El arte de dudar

Me suelen preguntar por mis dudas. Sé que forma parte del oficio pero no me acostumbro. Hablar de aquello en lo que dudo es como desnudar mi alma, y tampoco en este pudor he sido educado. Gracias a Unamuno, que hizo popular al bueno de don Manuel, aquel cura mártir de sus dudas, descubrí hace tiempo que la duda es sustento para la fe, ni buena ni mala en sí misma, solo un problema cuando la rechazo.

Dudar no ha tenido nunca buena fama. A los que dudan los condenamos al purgatorio de quienes aún no han madurado, acusados de quedarse siempre entre dos aguas, sin dar el paso, faltos de compromiso. Hay quien considera que prefieren esa posición intermedia para evitar las decisiones. Hay realmente quien busca una vida de dudas para alargar los tiempos y esquivar los cambios. En todo caso, la duda se interpreta como mala influencia para aquellos a quienes el destino pone en la difícil tesitura de decidir.

La mala fama es aún mayor si unimos la duda con la fe. Muchos hay que las consideran como el agua y el aceite de la religión, mirando la fe como pureza de sentimientos y la duda como la traicionera amiga que viene a apartar a la fe de su noble propósito, embrollándonos con nudos eternos y laberínticos pasajes que no llevan a nada bueno. Creer y dudar se han dado mutuamente la espalda, abriendo en muchos creyentes el abismo de los escrúpulos, un limbo de dudas e indecisiones. Dudar se considera una debilidad espiritual, llevando a muchas buenas personas a ocultar o negar sus dudas para salvar su alma, en una reafirmación tan artificial de la fe que solo ha generado fanatismo e intolerancia. Cuando expulsamos las dudas también desterramos partes importantes de la verdad, canonizando a los seguros de su fe y quemando en la hoguera a quienes dudan.

Duda y conocimiento no se oponen, Aristóteles ya definió en su Metafísica la duda como “el principio de la sabiduría”. Cuanto más conocemos del mundo y del ser más dudamos, y es a partir de la duda que aprendemos, construimos, creamos. Dudar nos hace humanos, no para relegarnos a espacios de incertidumbre, sino para llevarnos a la sabiduría del que valora y equilibra todo lo vivido, del que incorpora espacios de sentido a sus sombras. La filosofía moderna inaugura dos nuevas corrientes de pensamiento que hacen de la duda su principio de conocimiento, el racionalismo y el empirismo.

Descartes, partiendo de que los sentidos nos engañan, puso en duda todos los conocimiento adquiridos y así, mediante la duda metódica, llegó a su conocido principio filosófico, “Je pense, donc je suis”. La razón no se opone a la duda, tampoco la fe, ya que para Descartes es Dios quien pone en nosotros el pensamiento, y garantiza nuestra existencia, pero “es nuestro deber y no el de Dios, liberarnos de las ilusiones y evitar los errores”, para lo que tendremos siempre el beneficio de la duda. Francis Bacon, padre del empirismo, incorpora la duda a su sistema de un modo más pragmático y científico, aportándole un sentido constructivo: «La duda es la escuela de la verdad», es dudando y no con dogmáticas verdades como pasamos de la experiencia al conocimiento, liberándonos de los miedos y los fracasos al encontrar nuevos caminos para conocer la realidad.

La duda es base de conocimiento, sustento de la fe y de la vida. Dudar me sitúa ante las realidades que conforman mi existencia, me permite tomar decisiones porque hace visible la pluralidad ante la que ejerzo mi libertad. La duda es el derecho que me permite sobrevivir en mi humanidad, no es una sentencia de incertidumbre que me deslocaliza, ni un signo de inmadurez que me infantiliza. Dudar es mi espacio de cordura, en el que optar por aquello que me ayuda a crecer y madurar. Sí, dudo. Y no siento vergüenza por ello, no lo oculto, alguna vez lo hice, pero comprendí que el arte de dudar me abre a valorar la diversidad, a cultivar la tolerancia y respetar la diferencia, me invita a cuidar todo lo que se quedó atrás, lo que una vez formó parte de mis dudas. Esa es la libertad donde mis dudas materializan lo que soy, definen mi presente, sostienen mi fe.

La vida es duda,
y la fe sin la duda es solo muerte.
Y es la muerte el sustento de la vida,
y de la fe la duda.
Mientras viva, Señor, la duda dame,
fe pura cuando muera;
la vida dame en vida
y en la muerte la muerte,
dame, Señor, la muerte con la vida
.

Miguel de Unamuno. Salmo II (fragmento), en Poesías (1907)

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