El camino que sale del hogar

Más que en cualquier otro, en este momento que vivimos la incertidumbre viene a apoderarse de nuestros buenos propósitos. No quiero hurgar en la herida, sé que para algunos aún está lejos de cicatrizar, sino salvar el valor profundo de esos nuevos territorios por explorar. Se nos ha enseñado a vivir las celebraciones de Navidad, todas ellas, que no son pocas, como espacio seguro en el que se edifican encuentros con aquellos a quienes nos sentimos más próximos, o a quienes hace tiempo que no vemos, o con quienes queremos crear calor compartido en un hogar que el resto del año deja de ser propio. Terminamos estos días de fiesta y ya pensamos en los del próximo año, deseando que sea sin cuarentenas y distanciamientos. La cuestión es que este modo de vivir la Navidad, como si fuera un salvavidas para nuestros sueños y sentimientos, se convierte en una tentación que nos invita a huir de nuevo a él cuando toque vivir a la intemperie.

Esa tentación de huir a un lugar seguro se alimenta de nuestras dependencias, de nuestra nostalgia por lo vivido y nuestro pesimismo por la cuesta de enero personal que debemos remontar. Son miedos arraigados en los pequeños mundos que nos hemos creado para poder sobrellevar la carga de lo diferente, de aquello que nos hace sentir amenazados. La reacción es el encerramiento, el abrazo a las normas y a las ideas conocidas y manejables, incluso un espiritualismo excluyente según el cual nos salvamos por nuestra capacidad de escondernos ante los pecados del mundo. Esta tentación de huída es una resistencia íntima para dejar atrás el territorio de las seguridades, del control, el hogar cálido y familiar en el que nos recluimos con quienes nos aportan serenidad.

Toda huida tiene como origen un fuerte pesimismo, más aún cuando lo es hacia atrás y hacia adentro. Buscando ser acogidos de nuevo en el tiempo de las promesas, nos recluimos en ellas para escapar de la incertidumbre que se presenta en el horizonte de la novedad. Cerramos fronteras para la experiencia y nos quedamos en caminos que una vez dieron sentido a nuestro caminar, pero que ahora son intrincados laberintos de autoreferencia rodeados por muros de temor, que parecen darnos seguridad ante todo eso que está fuera.

La vida es una permanente actuación en condiciones de incertidumbre. Nuestra prudencia nos invita a tratarlas como un lastre, una pesada carga que debemos aceptar, nuevas formas, nuevas palabras, atrevidos proyectos, deseos e ideas por desarrollar. Pero es sencillamente así, no hay acción sin una parte de incertidumbre, no hay vida sin salir del hogar.