¿Aportar valor o sentido?

Hace unos días asistí a un acto en el que, sobre todo, se habló de la tarea evangelizadora de la escuela católica. Una de las intervenciones me dejó inquieto, defendía con pasión el valor añadido que para un colegio aportaba su ideario católico, reclamaba cuidar los elementos propios de ese ideario, de modo que la propuesta educativa se envuelva de calidad y excelencia como expresión de la tarea evangelizadora. Quienes me conocen bien ya estarán intuyendo que desde ese momento no paré tranquilo en mi asiento. Como estaba entre el público, y no había oportunidad de preguntas ni debate, allí mismo comencé a escribir mi reflexión.

¿Cuál es el objeto de nuestra misión educativa, aportar valor o sentido? Tanto en la escuela como en otros ámbitos de la actividad evangelizadora de la Iglesia, nos hemos sumado con más entusiasmo que discernimiento a la búsqueda del valor de nuestras acciones. En ocasiones, esta aportación de valor se ha originado como línea de defensa ante las acusaciones externas o internas, una justificación que nace tanto de la inseguridad como del acomplejamiento, y que quiere presentar nuestra propuesta desde la autoridad de la excelencia y la calidad. Nuestras instituciones eclesiales han optado históricamente por seguir ofreciendo espacios educativos, caritativos y solidarios evangelizadores, pero sosteniendo esta opción en el valor que supuestamente añade el Evangelio, y desde ahí se justifican decisiones, programaciones y modelos pedagógicos.

Enredados en esta búsqueda del valor añadido que nos diferencie del resto solemos confundir la misión con los medios, evangelización con calidad, acompañamiento con procesos. Convertidos en aprendices de McLuhan, acabamos haciendo del medio el mensaje, y despojamos a la misión de su esencia, adornándola de palabras rimbombantes, tecnología punta y estética minimalista, pero sin lograr desprendernos de nuestra más clásica contradicción pastoral: vender unos valores institucionales que cada vez se identifican menos con lo que mostramos en la práctica con nuestras acciones.

Cuando nos obsesionamos con aportar un valor referencial también nos enredamos con el control, necesitamos resguardar lo que valoramos como imprescindible, porque de ese modo categorizamos mejor las ideas y, maniqueamente, colocamos a cada uno en su sitio. El control busca alcanzar, especialmente, a los contenidos de la propuesta evangelizadora, nada debe salirse de las definiciones que garanticen el valor, el esfuerzo debe centrarse en los elementos diferenciales y no tanto en los integradores. Aparecen entonces las expresiones anticreativas que protegen la inversión realizada, esto es lo que nos define, siempre se ha hecho así, no conviene confundir,…

Nuestra misión, sin embargo, tiene mucho más que ver con un sentido que con un valor. Aquella perla escondida de gran valor, de la que nos habla la parábola del Evangelio, no contiene su valía en lo diferencial sino en el sentido que invita a dejar los apegos y venderlo todo. Solo una pastoral que se construye desde la trascendencia busca la aportación de sentido, fundamenta su estética en el porqué de su propuesta más que la materialidad de los medios, se distancia del control, de la excelencia, de los números, de la institucionalización impuesta.

Aportar sentido supone situar a la persona en el centro, como nos propone insistentemente el papa Francisco, confrontarnos con la realidad y reconocernos parte de ella, antes incluso de pensar en evangelizarla. Resituando tanto a la persona como a la realidad nos ayuda a aceptarlas como don De Dios y nombrarlas, aceptando su autonomía frente a nuestro intervencionismo. Esta es la base de un humanismo integrador y no invasivo, de sentido de la existencia, que acoge e integra la diferencia, en lugar de emplearla como excusa de significatividad.

Una propuesta de pastoral de sentido tiene dos efectos inmediatos: el descentramiento y la desidentificación. Si colocamos a la persona en el centro, y en ella a Cristo, evidentemente, nuestras buenas propuestas y acciones dejan de ocupar el centro, no será ya tan importante buscar referencias que nos identifiquen como abrirnos a una pastoral de relaciones que irradie y promueva la pluralidad, acoja el diálogo y el encuentro, desde una circularidad trinitaria que integra a todos en su misterio. De ahí la necesidad de desidentificación, el paso a una pastoral que no nos obligue a vivir tan ligados a definiciones de autenticidad y de identidad que acabamos promoviendo seguridades en lugar de Evangelio.

La realidad que evangelizamos nos pide aportar sentido, no se entiende una pastoral eclesial que genere espacios de conclusión en lugar de espacios abiertos al encuentro. Es una tarea para la que necesitamos una disposición de las relaciones, sin poner límites en el empeño, que nos pide salir de los búnkeres de seguridad pastoral e institucional, que nos proyecta a la trascendencia.

2 comentarios en “¿Aportar valor o sentido?

  1. Desde siempre y sin lugar a dudas en nuestros días, en el marco de la era de la súper tecnología, de la globalización y del antimaniqueísmo, más que nunca un proyecto de pastoral debe sustentarse en el descentramiento, la desidentificación, la pluralidad, el diálogo y el encuentro.

    Desde mi particular punto de vista son necesarias que estas reflexiones y sentir lleguen a los máximos responsables de las instituciones eclesiásticas para que se reseteen y se resitúen.
    El ideal De la Iglesia que Jesús quiso era una donde los únicos límites fueran los valores morales que nos dejó en sus enseñanzas y en su ejemplo de vida, el amor y el respeto.

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  2. Pedro:
    “La realidad que evangelizamos nos pide aportar sentido, no se entiende una pastoral eclesial que genere espacios de conclusión en lugar de espacios abiertos al encuentro”.
    De “conclusión”…??

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