1219 Fernando contrajo matrimonio con la princesa Beatriz de Suabia (prima, ahijada y tutelada de Federico II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico). Es en este tiempo cuando comienza su relación con los trinitarios, a los que conoció en Burgos, cuando puso la casa trinitaria bajo su protección personal y la de su madre. La relación más importante entre los trinitarios y los reyes a lo largo de la historia fue siempre la obtención de permisos y privilegios para pedir limosna en sus territorios para la obra de la redención, y en esto Fernando fue extremadamente generoso.

En 1224 murió envenenado el califa Abu Yaqub al-Mustánsir Yúsuf ibn an-Násir (Yusuf II), y con la descomposición del imperio almohade Fernando aprovecha para anular los acuerdos de paz firmados por su madre Berenguela y emprender una campaña en Andalucía que continuara la obra de su abuelo Alfonso VIII. En 1230 muere su padre y se convierte en rey de León, lo que le permite, unificados los dos reinos, volcarse en la conquista del sur de la península ibérica, para lo que se acompañó de un buen número de clérigos y frailes que atendieran espiritualmente a los soldados. Entre estos frailes, Fernando siempre tuvo una estima especial por los trinitarios, que ya habían acompañado a su abuelo Alfonso en sus campañas manchegas y ahora formarán parte de las conquistas de Fernando en Andalucía como confesores y predicadores reales, pero también atendiendo a los heridos y auxiliando espiritualmente a los soldados, incluso realizando redenciones de cautivos. El aprecio de Fernando III a los frailes redentores trinitarios lo demostró asignándoles terrenos para fundar casas trinitarias en las principales ciudades conquistadas, a veces incluso era el mismo rey el que señalaba quién debía ser el superior.

Las fundaciones trinitarias de Fernando III en Andalucía fueron: Úbeda en 1234, donde puso como superior a su confesor y consejero fray Luis de Frexa, Córdoba en 1236 donde puso como superior a fray Bernardo de Burgos, Andújar en 1244 (conquistada en 1226), Jaén en 1246 poniendo como superior a fray Alonso de Burgos y Sevilla en 1248, en el lugar de martirio de las santas patronas de la ciudad Justa y Rufina, donde puso como superior de nuevo a fray Luis de Frexa.

Fernando III falleció en Sevilla el 30 de mayo de 1252. En el momento de su muerte se vistió de sayal y sujetando un crucifijo recibió el viático, entonces levantó los brazos y exclamó: “Señor, me diste reino que no tenía, y honra y poder que no merecí; dísteme vida, ésta no durable, cuanto fue tu voluntad. Señor, gracias te doy y te devuelvo el reino que me diste con aquel provecho que yo pude alcanzar y ofrézcote mi alma.” En la Capilla real de la catedral de Sevilla se conserva su cuerpo incorrupto. Fue canonizado por Clemente X en 1671.

Luis IX rechaza la oferta de paz del sultán al-Salih de Egipto, junto a fr. Nicolás Gallus
(fresco en el Panthéon de París)

Luis nació el 25 de abril de 1214 en Poissy, al noroeste de Paris, hijo del rey Luis VIII de los Francos y la reina Blanca de Castilla, hermana de Berenguela, nieto por tanto de Felipe II Augusto de los Francos y de Alfonso VIII de Castilla. San Juan de Mata conoció personalmente a sus dos abuelos y trató con ellos en diversas ocasiones, ya que ambos favorecieron la expansión de los trinitarios en sus reinos.

Fue proclamado rey de los Francos como Luis IX en 1226, aunque su madre Blanca actuó como regente hasta 1235. Ese mismo año Luis contrajo matrimonio con Margarita de Provenza (bisnieta de Alfonso II de Aragón), con la que tuvo once hijos. Su madre lo educó bajo una estricta espiritualidad devocional, lo que convirtió a Luis en un hombre de fuerte ascetismo, prácticamente un anacoreta. Incluso Voltaire dijo de él que ningún hombre ha llevado más lejos la virtud: lavaba los pies a los mendigos, invitaba a su mesa a leprosos, visitaba a los presos…

