A propósito del estreno hace unos meses de la película La Odisea, de Christopher Nolan, me he dado cuenta de lo mal que envejecen los clásicos cuando se ven sometidos al rasero del pragmatismo social contemporáneo. Cuando reducimos el mito a mero entretenimiento o a una secuencia de acción eficiente, matamos su capacidad de interpelarnos, que es su mayor virtud. A partir de esta inquietud comienzo con una serie de tres reflexiones en torno a lo que la relectura del texto homérico y el visionado de la película me han inspirado.
Hay frases que repetimos sin pensar demasiado su significado, perfectas para grabarlas en un imán de nevera o para convertirlas en un eslogan de autoayuda para compartir en redes sociales. Una de las más repetidas es: «Lo importante no es la meta, sino el camino». La dedicamos a cuestiones educativas, la soltamos sin reflexionar demasiado cuando enseñamos las fotos del último viaje o nos la repetimos al abordar nuestras búsquedas personales. Poco nos importa haberla vaciado de contenido hasta rebajarla a premio de consolación, la frase comodín para quien nunca alcanzó sus objetivos.
La Odisea bien podría resumirse en esa máxima. Odiseo tardó diez años en regresar al hogar tras una guerra frente a Troya que le exigió otros diez. Veinte años lejos de su tierra, a apenas unas millas de distancia en la geografía física. El lector impaciente —tal vez acostumbrado a la inmediatez de la narrativa moderna— encuentra pronto una trampa aparente: tanta isla, tanto monstruo, tanto rodeo, para terminar exactamente donde empezó. Pero desde la intuición original de Homero, el rodeo no tenía nada de consolación, era toda una afirmación existencial.
Es justamente en el desembarco y en el desenlace donde se hace más evidente la grieta entre el mito clásico y la adaptación cinematográfica. Fiel a la fórmula de Hollywood, la película tiende a convertir la llegada a Ítaca en un clímax de acción espectacular: una resolución centrada en el triunfo individual del héroe que reconquista su palacio mediante el despliegue de su astucia y su fuerza, ofreciendo al espectador el alivio inmediato de una victoria consumada. La meta se reduce a un espectáculo de justicia y poder.
Homero, sin embargo, nos dejó un final infinitamente más complejo y conmovedor. El verdadero desenlace de la Odisea no se agota en la matanza de los pretendientes, sino en lo que ocurre después: la purificación de la casa, el reconocimiento paulatino y tembloroso con Penélope, el abrazo en el campo con su anciano padre Laertes y, finalmente, la intervención de la diosa Atenea imponiendo un pacto de paz para detener la espiral de venganza.
El final homérico no es una apoteósis del guerrero invencible, ni la partida al más puro estilo del Titanic hacia una preciosa puesta de sol. El final de la epopeya es la restauración sagrada del oikos —el hogar, los vínculos, la memoria— y la aceptación de los propios límites. El héroe de Homero no llega para imponerse desde la fuerza, sino para reconciliarse con su escala humana.
Odiseo no concluyó allí donde comenzó su viaje. Nada más pisar la ansiada Ítaca, la isla no ha cambiado; quien ha cambiado ha sido él. El guerrero soberbio que desembarcó en Troya no es el hombre desnudado por la experiencia que regresa a la playa de su patria. Y esta es toda la historia, la verdadera historia.
Heráclito de Éfeso, uno de los pensadores más lúcidos de la antigüedad, entendió esta paradoja y la expresó con una conocida idea:
«En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos».
La intuición de Heráclito no es un apunte poético sobre el discurrir del agua, sino una idea radical sobre el ser humano: el agua del río cambia, pero quien se baña tampoco permanece intacto. Ninguno de nosotros cruza el umbral de casa siendo el mismo que salió por la mañana. No somos los mismos al leer la primera página de un libro que al llegar a la última frase, ni al contemplar el sol del amanecer que al mirar el crepúsculo. Cada viaje de nuestra vida, incluso sin mover los pies, no es un mero trámite que une dos puntos en un mapa, sino un taller que nos transforma durante el trayecto.
Nuestra fe y nuestra tradición conocen bien esta desproporción. Abraham salió de Ur sin conocer su destino; la Escritura enfatiza la partida antes que la llegada. El pueblo de Israel tardó cuarenta años en atravesar un desierto que, sobre el mapa, se cruza en unas pocas semanas. El tiempo no responde a una distancia física, sino a una pedagogía espiritual: era necesario que se desmoronara la mentalidad de esclavos para que naciera un pueblo capaz de asumir la libertad.
El Nuevo Testamento sitúa la revelación en el propio camino, de un modo especial en el Evangelio de Lucas. En su capítulo 24 se nos cuenta que dos discípulos caminan derrotados y algo desilusionados hacia Emaús. Un desconocido se les une, les explica las Escrituras y hace arder sus corazones. Cuando parte y reparte el pan, lo reconocen. Pero en el instante en que parecen haber alcanzado la meta, cuando sienten la seguridad de comprender, Jesús desaparece de su vista. Aquel encuentro no los instaló en la comodidad del refugio; los devolvió de inmediato a la intemperie del camino.
Es en esa intemperie donde el viaje abandona la logística y se convierte en un auténtico espacio de sentido. Fuera de la zona confortable de nuestros hogares interiores es donde aprendemos a escuchar las preguntas verdaderas, y donde la meta, en lugar de acomodarnos, nos devuelve de nuevo al camino.
Solemos organizar nuestra vida en base a hitos: objetivos a corto plazo, indicadores de rendimiento, herramientas de optimización y reducción de tiempos… Convertimos casi todo en logística: medimos, planificamos, optimizamos y llamamos progreso a la velocidad con la que reducimos el tiempo de cada trayecto. Y lo que ocurre entre dos casillas, nos parece tiempo perdido. Rezamos, a veces, desde esa misma sospecha, pidiendo constantemente a Dios lo mismo: llegar antes, acelerar los trámites, acortar la espera, ahorrarnos el desgaste de convertirnos en alguien.
En palabras maravillosas del poeta Constantin Cavafis, al cantarle a la isla de Odiseo (no puedo resistirme a recomendar leer a Cavafis, antes que comprar la entrada para cualquier superproducción de cine):
«Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero no apresures el viaje en absoluto.
Es mejor que dure muchos años.»
No hay metamorfosis real que comience con un saldo a favor. Todas empiezan con una pérdida: la muerte de las viejas seguridades y el desmontaje de una manera de estar en el mundo que hace tiempo dejó de hacernos preguntas. Por eso el camino resulta doloroso: no por los kilómetros recorridos, sino por la exigencia de soltar lastre a cada paso.
Comprendemos así que Ítaca no es un lugar físico. Es el nombre que le damos a aquello en lo que nos hemos convertido cuando por fin llegamos. La pregunta transformadora no es cuánto nos falta para alcanzar la meta, sino otra tan incómoda como reveladora: si mañana llegamos, ¿quién desembarcará en la orilla? Si la mejor respuesta que podemos dar es «el mismo que salió», entonces no habremos viajado; tan solo nos habremos desplazado de sitio. A habitarnos en esa diferencia nos convoca la intemperie.








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