… presbicia emocional

Otra de las afecciones que implican a nuestra mirada sobre la realidad tiene que ver con la dificultad para ver de cerca. La presbicia, también llamada vista cansada, afecta a nuestra capacidad de acomodación, difumina la realidad cercana, y solo cuando nos alejamos de ella somos capaces de distinguir con claridad aquello que teníamos a nuestro alcance. Pero alejarse o ponerse gafas para ver de cerca, suelen convertirse en atajos y soluciones inmediatistas.

Nuestra condición humana nos hace especialmente comprometidos en el cuidado, pacientemente y con pasión nos hacemos prójimos de otros, atendemos sus caídas, nos hacemos cómplices de sus inquietudes y nos alegramos con sus conquistas. Vivir juntos saca lo mejor de nosotros mismos, al hacer nuestras las esperanzas de quienes tenemos cerca contribuimos a afianzar las nuestras propias y a construir un mundo mejor. La vida discurre fácilmente en todo lo compartido, porque somos parte de una ética del cuidado que equilibra el caos en el que nos movemos.

Pero nos acabamos cansando. Dice Paul Bloom que la empatía es solo un truco de nuestra mente para hacernos sentir bien, una justificación moral de nuestros actos, que el altruismo que practicamos solo responde a un egoísmo innato desde el que levantamos muros de protección, difíciles de detectar y de derribar. No comparto su pesimismo existencial, aunque es cierto que nuestra mirada se nubla de presbicia emocional, la pasión de lo cercano nos invita a relajarnos conformándonos con sentir en la distancia.

A veces, cansados de no cambiar aquello que alcanzamos a tocar, incluidos nosotros mismos, nos adherimos con más fuerza a lo que nos queda más alejado. Conmovidos por imágenes, historias y personas que vemos de lejos, sin las salpicaduras del contacto, con la facilidad emocional que aporta la separación, les entregamos nuestra alma solidaria. Somos capaces de descifrar sus debilidades, hacernos eco de sus gritos, comprometernos con sus búsquedas al mismo tiempo que pasamos de puntillas por el presente que mancha nuestro caminar. La capacidad de ponernos en el lugar del otro y pensar como piensa el otro es inversamente proporcional a la distancia que nos separa de ese otro, cuanto más otro lo sentimos más empatizamos emocionalmente, porque el cercano se desenfoca en nuestra mirada, perdiendo sus rasgos de prójimo y de hermano.

La presbicia emocional no tiene cura, es la enfermedad de nuestra vejez como personas. Podemos emplear, eso sí, lentes progresivas, de las que nos permiten ver a cualquier distancia con claridad. Aún así, solo el ejercicio de sentir lo cercano y lo lejano como íntimamente relacionados, nos ayudará a aceptar que no podemos entender lo uno sin lo otro. Las soluciones para nuestro defecto en la visión de cerca deben también corregir la mirada que hemos puesto en lo distante, y viceversa. La solidaridad, la compasión, la empatía, se expanden cuando somos capaces de desalambrar los caminos del encuentro entre lo que nos roza y lo remoto. Cuando percibimos su sentido compartido, cuando ejercitamos una mirada que no se desenfoca al cambiar la distancia, ni se acomoda a las seguridades conocidas, entonces estaremos realmente comenzando a ver.

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