Esperanza retroactiva

Cuando hablamos de esperanza buscamos resituarnos en un presente que nos abruma, poniendo una mirada limpia en el futuro que nos interpela. La esperanza tiene el valor de las utopías, nos arranca de raíz de los escenarios de incauta desesperación y aporta una luz, tantas veces débil pero intensa, para el camino que pisamos con paso tembloroso. Ernst Bloch, en su gran obra El principio esperanza, reivindica una esperanza que se haga utopía, porque hay una sociedad que transformar y porque en ella siempre buscamos un mundo nuevo y una sociedad nueva. Es esa tensión la que nos salva de la desesperación, donde las utopías juegan su papel integrador y revolucionario, por eso son tan peligrosos quienes las rescatan, por eso tan difíciles de retener quienes encuentran una brizna de esperanza.

Estoy de acuerdo, pero me cuesta aceptar una esperanza que solo apunta al futuro. ¿Qué ocurre con el pasado, especialmente cuando se hace recurrente? Hay hechos, palabras, vacíos y silencios de nuestras vidas para los que parece no haber ya esperanza. Han quedado atrás, convertidos en memoria de un presente vivido muchas veces, pero aunque evite mirarlos para evitar la tortícolis del corazón, continúan formando parte de mis decisiones, son páginas que se resisten a pasar, se les ha adherido un marcador, una esquina doblada, que es como una herida que no cierra y a veces nos atormenta.

Miguel de Unamuno, en su ensayo Vida de Don Quijote y Sancho, traza ese equilibrio en el reverso de las utopías: «Hay esperanza porque hay recuerdos … Con maderas de recuerdos armamos las esperanzas». Unamuno entiende la realidad como el permanente esfuerzo del recuerdo por hacerse esperanza y el efímero esfuerzo de la esperanza por convertirse en recuerdo, porque «quien no recuerda no espera». Muchas de esas maderas de recuerdos se han llenado de carcoma y humedades, hay restos de pintura incrustados y heridas de clavos oxidadas, a veces son fantasmas que el paso del tiempo no espanta, umbríos espacios en busca de luz. Por eso, precisamente por eso, el gran desafío es mirar con esperanza nuestro pasado, rescatarlo de una memoria selectiva que solo cuenta los triunfos, reconciliar los huecos incompletos que nos angustian.

Poner esperanza en los recuerdos es una mirada arriesgada, pero que necesitamos más que nunca en estos días finales del año. No bastan el orgullo de lo realizado o el arrepentimiento por las pérdidas, para sobrevivir a este presente cambiante se nos piden maderas antiguas que se conviertan en cimientos presentes, y no hay mejor modo de hacerlas nuestras que con una esperanza retroactiva. Mirar con esperanza lo que nos hace sentir incompletos será un buen comienzo de año. Hay tarea, hay ovillo que devanar, hay esperanza.

«Mientras devano la memoria
forma un ovillo la nostalgia.
Si la nostalgia desovillo
se irá ovillando la esperanza.
Siempre es el mismo hilo.»

Eduardo Galeano

Una pasión liberadora

En años anteriores he escrito, esta misma semana de diciembre, sobre los orígenes y el sepulcro de san Juan de Mata, fundador de la Orden Trinitaria; en esta ocasión lo hago sobre su obra e intuición, de las que se cumplen 823 años.

A mediados de febrero de 1193, el joven maestro de teología Juan de Mata, un provenzal que no pasaba desapercibido en las escuelas teológicas de París, deja sus clases y se aleja 80 km al noreste, retirándose en los bosques cercanos a Meaux, un lugar llamado Cerfroid, donde se une a un pequeño grupo de ermitaños. Como de tantas otras cosas de su vida, tampoco nos ha llegado nada fidedigno de este gesto, que en aquella época no era una rareza. De los ermitaños con los que convivió solo conocemos un nombre, Félix, al que más tarde se añadirá el patronímico de Valois.

