Vitaminas para el pensamiento

Interrogarnos por los símbolos ha formado parte del pensamiento de todas las culturas y de todos los tiempos. Empleamos símbolos para hacer más sencilla la comprensión de la realidad, y esta capacidad nos permite hacernos preguntas sobre nosotros mismos y sobre el mundo. Los símbolos acompañan nuestra reflexión, Paul Ricoeur dice que dan qué pensar, son vitamina para el pensamiento. A partir de los hechos más sencillos de la vida, el símbolo nos permite acceder a lo más profundo de la experiencia humana y convierte cada acontecimiento en un hecho debordante de significación.

En los últimos años hemos priorizado las emociones. Concretamente, en educación, tanto formal y como no formal, la llamada inteligencia emocional se ha convertido en fundamento para la creatividad y el autoconocimiento. Un buen manejo de las emociones mejora nuestras habilidades sociales, nos permite ser más empáticos, abre nuevos escenarios para el encuentro y para la interpretación de la realidad. Educar en inteligencia emocional capacita para la apertura a la trascendencia, para el diálogo, para aceptar el fracaso, para la vida.

La sencillez de las emociones supone una metáfora de la vida, porque las definiciones científicas acaban siendo secundarias si las comparamos a las aproximaciones experienciales al mundo en que vivimos. Y es en esa sencillez donde las emociones necesitan expresarse mediante símbolos, comparten lo que se vive, señalan lo que se ve. De ahí que solo la atención a lo sencillo, a las experiencias de la vida, nos permite entender lo simbólico y su sentido. La capacitación para comprender las emociones debe complementarse con la de comprender el símbolo. Si educamos en la inteligencia emocional pero olvidamos la inteligencia simbólica, la emocional quedará en mera empatía sin recorrido vital.

Ernst Cassirer, en su gran obra, Filosofía de las formas simbólicas, suma a las clásicas definiciones del hombre la de animal symbolicum, un ser que utiliza y produce símbolos, y a través de ellos se da a sí mismo y da a su mundo un sentido, un punto de apoyo, una orientación. Los símbolos forman parte de nuestra existencia, creamos algunos y otros los incorporamos. Utilizamos símbolos a través del lenguaje, y también a través de los mitos, del arte, de la matemática o de la música. Vivimos inmersos en todo un universo de símbolos que debemos interpretar, es el proceso de la cultura humana. Y esta es la parte más importante, porque esa interpretación nos conecta con el significado del símbolo, inaugura preguntas nuevas y nos acerca al sentido trascendente de cuanto construimos con nuestro pensamiento. De nuevo, el símbolo como vitamina para el pensamiento.

Sin embargo, caemos en una contradicción: salvamos el símbolo y descartamos aquello que representa. Nuestra recurrente falta de creatividad y de interpretación amenazan el pensamiento crítico, y esto es solo el primer paso para aferrarnos a los signos y símbolos, convirtiéndolos en salvavidas de una existencia perdida en el mar de los actos efímeros. Una sociedad, una escuela, una Iglesia, una comunidad, que se resiste a interpretar está abocada a merodear los dédalos de la vida sin encontrar nunca una salida. Al absolutizar el símbolo lo acabamos defendiendo frente a todo, incluso dando la vida por él, pero vaciándolo de contenido y significación, por lo que acabamos atando la vida a un mero reflejo. El símbolo deja de ser vitamina para el pensamiento, lo será solo para la intolerancia.

Uno de los errores más comunes cuando buscamos capacitar para la inteligencia simbólica es reducir la tarea a la identificación del símbolo, aprender a reconocerlo, dibujar mil y una veces su contorno, especialmente de los símbolos inmateriales, buscando con ello hacerlos parte de nuestra vida. De este modo, resaltamos la permanencia de los rasgos simbólicos, incluso nos sentimos parte de su construcción histórica, y llamamos a todo ese proceso cultura. El siguiente paso es defenderla de quienes rechazan nuestros símbolos, y contraponerla a quienes trazan otros ángulos y recorren otros caminos. Salvar el símbolo, descartando lo que señala, no es cultura sino pobreza y pesimismo vital, porque nos obligará a enfrentarnos contra quienes han encontrado otros símbolos y otro lenguaje para expresar las mismas emociones. En estos casos, la gran aliada es la tradición, siempre convocada para justificar la resistencia al significado de los símbolos, siempre en guardia para detectar las novedades creativas que resitúan la conciencia personal y colectiva.

Nuestra tarea debe ser, entonces, salvar el significado al que se apunta, el empeño hermenéutico frente a la imposición temporal de sustitutivos que pretenden rescatarnos del error interpretativo. Es un aprendizaje largo e intenso que toca a espacios muy queridos, a veces sagrados: sacramentos, códigos de conducta, valores éticos y morales estáticos, reglamentos…, y también nuestras palabras y expresiones, libros, esquemas mentales… Símbolos en todos ellos inamovibles, identificados con la cultura que pretendemos salvar, pero en muchos casos sin recorrido de significado, aceptados como tabla de salvación, tradición que nos libera del complejo arte del pensamiento.

El símbolo por sí mismo no es más que una anécdota. El símbolo que no apunta a su significado solo alimenta nuestra autorreferencialidad, sin abrirnos a espacios de sentido, sin trascendencia. Por eso mismo, el símbolo se hace fuerte y permanente cuando incluye en sí su significado. Su poder reside en liberarse de las explicaciones otorgadas por un grupo de sabios, en ser transparente para la interpretación de quien accede a él; y su debilidad siempre será la obsesiva adjudicación de un significado único, legal y canónicamente autorizado. No estoy proponiendo una anarquía de los símbolos, de ese modo seguiríamos dando un valor infinito al signo sobre lo que representa. Reivindico aquella intuición de Ricoeur, el símbolo como vitamina para el pensamiento, el símbolo como apertura a la reflexión de los hechos sencillos de la vida, el símbolo como acceso a lo más hondo y a lo más alto.

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