Soltar el pasado

Entre los escollos para la reconciliación, y por extensión para el perdón, está la incapacidad para soltar el pasado. Nos movemos demasiado apegados a los hechos vividos y eso acaba creando una desconfianza hacia el futuro. Apunté esto de Chuck Palahniuk, Nuestra desconfianza hacia el futuro es lo que nos dificulta soltar el pasado. Quedarnos a vivir en nuestro pasado, o en el de quienes nos rodean, también en los acontecimientos y las circunstancias, es uno de los principales motivos de dolor. El apego vuelve nuestra mirada a lo que nos herido, pero también a lo que nos ha generado alegría y felicidad, y casi sin darnos cuenta nos vemos arrastrados por la marea de la nostalgia, obsesionados con revivir, incluso repetir, esas vivencias.

Cuando el pasado inunda nuestro presente se convierte en un lastre para la voluntad. Juzgamos desde lo adquirido, comparamos experiencias, volvemos a lo que nos ha aportado seguridad, sentenciamos con el escudo de la tradición, tan convencidos de esa mirada retrospectiva que se convierte en la única mirada que tenemos sobre el mundo, y sobre las personas. El cambio, la transformación, se hacen incómodos compañeros de camino, porque derrumban los muros que resguardan las certidumbres e invitan a mirar más allá de nuestras convicciones.

No somos esclavos de nuestras decisiones. Esta idea, tan repetida como falsa, tiene un triste trasfondo, que nos incapacita para amar y para perdonar. Decidimos, lo hacemos constantemente, pero no es la capacidad de decidir lo que nos hace libres o Esclavas, sino el cuidado que ponemos para que en cada una de nuestras decisiones podamos seguir diciendo que somos, no dejemos perder nuestra esencia más íntima, más humana, más relacional. Es así como nos abrimos a nuevas preguntas, a la trascendencia de nuestras acciones. Es así como reconocemos nuestra dignidad y la de los otros, sin limitarnos al respeto y la tolerancia, en el convencimiento de que todos tenemos un mañana que no puede medirse por nuestro pasado.

La respuesta a la famosa pregunta existencial, ¿de dónde vengo?, nos sumerge en búsquedas demasiado simples de nuestro pasado, haciendo a veces verdaderos equilibrios para encajar o dar sentido a lo que nos cuesta entender del presente. Obsesionados con las respuestas, nos convertimos, ahora sí, en esclavos de ese pasado, que no soltamos por miedo a diluir la esencia que tanto nos gusta conservar. Venimos de la nada, nuestra procedencia y todas las experiencias vividas no pueden convertirse en libro de instrucciones para el montaje de los muebles del presente; no merecemos que se nos juzgue por cualquier pasado que estereotipe el modo de comprendernos y aceptarnos, nadie lo merece en realidad.

Mirar con confianza el futuro es abrir caminos para la reconciliación. No son fáciles de rastrillar, no podemos controlar completamente nuestra memoria, ni hacer tabula rasa generalizada, porque habrá memorias que deberemos conservar para aportar sentido a muchas búsquedas y evitar que se transformen en laberintos sin salida. El desafío consiste en saber soltar con delicadeza ese pasado y dar una oportunidad al mañana, confiar, creer en el cambio. No hay mayor conversión que esta.

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