Intuimos en Juan de Mata una búsqueda personal, religiosa y existencial, que venía exigiéndole opciones desde que el 28 de enero de ese mismo año había celebrado su primera Misa en París, ante el arzobispo y el abad de San Víctor. Cuentan que en el momento de la consagración se quedó extasiado, cada cual tenía su opinión sobre lo ocurrido, él mismo contaría después que en ese instante lo había visto claro, su futuro no serán las aulas sino la obra de la redención. De estas y otras cosas debió hablar con los ermitaños. Dicen que en uno de los paseos con Félix les pareció ver un reflejo rojo y azul, en forma de cruz, entre las astas de un ciervo; dicen que en Juan se hicieron asiduos los recuerdos del puerto de Marsella, del ir y venir de los cruzados y las tristes noticias de los cautivos, y que la memoria se fue mezclando con sus sueños; dicen que temía que todo se jerarquizara, que aquellos grandes pilares que desde hacía unos años veía levantarse en la Île de la Cité, le hablaban de la necesidad de ser pobre piedra sin labrar, como los arcos y arquivoltas de la incipiente catedral, donde las piedras se apoyan unas sobre otras para apuntar al cielo, rompiendo con la idea de una Iglesia de lujos y poder, demasiado separada de los sufrimientos del pueblo.

Cinco años, cinco largos e intensos años duró ese desierto de Cerfroid. Debieron ser los mejores, de los más de ochocientos que vinieron después, con esa alegría nerviosa y tonta que se mezcla con los ideales, compartiendo sueños, dibujando los rasgos de un futuro que les pedía salir de aquellos bosques húmedos para bajar a los infiernos de la cautividad y del odio, especialmente en los que se invocaba a Dios para justificar la imposición de ideas propias, bajo el signo de la cruz o la media-luna. Era un grupo curioso, la mayoría habían huido de París, como Juan, de aquella ciudad que engullía sus sueños, de aquella Iglesia que pretendía adiestrar sus intuiciones de sencillez y pobreza. Entre ellos había franceses, españoles, ingleses, escoceses,… todos contribuyeron a ir dando forma a la casa de la Trinidad, y sus intuiciones se fueron haciendo vida y texto a través de una comunidad de hermanos.

Juan de Mata lo tenía claro, si buscaban un cambio para el mundo herido por las distancias y por la fe enfrentada, debían ir a Roma y conseguir la aprobación del Papa. No sería fácil, Inocencio III parecía continuar el camino de sus predecesores y anunciaba nuevas cruzadas, llevaba solo un año en la silla de Pedro, pero ya había tomado decisiones importantes para garantizar que la Iglesia mantuviera su poder, preocupado por la aparición de muchas pequeñas comunidades que reclamaban pobreza y Evangelio. Pero el 17 de diciembre de 1198 aprobaba una Regla propia para la Orden de los Hermanos de la Santísima Trinidad y los cautivos, incluso cedió a Juan y a sus hermanos un pequeño edificio próximo a su palacio Lateranense y les dio una carta personal para el Sultán de Marruecos que ayudara al proyecto. No sabemos los porqués pero, contra todo pronóstico, el papa Inocencio III optó por los caminos de encuentro y sencillez de vida que aquel grupo de París le presentaba, no dejó de promover cruzadas pero algo de lo que Juan de Mata le dijo tocó su corazón.

Dicen que el Papa también tuvo una visión. Es posible que se le quedara grabada la imagen que Juan de Mata representó en un mosaico, colocado en la fachada de la casa que Inocencio le había regalado en Roma; es posible que ese Cristo, que libera a todos, velara sus sueños y redimiera sus proyectos. El mismo Papa había escrito en su carta de aprobación de la Regla, debemos favorecer los sentimientos y llevarlos a efecto cuando proceden de la raíz de la caridad, sobre todo cuando lo que se busca es de Jesucristo, y la utilidad común se antepone a la privada.

Poco más se puede añadir, a caritatis radice. Aquella raíz de la caridad comenzó a crecer en unos bosques a las afueras de París, se extendió hasta las mazmorras y las cadenas del sur de Europa y el norte de África, las pusieran quienes las pusiesen, que pretendían encadenar la Palabra y la Creación proyectadas libres por Dios, y se sigue expandiendo, porque hay cadenas que persisten en el tiempo y sobreviven a las redenciones. 823 años de una pasión liberadora, unida a la raíz de la caridad.

No hay santidad sin alegría

Para mucha gente, demasiada, no estamos en tiempo de alegría. Nos cuentan que el confinamiento, el miedo, la angustia, el dolor de lo perdido, han traído un desembarco de soledades y tristezas; que para algunos la vida se les está escapando entre los dedos, incapaces de retenerla y absorberla; que aumentan los suicidios en jóvenes, siempre tan desconcertantes; que el esperado cambio tras el virus, no será más que un legado de emociones mal integradas. Nos cuentan que esta enfermedad ha venido para quedarse, y no puedo dejar de pensar que con ella se quedará también esta falta de alegría, que tan pacientemente ocultamos tras las mascarillas.

