Dejarme hacer

Cuando nos situamos en posiciones de cambio, en el mismo momento en que somos conscientes de la necesidad de asumir la transformación como estructura vital, las primeras preguntas que nos hacemos son, ¿Qué se espera de mí? ¿Qué puedo hacer para cambiar? Son preguntas que están detrás de una actitud positiva, porque hemos aprendido que todo cambio necesita de nuestro compromiso, nos implica personalmente. Frente a quienes se sientan a esperar que el cambio lo hagan otros, están los que son ellos mismos el cambio que esperan ver en el mundo, en palabras del Mahatma Gandhi. Hay un sesgo darwiniano en nuestras expectativas, que nos impulsa a confiar en que las transformaciones nos vendrán del entorno, posicionándonos con nuestra capacidad de adaptación y nuestras propias fuerzas, ¿qué puedo hacer?

Ese sesgo, que tiene mucho de social, no nos impide tomar la medida de nuestras posibilidades, que será un buen punto de partida, porque obliga a conocerse y buscar caminos nuevos, sin que el autoconocimiento bloquee nuestras capacidades personales para crecer y hacer cosas que no esperábamos, o no se esperaban de nosotros. El temor a lo que nos desidentifica actúa como freno para los cambios, el aprendizaje se vuelve entonces lento y va perdiendo creatividad, suele ser mucho más fácil dejarse llevar por las circunstancias, como si el hecho de entregar nuestro timón pudiera liberarnos de la responsabilidad en nuestras decisiones.

Una vez asumida una actitud activa en el cambio, se hace imprescindible una actitud pasiva, que no debe ser confundida con la pasividad de la que hablaba antes. A las preguntas sobre qué puedo hacer, suceden dos preguntas clave, ¿qué debo dejar de hacer? y ¿qué debo dejarme hacer? Se trata de una objeción de conciencia vital, ya no es cuestión de centrarse en la iniciativa sino hacerla valer en cada una de nuestras pasividades. Es una toma de decisión que facilita el tránsito de lo existencial a lo trascendental, de lo que parece que nos da valor a lo que nos aporta sentido.

Es importante dar un paso adelante, en algunos momentos de la vida es incluso imprescindible, pero también lo es conocer qué paso debemos dejar de dar, aprender que no todo se mide por el valor ni el riesgo de la decisión por tomar, que no todo puede reducirse a simple renuncia, que la libertad no está en la capacidad de optar sino en hacer posible que el yo que decide pueda seguir sintiéndose yo. Así es como nos salvamos, no siempre comiéndonos el mundo, sino dejándonos hacer y cuidando lo que amamos.

La fortaleza ante las adversidades, que se verifica en la capacidad de adaptación al medio, también lo es cuando priorizamos el cuidado, que es una dimensión estética. Podemos contemplar la belleza proyectando expectativas sobre las experiencias y los objetos, o podemos también dejarnos transformar y traspasar por todas las realidades que nos sobrepasan, incluso sin entenderlas del todo, permitiendo que sea la belleza la que nos envuelva. No hay nada de pasividad en ello, aunque por pereza de pensamiento propio prefiramos un tipo de belleza que nos dé todas las respuestas, antes que la belleza que nos sugiere todas las preguntas. Lo experimentamos en la contemplación de la obra artística, pero más aún lo vemos en la vida: exigimos comprenderlo todo inmediatamente, no pensar demasiado, dejar nuestra huella, dar una opinión aunque nadie la pida. Mientras tanto, voy olvidando la importancia de escuchar, asombrarme, admirar, dejarme hacer.

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