Sentir que sentimos, vivir que vivimos

Comenzar una nueva Pascua es un retorno a todas las experiencias de vida que nos constituyen. A poco que nos dejemos llevar por la vida que renace, que se hace nueva, accedemos a una primavera también para nuestra fe y nuestras esperanzas. Participamos de los deseos, ahora compartidos globalmente, de levantarnos de tanta muerte y soledad, de volver a relacionarnos a cara descubierta, eliminar los trampantojos con los que llevamos pintando nuestra fachada desde hace más de un año para apreciar el sentido real de nuestro existir. Ya no importa si lo que pretendíamos ocultar no coincide con los ideales morales de la belleza, necesitamos la vida en sí, la vida en su crudeza, la vida que despierta.

Para acoger esta crudeza de la vida debemos contar con todos los espacios en que la desarrollamos, sin exclusiones. La resurrección no es un regalo para quienes nunca se han manchado las manos, ni el alma, con los barros de la existencia. Para resucitar a una vida abundante es necesario haber sentido cada una de las muertes que nos han herido, se requieren espíritus heridos y no conciencias puras, paseantes de caminos perdidos y no meros pasantes de la vida. Sentir que sentimos y vivir que vivimos.

Resucitados sin excusas, comenzando por aquella tan vieja y engañosa que nos animaba a despreciar esta vida para poder abrazar con plenitud la eterna. No hay cilicio capaz de hacernos merecer una vida nueva cuando hemos despreciado y rodeado cada caída, cada espina, cada oportunidad de sentir y de vivir. Sin estos espacios de sentido solo estaremos construyendo una utopía hecha de ecos redundantes. Engañados por la sencillez de los sueños, pasaremos de puntillas por todos nuestros caminos, nos negaremos a respirar la contaminada atmósfera de esta vida abandonados a las justificaciones de un aire limpio más allá del horizonte. Hay quien pide constantemente humillaciones que le hagan merecedor del premio de una vida diferente a esta, hay también quien aprende a convivir con las humillaciones que llegan sin esperarse, porque solo así puede sentirse vivir. La única condición para recibir una vida nueva es que antes también haya habido vida, y si es posible, abundante.

Cuando el filósofo judío Emmanuel Lévinas fue liberado del campo de concentración de Hannover decidió dedicar su vida a la reconstrucción de una ética de sentido. Nos enseñó que nada podemos recomponer sin contar con las heridas recibidas, que la vida nueva necesita de ellas, sin quedarse a habitarlas permanentemente, porque nace de ellas. Lévinas nos invita a rescatar los “contenidos” de la vida, a sentirnos vivir y sentir, porque vivir es vivir de”. Reducir la existencia a un vivir para nos desconecta de la realidad, de los espacios desde los que pensamos e interpretamos. No podemos situarnos en una permanente periferia de sentido y de comprensión, todo lo que somos nos propone una conciencia de nosotros mismos para habitar el mismo centro del sentimiento y del pensamiento.

Vivir de nos reconcilia con todos los recovecos de la vida en sí. Casi sin darnos cuenta, formamos una resistencia a partir de nuestra obsesión por la fortaleza, de los constantes requiebros que hacemos a la vulnerabilidad que nos habita. Proyectamos un mañana feliz sin aceptar que no habrá mañana alguno sin un presente que lo construya, que nuestro corazón solo hablará con verdad si sabe contar sus rupturas con la misma pasión que sus victorias. Vivir de nos recuerda que el misterio de la vida humana es el mismo misterio de las relaciones que establecemos con cuanto nos rodea, sin aplazamientos a otra vida más allá de nuestra historia, ¿cómo comenzar una vida nueva, una vida resucitada, si antes de ella no encontramos ningún signo de vida auténtica?

Tras siete años seducido por las promesas de inmortalidad de la diosa Calipso y los encantos de su isla, Odiseo decide retomar su viaje en el presente de los peligros y los desamores. No le basta el para siempre, necesita reencontrarse con la pasión de su vagar inquieto, sabe que solo esa pasión le salvará. Cesare Pavese recrea bellamente aquel diálogo; cuando Calipso le pregunta, “¿Qué es la vida eterna sino este aceptar el instante que viene y el instante que se va?”, Odiseo responde, “Si lo supiera, ya me hubiese detenido. Pero olvidas algo, aquello que busco lo tengo en el corazón, como tú. No hay eternidad que impida moverse al corazón inquieto. Solo cuando encontramos de qué vivimos podremos sentirnos resucitados, podremos sentir que sentimos, vivir que vivimos.

2 comentarios en “Sentir que sentimos, vivir que vivimos

  1. Pingback: El tiempo presente - Otro Mundo Es Posible

  2. Gracias por explicarnos, de una forma tan profunda y tan bella, por qué no hemos “perdido un año” de nuestra vida. Me duele cuando alguien lo dice y hoy entiendo la causa. Con este pensamiento alimento el mío. De nuevo, gracias

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