Hay engranajes oxidados de la vida que nos embotan también cualquier intento de tener una visión limpia, alegre. A veces todo nos parece una montaña rusa, donde risas y gritos se alternan en convivencia enfrentada, como en un pentagrama que buscara poner orden en los desaforados espacios que vivimos; un tiempo arriba, respirando abiertamente, dueños del mundo a nuestros pies, otro tiempo, atrapados en una bajada de vértigo, el corazón y el alma queriéndose salir de ese yo temerario que los retiene. El misterio aparece cuando, una vez liberados de esa atracción de feria en que cada poco se convierte la vida, queremos volver a ser parte del loco pentagrama, como si no pudiéramos tolerar la rutina de tener los pies en tierra firme, como si necesitáramos escapar del triste encuentro con la realidad, liberando la dosis de adrenalina que nos permita huir.

Guardamos en nosotros infinitos “países de alegría”. Algunos los abandonamos, como queriéndolos olvidar, como si formaran parte de un tiempo efímero que ya ha concluido. Otros, los habitamos intermitentemente, deseando hacernos dignos ciudadanos suyos. Buscamos la alegría, a veces con la nostalgia de quien recupera viejos espacios de felicidad, otras con el convencimiento de que esta, y no otra, es nuestra tarea más preciada. Pero lo hacemos sabiendo que la vida es una alternancia, no siempre pacífica, de alegrías y tristezas, donde existe el fracaso todo lo envolvemos en una permanente pregunta por la utilidad, aunque sin comprometernos con su sentido. No siempre salimos bien parados de esta paradoja, y donde algunos escuchan notas de esperanza otros solo perciben añoranza, o silencio.

«Estad siempre alegres», les pide Pablo a los cristianos de Filipos, incluso se lo repite, por si aún no les ha quedado claro. No consiste en encontrar un vellocino de oro, un talismán que nos salve de los tiempos de tristeza. No es de esperar que olvidemos los fantasmas, y salgamos al campo abierto del deseo, para sonreír incluso cuando no hay fuerzas para hacerlo. Pero poseemos una capacidad personal para convertir el presente en alegría, en encuentro, en intensa vida. Es cierto que en ocasiones es una capacidad irreconocible, que vive en la perplejidad y que solemos enredar con términos de resignación, incluso con la aceptación para acoger la sucesión de sentimientos contrarios.

La primera confusión con respecto a la alegría tiene que ver con la obsesión por la felicidad, rebajada a una eterna vivencia de alegrías y sonrisas, que no es más que una absurda y reducida visión de la vida. Asociar felicidad a alegría nos puede jugar malas pasadas, como perder el horizonte de todos esos momentos de la vida que conllevan ausencias, evitar los otoños existenciales y sospechar de todo lo que no nos saque una sonrisa. Jesús clamó desde una montaña contra esos engaños, una apuesta por la vida sin disfraces que emocionó al mismo Mahatma Gandhi cuando entró en una iglesia de Sudáfrica, en el mismo momento en que se leían tan cautivadoras palabras. El comentario que Gandhi hizo al respecto parece cumplirse, cada vez que los cristianos simplificamos el mensaje de las bienaventuranzas a experiencias enlatadas de alegría.

La segunda confusión es con la seriedad, hacer bien las cosas parece que se relacione más con la falta de alegría, esa opresión que nos supone aportar por aquello que creemos que mejor responde a la fidelidad, aunque se nos vaya la vida en ello. Es así como nos acostumbramos a una tristeza vital, pensando que estamos más cerca de respetar las tradiciones, incluso la voluntad de Dios, que somos más santos, que cumplimos mejor con los objetivos de nuestra existencia. Nos negamos a nosotros mismos el visado para nuestros «países de alegría», confiados a la perfección de nuestras decisiones, aunque nos condene a perder la alegría de vivir.

En el ángelus del día de Todos los Santos de este año segundo de pandemia, el papa Francisco nos ha recordado que “Alegría es poder afrontar cada situación bajo la mirada amorosa de Dios. Sin ella la fe se convierte en un ejercicio opresivo, que lleva a la tristeza. ¿Somos cristianos alegres o personas con cara de funeral? ¡No hay santidad sin alegría!».