La compasión es libertad

Resulta irritante la facilidad con la que algunos confunden la compasión con la lástima, o incluso con la comprensión. No es lo mismo comprender la vida de quien tengo delante que ceder espacio entre mis pasiones a las suyas. No es lo mismo llorar junto a alguien que hacerme acompañante de su dolor, o de su alegría, sin generar esos sentimientos de superioridad asociados a la lástima que solo mantienen a cada uno en su propio lugar descolonizado. La compasión, con-pasión, no busca espacios de sentido compartidos sino unirse en una misma respiración consciente que identifica emociones y apasionamientos, aumenta y necesita de la humildad, porque compartimos defectos y virtudes, aprendemos a aceptar que no somos perfectos y que todos tenemos limitaciones.

Compasión tampoco es solidaridad, a menos que sigamos en la orilla de los que quieren cambiar el mundo pero sin que ese cambio les roce. La solidaridad es necesaria en la lucha por la justicia, pero se queda en gesto infantil cuando se nos necesita implicados y sustanciales a esa justicia que las personas concretas y reales necesitan. Un conocido proverbio sioux aconseja que antes de juzgar a una persona, camines tres lunas con sus mocasines. Difícilmente puedo acercarme a alguien que sé por lo que está pasando si nunca he sentido los pliegues de la vida que le dañan al caminar. Desde que comenzó la pandemia he podido compartir con muchas personas, demasiadas, sus padecimientos al sufrir la COVID-19, pero por más que he querido ponerme en su lugar y darles ánimo es ahora, cuando yo mismo he pasado la enfermedad, y aún sus complicadas secuelas, el momento en que más allá de comprender lo he vivido.

Compasión no es simplemente empatía. El auge de la inteligencia emocional ha destacado excesivamente la denominada empatía emocional, ponerse en el lugar del otro, lo que Adam Smith llama más apropiadamente simpatía. Frente a ella Paul Bloom propone que trabajemos más la empatía cognitiva, pensar como piensa el otro, evitando los problemas morales que desplacen el espacio del otro por el propio. El recurso de la empatía, del que tanto abusamos para equilibrar las emociones y mejorar las relaciones interpersonales, necesita el complemento de una compasión racional, no como actitud medida y diseñada, no como un simple lugar compartido. Calzarse los mocasines de otra persona no nos convierte en ella, puede ser un acto de transformismo que actúa solo en la superficie de los sentimientos y pretende salvar desde la apariencia de identidad compartida. La compasión va más allá de la empatía cuando se pone en marcha con esos mismos mocasines, aprendemos a sufrir con ellos, a dejarnos dañar por el terreno, por las ampollas y rozaduras que nos provocan. Pensar con ellos puestos, interpretar con ellos el mundo y la realidad, acceder a la vida del otro y ver, juzgar, escuchar, callar, desde el mismo espacio de comprensión en que el otro lo hace.

Las tradiciones orientales nos han enseñado a incorporar la compasión a nuestra forma de ver el mundo y de vernos a nosotros mismos. Es la llamada bondad amorosa (loving kindness), que se fundamenta en el deseo de liberarse del sufrimiento, en una aspiración sincera de que los demás sean felices y en la que puedo alcanzar mi propia felicidad. Esta capacidad abarca todas las dimensiones de la vida y nos reconcilia con la naturaleza humana, por eso el primer ser compasivo es Dios, y así lo entienden todas las religiones.

La compasión más difícil es la que se alcanza sin necesidad de calzar otro calzado, la que no busca experiencias transformadoras sino que ha interiorizado el ser complejo que es el otro, nos hace habitantes de los espacios de intersección que nos liberan del sufrimiento, de la desidia, de la imitación. No tengo que hacerme igual a los demás para adquirir un pensamiento y una visión que me salven de creerme diferente. No es necesario que busque actitudes comunes ni palabras neutras para formar parte de los recovecos en que nos jugamos, juntos, el sentido de la existencia compartida. No bastan los pensamientos positivos cuando lo verdaderamente transformador se encuentra en el fondo de la mirada, no en su superficie.

Así es la compasión de Jesús de Nazareth, no solo solidaria, ni empática, ni bodandosa, para nada lastimera. Es una fuerza liberadora que pone fin al sufrimiento del otro, sin grandes palabras, más bien con sencillos diálogos de encuentro, si quieres… – quiero. Para llegar hasta aquí hay que encarnarse, calzarse la piel del otro, pensar y ver el mundo como él, y ella, lo ve, quien esté libre de pecado… Gregorio Nacianceno e Ireneo de Lyon lo expresaron teológicamente con una preciosa propuesta pastoral, para redimir hay que asumir: lo que no es asumido no es redimido. Hay que asumir la completitud del otro, solo entonces quedamos enredados en un espacio compasivo, sin calzadores, sin colocarnos en planos de superioridad, solo hermanos, realmente libres de condicionamientos. La compasión es libertad.

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