Acabo de perder a mi hermana Myriam. Su muerte, repentina y dolorosamente adelantada, ha dejado un vacío enorme que aún busco llenar, entender y nombrar. En medio de este duelo repentino, me invade el miedo a que sus recuerdos, hoy tan vívidos y coloridos, se vayan diluyendo en el mar de los quehaceres cotidianos. Tengo miedo de que otras preocupaciones desplacen lo que en los últimos días se ha convertido en pensamiento único, colonizador de mis emociones; miedo del «poco a poco», del «todo pasará», del regreso de una normalidad que pretenda limpiar con demasiado brío este barro que me frena, pero que también me mantiene aferrado a lo más profundo de mi amor por ella.
Mientras los recuerdos siguen vivos —convertir su memoria en mi refugio está siendo mi proyecto prioritario—, me dejo abrazar por ellos. Agarro las imágenes y las nombro, del mismo modo que tantas veces agarré la pequeña mano de mi hermana.
Desde muy niña, a Myriam le apasionaba montar puzles. Empezó con piezas grandes; más tarde, con teselas más pequeñas que apenas dejaban adivinar la composición final. Una complejidad creciente que desafiaba su joven mente adolescente. Rara vez pedía ayuda: ella siempre fue un verso rebelde y suelto que desafiaba al mundo, queriendo hacer rimar lo que desde fuera a algunos les parecía una nota desafinada.
Estos días he vuelto una y otra vez a esa analogía. Tal vez suene sencilla, pero encierra una gran verdad sobre la existencia: nos pasamos la vida armando un puzle vital que aporte sentido a quienes somos, a cómo somos percibidos y a cómo percibimos la realidad.
Cuando la muerte nos avisa tras una larga enfermedad, el horizonte de la vida se estrecha, pero existe un margen para colocar piezas; nos consuela tener tiempo para descubrir el sentido oculto junto a quien se va. A pesar del sufrimiento, cada pieza encaja con una precisión que desenmascara dudas y adelanta la imagen del misterio. Es una ayuda para todos, especialmente para quienes acompañamos como espectadores una vida que se completa paso a paso.
Sin embargo, hay ausencias que irrumpen con una rapidez voraz. La inmediatez de una pérdida inesperada nos descoloca emocionalmente y la urgencia nos obliga a colocar piezas a ciegas. Quedan huecos, bordes mal encajados y una imagen rota que no se corresponde con el consolador final que esperábamos. La incertidumbre se suma a la tristeza, envolviéndonos en una amarga sensación de incompletitud. Esto es lo que ha pasado con mi hermana, y en este dolor me siento profundamente unido a quienes se encuentran de pronto con la vida a medio terminar, sin cierre y sin palabras.
En ese desamparo, la tendencia humana es buscar a la desesperada las piezas que faltan para vislumbrar un sentido. En el proceso, nos descubrimos a nosotros mismos como piezas sueltas, intentando acoplarnos a otros para compartir la carga, aunque no siempre lo logremos.
La vida no es un único puzle, sino una red de laberintos donde a menudo se nos niega la visión de conjunto. Hay quienes empiezan organizando los bordes para domar la incertidumbre y contener el desborde emocional; otros buscan patrones, colores o texturas. Como recordaba san Pablo al hablar de nuestra finitud: «Ahora vemos de manera imperfecta, como en un espejo borroso; pero entonces veremos cara a cara» (1 Cor 13,12). Nuestro puzle terrenal es ese espejo incompleto. En los dédalos vitales necesitamos la confianza mutua —como Teseo en el hilo de Ariadna que le sacó de su laberinto— y la fe en que, tras el laberinto definitivo del sepulcro, la Resurrección de Cristo abrió un camino para que la muerte no tenga la última palabra.
Cuando nos sentimos una pieza descolocada y la oscuridad empaña la fe, necesitamos la mirada de los demás para recomponer la nuestra. Afrontar el reto de seguir viviendo no es olvidar, sino dejarnos acompañar y continuar colocando piezas en la penumbra de cada uno de nuestros desconciertos.
Cuesta un mundo, pero en ese proceso estoy. Gracias por estar cerca, por vuestra lectura atenta y por acompañarme con vuestra mirada en este camino.








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