¿Vocación o trabajo?

Coincide esta entrada con una huelga general en toda España, protesta ante una reforma laboral que se presenta como lucha contra el creciente paro y la crisis socio-económica que nos está ahogando poco a poco a todos, pero que es también protección para quienes contratan y sensación de desamparo para quienes siempre van a estar dependiendo de otros. Esta mañana, andando por mi barrio, me he ido fijando en los pequeños negocios que habían echado el cierre a causa de la huelga general, cuando después he comentado en la comida, con mis hermanos, que eran más de los que preveía, algunos me explicaban indignados que los dueños de pequeñas tiendas se ven obligados a cerrar para que no les destrocen sus negocios los piquetes sindicales, porque además «a ellos no les afecta la reforma, así que no necesitan hacer huelga». Bueno, no había contado todo lo que vi: la mayoría de los locales cerrados no lo han hecho por la huelga, menos aún por miedo a los piquetes, se vieron obligados a bajar por última vez el cierre hace meses, algunos incluso en esta misma semana, porque no han podido soportar más la presión económica.

Estos y tantos trabajadores, y cada vez más parados, se han convertido en protagonistas de una huelga que comenzó hace ya unos cuantos años, se ven obligados a ceder cada vez más derechos en patronos, políticos, sindicatos… para mantener una esperanza que sólo ven unos pocos desde detrás de la mesa de su despacho.

En las dos últimas semanas me han llegado dos noticias escandalosas, que hoy me rondan sin tregua. La primera es de Arcadi Oliveres, que cifra en 4.600.000.000.000 de dólares USA lo que hasta ahora han dado los gobiernos europeos a la banca, una de las responsables de esta crisis, cómplice de la situación de hundimiento de tantas familias españolas, una cantidad suficiente para acabar con el hambre en el mundo, y para mejorar las condiciones de vida de los que van cediendo derecho tras derecho, hayan parado hoy o no. Como creyente me siento indignado por esta injusticia, y por el silencio de mi Iglesia, que sigue mezclando a Dios y al César en todos sus potajes, sólo preocupada en que lo sean de vigilia y así salvemos esta cuaresma, tan empañada por esas comisiones de la HOAC que tan mal han dejado a sus diócesis.

La otra noticia es el tan traído vídeo de la Conferencia Episcopal para atraer vocaciones a sacerdotes entre los jóvenes. Alguna mente lúcida, que alguna hay en Añastro, pensó que contando tal número de jóvenes parados y sin expectativas de empleo, lo mejor era presentar el sacerdocio como empleo fijo. No niego que el video tiene más calidad gráfica que otras campañas episcopales a olvidar muy en el fondo de un baúl bien grande. Pero ese no puede ser el mensaje. En primer lugar, porque es una falta de respeto para quienes viven el drama del paro, un juego ausente de sentimientos. En segundo lugar, porque me parece una torpeza andar confundiendo vocación y trabajo a estas alturas. El sacerdocio no es un trabajo, y llamarlo así es como reírse de quienes ahora lo buscan, lo pierden o se desvelan por conservarlo, es un servicio que nace de sentirse llamado, sin horarios, sin «sueldos justos», sin pagas de antigüedad, sin jubilación… por eso le llamamos vocación, por eso se le supone el sentimiento de justicia y de misericordia, por eso no necesita de ningún uniforme para transparentar lo que vive. Convertir el sacerdocio en un trabajo no nos acerca al mundo obrero, entre otras cosas porque contamos con una «casta» sacerdotal, especialmente la que sale en los últimos años de los seminarios, que se parece más al patrón que al obrero. Y así nos va.

La soledad de los números primos, de Paolo Giordano (2008)

La soledad de los números primos no es una lectura para tiempos bajos, pero sí es una buena lectura para dejar reposar toda esa vida que pasa a nuestro alrededor, la mayoría de las veces sin darnos apenas cuenta de que está pasando.

El libro tiene un ritmo estable, acorde al de sus protagonistas, Mattia y Alice, comparados con los denominados primos gemelos, originalidad matemática que descubre de vez en cuando dos números primos separados sólo por un número par que les impide tocarse. Mattia y Alice comparten una experiencia traumática que no sólo marca físicamente su vida sino que también les acerca y aleja al mismo tiempo y con la misma intensidad. Pero entre ellos se sitúa siempre un número par, un atisbo de normalidad que los empuja a un abismo de imposibles.

Mattia pensaba que él y Alice eran eso, dos primos gemelos solos y perdidos, próximos pero nunca juntos

La lectura de la Soledad de los números primos es fácil y profunda, los personajes están muy bien definidos, el argumento no tiene mayores pretensiones que ser testigo de la vida, sin mayúsculas, sólo marcada por la cotidianidad y el realismo que la envuelve. Es ese realismo el que deja un amargo sabor, pero también el que aleja de falsas victorias y felices finales que no están en lo que tenemos que ver día sí día no.

No es la típica lectura de la que pueda decir que he disfrutado, pero eso no significa que no me haya gustado, todo lo contrario, es un libro intenso, que guarda su fuerza en la sencillez de su escritura. Totalmente recomendable, pero si estás en uno de esos momentos bajos… déjalo para mejores días.

Primavera

Nos pasa como al tiempo, hemos vivido un invierno primaveral y nos sorprende ahora un comienzo de la primavera «invernal». Y así andamos también nosotros, de vez en cuando, descolocados, despistados y despistando, cuando sacamos la flor y el paraguas a destiempo. No es fácil acertar cuando los signos externos son tan cambiantes, hace incluso complicado leer esos signos e integrarlos en nuestra cultura común para interpretar la vida. Hace cincuenta años un anciano Papa, etiquetado como «de transición», «bonachón», «poco inteligente», entornó los ojos de su fe y de su corazón y descubrió signos de primavera en una Iglesia dibujada de gris invierno. Hace cincuenta años comenzaba el último concilio de la Iglesia, conocido como Vaticano Segundo, que puso a todos al mismo nivel de escucha de la Palabra, de vocación, de misión, de vida.

Leer los signos de los tiempos, el reto más importante de aquel concilio, obliga a sentir los tiempos, a vivir intensamente el presente que nos pertenece y disfrutar de cada uno de sus signos de futuro. Nada de resignación, es vivir el tiempo como un signo, como una señal ante nuestros ojos. Es así como nos obliga también a abrir los ojos, a dejarnos empapar y llenar por toda la vida que nos rodea, a descubrir retazos primaverales en esos inviernos que nos rodean, y saber también aceptar el invierno como espacio de encuentro e interiorización. Los signos de los tiempos nos recuerdan que es posible, imprescindible, tener fe y al mismo tiempo sentir y emocionarse con la vida que crece alrededor. Al fin y al cabo, eso es la vocación, una llamada permanente a vivir el tiempo, a abrir ventanas a la primavera.

¿Será por eso que en estos otros tiempos resulta tan extraña la obsesión de algunos por ocultar sus signos? La creciente tendencia a la hibernación y lo gris en nuestra Iglesia, y la condena permanente a quienes cogen su paleta de colores y abren ventanas a la primavera, me hablan de que hemos complicado sus palabras y llamadas con nuestros miedos invernales, y cuando llega esta primavera alocada y vital nuestras alergias nos impiden vivirla con la intensidad con que ha sido creada… para nosotros.