En 1245 el papa Inocencio IV celebró un concilio en Lyon para, entre otros asuntos, convocar una nueva cruzada, la séptima, que conquistara Egipto. A causa del enfrentamiento entre el papa y el emperador Federico II, puso al mando de la cruzada a Luis IX. Además, el Papa encomendó a fray Nicolás Gallus, sexto superior general de la Orden Trinitaria, acompañar al conde de Artois, Roberto I, hermano del rey, para que llevaran a Tierra Santa los legados y limosnas para la cruzada. El 25 de agosto de 1248 se embarcaron en Marsella Roberto y Nicolás junto al rey Luis IX. Una vez llegados a Egipto ambos tuvieron que esperar que los cruzados les despejaran el camino a Palestina, pero sufrieron junto al resto de los soldados el desastre de El Mansurá y el cautiverio en Damietta en 1250. Nicolás compartió mazmorra con Luis IX y su hermano Roberto, que murió cautivo. A consecuencia de estos acontecimientos Nicolás y Luis trabaron una amistad que les uniría para siempre y, por extensión, al rey con la Orden. Fueron rescatados gracias al pago de un millón de dinares y la devolución de la ciudad de Damietta, gestiones promovidas por la esposa de Luis, la reina Margarita, que envió a los trinitarios franceses a Egipto para realizarlas. Tras su liberación, el rey Luis y fray Nicolás fueron a Tierra Santa para cumplir con el encargo del Papa y regresaron a Francia.

La nueva relación del rey con los trinitarios se fue llenando de gestos de reconocimiento y cariño mutuos: El Capítulo general de la Orden celebrado en Cerfroid el 11 de junio de 1256, último que presidió fray Nicolás Gallus, pues moriría a los pocos meses, otorgó a Luis y a su familia la participación en todos los beneficios y bienes espirituales de la Orden. Por su parte, Luis IX, agradecido eternamente por su liberación, concedió en 1259 a los trinitarios la capellanía de la Capilla Real en su residencia de Fontainebleau y les construyó una casa y un albergue junto al palacio real para atender a los enfermos y peregrinos, como superior de la comunidad nombró a fray Pierre d’Arras, al que llamaba «nuestro querido y fiel capellán», y cada día el rey rezaba el oficio divino junto a los frailes trinitarios. En los últimos doce años de su reinado la Orden pasó de 22 a 52 casas, la mayor parte fundadas directamente gracias a la intervención de Luis IX y en numerosas ocasiones envió a religiosos trinitarios como embajadores personales ante las cortes europeas.

En 1270 se embarcó al norte de África para dirigir la octava cruzada, esta vez acompañado del trinitario fray Jean de Douai. Sitió la ciudad de Túnez, pero las fiebres tifoideas asolaron el campamento cruzado, murieron miles de soldados y entre ellos murieron también Luis IX y fray Jean de Douai, el 25 de agosto de 1270. En el testamento espiritual que dejó a su hijo Felipe, decía entre otras cosas: «Ten piedad para con los pobres, desgraciados y afligidos, y ayúdalos y consuélalos según tus posibilidades. […] Obra con toda rectitud y justicia, sin desviarte a la derecha ni a la izquierda; ponte siempre más del lado del pobre que del rico, hasta que averigües de qué lado está la razón. […] Que la Santísima Trinidad y todos los santos te guarden de todo mal.» En su otro testamento legó 60 escudos franceses de oro a la casa trinitaria de Fontainebleau, 60 escudos a la casa de Saint Mathurin de Paris y 100 para el resto de casas trinitarias de Francia. Fue canonizado por Bonifacio VIII en 1297. En la Orden trinitaria ha sido siempre considerado patrón de los laicos trinitarios.

¿Quién te cuida?

Cuidar a los que están cerca, a los que se nos han encomendado, a los que sentimos debilitados por cualquier circunstancia, es mucho más que un gesto de bondad, es una cualidad humanizante, que reconcilia con ese tono íntimo y ancestral que a veces despreciamos por su sencillez. El cuidado no necesita de grandes esfuerzos, y si los requiere deja de ser cuidado para adentrarse en el huraño territorio del interés, porque al cuidar nos desprendemos de los engaños, nos sentimos parte de algo mucho mayor que nosotros mismos, alcanzamos el límite de nuestros sueños y lo cruzamos en una vigilia que hace nuevas todas las cosas.

