Pensar es difícil

“Los hombres que no piensan son como sonámbulos“, son palabras de Hannah Arendt en su obra La vida del espíritu. Debería llamarnos más la atención esa opción que algunas personas hacen por no pensar, a la comodidad unen la dejación de la más humana de sus capacidades. A lo largo de la historia encontramos ejemplos de este sonambulismo, tanto en los gobernantes como en la gente sencilla del pueblo, hombres y mujeres que eligen no pensar y permiten que otros lo hagan por ellos, viviendo así una aparente tranquilidad de conciencia. Las consecuencias de su negación a pensar nos comprometen a todos, incluidos ellos mismos, porque en esa indiferencia dejan ir el tiempo para el cambio y el sentido mismo de la vida.

Hay ocasiones en que son otros los que no quieren que pensemos. Limitan el pensamiento crítico e instauran un pensamiento único, convergente, controlado a través de la educación y del miedo a las consecuencias de la libertad. Pocas instancias de poder se libran en la historia de la humanidad de haber usado estas armas, pocas también lo han reconocido, porque necesitaban ese control del pensamiento para subsistir. El “ya pienso yo por ti” va acompañado de la prohibición de la cultura, ocultando saberes sencillos que pueden hacer tambalear los tronos, cátedras o púlpitos desde donde se guiaba, y a veces aún se intenta guiar, al pueblo inculto. Haciéndonos sonámbulos vitales se imponen más fácilmente las ideas que mantienen el statu quo de unos pocos, se puede mandar a las masas a una guerra sin sentido, promover un cambio de régimen político, asegurar diezmos injustos e incluso mantener una paz social que se vende como progreso.

El pensamiento crítico es entonces castigado sin piedad. Comienza por limitar la creatividad, que es vista como amenaza de quienes se arrogan el derecho de pensar, y continúa por imponer pensamientos alternativos, presentados como modo de fidelidad al poder y única opción tolerable al pensar propio. Llenando nuestras mentes con este tipo de pensamientos autorizados es más fácil detectar la autonomía personal y perseguirla, su estrategia evita las prohibiciones, que tarde o temprano acabarán generando contestación (la mayor parte de las revoluciones han tenido que ver con la prohibición de hacer, más que con la de pensar), y va tocando el sustrato cultural y humanizador, atontando al pueblo con pan y circo, promoviendo lecturas simples y burlonas frente a los relatos existenciales fundantes, supliendo materias escolares que generan pensamiento libre (filosofía, ética, religión,…) por las que garantizan la adhesión al pensamiento único, aborregando a las masas para seguir las directrices y consignas que las salven de eso tan aburrido que es pensar. La resistencia íntima se ha pagado con el silenciamiento, el destierro, la muerte o el martirio.

En otras ocasiones, sin imposiciones externas, es uno mismo quien opta por no pensar. Tomar esta decisión trascendental tiene que ver con la pereza que busca liberarse de la responsabilidad, que piensen otros, que lo hagan otros; y también se relaciona con el hastío que se siente por hacerse parte de todo cuanto se vive. Quien prefiere no pensar busca una libertad que es engañosa, porque con ella pierde su capacidad de crecimiento personal, renuncia a su voluntad, sin percibir que posiblemente nunca podrá recuperarla. Cuando entregamos la capacidad de pensar por nosotros mismos nos instalamos en la comodidad de no sentirnos parte de las complejas relaciones de la vida, es más fácil así dejar ir el remordimiento y la angustia ante las catástrofes ocasionadas por esa ruptura de las relaciones con la creación y entre las personas, ver pero no mirar, oír sin escuchar, vivir sin pensar en sus consecuencias. Es una entrega necesaria para quienes la responsabilidad por el fracaso supone una carga insoportable. “Pensar es difícil. Por eso la mayoría de la gente prefiere juzgar”, afirma Jung, y ese juicio se superpone al resto de las decisiones, se impone a la propia vida y a la de quienes nos rodean, como resultado de la propia dejación y pereza por las relaciones.

