La tierra prometida

Una vez más, la noticia de que el ejército de Marruecos ha arrasado y dispersado el campamento de subsaharianos en los alrededores de Nador, nos ha pasado desapercibida. Una vez más. Es posible que algunos celebren que así habrá menos presión sobre la valla de Melilla, ahora que la mirada migratoria parece centrarse en Canarias, y que piensen, con ese razonamiento que da el haber nacido en la orilla primermundista del Mediterráneo, que las cosas son simples y debemos proteger nuestros intereses y nuestro estilo de vida. Una vez más.

Amin Maalouf, en su interesante ensayo Identidades asesinas, recuerda que “antes de ser inmigrante se es emigrante, antes de llegar a un lugar se ha tenido que dejar otro, y los sentimientos de la persona que deja no son siempre simples”. Uno de los problemas de los miles de migrantes que llegan al norte de África es dejar atrás los fantasmas de los que huyeron, les persigue incluso cuando han alcanzado Europa, y a lo largo de su camino les regalan guetos deshumanizantes en los que encerrarles. No son simples los sentimientos del que sale, y se vuelven complejos cuando nunca se llega.

He visto los grupos de subsaharianos alrededor de las montañas de Nador, su vagar por la carretera, decenas de personas desorientadas, niños, jóvenes, mujeres embarazadas también, víctimas de las mafias que venden esperanza para después abandonarlos en una playa mediterránea alejada de todo, sobre todo de Europa. He podido hablar con los que se preparan para dar el salto, fabricantes de garfios y herramientas rudimentarias que les permitan salvar una valla que separa sus vidas de sus sueños. Creen en el otro lado, empeñan sus vidas para alcanzarlo, muchas mujeres literalmente. Para ellos han sonado los cantos de sirena desde el otro lado del mar, los escucharon desde más allá del desierto, sonaron más fuertes que el miedo a dejarlo todo atrás, más armoniosos que el ruido de la violencia y de la pobreza en que crecieron. Pero también a ellos, como a los míticos navegantes, les dejó varados en los arrecifes que guardan el club al que no son invitados a pertenecer.

En Tánger conocí a Jeremy. En su país de origen, Guinea-Conakry, estudió económicas, pero la inestabilidad política y social le empujaron a buscar el norte. En Bamako, capital de Malí, hicieron las últimas compras, ya no iban a encontrar otra gran ciudad hasta llegar a Marruecos. Además, tenían que prepararse para las largas jornadas en el gran desierto, y encontrar a alguien que les guiara. Esta búsqueda se convirtió en su primer contratiempo, pronto aparecieron las mafias que se disputaban el control de aquel grupo de extranjeros, porque eso es lo eran ya, y acabaron con la mayor parte de sus ahorros. Jeremy ya estaba advertido. Su hermano mayor lo había intentado unos años antes, murió cerca de Taghit, en Argelia, cuando su grupo de migrantes fue atacado por uno de tantos grupos islamistas armados. Este fue la razón para evitar suelo argelino y cambiar el rumbo hacia Sahara Occidental.

En cualquier caso, el principal obstáculo seguía siendo el desierto del Sahara. En su mente se confundían espejismos e imágenes del paraíso europeo vistas en televisión. Salieron veintitrés, el mar de dunas se quedó con cuatro en las primeras semanas de travesía. Otros seis se las vieron con los sentimientos complejos de los que salen y, como aquellos hebreos de miles de años atrás, volvieron a Guinea, no sin antes llamar cien veces locos a los que mantenían la vista en un horizonte inalcanzable. Jeremy es católico, desde el primer momento se sintió en éxodo, de algún modo él también había sido un Moisés, en permanente conflicto personal por identificarse con las quejas y penurias de los suyos al tiempo que se negaba a mirar atrás, entregado a la misión de alcanzar la tierra prometida.

El camino de Jeremy no duró cuarenta años, aunque lo pareciera. Su rostro quedó curtido por el sol y la arena del desierto, y según iba ganando terreno al deseado norte perdía fuerzas, peso y años; de algún modo empezaba a comprender que ya no tenía pasado, el futuro titilaba aún demasiado lejano, y el presente se escurría entre sus dedos con la misma facilidad que esa arena sin vida a la que sus manos se agarraban. Finalmente llegó a Tánger, junto a nueve más de aquellos que fueron emigrantes en Guinea-Conakry. Era incapaz de contarme el viaje hasta allí, su mirada se perdía entre las lágrimas y la memoria del dolor.

La cosmopolita ciudad marroquí no era capaz de ocultarlos, su presencia no podía pasar desapercibida, pero ellos aún esperaban más allá del horizonte. Ahora era más fácil. Desde cualquier espacio abierto de la ciudad podían mirar al norte y ver la costa de Europa, no hay fuerza mayor que la evidencia, esa sensación de casi poder tocar con las manos lo que hasta ahora solo eran sueños de caminantes sonámbulos. Jeremy y los suyos subieron a los bosques que rodean Ceuta, allí esperaban una oportunidad para el salto, mientras el grupo de migraciones de la diócesis de Tánger, con su obispo a la cabeza, reponían cada semana las mantas, plásticos y comida que la policía y el ejército les arrancaban de las manos.

Fue allí donde Jeremy supo que no seguiría adelante. El Horra fue su particular Monte Nebo. Como Moisés, contempló de lejos la tierra prometida, dejó de ser punta de flecha para convertirse en faro. Sentía que debía poner en valor todo el dolor que había conocido, hacerlo útil para otros, abrir sus manos, no para escalar vallas sino para cuidar a los convertidos en invisibles sociales, ni emigrantes ni inmigrantes. Jeremy se unió al trabajo de la Delegación de Migraciones de la diócesis de Tánger, allí trabaja aún. De vez en cuando sube a la azotea de la catedral y mira a Europa. En esa terraza me contó su historia, me dijo: “Me siento como Moisés, este es mi Nebo. Antes pensaba que aquella era mi tierra prometida, pero ahora comprendo que soy yo quien debo ser tierra prometida para los desorientados”.

Vista de Europa desde la terraza de la catedral de Tánger.

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