Al cuidar bajo la guardia de mis temores, enhebro mis pedazos desgarrados y les doy una patria en la que encajar, no lo hacen a la perfección, dejan esos huecos que crean las emociones del que ama y perdona sin imponer condiciones. Al cuidar comienzo a abrir esos espacios incompletos que otras veces llené de aire, incluso cuando creía llenarlos de sentido; aprendo a amarlos como son, sin invadirlos con mi dominadora presencia; aprendo a dejar que no sean, aunque ese no ser me llene más de miedos que cualquier cosa sabida. Así es el cuidado, integrarse y diferenciarse de lo que es otro, perderme en ello sin dejar de ser quien se acercó y decidió dar un paso que le alejaba de todo lo sabido para adentrarse en lo único que puede darle sentido.

Pero ella es más importante que todas vosotras, porque es ella a quien he regado… es ella a quien abrigué… es ella a quien protegí… es ella a quien escuché quejarse, o alabarse, o incluso a veces callarse. Porque es mi rosa… Lo esencial es invisible a los ojos… Es el tiempo que has perdido con tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante…

A. de Saint-Exupéry, El principito, cap. 21

Lo que cuido se hace invisible para unos ojos que solo buscan compensaciones o recompensas, porque al cuidar me sitúo más allá del tiempo, dejo de medirlo como prueba de que vivo, y existo, y amo… Pierdo la necesidad de las excusas para callar y contemplar, o para que mis dedos rocen la belleza de los encuentros. Tan solo estoy. No me hace falta pensar porqué, ni justificar opciones, doy un paso a la incertidumbre que la intemperie me reserva, cierro los ojos y me sé yo mismo, completo en la trascendencia de mis espacios vacíos.

Para cuidar así necesito aprender todos los nombres que habitan lo que existe, sin caer en la tentación de atajar poniendo apodos que me den seguridad y me eviten el sonrojo de olvidar por qué decidí cuidar cuanto cuido, y por qué es importante. No es fácil, tras el nombre viene conocer la historia de cada cicatriz, amar el silencio cuando aparezca, enredarse en los detalles insignificantes, olvidar la palabra que segó el último brote verde sobre la tierra, habitar el único espacio y el único tiempo que nunca pasan, el que no es.

Y si fueras capaz de perderte en la debilidad que supone dejarse cuidar, si comprendieras que todo cuanto estas dispuesto a dar, a perder, a ser para los demás, necesitas serlo también contigo mismo, si no solo mirases a tu alrededor y reservaras uno de tus pasos para darlo hacia ti, si dieras una oportunidad a lo esencial invisible, y todo lo que sabes cuidar fuera de ti lo volcaras a los infinitos espacios que nunca llenas,… entonces podría preguntarte, Y a ti, ¿quién te cuida?

Mi vida hecha de libros

«Nuestra vida está más hecha por los libros que leemos que por la gente que conocemos»

Graham Greene, Viajes con mi tía

Me reconozco devorador de libros. Aún recuerdo el primer libro que leí conscientemente. Yo tenía doce años y un profesor de clases particulares, a quien desquiciaba mi permanente bloqueo con los números y las fórmulas, quiso explorar mis inquietudes prestándome El hobbit, de J.R.R. Tolkien. Cuando a la semana siguiente se lo llevé de vuelta, él no podía creer que lo hubiera podido leer tan rápido, yo no podía creer que aquel fuera el comienzo de una vida hecha de libros. Don Ezequiel, que así se llamaba quien con tanta paciencia pretendía que yo accediera al equilibrio y la exactitud de las matemáticas, me pidió allí mismo un resumen de la lectura, y lo debí hacer con tal pasión y empeño que ese día me llevé el libro como regalo a casa. Fue el primero de muchos, aún lo conservo, y lo he releído al menos diez veces desde entonces, no por su profundidad literaria, vuelvo a él para recordarme, para sentir de nuevo la pasión por las ventanas abiertas de la vida, para regresar al amor primero y dejarme abrasar por su intensidad.