Tristemente, para quienes deciden no pensar, el juicio no solo les evita el sufrimiento del fracaso, también les aleja de la belleza de aventurarse cada día a vivir con intensidad las opciones que se nos presentan, de recorrer la propia existencia, y la de los demás, sin reducirlo todo a un juicio permanente y maniqueo que se refugia en la conveniencia práctica frente al sentido trascendente. Situarnos frente a la belleza y no pensar, nos libera de sus consecuencias, por eso aumenta el consumo de libros, arte, música, incluso cursos de formación, que automatizan el pensamiento buscando una comprensión simple de las cosas y el ahorro del pensamiento propio. Cuando se ha buscado eliminar la capacidad de pensar, sea para uno mismo o para otros, los dictadores del pensamiento han comenzado por suprimir las artes de vanguardia, la poesía, la espiritualidad, promoviendo juicios simples asociados a la cultura simple. Es suficiente con repasar las estanterías de algunas personas, o su timeline de Twitter o Instagram, para hacernos una idea de hasta dónde llega su pereza por pensar.

Pensar es difícil, porque pensar nos humaniza, nos salva de nuestras miserias y nos aporta una esperanza que va más allá del simplismo existencial. Pensar nos sitúa ante espacios de sentido que posibilitan nuestra incorporación a la realidad, nos aleja del juicio fácil y rápido, pensar nos devuelve a la vigilia y al sentimiento pleno, nos despierta del sonambulismo aterrador que amenaza nuestra radical libertad. Por eso mismo, pensar es difícil, pero también es peligroso.

¿Tiene sentido?

Es uno de los ejercicios más humanos, de hecho nos permite ser humanos, porque en su búsqueda somos conscientes de que pensamos, y este sencillo gesto, como ya adelantó Descartes, nos abre a la existencia, y en ella a todo lo posible. Pero es trabajo para toda una vida, porque nos constituye también envuelve nuestras decisiones, forma parte del proceso de personalización, y como tal embellece éticamente las circunstancias que nos rodean.

Sin embargo, la búsqueda de sentido no es la tarea más sencilla que tenemos. Desde que podemos considerar a los seres humanos como tales, nuestra naturaleza se ha embarcado continuamente en desentrañar el sentido de cuanto nos sucede, y especialmente de la propia existencia. Las religiones han jugado un papel decisivo, ofreciéndonos espacios de pensamiento e imágenes que nos ayudaran a interpretar las preguntas fundamentales sobre quiénes somos, qué nos constituye, de dónde venimos, a dónde nos encaminamos… Es en esta apertura existencial donde las religiones mantienen su valor de sentido, frente a las respuestas cientifistas de otros ámbitos de conocimiento, que basan su convicción en la verificabilidad y su fuerza en la defensa de una teoría del todo, pero que no satisfacen la falta de respuestas ante las necesidades de sentido en que nos movemos tan torpemente.

Pero, ¿qué ocurre cuando es la misma religión la que ofrece respuestas enlatadas? Si la principal característica de la religión es la búsqueda de sentido, esta queda atrofiada en el momento en que convertimos la religión en una suma de dogmas, la praxis eclesial en una liturgia mistérica, la moral en un listado de pecados y virtudes. En esos espacios religiosos se anula toda búsqueda, más bien se persigue y aparta a quienes se hacen preguntas, a los creativos, a quienes abren nuevos caminos, a los que dudan. Son espacios cerrados, marcados por ideas repetidas desde una tradición que no quiere saber de nuevas palabras, y en su oscuridad rechaza toda mirada presente y futura, afectada por la consabida tortícolis eclesial.

La búsqueda de sentido no solo se da en los aspectos fundamentales de la existencia, esas grandes preguntas que nos hacemos y que antes citaba, especialmente nos confronta en los pequeños giros que da nuestra vida, esas pérdidas de control cuando parecía que teníamos todo dominado, en esas circunstancias es cuando el sentido se nubla, la mente divaga y las preguntas se simplifican, ya no atañen a la existencia como finalidad sino al nucleo mismo de la persona, la mayoría se reducen a un sencillo ¿por qué?, los verbos, sujetos y predicados se hacen implícitos, a pesar de estar más presentes que nunca.

