Es curioso cómo de entre todas las fiestas de cultura anglosajona hemos ido a escoger las que más desinhiben, y en cierto modo despersonalizan, ocultándonos bajo máscaras de muerte o enlazando nuestra experiencia vital con el miedo. Evidentemente estoy pensando en esa fiesta de Halloween que se ha ido instalando en nuestro inconsciente colectivo. No me preocupa que culturalmente incorporemos fiestas de otras tierras y sensibilidades, en realidad lo llevamos haciendo desde los orígenes de la misma cultura, incluso entre las fiestas religiosas que más nuestras consideramos hay viejos intrusos cuyos orígenes escandalizarían a más de uno. Me preocupa más la elección, esa opción recurrente por nuestros miedos más arraigados, tanto personales como sociales, la constante búsqueda de las explicaciones más simples, especialmente cuando suponen una negación de lo que nos hace más humanos, no más zombis.
Y todo esto viene a que hoy es el Thanksgiving day, el Día de acción de gracias, todo un acontecimiento familiar en la cultura norteamericana, ampliamente explotado y mostrado en películas y series costumbristas durante muchos años, más incluso que Halloween, sin embargo, en esta ocasión, nadie se ha preocupado en copiar o dejarse contagiar, ni siquiera los colegios, que en su particular lucha por el bilingüismo han incorporado sin más las celebraciones foráneas, coincidiendo con el tiempo en que las autoridades educativas proponen hablar de «vacaciones de invierno» o de «vacaciones de primavera», para no herir susceptibilidades.
Ser agradecidos no es sólo un sentimiento de los bien nacidos, cuando lo tomamos como forma de vida se convierte en elemento transformador de nuestro ser interior y de nuestras relaciones interpersonales. Porque ante una cultura masificada de gente que se considera hecha a sí misma, sin deber a nadie ni a nada, regalados de su propio destino, ser agradecidos se desvela como un camino de audaces y solitarios.
Ser agradecidos nos devuelve a la comunidad, aguijonea ese orgullo que creía merecerlo todo y propone un camino compartido con todos los que, sabiéndolo o no, forman parte de lo que soy. Ser agradecidos es ahogar un «yo me he hecho solo» para dejar brotar un sincero «te necesito».
Así qué, especialmente hoy, me vais a dejar decir gracias a todos los que siento necesitar para ser quien soy, para seguir la vocación a la que Dios me invita, y a quienes se han ido convirtiendo a lo largo de estos años en columna para apoyar mi fe, mi confianza.
Autor: Pedro Huerta
Jóvenes e Iglesia
Estoy estos días en Buenos Aires con un buen grupo de responsables y acompañantes de pastoral juvenil y vocacional de la Familia Trinitaria en el cono sur. Uno de los interrogantes que nos trae hasta aquí es esa relación siempre incómoda, deseada, pocas veces encontrada y hasta ausente, entre jóvenes e Iglesia. Todos asumimos, especialmente cuando nos ponemos a programar, que debemos adaptar nuestro lenguaje, nuestras formas, nuestras propuestas, para hacerlas en «su» lenguaje, «sus» formas, y de modo especial «sus» propuestas. Pero nos encontramos después con una realidad nos supera, porque a la hora de la verdad no sabemos realmente dar el paso de lo nuestro a lo suyo, cambiar el lenguaje está muy bien como propuesta de nueva evangelización, pero ¡ay, amigo!, en cuanto cambias la primera coma te sobrevuelan cientos de cuervos acusándote de sincretismo y no sé cuántos ismos más.
Sólo tenemos que echar una ojeada a las propuestas de pastoral con jóvenes que últimamente se lanzan desde algunos organismos eclesiales. Aún siguen muchos creyendo que la pasada JMJ de Madrid es el summum de lo que hay que hacer y de cómo hay que hacerlo. Promovemos más una pastoral de cristiandad, de masa, de manadas que se desgañitan afirmando ser la juventud del Papa. Formamos pequeños talibanes que, curiosamente, con unos años más acabarán pasando al lado contrario, desengañados también por verse manipulados en sus sentimientos e ilusiones.
No sabemos hablar con los jóvenes, porque no sabemos hablar con Dios. Pretendemos convertir a esos jóvenes en prolongaciones inofensivas de nuestras formas de ver y sentir a Dios, de nuestros modos de orar y celebrar, y nos escandalizamos, de nuevo sobrevolados por las hordas de cuervos, cuando el contacto con los jóvenes nos cambia los esquemas.
La pasada semana, aún en España, preguntaba al grupo de jóvenes que acompaño en Córdoba sobre sus dudas personales en temas de fe, uno de ellos dijo con toda sinceridad: de lo que dudo no es de la Iglesia, sino de los que dicen ser «la Iglesia». Si no nos dejamos cambiar, si no estamos dispuestos a cambiar, cualquier esfuerzo que hagamos por acercarnos a los jóvenes acabará convirtiéndose en una feria o en un circo, con carpas volantes incluídas, como en Cuatrovientos, pero no habremos llegado al corazón, porque no presentamos a Dios, nos presentamos a nosotros mismos, o a esos que se llaman «representantes de Dios en la tierra», pieles de cordero que tapan el inmovilismo y la letra muerta.
He leído estos días lo que el documento de Puebla dice sobre los jóvenes, está escrito para esta tierra latinoamericana, pero nos sirve igualmente: «El servicio a la juventud realizado con humildad debe hacer cambiar a la Iglesia, especialmente en su desconfianza e incoherencia hacia los jóvenes» (Puebla, 1178). Poco más se puede decir.
Motivos para celebrar
Después de un descanso retomo estas reflexiones semanales. Muchos me han preguntado si el motivo de tan largo silencio es la falta de inspiración, otros que sí el cansancio, hay quien se ha atrevido a entrever censuras. Siento no dar la razón a toda esas inquietudes, especialmente las que ven tijeras y filtros de otros. Sencillamente, estaba buscando motivos para celebrar. Quien me conoce bien sabe que huyo de celebraciones enlatadas e impuestas, que todo lo que se vuelve rutinario me sacude interiormente hasta el punto de aparentar, a veces, luchar por lo contrario que he mostrado en otras ocasiones.
Hoy he comenzado a buscar de nuevo «motivos para celebrar». Ese es el sentido que he querido dar desde el principio a estas perlas vocacionales, porque el primer motivo para celebrar está en saber, no siempre conscientemente, que vivo en torno a una llamada. No, por favor, no me refiero a esa forma ñoña e infantil de entender la llamada de Dios como un signo externo, identificada con un solo camino vocacional.
La llamada a la que me refiero es aquella en la que siento, sé, que mi nombre, en el que está contenido cuanto soy y cuanto me esfuerzo en ser, se asocia a todo lo que me rodea, forma parte del mundo y las esperanzas de las personas que se cruzan conmigo y, sobre todo, de las que caminan conmigo.
Esta llamada es, la más de las veces, un eco, que sigue desde hace tiempo mis pasos en proyectos que dejé a un lado y desheché, rondando mis estrenadas ilusiones para que mi corazón no se quede en una permanente tumbona de relax.
Esta llamada es una esperanzadora razón para creer con intensidad en mis posibilidades, porque me susurra cada día que soy capaz, que Alguien cree en mí.
Estos son, hoy, mis motivos para celebrar, porque esa llamada me mantiene despierto.