Mi adolescencia fue un equilibrio de pasiones descubiertas día sí, día también, donde la historia, la arqueología, especialmente la egiptología, disputaban tiempos y sueños con los juegos y los primeros enamoramientos. Como en un guión escrito, todo me llevó a la novela histórica, compartiendo insomnio y tardes de domingo con Christian Jacq, Walter Scott, Manfredi, Lion Feuchtwanger, Robert Graves, Mika Waltari, Juan Eslava Galán… Me invocaban para recrear mundos reales, nada de ficción ni fantasía; me descubría inmenso en sus desiertos egipcios y palestinos, valedor en sus gestas y cruzadas, frágil en sus espacios rotos, misterioso en sus silencios. Las películas Quo vadis? y El nombre de la rosa me llevaron directamente a Sienkiewicz y a Umberto Eco, y me arrancaron la promesa, que aún mantengo, de no volver a ver película alguna de un libro leído o por leer.

Los años de instituto me trajeron lecturas curriculares, obras maestras la mayoría, que no pude disfrutar hasta que fui libre para leerlas con mis propios ojos. Mientras tanto, fuera de mis deberes, dejé definitivamente la novela histórica y me fui dejando llevar por Ana Ozores a las profundidades de la novela social, Clarín, Galdós, Dickens, Hardy, Trollope, Gorki… Cada uno de ellos marcó irremediablemente mi visión del mundo, acompañaron el crecimiento de mi sensibilidad social, me moldearon y sacudieron por dentro, los leía apasionadamente…, y aún vuelvo a ellos de vez en cuando.

En mis años de universidad, estudiando filosofía, me adentré en lecturas más intensas, algunas me costaron meses y más de una crisis personal, pero en realidad eran momentos de replanteamiento vital, de buscar el tiempo perdido junto a Proust, de subir al sanatorio de Davos con Thomas Mann, o adentrarme en la distopía de Orwell en su 1984, y mirarme y ser mirado en el retrato de Dorian Gray con Wilde, de tumbarme en las praderas de Iris Murdoch, resucitar a Matías Pascal con Pirandello o salir de pesca existencial con Melville…

Desde entonces he ido construyendo mi particular salón literario, autores y libros que me han acompañado, han formado mi conciencia, han hecho mi vida, han sido encuentro, han vencido tiempos de tristeza y soledad, me han rescatado de ansiedades no buscadas, y al leer su última página han provocado, con los ojos cerrados, silencios, lágrimas, utopías personales que conquistar: Saramago, Ishiguro, Ángel González, García Márquez, Celaya, Foenkinos, Houellebecq, A.M. Homes, Bolaño… Es un salón interminable e incompleto, porque sigo invitando a nuevos maestros y sigo buscando libros que me hablen, que hagan responder a mi alma.

A lo largo de esta vida hecha de libros he tenido oportunidad de conocer personalmente a tres escritores. En el instituto tuve que presentar a Sánchez Dragó cuando vino a hablarnos de sus cosas, en uno de esos encuentros que se organizan con autores, el premio por aceptar fue compartir desayuno, y quedé fascinado por sus mundos interiores y su facilidad para transportar a ellos a quien tenía delante. Más tarde, estudiando filosofía, me invitaron una tarde al literario café Gijón, allí estaba Camilo José Cela, todos hacían como que no le veían, lanzábamos miradas de soslayo a su rincón, hasta que me armé de valor y fui a decirle, con una actitud más de fan que de lector, lo mucho que me había marcado aquella Colmena de un café parecido a este, Cela me preguntó si la había leído como lectura obligada en el instituto, mi respuesta le descolocó, si es que era posible descolocar a un personaje como él, No, en el instituto solo pasé las páginas, leerla, realmente leerla, ha sido después, y varias veces, se rió con ganas y me estrechó la mano. La más reciente ha sido Carmen Guaita, con ella he podido compartir muchas más cosas, espero seguir haciéndolo, y he encontrado un camino nuevo, conocer a la escritora al mismo tiempo que me voy envolviendo en su obra, reconocer el eco de su voz en la lectura, emocionarme con los personajes que deambulan por esos espacios de amistad y encuentro, y comprender que son incluso más reales que yo mismo, porque me sobrepasan y trascienden.

Aún me queda por hacer mucha vida en muchos libros, pero si algo he aprendido de todas mis lecturas, es que la vida más auténtica solo la he hecho, y la quiero seguir haciendo, en los encuentros que le dan sentido y me acercan a las personas reales, es con ellas que voy escribiendo mi propio libro, el único que al final habré realmente leído.