Es en estas búsquedas de sentido donde la fe, más que la religión, debe acompañarnos. La fe, y no la religión, porque la persona se enfrenta desnuda de ideas y de prejuicios a las pequeñas crisis que la van a definir sin contemplaciones; la fe, y no la religión, porque provoca un diálogo interior con Dios, repleto de gracia, en el que sobran actos y justificaciones. La religión, ante ese abismo solo sabe volver a ideas antiguas, consagrar países, liberar indulgencias, sacar procesiones, imponer rogativas, volver al pensamiento mágico de la protección sobrenatural.

Puede que me esté afectando el confinamiento, pero creo realmente que para ayudar a la fe de nuestra gente no tenemos otra opción que aportar sentido desde la sencillez y la trascendencia; y siento una profunda lástima cuando veo a clérigos aprovechando este pisuerga para vendernos humo religioso, que a algunos tranquilizará, pero será pasado mañana una nueva crisis de fe. Da la sensación de que preferimos las prácticas religiosas caducas antes que colaborar en una búsqueda de sentido, que nadie más está haciendo, pero que muchos, no solo los creyentes, es lo que realmente esperan de quienes tenemos fe, a pesar de todo.

Con nombre de mujer

La primera vez que me encontré de frente con un caso de violencia machista fue en Sevilla, eran mis primeros años como sacerdote, con la cabeza llena de proyectos pastorales e ideales, que se tambalearon la tarde en que Alicia* entró en el despacho de la parroquia con sus dos hijos, de tres y cinco años. A pesar de su alteración y nerviosismo consiguió explicarme que su pareja le había dado una paliza. Apenas se le veía un rasguño en la cara, me enseñó el brazo izquierdo y cuando quiso enseñarme la espalda para que la creyera le dije que era suficiente, evidentemente que la creía, por qué no iba a hacerlo, pero entonces me contó su peculiar peregrinación a cada de sus padres, de una amiga, de su primo… antes de llegar a la parroquia, todos la habían ayudado y comprendido, pero también encontró dudas, miradas interrogantes, silencios cómplices, ¿cómo iba a hacer eso Juan Antonio?, ¿algo más habrá pasado?

Lo primero que hice fue buscar un lugar para que Alicia pasara la noche, la acompañé a la residencia de las trinitarias, allí se podía quedar hasta tres días, no es un lugar preparado para acoger a mujeres que necesitan escapar de la vida, mientras tanto podíamos buscar un lugar más adecuado. A esa búsqueda dediqué los siguientes dos días. Mientras viajaba en el bus a mi primer destino, un centro de ayuda a la mujer, repasaba mentalmente todas las asignaturas de teología que, supuestamente, me habían preparado para esto. No tuve ninguna profesora de teología en toda la carrera, ahora es diferente, hemos abierto las puertas de ese búnker; en mis apuntes sería imposible descubrir una sola línea sobre teología feminista, o alguna una reflexión sobre Dios con voz de mujer; ninguna de las escuelas pastorales que me presentaron afrontaba temas como el que me había dejado sin dormir la noche anterior, y de las clases de derecho canónico solo recordaba que el matrimonio es un vínculo indisoluble en el que los malos tratos no constituyen per se un motivo de nulidad.

Encontramos un lugar para Alicia y sus hijos, un espacio de paz, de noches sin sobresaltos, de encuentros y charlas con café que alientan, porque comparten los mismos posos, hechos de golpes e insultos. Yo podía volver a mis cosas, conciencia tranquila y corazón agrandado. Al día siguiente me llamaron de la casa de acogida, Alicia se había ido con los niños, no pudieron hacer nada para retenerla, quería volver a su casa, con su marido, le echaba de menos, Total, solo tiene momentos malos de vez en cuando, en realidad es muy cariñoso… Intenté verla en los días siguientes, no fue posible, se avergonzaba de lo que había hecho, le preguntaban amigos y familiares cómo fue capaz de irse de su casa, llevarse a sus hijos, hacerle eso a Juan Antonio. Volví a la casa de acogida de la Junta, buscaba un argumento, algo que me ayudara a entender, Es lo que suele pasar, me dijeron, la mayoría de las mujeres maltratadas vuelven a casa, excusan a sus parejas, sobre todo si hay niños de por medio. Casi me convencieron de que al final la responsabilidad es de la mujer, porque se le dan recursos y no los quiere. Han cambiado mucho las cosas, especialmente la mentalidad de quienes deben ser ayuda y apoyo, aunque no siempre el cambio es total.

Cinco semanas después celebré la misa de funeral de Alicia. Conseguí pronunciar palabras solo porque las podía leer, no dejaba de culparme a mí mismo por no haber insistido, por confiarme en las buenas palabras de las trabajadoras sociales que parecían saber tanto del tema, por rendirme y creer que aquella mujer, lo que quedaba de ella, sabía lo que hacía. Un trabajador del tanatorio me dijo que era mejor no decir homilía, el tiempo estaba muy justo y esperaba otro funeral, me sorprendí aliviado, yo, que nunca callo, no encontraba las palabras, pero tampoco quería traicionar la memoria de Alicia con ornamentaciones de cura, muy bonitas pero que no sirven para nada. Unos días después me avisaron de que Juan Antonio estaba en la cárcel, yo podía haber ido a verle, era capellán de la prisión, hablar con él, preguntarle, preguntarme…, no pude. No he vuelto a ser capellán de prisión, aún hay muchas cosas que solucionar dentro de mí, muchos argumentos que encontrar.

Han pasado veinte años, y sigo viendo la cara asustada de Alicia aquella tarde, cada vez que cierro los ojos cuando sé que ha muerto otra mujer por ese terrorismo machista que no conseguimos derrotar. Y traigo esta historia porque hoy, 4 de febrero, celebramos a la beata Isabel Canori Mora. Vivió en Roma en la primera mitad del siglo XIX y fue beatificada por Juan Pablo II en 1996, como ejemplo de amor entregado en medio de no pocas dificultades conyugales, mostró una total fidelidad al compromiso adquirido con el sacramento del matrimonio. Constante en la oración y en la heroica dedicación a su familia, nunca puso excusas, conveniencias o intereses para justificar un abandono de su hogar, para ella solo primaba el código de fidelidad de amor y rendición total, según los criterios de su fe; trató a su marido con paciencia gentil, ofreciendo penitencias y oraciones por su conversión (Juan Pablo II, Homilía en su beatificación, 24 de abril de 1996).

Isabel tenía dos hijas, como Alicia; se casó joven, como Alicia; la humillación por parte de su marido era constante, como Alicia; Isabel volvía siempre a casa porque así se lo aconsejaban sus confesores y amigos, como Alicia; perdonó siempre, hasta el final, como Alicia… Isabel y Alicia, son dos vidas unidas por la misma justificación social y religiosa. Pero nos equivocamos, las palabras de Juan Pablo II hablan de fidelidad, de paciencia, de oración, de conversión, pero no hablan de justicia ni de dignidad. Mantenemos el mismo discurso porque seguimos pensando desde una fe machista y puritana, que cree en la rendición total como la mejor arma contra los violentos, y que el cielo es un premio demasiado bueno como para rechazarlo. Esta no es la fe de las valientes, de la paciencia impuesta y de la oración balsámica. Es la fe cobarde que se esconde bajo palabras vacías y promesas de paraíso, es la fe de leyes escritas y defendidas por varones, es la fe de los verdugos, no la fe de las víctimas.

Isabel Canori se presenta hoy como ejemplo de resignación, de mujer fiel que vuelve bajo la autoridad de su marido, pero ella no es mártir, ni es ejemplo de lucha, o de un basta ya decidido y firme. Alicia murió por culpa de esa resignación, por culpa de la paciencia impuesta y no cuestionada. Esta Iglesia que tanto ha olvidado a las mujeres, sigue olvidando, callando o con palabras rancias, a las mujeres que ha invitado a resistir, con ese hipócrita argumento de que hay que salvar el sagrado vínculo matrimonial, las eleva a los altares por su silencio y paciencia. Mientras, queda pendiente la acogida sincera, la denuncia firme y sin ambigüedades, la renuncia a imponer pecados, el cambio de los cánones trasnochados. Me niego a celebrar la resignación, se lo debo a Alicia, a mi madre, a mis hermanas y sobrinas, a todas las mujeres que también he hecho mi familia.

*Los nombres son inventados, lo que comparto con ellos, por desgracia, no lo es.